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Por qué el secreto de la felicidad podría ser cuidar un jardín

Ecosistemas

Por: pijamasurf - 07/10/2016

La ciencia, la espiritualidad, la psicología y la poesía coinciden: la felicidad está en un jardín

Según Charles Jencks, arquitecto del Jardín de la Especulación Cósmica, "un jardín es la celebración de nuestro lugar en el universo" (y su jardín, donde se recorren pastizales que reflejan los misterios del universo, ciertamente lo es).

Para Manly P. Hall, el filósofo canadiense, la labor espiritual esencial del ser humano es la de ser jardineros de la evolución del planeta, tomando en esto la noción de los alquimistas espagiristas que se consideraban "agricultores celestiales" y cotejando también la definición de la alquimia de Basilius Valentinus como "la servidumbre voluntaria a la naturaleza". Hall enfatiza que "nos entregaron un jardín y lo hemos convertido en un basurero"; en este sentido, en la medida en la que volvemos a hacer un jardín y transformamos este "basurero" que hemos hecho estaríamos sellando nuestro pacto con la Tierra, siendo, como si fuere, buenos hijos de la Madre Naturaleza.

Ellen Langer, psicóloga de Harvard, en un histórico estudio que discute en su libro Counter Clockwise, encontró que cuando se les pide a las personas de la tercera edad que cuiden unas plantas y que decidan cuándo y a qué hora las riegan ello resulta en lo que llaman "mindfulness" y tiene todo tipo de efectos positivos rejuvenecedores.

En su libro Braiding Sweetgrass: Indigenous Wisdom, Scientific Knowledge and the Teachings of Plants, la naturalista Robin Wall Kimmerer escribe líricamente sobre las maravillas de la jardinería; ahí relata un momento epifánico de encontrar la felicidad en las sencillas tareas de hacer jardinería y cultivar la tierra:

Llegó a mi cuando estaba recogiendo frijoles*, el secreto de la felicidad.

Estaba cazando entre viñas espirales que cubren mi tipi de frijoles de poste, alzando hojas verde oscuro para encontrar manojos de brotes, largos y firmes y forrados con una tierna peluza. Los corté de donde colgaban en esbeltos pares, mordí uno y probe agosto, destilado en la pura esencia leguminosa... Cuando terminé de buscar en el enrejado mi canasta estaba llena, lista para vaciarse en la cocina. Caminé entre calabazas y las plantas de tomate caídas por el peso de la fruta, esparcidas a los pies de los girasoles, cuyas cabezas hacían reverencias bajo el peso de las semillas maduras...

Y no sólo es la felicidad personal de la conexión y la sensualidad de la tierra y de las flores; es la felicidad compartida, de la abundancia, la generosidad y la responsabilidad:

Los niños se quejan de sus tareas de jardinería, como los niños suelen hacer, pero una vez que empiezan los atrapa la suavidad de la tierra y el olor del día y pasan horas hasta que regresan a la casa... Verlos plantar y cosechar me hace sentir que soy una buena madre, enseñándoles a proveer para ellos mismos...

¿Cómo le muestro mi amor a mis niñas en una mañana de junio? Recogo fresas salvajes. En febrero hacemos muñecos de nieve y nos sentamos al lado del fuego. En marzo hacemos miel de maple. En mayo recogemos violetas y en julio nadamos en el río...

Tal vez es el olor de los tomates maduros, o el canto de los orioles, o cierta inclinación de la luz en la tarde amarilla y los frijoles colgando alrededor. Simplemente llegó a mí en una cascada de felicidad que me hizo reírme en voz alta, excitando a los polluelos que estaban picoteando los girasoles, lloviendo semillas negras y blancas en el piso. Lo supe con la certeza calida y clara de la luz de septiembre. La tierra nos ama de regreso. Nos ama con frijoles y tomates, con elotes asados, frambuesas y cantos de ave. Con una lluvia de regalos y una tormenta de lecciones. Ella provee para nosotros y nos enseña también a proveer para nosotros mismos. Eso es lo que las buenas madres hacen. 

 

* La autora menciona "beans"; probablemente no se refiere a "frijoles", pero al no especificar qué tipo de leguminosas, optamos por esta traducción general. 

Los perros callejeros moscovitas han aprendido a tomar el metro y a cazar shawarmas, demostrando una inteligencia que está siendo estudiada por científicos rusos

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Valerse por sí mismo tiene sus beneficios. Prueba de ello son los perros ferales de Moscú, los cuales han adquirido nuevas habilidades, algunas de ellas bastante útiles para sobrevivir en la selva de concreto. Y en muchos casos no sólo sobrevivir, sino vivir como zares de los bajos fondos.

Científicos rusos han estudiado a los perros ferales o callejeros de Moscú y han encontrado que éstos se han vuelto más inteligentes que sus contrapartes domésticos. Una de las las habilidades que demuestra la inteligencia de estos canes (cuyo mantra podría ser sólo fluye) es su costumbre de tomar el metro en las mañana para llegar al centro de Moscú (donde pueden obtener fácilmente alimentos, pero no dormir con comodidad).

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Otra de sus conductas adquiridas (evolutivas posmodernas) es lo que en Rusia han llamado la "cacería del shawarma", la cual consta de una sofisticada emboscada en la que un perro sorprende con un ladrido intempestivo a un turista que acaba de comprar uno de los populares shawarmas calientitos , y éste, ante la veloz amanaza, tira su preciada comida. Algo que se repite constantemente.

Según A. Poiarkov, del Instituto de Ecología y Evolución de Moscú "El punto importante de esto, es definir quién tiraría su comida cuando se le asusta y quién no, pero estos perros son buenos psicólogos y pueden hacer esto mejor que nosotros".

Como viejos perros-lobos de ciudad su sentido del olfato y su capacidad para percibir la intencionalidad son las mejores armas para sobrevivir en un mundo habitado por carteristas, dealers, vagabundos y prostitutas. Sin embargo, mantienen su finura y (según los mismo científicos rusos) son capaces de seducir a las jóvenes que se sientan en las bancas a comerse un sandiwch u otro snack, apareciendo con ojos tiernos y quejidos suaves. Tal vez, también, llevándose una no menos preciosa caricia de las hermosas chicas rusas que frecuentan las áreas verdes Moscú, en medio de grandes cuervos y scouts de agencias de modelos.

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Según los científicos rusos, las nuevas características de los perros callejeros moscovitas pueden considerarse rasgos de evolución epigenética (de la misma manera, por ejemplo, los jóvenes del Bronx se adaptan a la escena aprendiendo a rappear o a jugar basquétbol). Características detonadas por la transformación social que ocurrió en Rusia a partir de la caída del comunismo, cuando los nuevos capitalistas rusos entendieron el valor turístico y comercial del centro de la ciudad y se llevaron los complejos industriales a las afueras de la ciudad, los cuales se convirtieron en perfecto alojamiento para los perros callejeros, que igualmente entendieron el valor alimenticio del centro de la ciudad.

Se ha observado incluso, que los perros callejeros escogen los vagones con menos gente (el primero y el último generalmente) y que son capaces de no perder su parada en el metro, ya que tienen un excelente sentido del tiempo.

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El escritor de esta entrada imagina sesiones nocturnas a la deriva, en pijama surfeando la psicogeografía moscovita, guiado por la inteligencia urbana de una jauría de perros ferales, compartiendo la mística de su amistad hasta el amanecer, asediando princesas rusas de ojos de záfiro, en búsqueda de sandwiches o caricias.

Vía English Russia

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