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Estudio concluye que las personas más inteligentes no necesitan muchos amigos

Sociedad

Por: pijamasurf - 05/05/2016

Al parecer las personas más inteligentes tienden a estar más satisfechas con la vida si mantienen un bajo nivel de interacción con amistades

Un estudio reciente publicado en el British Journal of Psychology arrojó una provocativa conclusión: las personas con mayor IQ no requieren de muchos amigos. Advertimos lo provocador del resultado sobre todo contemplando que vivimos en la era de las granjas de amigos, es decir, tiempos en los que millones de personas obtienen mayor satisfacción y seguridad en sí mismas conforme van reclutando virtuales amistades en redes sociales. 

Encabezada por Satoshi Kanazawa de la London School of Economics y Norman Li de la Singapore Management University esta investigación se basó en información extraída, a lo largo de años, de 15 mil personas con edades de entre 18 y 28 años. Entre los patrones o premisas que los investigadores detectaron al analizar la data, encontraron que la mayoría de las personas reportaba una mayor satisfacción en sus vidas conforme sostenía más relaciones amistosas, y en general mayor interacción social; pero también notaron que los individuos más inteligentes se sentían mejor manteniendo contactos intermitentes con unos cuantos amigos que frecuentando una larga red de amistades. 

Al respecto Kanazawa y Li concluyeron:

Los efectos de la densidad poblacional en la satisfacción de vida fueron más del doble entre individuos con bajo IQ que en aquellos con alto IQ [...] Los individuos más inteligentes expresaron estar menos satisfechos con la vida cuando ésta implicaba socializar con sus amigos con mayor frecuencia. 

En relación con las conclusiones de este estudio, The Washington Post entrevistó a un investigador de la Brookings Institution especialista en la economía de la felicidad, quien explicó así el fenómeno:

Los resultados de esta investigación sugieren que aquellas personas con más inteligencia, y con mayor capacidad para emplearla, tienden menos a usar mucho tiempo socializando porque generalmente están concentrados en otros objetivos a largo plazo. 

Antes de pasar a un par de reflexiones concluyentes sería bueno enfatizar en que asociar un alto IQ a una mayor inteligencia es un criterio que podría pecar de reduccionista y poco preciso, pero también es un indicador de "algo", un algo relacionado con los cánones tradicionales de la inteligencia. Dicho lo anterior, procedamos.

Alguna vez detallamos aquí los beneficios probados que la soledad aporta a una persona. Por otro lado, buena parte de los reportes sobre felicidad terminan asociando este sentimiento al tiempo que un individuo dedica a experiencias (por sobre pertenencias), las cuales comúnmente están asociadas a pasar tiempo con los seres queridos. Considerando ambas premisas parece que lo más recomendable sería simplemente responder a lo que tu propia personalidad te pide (en cuanto al tiempo que debieras dedicar a la soledad o a socializar), pero siempre cuidando que el desequilibrio no llegue a tal extremo que pueda tornarse contra ti. Algo así como un punto medio adaptado a tus particularidades.  

Es verdad que hay palabras que no obturan y clases que no son sermones, pero son la excepción

Buenos días (o buenas tardes o buenas noches), y comienza a hablar. De historia, de geografía, de biología, de matemáticas, de física o de lo que le corresponda. Así son la inmensa mayoría de las clases en la inmensa mayoría de las escuelas de la inmensa mayoría de los países. ¿Será eso mismo lo que primero debemos cambiar para que la escuela mejore?

La idea de que el profesor está ahí para exponer el tema que le toca es fuerte e ideológica; quiero decir, podría ser de otra manera y esa manera de ser tiene consecuencias. Cuando al aula se entra así, las otras instancias básicas de ella también quedan establecidas, por consecuencia: los alumnos que se callan y se disponen –mejor o peor-- a escuchar; el mobiliario que se alinea y se orienta al frente; el frente que se refuerza y se categoriza simbólicamente; la voz del profesor que se imposta y adquiere ese tono formal, más de pregón que de diálogo; la pizarra del maestro que sustituye e instituye al mismo tiempo el material didáctico solicitado a los alumnos; y hasta la tecnología, que llega allí para reforzar ese dispositivo didáctico manteniendo el esquema y reforzando su estructura simbólica.

Este ritual del “buen día” que podría parecer menor o anecdótico, no lo es. De la manera que las cosas comienzan, las cosas acaban, nos han enseñado varias veces y en general es verdad. Si la clase para el alumno comienza escuchando, probablemente acabará teniendo que repetir; si la clase empieza con un profesor y un grupo de alumnos anónimos y estandarizados, probablemente acabará con la matriz de siempre de los destacados, los que le llegan, los que podrían y habrá que recuperar y los irrecuperables, sin matices ni sorpresas, en sus proporciones históricas; si el modelo empieza pasivo y dependiente, acabará entonces pasivo y dependiente; si la dinámica es la de lo preparado por el profesor, la consecuencia será la de lo recibido por los estudiantes. Este esquema elemental que define las millones de clases diarias que damos en el mundo entero fija un mensaje y define fuertemente un modelo. Somos hijos de ese modelo, socialmente hablando. Todas las cientos de excepciones sin materialidad son apenas sólo eso, excepciones, e incluso confirmatorias de la norma. Nos han configurado para recibir más que para dar o --lo que aún sería mejor-- para procurárnoslo. Llegamos a la vida a escuchar y confundimos la vida con repetir lo escuchado; nos configuran para deber y luego confundimos la vida con esperar. Nos hacen olvidar rápidamente que podríamos conseguir cosas por nosotros mismos; que vale valernos. Nos arropan demasiado rápido, y enseguida nos abrazan y al cabo nos asfixian. Nos ponen a depender con una velocidad de rayo y con una eficiencia ingenieril. Nunca se sabe cuándo importa lo que tú podrías pensar o hacer; siempre parece que falta alguna instancia, este o aquel proceso, para que entonces estés habilitado. Nunca parece llegar tu hora; y entonces, las más de las veces, acaba no llegando nunca. Silencio, por favor; vamos a empezar.

[caption id="attachment_109079" align="aligncenter" width="600"]Imagen: Wikimedia Commons Imagen: Wikimedia Commons[/caption]

Es verdad --y conviene dedicar un breve párrafo a eso-- que hay palabras que no obturan y clases que no son sermones, pero son otra vez la excepción. Incluso más: es verdad que para habilitar al otro, poner a volar a todos ellos, en el fondo también deberemos valernos de las palabras, pero de otro tipo de discurso profesoral, orientado a otro tipo de objetivos. Estoy queriendo decir –entonces-- que no se trata apenas de que las clases empiezan con los profesores hablando (y se van no menos de 3/4 de ellas en eso), sino de que esos profesores hablan de una determinada manera, estructurando sus discursos bajo una plataforma perfectamente definida en términos de mensaje y metamensaje. Porque si fuera de otra manera, no estaríamos ante un problema del tamaño del que tenemos.

El problema no es que hablen, sino lo que dicen, en el fondo; cómo dicen lo que dicen, a decir verdad, es la verdadera cuestión, y para qué lo dicen. Lo que nos tiene como nos tiene es la matriz conceptual que los organiza por detrás. Hablan porque poseen y predican para traspasar lo poseído. (No la posesión, que sería otra cosa.) Son los que saben y hablan para que los escuchen –y retengan-- los que no saben. De ahí surge también un estilo muy marcado, y su correlato en un género  también muy marcado en los libros de texto; un discurso autosuficiente, que no necesita del otro, que por el contrario, procura con astucia controlarlo. Falsas preguntas retóricas; modismos y gestualidades que ya son cliché; ejercicios circunscriptos a una caja gráfica para que no desborden; tonito magistral, dedos índices, curiosidades y amenidades de todo lo que importa y ritos y repeticiones de lo que no merece la pena… Toman la palabra con el objetivo de pasar conocimiento (en su dimensión más informativa), pero además para dominar las pulsiones de las fieras. Es la entrada del toro a la arena. El torero sólo debe saber imponer su autoridad, después lo demás se dará por contigüidad. Debe bajarle las ínfulas a ese animal demasiado acostumbrado a hacer lo que quiere para que acabe dejándose. Así obra el maestro cuando abre un grupo, los primeros días de clase. (Fíjense, notarán que son más artificiales y sermoneros a comienzos de ciclo que al final.) Ostentan y sobreactúan porque desconfían de sus toros. Temen fiarse de más y que aquello pueda acabar en tragedia –lo que es malo-- o en ridículo –lo que es inmensamente peor.

En fin, veo –como ven-- aquí un nudo, una fuerte contractura –digamos, justo ahora que cargo una muy incómoda en mi lumbar.

 

Twitter del autor: @dobertipablo