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7 datos impactantes sobre cómo era tener sexo en la Edad Media

Filosofía

Por: pijamasurf - 07/18/2016

Muchas de las nociones que las sociedades actuales tienen sobre el sexo se originaron durante la Edad Media, bajo la batuta de la Iglesia

Puede ser que sintamos que pertenecemos a una civilización avanzada, refinada y racional, pero muchas  de las nociones que tenemos sobre el sexo actualmente fueron formuladas en la Edad Media, especialmente por la Iglesia, que tenía opiniones sobre todos los aspectos del sexo. Por ejemplo, la fornicación y el adulterio en algunos casos eran considerados como pecados cuyo castigo era la muerte. Por otro lado y aunque nos resulte difícil de creer, la Iglesia condonó la prostitución por un tiempo admitiendo que era un "mal necesario". Además, durante la primera parte del medievo los sacerdotes tenían derecho a casarse y tener hijos. Estos son algunos datos sobre cómo era tener sexo durante la Edad Media:

 

1. Los condones eran de lino e intestinos

Durante este período la Iglesia estaba más preocupada con el aspecto pecaminoso de los placeres carnales que por la anticoncepción. Desde entonces los teólogos tenían opiniones encontradas sobre este último tema pero a la Iglesia no le importaba hablar tanto al respecto, pues la anticoncepción era considerada un problema moral menor, no un pecado mortal. Hay referencias históricas de condones hechos de vejigas o intestinos de animales que se amarraban con un cordel y eran usados muchas veces, aunque su utilización estaba más relacionada con la prevención de enfermedades venéreas como la sífilis que con evitar embarazos no deseados. Versiones posteriores del condón incluyeron algunos hechos con lino, pero su uso anticonceptivo no empezó hasta mediados del siglo XVII. 

 

2. El "misionero" era la forma correcta de hacerlo

La Iglesia también dictaba en qué posiciones debían tener sexo los devotos. Cualquier cosa que no fuera la posición del "misionero" era considerada antinatural y por lo tanto un pecado. Las posiciones con la mujer arriba o el coito a tergo no eran bien vistas porque alteraban los roles “naturales” del hombre y la mujer. Tanto el sexo anal como el oral eran considerados pecados porque la única razón detrás de su práctica era el placer y no la procreación, como la Iglesia quería.

 

3. ¿Gay? Ni se te ocurra

El teólogo católico Peter Damian definió en su Libro de Gomorra los “actos contra la naturaleza” que incluían masturbarse en solitario, masturbarse mutuamente y la copulación interfemoral --es decir entre los muslos y el sexo anal. Santo Tomás de Aquino quizo abundar en el tema y señaló que el único acto que no calificaba como sodomía era el coito vaginal; además calificó el lesbianismo de pecado y la Iglesia empezó a procesar a los pecadores entre los siglos XII y XIII. La sodomía podía ser castigada con la muerte y esto podía involucrar mutilaciones, arder en la hoguera, la horca y, en algunos casos, los sacerdotes descubiertos en el acto eran colgados de una jaula suspendida, donde morían de inanición. 

 

4. Pero la prostitución no era problema

La prostitución tuvo un auge durante la Edad Media, ya fuera aprobada por la Iglesia o no. En los pueblos más grandes las prostitutas podían ejercer su oficio bajo el velo del anonimato y esta era considerada una profesión honesta y esencial. Durante un tiempo la Iglesia aprobó la prostitución, como una forma de prevenir el adulterio y la homosexualidad. Las cortesanas de más categoría trabajaban en burdeles, casi todas las villas tenían el suyo y en algunos poblados se identificaba a quienes trabajaban en ellos gracias a prendas particulares como velos o listones. Las mujeres que intentaban ejercer su oficio fuera de un burdel con frecuencia tenían muchos más problemas; a veces eran encarceladas, torturadas o mutiladas. 

 

5. Ver sí, tocar no

La Iglesia prohibía la expresión del deseo sexual, pero en la Edad Media existía la noción de “amor cortés” que expresaba el amor de forma noble, sincera y caballeresca. Este tipo de amor es asociado con el caballero que se enamoraba de una mujer casada, o al menos con la idea de una mujer pura y la miraba desde lejos, luego iba a la guerra por ella y sacrificaba su vida. Los trovadores iban de pueblo en pueblo cantando estos relatos que representaban la vida del amor cortés con una connotación sexual. Sus palabras hablaban de un deseo que iba de lo erótico y carnal a lo sublime y espiritual.  

 

6. Si no estabas casado debías ser célibe

Para la moral cristiana el sexo fuera del matrimonio no era una opción, de tal manera que los solteros debían permanecer célibes. Los sacerdotes requerían que los miembros de su congregación reportaran a los adúlteros y fornicadores, es decir aquellos teniendo sexo fuera del matrimonio. Los castigos para ellos podían ir desde años de penitencia hasta la muerte. A la par la Iglesia no era la única que desaprobaba el adulterio y la fornicación, también los nobles lo hacían, pues deseaban asegurarse de que sus hijos realmente eran suyos. Una historia real al respecto involucra al rey Felipe de Francia, que descubrió a sus tres hijas teniendo relaciones con algunos de sus caballeros, a quienes destripó en público. Luego mandó a sus hijas a diferentes monasterios, y una de ellas al parecer fue asesinada. 

 

7. Se tomaban muy en serio la impotencia

Si un hombre no  podía cumplir con sus deberes maritales la Iglesia hacía uso de un grupo de “investigadores privados”, de forma tal que las mujeres sabias de la aldea examinaban el miembro viril del hombre en cuestión para evaluar su salud general y determinar si era capaz de procrear. Si existía alguna deformación o alguna otra razón por la cual no pudiera consumar su matrimonio, la pareja era separada. 

 

Este panorama histórico hace más fácil comprender de dónde vienen los prejuicios y retos que enfrentamos en materia de sexualidad actualmente. Puede ser que en algunos aspectos la sexualidad humana se haya vuelto más abierta; sin embargo hay mucho por remontar en materia de violencia de género, respeto a los derechos LGBT y otras muchas cuestiones, ya que a pesar de que la revolución sexual transformó cómo abordamos este aspecto de la vida humana no ha terminado de demoler todos los tabúes, miedos, culpas y prejuicios que lo rodean. 

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La paradoja esencial de nuestra existencia es que probablemente el sentido de la vida sea la muerte. Los filósofos de la tradición platónica, siguiendo el ejemplo de Sócrates, creían que la filosofía era fundamentalmente el arte de saber morir, de seguir la propia conciencia y separarla del cuerpo y de las ilusiones materiales. El amor a la vida es dejarla ir. Eros y Tánatos: el amor a la sabiduría es el deseo de conocer la muerte: una eutanatología. Tal vez porque, como señala el místico alemán Jacob Böhme, "Si renuncias al mundo, llegas a aquello a partir de lo cual se ha hecho el mundo". 

La mayoría de las tradiciones religiosas y filosóficas conciben a la muerte como la posibilidad inminente de regresar al conocimiento de la fuente de nuestra existencia, la única forma de solucionar --en una disolución-- el predicamento de las grandes preguntas "¿quiénes somos?", "¿de dónde venimos?", "¿a dónde vamos?". Las tradiciones difieren en algunos aspectos particulares de sus enseñanzas, pero generalmente coinciden en que en la muerte se nos presenta la posibilidad de revelar y realizar el propósito de nuestra existencia, de regresar de alguna manera a casa, ya sea a la nada o al todo, a Dios, al Espíritu Universal, al Ser Absoluto, según se le llame. Decía Sócrates que una vida no examinada no merece vivirse y, en sintonía con su filosofía, la examinación profunda de la vida nos remite necesariamente a la meditación sobre la muerte --no tanto porque sea el opuesto sino porque es su destino, a una irresistible atracción por su misterio, la posibilidad de que nuestro ser sea más que un breve, solitario e irreal parpadeo en un inmenso e inerte universo.

Todo esto puede convertirse en una reflexión bastante grave y sombría, pero meditar sobre la muerte puede también ser una fuente de enorme alegría y ligereza y liberación. Para esto pocas personas mejores que los monjes budistas --que en su desapego suelen encontrar un caudal de serena felicidad. Y, también, suelen simplificar las cosas, con una claridad diamantina que lo mismo dilucida un niño que un adulto (a quien, si acaso, le puede costar un poco más desaprender para ver lo esencial). El siempre oportuno blog Brain Pickings recoge algunos fragmentos del libro Dropping Ashes on the Buddha: The Teachings of Zen Master Seung Sahn, donde se relatan una serie de conversaciones sostenidas por el monje zen Seung Sahn Soen-sa. En una de ellas, Soen-sa le explica a una niña de 7 años llamada Gita la naturaleza de la muerte a propósito del fallecimiento de su querido gato.

"¿Qué le sucedió a Gati? ¿Dónde fue?".

Soen-sa dijo: “¿De dónde vienes?".

“De la panza de mi mamá".

¿"De dónde viene tu mamá?” Gita permaneció en silencio.

Soen-sa dijo: “Todo en el mundo viene de la misma sola cosa. Es como en una fábrica de galletas. Se fabrican diferentes tipos de galletas --leones, elefantes, casas, personas. Todos tiene diferentes nombres y formas, pero todos están hechos de la misma masa y saben igual. Así todas las cosas diferentes que ves --un gato, una persona, un árbol, el Sol, este piso-- son en realidad lo mismo".

El diálogo sigue y Soen-sa explica muy en el tenor del conde Korzybski ("el mapa no es el territorio"), que las cosas no son las palabras con las que se describen. Llega el momento del koan:

"Así que si alguien te dice ‘¿Qué es Buda', cuál sería una buena respuesta?". 

Gita se mantuvo en silencio.

Soen-sa dijo: “Ahora tú pregúntame".

“¿Qué es Buda?".

Soen-sa tocó el piso.

Gita rió.

Soen-sa dijo: “Ahora te pregunto a ti: "¿Qué es Buda?".

Gita tocó el piso.

“¿Qué es Dios?”.

Gita tocó el piso.

“¿Qué es tu mamá?”.

Gita tocó el piso.

“¿Qué eres tú?”.

Gita tocó el piso.

“¡Muy bien! Eso es de lo que todas las cosas están hechas. Tú y Buda y Dios y tu mamá y todo el mundo son lo mismo".

Gita rió.

Soen-sa dijo: “¿Tienes más preguntas?".

"Todavía no me has dicho a dónde fue Gati.”

Soen-sa se acercó, la miró y le dijo “Ya entendiste a dónde”.

Gita dijo: “¡Oh!”. 

Tal vez es una versión un poco lite de la escatología y la ontología (estilo Alan Watts), pero no por ello menos verdadera. Si queremos hacerlo un poco más intelectual y conceptual, podemos hablar del fondo universal del Ser, autohipostático, que engloba al ser de todos los seres; en las cenizas danzan innumerables budas... pero no es necesario, es más útil de hecho comprenderlo con una imagen,  en el silencio.

En otra parte Soen-sa habla sobre la mente vacía: "Deshazte de toda opinión, gusto o disgusto, y sólo mantén la mente que no sabe. Tu mente antes-del-pensamiento, mi mente-antes-del-pensamiento, todas las mentes-antes-del-pensamientos, de todas las personas, son iguales. Esta es tu sustancia, mi sustancia y la sustancia del universe se hace una".

Lo más importante de toda parece ser todo lo que ocurre en el entendimiento cuando uno medita sobre la unidad de todas las cosas: en este principio se resuelven todos los enigmas en una misma fuente. Como dice la Tabla Esmeralda, que es también una fórmula filosófica alquímica para purificar el alma y separarla del cuerpo:

En verdad, sin mentira y ciertamente:

Lo de abajo es como lo de arriba, y lo de arriba es como lo de abajo, para obrar los milagros de una sola cosa.

Así como todas las cosas han sido hechas, así proceden de uno, por la meditación de uno, también todas las cosas nacen de esta cosa única por adaptación.

Coinciden aquí dos principios que son uno: que dentro de nosotros se encuentra el Ser universal, pero que para tomar conciencia de él es necesario negar nuestro ser individual, negar la mente que surge después del pensamiento y separa entre sujeto y objeto, entre nosotros y el universo, la mente que cree conocer lo otro, las diferencias. Dice el filósofo Ananda K. Coomaraswamy, siguiendo la doctrina védica:

Eso que en "nosotros" es el Espíritu, y eso que en nosotros no es el Espíritu, se distinguen y se contrastan tajantemente; siendo el Espíritu eso que queda "cuando se han eliminado todos los demás factores de la personalidad compuesta de "identidad-y-apariencia", o de "alma-y-cuerpo".

Agrega: "Ésta es exactamente la doctrina de Dionisio [El Aeropagita]. 'Cada uno debe entrar dentro de sí mismo y descubrir así Algo que es su verdadero Sí mismo y que sin embargo no es su sí mismo particular… Algo que no es su individualidad, que está dentro de su alma y sin embargo fuera del él''. Esta es la oportunidad que supone la muerte: la negación de la individualidad para abrir brecha para el surgimiento de la universalidad, la realidad que es lo que queda cuando nos despojamos de todo lo que no es esencial e imperecedero. 

 

Twitter del autor: @alepholo