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A pesar de que siempre veas a Paris Hilton sonriendo, lo cierto es que la felicidad está ligada, a mediano y largo plazo, con las vivencias y no con las pertenencias.

 relacion entre dinero, pertenencias, y felicidad

A pesar de que el título de este artículo podría considerarse una obviedad, ya en la práctica la mayoría de las personas caemos en la adoración inconsciente de los objetos —el síndrome “I shop therefore I am”, "Compro, luego, existo", en palabras de Bárbara Kruger.  Cabe aclarar que este no se trata de un séquito de entes deshumanizados sino de un enorme porcentaje de la población que estamos expuestos a una agenda que, toda costa, promueve el consumo.

Nuestro mapa cultural está formado por una compleja red de asociaciones que vamos tejiendo a lo largo de nuestras vidas. Y precisamente es en este nivel dentro del cual actúa el incentivo a consumir: en la actualidad es difícil concebirnos, y concebir al otro, sin recurrir a asociaciones entre el ser y los objetos que le rodean. Este fenómeno repercute incluso en la sociología contemporánea, en las nuevas tribus, que están en muchas ocasiones definidas por las pertenencias materiales: eres Mac o eres Windows, estás más en el ánimo Nike o en el Vans, o tu personalidad tiende más hacia los Ray Ban que a los Oakley, etc.

Ya en alguna ocasión, en un artículo titulado “El consumismo te esclaviza con la promesa de ser feliz”, reflexionamos sobre esta práctica comercial que impacta en los planos más profundos de la psique social y que, ligada a este modelo de asociación entre identidad y posesiones, nos ha convertido en lo que somos: consumidores insaciables. De hecho, para aquellos que poseen una “mayor” conciencia, el mercado ha encontrado la forma de satisfacerlos con líneas de productos sustentables o que son producidos bajo un esquema de fair trade, lo cual, como bien advierte el filósofo Slavoj Zizek, podría no ser más que una sofisticada estrategia comercial.

Pero volviendo a esta promesa tácita de que la felicidad está ligada a la posesión de objetos materiales, existen estudios que han comprobado científicamente lo que muchos sabemos pero pocos practicamos: la felicidad tiene poco que ver con las pertenencias.

En enero pasado se publicó una investigación en el Journal of Personality and Social Psychology que  la vez aprovecha data de ocho estudios anteriores en los que se prueba que a mediano plazo, es decir después del característico high que puede provocarnos el adquirir algo,  la felicidad guarda una significativamente mayor relación con las experiencias que con las pertenencias. Curiosamente en el estudio, o al menos en el artículo que sobre el mismo se publicó en el diario Live Science, las dos variables se ligan al consumo, es decir, sugieren que gastar tu dinero con fines experienciales, desde salir de vacaciones hasta ir al cine o a un restaurante, aportarán más a tu felicidad que comprar, por ejemplo, un iPhone.

“Si estás tratando de comprar la felicidad, será mucho mejor que dirijas tu dinero hacia una isla tropical que a una nueva computadora”, nos dice Raechel Rettner, quien firma el artículo en Live Science. Pero más allá de que mi colega Rachel o los investigadores que participaron en el estudio, se hayan mantenido en el tablero de juego monetario, existe una razón fundamental para explicar por qué una experiencia es ampliamente más redituable para una sonrisa perenne que una pertenencia: la primera de ellas la juzgamos, comúnmente, en referencia a sí misma, mientras que la segunda, casi inevitablemente, la comparamos con otras cosas: aquellas que no tenemos.

Para continuar, y despegándonos del estudio y del artículo citados pero manteniendo la premisa de que la vivencia nos hace más felices que la propiedad, en terminos hegelianos podemos proceder a la síntesis de este binomio: hay miles de experiencias que no requieren de dinero. Sí, aunque muchos piensen que es casi imposible acceder a experiencias memorables sin usar unos cuantos billetes, lo cierto es que muchas de las vivencias más gratas que tenemos registradas, estoy seguro, no te han exigido un gasto monetario. De hecho, te invito a que hagas un recuento de tus memorias más preciadas y compruebes que buena parte de ellas no ocurrieron a costa de tu presupuesto.

A continuación comienzo una lista, que espero los lectores me ayuden a completar, con algunas experiencias que sin duda nos aportarán recuerdos más dulces en un par de años que el último gadget que adquirimos o el nuevo auto que deseamos:

- Observar una lluvia de estrellas (en PS tratamos de alertarlos cada vez que ocurren estos eventos).

- Comenzar y terminar un buen libro (puede ser prestado por un amigo o pedido en una biblioteca pública).

- Practicar una inédita posición sexual con tu pareja.

- Dedicar un día a romper radicalmente la rutina (incluso puedes recurrir a un disfraz para sali a caminar por las calles).

- Asistir a una persona querida en algún problema (o, aún mejor, a un desconocido).

- Rememorar los instantes más felices de tu vida. 

- Levantarse a ver el amanecer (cortesía de Sombra Rosa).

- Plantar una planta y verla crecer (cortesía de Seba)

- Contagiar una sonrisa (cortesía de Sergiollo)

- Ir de acampada a la montaña (Ikix)

- Trotar en el crepúsculo (Alejandro)

En fin, espero que este artículo, así como muchas otras notas publicadas en Pijama Surf, representen al menos un puñado de granos de arena abonados a la consecución de una titánica misión: revertir la tendencia del consumismo y ayudarnos a desasociar dos conceptos que jamás debieron de haberse entretejido: identidad y pertenencia material. 

Twitter del autor: @paradoxeparadis

 

El legado de los experimentos secretos de la CIA con LSD

Por: pijamasurf - 03/26/2012

Investigación periodística desvela que la CIA dosificó con LSD a sus propios agentes, a hombres que buscaban pasar un rato con prostitutas e inocentes civiles sin su conocimiento, en una serie de experimentos de control mental

Imagen: Rick Sealock

La dudosa cualidad moral de la CIA ha sido expuesta numerosas veces, aunque díficilmente a fondo. De cualquier forma queda claro que  esta agencia de inteligencia, que opera en buena parte del mundo, no tiene reparos en actuar de forma totalmente siniestra y violatoria de los derechos humanos si alguien o algo se intepone con su agenda. Uno de los programas secretos en los que ha hecho patente el tipo de comportamiento que caracteriza a la CIA es el MK-ULTRA, un programa básicamente orientado a desarrollar técnicas para ejercer control mental sobre la población.

Por la investigación de diversos periodistas, la más reciente de la revista SF Weekly, sabemos que la CIA experimentó en repetidas ocasiones con el LSD en personas que no tenían conocimiento de que habían tomado este psicodélico --que en un principio fue probado como un "suero de la verdad".  Antes de que el LSD encendiera a la población hippie de Estados Unidos --bajo el mantra de Leary "Tune in, Turn on, Drop Out"-- la Agencia de Inteligencia Central ya experimentaba con LSD, provocando una serie de bizarras y pesadillescas situaciones en sus propios agentes y en civiles inocentes. Detrás del sueño californiano del sunshine acid, se oculta el sueño paranoico de la CIA y el LSD, una oscura pareja.

Los experimentos de la CIA con LSD fueron llevados a cabo supuestamente bajo la sospecha de que la Rusia comunista, Corea del Norte y China estaban utilizando esta droga para lavar el cerebro de estadounidenses presos. Y la Agencia no quería quedarse atrás en el uso de esta neurotecnología.

La CIA colocó ácido lisérgico furtivamente a estadounidenses en la playa, en bares, en restaurantes y en burdeles por más de una década en una serie de experimentos que aparentemente no estaban muy regulados que digamos. La información que se tiene proviene de Seymour Hersh, quein primero expuso al programa MK-ULTRA en un artículo del New York Times en 1974, de John Marks, quien hizo una crónica de esta operación encubierta en su  libro The Search for the Manchurian Candidate y ahora del periodista Troy Hooper quien ha apelado a la ley de derecho a la información para obtener documentos y a una nueva investigación. Sin embargo, es difícil pensar que la CIA no se ha guardado los detalles más incriminantes y escandalosos de este programa de control mental, vinculados por algunos no sólo a la experimentación con drogas psicodélicas sino, en otra vertiente, también a la distribución y venta de las mismas.

Entre los casos más sonados de experimentación con LSD de la CIA se encuentran el del médico Frank Olsen, quien supuestamente se suicidó bajo las secuelas de la sustancia y quien fuera usado para satanizar los efectos del ácido, la demencial dosificación de todo un pueblo francés con LSD colocado en el pan, el empleo de prostitutas para colocar subrepticiamente LSD en la bebida de sus clientes para luego experimentar con sus psiques y el extraño caso del alguacil Wayne Ritchie, quien aparentemente fue dosificado por sus colegas de la ley sin que lo supiera, lo cual desató un episodio de paranoia criminal que le costó su carrera.

Ritchie relata que se encontraba tomando unos whiskeys con otros oficiales federales en 1957 en San Francisco cuando, después de escuhar un par de bromas de uno de los agentes, la habitación empezó a girar repentinamente. Las luces verdes y rojas del árbol de Navidad empezaron a derretirse en filamentos espirales; su temperatura aumentó y su mirada se detuvo en los nauseabundos colores que lo asediaban.

Ritche se disculpó y fue al lavabo, tomó un vaso de agua e intentó recomponerse. Pero esto no sucedió; la vieja paranoia lo abordó. Temía que los otros alguaciles no lo querían ahí y pensó que los oficiales superintendentes no lo querían tampoco. Todos estaban buscando alejarlo. Conspirando en su contra.

Ritchie luego fue a buscar confort en su novia pero eso no funcionó. Discutió con ella y entonces perdió el control. Frenético fue al Vagabond Bar,  donde tomó un par de sodas y whiskeys y luego a otros bares hasta que regresó al edificio donde estaban sus colegas.  Ahí ejecutó un desquiciado plan para "ayudarlos a deshacerse de mí" al tiempo que conseguía algo de dinero para que su novia pudiera comprar un boleto de avión a Nueva York. Ritchie fue por su arma de fuego y embriagado y posiblemente alucinando, entró al Shady Grove, donde pidió otro whiskey y, después de armarse de valor bebiendo el último trago, apuntó al bartender con su revolver pidiéndole todo el dinero. El asalto no prosperó mucho, una mesera llegó y le preguntó qué es lo que estaba haciendo. Cuando Ritchie volteó, una persona lo golpeó en la cabeza, dejándolo inconsciente. Se despertó con el desolador paisaje de dos policías parados encima de él.

Ritchie logró evitar prisión pagando una multa y renunciando a su puesto, pero el episodio nunca ha dejado de atormentarlo. Acosado  por la incertidumbre de ese día que cambió su vida, descubrió en 1999, leyendo un artículo del San Jose Times, que el oficial de narcóticos George White había conducido experimentos drogando con LSD a colegas en San Francisco como parte de la operación Midnight Climax, que se desprendió de MK-ULTRA. Ritchie conocía a White, es más, White estaba ahí esa noche en la que perdió la cabeza (según se puede atestiguar en el diario del mismo White).  Y pensar que por la misma época la CIA había estado investigando la posibilidad de dosificar a toda una ciudad introduciendo LSD en el agua.

El director de la CIA, Stansfield Turner, testificó que se realizaron experimentos con LSD y otras drogas en 44 universidades, 14 fundaciones de investigación y compañías farmacéuticas, 12 hospitales y tres instituciones penales (recordemos que Tim Leary lo había hecho con psilocibina en la Prisión Concord, pero con la intención de propiciar un cambio de conciencia en los reos para que abandonaran la vida criminal).

La misma CIA padeció la locura de estos experimentos de la más sórdida psicodelia. Agentes de la Operación Midnight Climax entraron en una racha de voyeurismo pornográfico usando prostitutas para llevar a clientes a una casa secreta decorada de imágenes de esclavismo sexual y cuadros de Toulouse-Lautrec, donde se les dosificaba cócteles con ácido lisérgico. Las habitaciones tenían espejos transparentes de un lado desde los cuales los agentes podían observar la acción. Los operativos de la CIA tomaban martinis mientras veían el sexo psicoactivo, supuestamente analizando los comportamientos de los sujetos dosificados para decidir si el LSD podía ser usado para manipular la psique de tal forma que se pudiera obtener  información puntual (una confesión o una conversión). Sobra decir lo extrañas que esas escenas sexuales han de haber sido: hombres llevados al llanto, al éxtasis y a la locura por prostitutas que derramaban secretamente ácido en sus bebidas mientras perversos agentes de la CIA observaban del otro lado del cristal.

La versión oficial dice que desde 1964 la CIA dejó de hacer experimentos con LSD, llegando a la conclusión de que la sustancia difícilmente podía ser usada como un truth serum o como una arma militar, versión que  ha sido puesta en duda numerosas veces. Al mismo tiempo se llegó a la precipitada (y taimada) conclusión de que el LSD  no tiene un uso médico o terapéutico, por lo cual se prohibió todo tipo de uso y experimentación. Hoy sin embargo, los primeros estudios en décadas demuestran que es una de las sutancias más prometedoras en el tratamiento de la depresión, alcoholismo y algunas cefáleas.

Estos experimentos parecen inocentes en compración con los que se ha acusado a la CIA de realizar. Por ejemplo, el supuesto programa Monarch, en el que se dice que niños son dosificados con LSD y forzados a tener sexo, para de esta forma generar una serie de improntas que seguraran una programación conductual específica. Esto es ya el terreno de la conspiración, y pese a algunos testimonios como el de Cathy O'Brien, en su libro Trance-Formation of America, las fuentes son dudosas y difíciles de comprobar.

El misterio más hondo en lo que concierne a la CIA y el LSD, es el caso de Timothy Leary, el gurú de los sesenta que luego fue encarcelado para más tarde escaparse y exiliarse. Leary aparentemente es el antípoda de un agente de la CIA, o al menos representa la oposición más radical al sistema. Pero habrá quien dice que las apariencias engañan, y que la CIA es experta en fabricar y utilizar a sus "enemigos"  (como se ha dicho de Osama bin Laden). Existen cientos de artículos en Internet que sostienen que Leary trabajó o al menos fue utilizado por la CIA. Por ejemplo el escritor W.H Bowart, incluso cita al mismo Leary confesándole, de manera un tanto engañosa, que había trabajado y recibido fondos de la CIA: "Estoy elevando la inteligencia de una élite... un grupo élite de estadounidenses. Así que creo que nuestra libertad depende de ese pequeño grupo de personas que son suficientemente inteligentes para defender esa libertad", respondió Leary, segú Bowart, a la pregunta de qué estaba haciendo para la CIA.

Leary era, como pocas personas, una encarnación del arquetipo del trickster, aquel que juega en la frontera de los mundos, coqueteando con la luz y la oscuridad, moviéndose por sus propias reglas,  seduciendo con su sonrisa de diablo angelical y sobre todo rompiendo los límites de lo que creemos es la realidad para alterar nuestra conciencia. Así que quién sabe, pudo haber dormido con la CIA para obtener lo que quería y tal vez la CIA no es lo que pensamos y contien algunas células más sofisticadas. Todo es un juego y difícilmente podemos saber la verdad en blanco y negro. Existen fuertes rumores de que Leary era de la CIA, pero quizás todo esto sea desinformación: tipo la misma CIA generando la idea de que existe una sociedad secreta que controla el mundo y teorías conspiratorias de ese estilo.

Asismismo existe una teoría quizás un tanto más sustentada de que la CIA fue por un momento el máximo vendedor de LSD en el mundo (ciertamente eran el cliente núemro 1 de los laboratorios en Sandoz), a través de la siniestra figura de  Ronald Handley Stark, quien al parecer jugó de doble agente entre la Brotherhood of Eternal Love y la Agencia.

Como siempre en estos casos se avanza en arenas movedizas de agendas ocultas y de información espectral. Como siempre en estos casos el lector debe profundizar y discernir entre versiones encontradas y contradictorias, apelando a su propio criterio. Queda, más allá de esto, la genialidad de Leary y la eterna paranoia que vuelve a encarnar en la CIA.

Más información:

Acid Dreams: the Sixties, the Hippies and the CIA

How the US Government Created the Drug Problem

Ronadl Hudley Stark: The Man Behind the LSD Curtain