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Un mundo fascinante: cada vez que tomamos un vaso con agua podríamos estar bebiendo miles de millones de años

Cuando bebas agua dedica un pensamiento al manantial.

Proverbio chino

"El agua es vida", reza la frase popular que todos hemos escuchado en incontables ocasiones pero que pocos dimensionamos realmente. Y es que este líquido, su ineludible fluidez, es candidato a ser uno de los ingredientes más preciosos del universo. ¿Por ejemplo, si cuando bebes agua en un vaso, gesto obviamente rutinario, consideraras que ese líquido traslúcido que estás ingiriendo podría ser más viejo que el mismo Sol, no lo verías de forma distinta?, ¿lo revalorarías radicalmente? 

16TB-water-articleLargeAunque no está del todo confirmado cómo llegó el agua a la Tierra, una de las teorías más aceptadas sugiere que utilizó como vehículo partículas de hielo que flotaban en una nube cósmica hace 4 mil 600 millones de años, antes de que el Sol se estableciera en nuestro vecindario cósmico. Y de acuerdo con los cálculos astrofísicos, al menos la mitad del agua presente en el planeta tiene ese origen, es decir, la mitad del agua con la que interactuamos es mucho más vieja que el propio sistema solar.    

Este dato abismal es una invitación perfecta para redimensionar el valor del agua y el papel que este generoso elemento juega en nuestra vida y en el universo. Sin agua no somos y ella sabe más, mucho más, que nosotros. Pero además es un buen aliciente para reencantarnos con la realidad. A fin de cuentas la cantidad de aspectos e ingredientes presentes alrededor de, incluso, el más simple acto, por ejemplo beber un vaso de agua, es tan rica que pareciera no haber pretexto para no aceptar que el nuestro es un mundo alucinante, uno absolutamente propenso para ejercer la fascinación y, como consecuencia, el agradecimiento. 

Cuando bebemos agua bebemos miles de millones de años, y como sugiere Nicholas St. Fleur en el New York Times, bien valdría la pena brindar por eso. 

 

Twitter del autor: @ParadoxeParadis

Investigadores confirman que el aleteo del búho, desafiando la física, no produce prácticamente sonido alguno

Los búhos son seres extraordinarios. No es casualidad que entre múltiples culturas sean considerados como habitantes de las fronteras entre este y otros mundos. Radiante en el filo de lo imperceptible, su casi fantasmal discreción hace de esta ave nocturna una figura asociada a la sabia distancia, a la contemplación panorámica del objeto y el movimiento.

En hermosa sintonía con lo anterior, se comprobó que el vuelo de los búhos no emite prácticamente sonido alguno. Si tomamos en cuenta la complejidad de los movimientos implícitos en su vuelo, y luego la contrastamos con su minúsculo efecto sonoro, es probable que entendamos por qué se considera a estos animales como residentes de un plano distinto --más sutil y elegante-- al nuestro. Además, sobra decir, su casi imperceptible desplazamiento abona significativamente a su mayestática naturaleza.

Investigadores británicos documentaron el sonido emitido por el vuelo de un búho Tyto alba y confirmaron que el ejercicio consistía en prácticamente grabar silencio. Luego lo contrastaron con el vuelo de otras aves, un pichón común (Columbidae) y un halcón peregrino (Falco peregrinus); el resultado fue espectacular. Gracias a un sistema de alta sensibilidad para monitorear sonido se pudo comprobar que el vuelo de un búho, a pesar de su rapidez y precisión, es algo simplemente fantasmal. Lo imperceptible de su desplazamiento se debe a la gentileza de sus movimientos y a una constitución que combina un cuerpo pequeño con amplias alas.  

Cuando un cuerpo se mueve desplaza aire y eso produce sonido. Sin embargo, la gracia cinética del búho le permite casi eludir este principio esencial de la física y desplazarse de manera exógena a este mundo –algo que, por cierto, contrasta con la contundencia del instante preciso en que ase a su presa.   

 

Twitter del autor: @ParadoxeParadis