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Reseña de una joya olvidada de la literatura mexicana en la que uno de los más grandes filósofos mexicanos reinterpreta la visión místico-matemática de uno de los grandes filósofos de todos los tiempos

José Vasoncelos fue uno de los intelectuales más importantes en la historia de México y seguramente el que mejor combinó una obra literaria y filosófica de alto vuelo con una obra pública cultural y social de enorme vitalidad: un hombre de acción en todos los sentidos, sin dejar de lado lo reflexivo, con una sed de infinito. Su pequeño libro Pitágoras, publicado en 1915, es una obra que generalmente pasa desapercibida dentro de textos más conocidos como sus novelas La tormenta o Ulises criollo o algunas de sus obras filosóficas como Estética, la cual es el perfecto complemento para redondear este pequeño tratado en el que Vasconcelos nos muestra lo mejor de su filosofía místico-estética. 

De Pitágoras a Vasconcelos parece atraerle el hecho de que este gran sabio y asceta hizo una filosofía inextricable de una percepción estética y científica del universo. Pitágoras encontró un origen de correspondencia entre la música, las matemáticas y la astronomía, unidas las tres por el número --lo que para Vasconcelos es el ritmo, la base de la filosofía que expone en este libro, según dice: "el número era símbolo de la percepción directa del ritmo". Hay que decir que el estudio de Pitágoras que hace Vasconcelos no es muy apegado a la tradición pitagórica (pero sí muy creativo y en este caso se presta, ya que la vida de Pitágoras está llena de leyendas e interpretaciones); lo utiliza como la inspiración para explorar sus propias teorías estéticas y vitalistas del cosmos (donde se acrisolan Pitágoras, Bergson, Nietzsche y Schopenhauer). Moviéndose en contra de la tradición pitagórica y neoplatónica que hace de Pitágoras el hijo de Apolo, dios de la luz, la métrica y la música, Vasconcelos, en lo que parece ser una proyección de su propia visión sobre su materia de estudio, nos dice que "el tronco paterno" de Pitágoras en realidad es el de Dionisos. Y es que en la visión de Vasconcelos las templadas armonías apolíneas y los arquetipos matemáticos son menos esenciales que el ritmo, la energía y la posibilidad del rapto místico que se produce por la repercusión de la energía rítmica de la naturaleza en el individuo. Sobre esto hay que decir que de hecho Pitágoras toma su nombre de la "pitia" o pitonisa, la sacerdotisa del oráculo de Delfos, quien profetiza su nacimiento, y su filosofía es una clara expresión de las virtudes apolíneas. Pitágoras cura  a través de la métrica, utiliza la música para apaciguar la mente y desarrolla una teoría heliocéntrica, todo lo cual no podía estar más cerca del universo apolíneo. Parece que Vasconcelos está demasiado influido por Nietzsche en este sentido y no es capaz de ver que la figura de Apolo es mucho más compleja y rica de lo que presenta la dicotomía expuesta por el filósofo alemán, siendo Apolo dios de los oráculos, ligado a las serpientes y a las ninfas (entre muchas otras cosas más), por lo cual tampoco es una deidad epítome de la castidad y la moral conservadora. Dice Vasconcelos que "las sesiones pitagóricas" fueron llamadas "bacanales" y constituían misteriosas "orgías del alma", pero, ¿una orgía del alma --y no del cuerpo-- acaso no resuena más con la lira de Apolo?

La teoría estética pitagórica de Vasconcelos queda ejemplificada en los siguientes dos párrafos:

Nos esforzamos por retenerlo todo, lo que somos con lo que hemos sido, y tal inmenso, inquietante y gozoso anhelo es manifestación de nuestra posibilidad de asimilación estética con el mundo. Un mundo que no es número sino variedad rítmica estética. Cosa afín de la humana y susceptible de comunión con lo divino. Expresando este principio en términos intectuales, diremos que el mundo es un ritmo regular, propio de los fenómenos y de la constitución humana y este ritmo regular puede unirse mediante un cambio de sentido con lo inefable, con Dios

La belleza es una coincidencia rítmica entre el movimiento natural del espíritu y el movimiento ya reformado de las cosas, ya no casual, sino acomodado interno, convertido al espíritu. Acaso es esto lo que pensaban los pitagóricos cuando decían: "un mismo ritmo mueve las almas y las estrellas".

Recordemos que en el dialógo Timeo, en el que Platón muestra su adherencia a la secta pitagórica, se dice que el alma es una fórmula matemática y que el cosmos fue dispuesto por el demiurgo de tal forma que existiera una identidad y una relación de simpatía entre los astros y las almas, las cuales están unidas por el número. Para Vasconcelos, sin embargo, el ritmo es aún más primordial que el número, puesto que "la naturaleza es un fluir perpetuo" y concibe "el universo entero como la obra multiforme de la energía". Vasconcelos en esto parece alejarse de la visión platónica matemática trascendente y acercarse a una definición más cercana a Heráclito: el ser como una danza de energía. ¿Qué fue antes el ritmo o el número? Podemos ver el ritmo como la expresión de un número, de un patrón de oscilación (y todo ritmo puede reducirse a un patrón numérico), pero, por otro lado, podemos ver los números y las leyes matemáticas como el resultado de una gran vibración que se difunde por el cosmos, "el movimiento natural del espíritu" a partir del cual se configuran las leyes y los números. La primera visión nos remite a un idealismo, la segunda a un vitalismo o a una fuerza o poder que permea el cosmos y que antecede al orden intelectual. 

"Todos los sonidos pueden reducirse a un número de vibraciones moleculares, pero no hay nada que determine cuáles de esas vibraciones lentas o rápidas, suaves o fuertes, manifiestan significación espiritual o valor estético", dice Vasconcelos y añade que la conciencia "viene con lo que podríamos llamar su temperamento vibratorio característico". La belleza es para nuestro autor aquello que existe en simpatía con la vibración de nuestra conciencia, un principio de identidad que cumple la función de espiritualizar la materia. Difícilmente Vasconcelos habría leído textos en 1915 de shivaísmo tántrico o de avdaita (la filosofía de la no-dualidad), pero existe una notable coincidencia en esta idea de la conciencia como vibración, que si bien no expone de manera totalmente explícita ciertamente sí insinúa, y la noción hindú de Shiva como la vibración universal que es equivalente a la conciencia pura. En la parte final de su libro, que además cuenta con una versión de los "Versos áureos" de Pitágoras y los "Fragmentos" del filósofo pitagórico Filolao, Vasconcelos expone un complicado esquema del movimiento de la energía y la conciencia como un descenso en espiral de la unidad hacia el mundo, vertiéndose en la multiplicidad, y un posterior regreso a la unidad divina a través de la asimilación de lo cósmico al ritmo individual.

De este entramado filosófico se desprenden numerosos aforismos altamente citables, más poéticos que precisos, con lo que concluimos esta reseña, así dejando que hable el propio fulgor rítmico de Vasconcelos:

El secreto del ser total ha de consistir en el hallazgo de un tono que conmueva toda cosa y despierte el júbilo de la armonía uinversal. La divinidad, la sabiduría infinita debe consistir en una suprema simpatía que infunde ritmo y vida nuevos al universo. La manera de estar en todo a la vez que en sí cada instante. Un vislumbre de esta existencia se logra cuando nuestro anhelo deja de buscar lo particular para confundirse con lo infinito.

La vida es un esfuerzo prolongado por reducir a nuestro interior todas las cosas del universo... somos esencialmente un ritmo y a ese ritmo procuramos reducir el universo, siendo el universo asimilable en su totalidad, sólo por medio de esa simpatía estética 

El universo es un concierto de ritmo consciente.

Al descubrir en todo una energía interna desarrollándose como música [Pitágoras] debe haberse dicho: cierto ritmo está en la esencia de todas las cosas. 

Las cosas suelen asumir el ritmo del espíritu en la contemplación estética.

Unas mismas leyes rigen al arte y a la mística, sólo que el artista las ve por fuera y el místico las ve por dentro.

Para percibir la unidad absoluta basta entregarnos con confianza a nosotros mismos; entonces no hay mundo y yo, sino que todo es ser, existencia una, igual, eterna.

Somos el centro de la operación, el punto del universo donde se opera el cambio del ritmo que da por resultado la transmutación del valor material en valor espiritual; cuando la forma y la multiplicidad se vierte en lo divino y total.

El siguiente párrafo, empapado de Bergson, podría haber sido escrito por el místico evolucionista jesuita Pierre Teilhard de Chardin:

De este soplo se alimenta la varia actividad de todos nuestros días, actividad encerrada dentro de los límites, por esta razón: porque ha de volver, después de su descrita su curva, a la fuente primera. ¿Y qué es lo que hace ese soplo de arriba? Viene a recoger toda materia purificándola a través de nosotros, que gracias a nuestra facultad estética nos convertimos en el crisol de los fenómenos, pues reducimos toda materia a valor estético y de esta manera la espiritualizamos. Por eso desde el punto de vista divino, somos el lazo de unión con la materia, el diapasón del universo. 

 

Twitter del autor: @alepholo

Pitágoras: una teoría del ritmo (Ed. Trillas)

 

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Libro de la semana: "El monte análogo" de René Daumal, alpinismo surrealista en clave hermética

Libros

Por: pijamasurf - 06/05/2016

La fascinante historia de una excursión en busca de una montaña invisible donde debería habitar una humanidad superior

El monte análogo es una de esas aves raras literarias que conjugan la penetración mística con el genio poético y el humor, ligereza surrealista con profundidad hermética. Su autor, René Daumal, murió intempestivamente a los 36 años de edad, en 1944, antes de completar la novela, la cual queda como el atisbo de una brillante inteligencia,  de un hombre letrado en el vedanta, estudiante del sánscrito, de Guenón y de Gurdjieff, psiconauta y bailarín derviche. Su pequeña novela inconclusa evoca lo mejor de Boris Vian en su imaginación y ocurrencia humorística con una profundidad metafísica de la que no renegarían grandes indólogos franceses como el mismo Guenón o Alan Daniélou. 

Daumal presenta su obra como una "novela de aventuras alpinas, no euclidianas y simbólicamente auténticas", es decir como una especie de plano de exploración de la cuarta dimensión con resonancias mitohistóricas. Un estrafalario personaje, el padre Sogol (un palíndromo del Logos "que une al cielo con la tierra") es el que encabeza el proyecto de encontrar el Monte Análogo. Sogol es un estuche de monerías, hombre del clero, profesor de alpinismo, lo mismo afincado en la ciencia del siglo que en el esoterismo de los milenios, versado en mecánica celeste, biología, anatomía, astrología, teosofía, jeroglíficos... "un Pico della Mirandola del siglo XX". Bajo su magnánima intención se congrega un dispar grupo de entusiastas, incluyendo al narrador, a los cuales convence de embarcarse al océano para descubrir esta montaña fantástica. Escribe Daumal:  

La montaña representa la unión entre la Tierra y el Cielo. La cima roza las regiones eternas y la base se ramifica en múltiples estribaciones en el mundo de los mortales. Es el camino mediante el cual el hombre puede elevarse hacia la divinidad y la divinidad revelarse al hombre. Los patriarcas y profetas del Antiguo Testamento ven al Señor cara a cara en lugares elevados. Son el Sinaí y el Nebo de Moisés y, en el Nuevo Testamento, el Monte de los Olivos y el Gólgota. Llegué hasta encontrar ese viejo símbolo de la montaña en las sabias construcciones piramidales de Egipto y de Caldea. 

Se trata por supuesto de la montaña arquetípica, el monte Merú de los hinduistas y budistas, el Olimpo, el Tollan de los toltecas, el monte Qaf de los místicos iraníes desde donde se erige la ciudad celestial... El prototipo de las pirámides y construcciones sagradas, el vínculo con los dioses y el centro de la iluminación. 

Los cálculos de Sogol sugieren que "el Monte Análogo debe ser mucho más elevado que las montañas conocidas hasta hoy, inaccesible por los medios conocidos... pero en sus pendientes inferiores deben vivir humanos semejantes a  nosotros, puesto que es la vía que une efectivamente nuestro ámbito humano con regiones superiores". El buen padre considera que la mención de esta montaña en el centro del "pensamiento de la humanidad invisible" no podía ser sólo un alegoría, por lo que debe existir en la geografía planetaria. Lo cual enfrenta una dificultad evidente ya que el orbe había sido ya mapeado y recorrido y nadie había dejado testimonio de tal pico. El predicamento consiste en que es necesario que este lugar sea accesible y visible y a la vez sumamente difícil de acceder y de ver. Sogol entonces idea una hipótesis basada en el magnetismo y en la geometría del espacio:

La única hipótesis admisible es que el “cascarón de curvatura” que rodea la isla no sea completamente --o no sea siempre, por todas partes y para todos-- infranqueable. En un determinado momento y en un determinado lugar, algunas personas (las que saben y quieren) pueden entrar. Ese momento privilegiado que estamos buscando estará determinado por un patrón de medida del tiempo que sea común al Monte Análogo y al resto del mundo; o sea por un reloj natural y muy probablemente, por el curso del Sol.

Así parte la expedición a cazar una isla que sólo se hace visible en cierto momento del amanecer; artistas y aristócratas franceses con una inclinación mística en busca de una montaña que no se encuentra en ningún mapa, siguiendo sólo un cálculo esotérico de un deber ser trascendental. La excursión finalmente logra penetrar la isla y llega a un poblado en el que, con todo su exotismo, no es más que un doble de su propio estado y origen, como un espejo, un mundo análogo en el que se encontrarán a sí mismos. Acaso un eco del cielo que describe Sócrates como un doble de la Tierra, sólo que más brillante o de los paraísos de los místicos iraníes de los cuales nuestro mundo es una sombra. El lugar es una reminiscencia de lo que podría encontrarse en las faldas del mítico reino de Shangri-La, de Shambhala o en una Atlántida benigna y congelada en el tiempo, según narran exploradores de la geografía invisible. Los pobladores tienen costumbres extrañas pero a través de ellas parecen revelar una profunda moralidad y una misteriosa relación con la montaña.

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Nuestra expedición hace su campamento en este poblado que es a la vez un puerto y una escala hacia lo desconocido pero se deduce que para poder emprender el ascenso al Monte Análogo es necesario un proceso de ascesis en el cual los alpinistas deben saldar sus deudas, las cuales contraen una vez que están en la isla cumpliendo con las preparaciones de la baja montaña. En ese lugar, sin embargo, su moneda no sirve, por lo cual todos los servicios y provisiones que reúnen deben saldarse en la moneda local que es la única a la que le dan valor los guías de la montaña que son también las máximas autoridades del lugar, especie de pontífices que regulan el acceso hacia los mundos superiores. Aquí claramente atisbamos una alusión al karma.

La moneda local es llamada "peradam", un "cristal curvo y transparente", equivalente a "nuestro oro". Algunos de los miembros de la expedición consideran que esta palabra puede significar "padre del diamante", pero también "piedra de Adán". Dice Daumal que esta piedra es tan límpida y transparente que algunos ni siquiera la ven, quizás una alusión a una tierra de Adán (el Hombre Primordial) o a un polvo adánico que constituye la esencia humana luminosa, que debe purificarse para percibirse, pero que es la realidad de nuestra naturaleza. "Es la única sustancia, el único cuerpo material al que conceden valor los guías del Monte Análogo", se dice misteriosamente. El peradam suele ser muy difícil de encontrar, pero algunos de los miembros empiezan a verla, unos destellos de esta sustancia, acaso como la anunciación de un estado de purificación, del espejo pulido de su propia alma. 

Pese a truncarse antes del ascenso --o quizás de un estar varado en una especie de limbo o Bardo-- la novela de Daumal se revela como una exploración a la última consecuencia del pensamiento analógico hermético y de la metáfora del microcosmos, común a las diversas tradiciones místicas. ¿Acaso no podemos entrever que esa montaña, ese paraíso, podría existir aquí en la Tierra, no en un lugar remoto, sino como la cumbre de nuestra percepción depurada o de nuestro corazón alumbrado, una vez que hayamos hecho la peregrinación del alma? Subir a la cumbre es igual a salvar la barrera analógica, es decir eliminar la falsa dicotomía entre arriba y abajo y adentro y afuera. El alpinista, sugiere secretamente Daumal, conquistará el cielo en la tierra y se "saboreara a sí mismo", haciendo que el exterior sea el interior y viceversa. De alguna manera, si creemos a los antiguos sabios de los Vedas o de Egipto, debemos reconocer que como es el cielo es la tierra y el cielo entonces debe de estar aquí en la tierra.

 

Libro de la semana anterior: Pitágoras, de José Vasconcelos

Twitter del autor: @alepholo