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Consideraciones místicas para una espiritualidad basada en la experiencia y no en el dogma

¿A qué nos referimos cuándo hablamos del misticismo? Creo que aunque todos tenemos una idea general que seguramente no estará demasiado lejos del significado de esta palabra e incluso de la forma en la que se ha vivido el misticismo, nos podemos beneficiar al mirar más de cerca lo que es el misticismo y lo que hace que alguien sea un místico. 

La palabra "místico" tiene la misma raíz que "misterio" y está relacionada con la iniciación, como ocurría con los misterios en Grecia. La etimología parece originarse en una palabra griega para significar algo cerrado o incluso los labios o la boca cerrada. Es decir, lo místico es lo secreto, lo que no se dice o, quizás, podemos decir que es justamente lo que no puede decirse, porque al comunicarse verbalmente pierde su esencia. "Lo inexpresable, ciertamente, existe. Se muestra, es lo místico", dijo famosamente Wittgenstein. 

En un sentido más cercano a la forma en la que se vive o se ha vivido históricamente el misticismo, el filósofo Manly P. Hall define el misticismo así: "una creencia o convicción de que la experiencia de la esencia divina es posible sin la intervención de la teología organizada", la cual "lleva a la religión de la autoridad hacia la sustancia de la experiencia" (Practical Mysticism in Modern Living). En su libro Mystical Christ, Hall agrega: "El misticismo enseña la disponibilidad inmanente del poder divino". De aquí podemos empezar a consolidar una definición más redonda, encontrando algunas constantes: el misticismo está ligado a una experiencia de lo divino y no a un conocimiento teológico, dogmático o meramente "teórico". También, es característica del místico eliminar toda pompa religiosa, toda aparatosidad y psicotécnica que no sea esencial en su camino para acercarse a lo divino sin intermediación o que se desvíe del principio de su fe (puesto que sólo la vida en concordancia con los principios puede producir experiencias místicas reales). Hall señala que lo propio de los místicos no es buscar una esfera de influencia o convertirse en militantes y que de hecho los místicos históricamente han florecido a la sombra de las instituciones, especialmente en épocas de crisis religiosa o de persecución. "El místico busca en sí mismo lo que no ha logrado encontrar en su credo... En el momento en el que la búsqueda de la realidad se torna hacia el interior, alejándose de las formas hacia la vida misma, los hechos más profundos y bellos de la religión se vuelven tangibles". 

Lawrence Kushner, académico judío experto en cábala, ensaya la siguiente definición: "Un místico es toda persona que tiene la incipiente sospecha de que detrás de la aparente discordia, discontinuidad, fragmentación y contradicción  que nos asalta todos los días subyace una unidad oculta". Aquí podemos añadir a nuestro "bordado místico" la noción de la aspiración, deseo o ardor místico, que mueve al místico a hurgar más allá de lo aparente y hacer una búsqueda espiritual, una peregrinación o un viaje --generalmente interno, el cual podrá emprender solamente a través de la devoción y el ascetismo. Esta idea es expresada bellamente con la "noche oscura" de San Juan de la Cruz, en la que el alma emprende su viaje hacia la divinidad, una vez que se ha sosegado la casa, la condición para que el vuelo espiritual pueda ocurrir. 

Podemos subrayar otra característica del misticismo, también con Kushner: "El principio fue ver por un escaso momento que había algo más en la realidad de lo que puede observarse con el ojo desnudo. El final es ver acaso por un solo momento que la multiplicidad aparente es en realidad una unidad". Una de las experiencias comunes al misticismo es la de observar la unidad dentro de la diversidad, la unidad como realidad más allá de las apariencias. Esta es la visión relatada por innumerables místicos, cuando el todo de alguna manera se vuelve visible en la parte y de aquí, en este asombro de la divina ingeniería que ha podido difundirse íntegramente en cada parte del cosmos, se renueva la fe y se intensifican los bríos de conocer esa unidad, y de hacerse uno con ella. El místico, en todas las tradiciones, es aquel que conoce, que experimenta la gnosis, un conocer que es necesariamente una transformación: una transustanciación. "La Realidad es unión de la Conciencia con el objeto: hay identidad", escribe René Schwaller de Lubicz. En su epigrama Quien es Dios ve a Dios, el místico alemán Angelus Silesius dice:

Porque en su verdadera naturaleza, la luz yo deberé de ver,

En Él me he de convertir, o de otra forma esto no podrá ser.

Y en otro de sus epigramas:

En Dios nada es conocido: Él es indiviso, Uno,

eso que uno conoce en Él, uno mismo debe hacerse.

Esto nos lleva a la importante noción de que el místico, para tener una experiencia mística verdadera, debe vivir en conformidad con los principios universales sobre los cuales está basada la religión. Esto es no sólo en un sentido dogmático, sino en experiencia viva: la vida como presencia divina. No hay atajo a Dios. El templo debe construirse. La doctrina debe caminarse en su totalidad. Manly P. Hall hace mucho énfasis en esto. "El misticismo debe ser un efecto cuya causa debe ser igual al efecto producido", esto es, lo místico nunca es el resultado del milagro, sino que es consecuencia de una labor espiritual que responde a la ley de la causa y el efecto o el karma. Lo místico tampoco debe ser buscado como una súbita fuerza redentora, una visión santa a toda costa: el fin no puede ser separado de sus medios, ya que se caería en un acto de incongruencia y deshonestidad y según Hall, "la honestidad es el principio del misticismo". "El individuo moderno piensa que puede obtener ciertos poderes, no obstante su condición actual, utilizando trucos, drogas o fórmulas científicas... lograr una extensión de sus facultades aparte de un sistema de mérito". Hall recalca que el místico se conoce por sus obras, por cómo vive y se relaciona con los demás, no por la complejidad o supuesta elevación de una visión mística única o de un supuesto poder sobrenatural. Existe una tenue línea entre el misticismo y la alucinación, pero una experiencia mística podrá juzgarse por sus frutos, por como el individuo consigue integrar lo que ha conocido a su vida diaria, la cual deberá ser también mística.

Otro aspecto a considerar aquí que es parte esencial del místico es su renuncia a su importancia personal para disolver las fronteras que lo separan de su deseo. El místico no quiere convertirse en un dios y reinar, quiere olvidarse a sí mismo para hacerse uno con la divinidad que es Todo; no quiere poseer, quiere ser poseído. "El misticismo afirma que la verdad no puede ser poseída siquiera por la mente. Por una virtud en sí misma peculiar, sin embargo, el corazón puede ser poseído por la verdad. Crecemos no pidiendo más, sino aceptando. Esta gradual transformación es revelada de forma hermosa por el Cantar de los Cantares, donde Salomón primero canta 'mi amada es mía', luego 'mi amada es mía y yo soy de mi amada' y finalmente el rey dice 'Yo soy de mi amada'... esto marca una moción de la conciencia mística 'hacia la perfección de la renuncia', hacia la entrega total". Este proceso de erradicación de la individualidad en función de nulificarse para dejarse poseer por aquello que es de manera incondicionada e ilimitada y que por lo tanto obstaculizamos al limitar lo que somos a un yo individual, es testimonio de "una victoria de lo impersonal sobre lo personal... de la realidad sobre el apetito" y marca una "reducción del ego para la elevación de los principios por sobre la personalidad".

Estamos aquí ante una doctrina del corazón y de la intuición por sobre la mente racional, puesto que la naturaleza de la mente es el análisis, la separación, la comparación y la autoafirmación. El corazón, sin embargo, puede ser una forma distinta de conocer que nos lleve a la identidad con lo que conocemos: el corazón como un ojo más sensible, que se abre a lo invisible por una simpatía. "Hay en el hombre una inteligencia cerebral y una inteligencia innata, llamada 'del corazón', que resulta de la fusión por identidad de la naturaleza de la causa cósmica, contenida en su materialización, con esta misma causa en nosotros", escribe Schwaller de Lubicz. En el budismo el corazón es donde Buda establece su trono, simbolizado por la flor de loto. De alguna manera el corazón puede conocer la luz, porque es él mismo un sol pequeño, nos diría la ley de la analogía. El corazón, también, tiene esta cercanía con la divinidad, porque comparte una misma actividad: es el gran centro energético que se da a sí mismo, fuente de la vida. "El corazón nos dice que ganamos todo dando todo. Así podremos conocer que a través del amor a Dios, experimentamos al Dios del amor. El corazón, de hecho, se convierte en lo que la mente siempre busca", dice Hall. El corazón se convierte en el amado, en la fuente inagotable del amor: un fuego es todos los fuegos. "La fe se convierte en una disciplina del corazón como la filosofía es una disciplina de la mente... El hombre creó el Dios vengativo, el cual es una sombra sin sustancia. A través de la fe, el hombre llega a conocer al Dios del amor que habita en la eternidad".

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Vivimos en un mundo en el que la religión para gran parte de la opinión pública y para las supuestamente más altas cúpulas del saber ha perdido legitimidad, habiendo sido descalificada como método de conocimiento, acaso por la transferencia (¿mágica?) de los actos impíos cometidos por personas e instituciones religiosas. Esto, sin embargo, es como censurar a la ciencia porque se utilizó para hacer una bomba atómica. Hace casi 70 años Manly P. Hall escribió:

Las corrupciones de la Iglesia no afectan la integridad del contenido espiritual de la religión... Rechazar la sustancia [de las enseñanzas] debido a que una organización humana fue inadecuada es estúpido... Todos los cuerpos finalmente se vuelven infirmes y perecen. Pero la verdad en sí misma no puede desaparecer en el polvo, sino que eternamente está esculpiendo formas más nobles a través de las cuales operar. Puede que la creencia moderna materialista de que la vida no tiene existencia aparte del cuerpo, y que el hombre no tiene un alma inmortal, haya contribuido a la noción de que la religión es idéntica a las estructuras teológicas y no puede existir por separado. El idealista no aceptará lo anterior.

Así, quienes buscan e incluso consideran necesario tener experiencias de integración, de asombro ante la belleza y el orden del universo, de profundo compromiso ético y de amor hacia todos los seres, reconocerán que el misticismo no puede ser nunca erradicado y que la misma religión --en tanto su esencia más noble de re-ligarnos con los principios y los valores universales-- nunca podrá ser mancillada: permanece siempre inmaculada como el espíritu que entra al mundo pero no es del mundo.

 

Twitter del autor: @alepholo

Uno de los más grandes misterios esotéricos se centra en la glándula pineal, "el asiento del alma" según Descartes, el tercer ojo de las tradiciones orientales, la glándula que secreta DMT y la cual parece exhibir una extraña conexión con los procesos de muerte y reencarnación

La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es único, todo tu cuerpo estará lleno de luz.

Mateo 6:22

 

We are led to believe a lie, when we see not through the Eye.

William Blake

 

Los fuegos siempre están jugando alrededor de la glándula pineal pero cuando el kundalini los ilumina, por un breve momento el universo entero se hace visible.

Madam Blavatsky

Desde la antigüedad la glándula pineal ha sido objeto de la más alta especulación metafísica. Considerada como un tercer ojo o un misterioso ojo espiritual, es uno de los centros anatómicos principales a los que se dirigen el yoga tántrico y otras disciplinas místicas en el afán de abrir o activar una percepción sutil y, al provocar un estado de expansión de conciencia, unir al practicante con la divinidad o los principios universales. "En el  esoterismo la glándula pineal es el vínculo entre los estados objetivos y subjetivos de conciencia o, en términos exotéricos, entre los mundos visbles e invisibles de la naturaleza", dice Manly P. Hall (Man: Grand Symbol of the Mysteries).

Esta especulación (que en las tradiciones ocultas seguramente es acompañada de una serie de experimentos de anatomía teúrgica) ha sido revivida en la actualidad con el descubrimiento de que la glándula pineal secreta DMT (un poderoso enteógeno endógeno) y una misteriosa coincidencia encontrada por el doctor Rick Strassman: esta glándula se forma a partir de la séptima semana dentro del feto (el mismo momento en el que se identifica el sexo); son también exactamente 7 semanas o 49 días los que se dice que tarda un ser humano en reencarnar según el Libro tibetano de los muertos (Bardo Thödol), la gran autoridad en escatología que tiene el budismo. En este artículo intentaremos conectar la concepción antigua de la glándula pineal como una puerta espiritual y un órgano de percepción metafísica con los hallazgos y algunas de las hipótesis más radicales de Strassman. Para hacer esto primero sentaremos un contexto científico, histórico y simbólico de la glándula pineal.

Empotrada en el centro del cerebro, con forma de cono de pino, este pequeño órgano del sistema endócrino es responsable de producir melatonina a partir de la serotonina y dimetiltriptamina (DMT), una sustancia psicodélica endógena que está presente en pequeñas cantidades en buena parte de las especies del planeta (que tiene un precursor, como la serotonina, en el aminoácido triptofano), entre otras hormonas que emulan neurotransmisores. Su estructura, conformada por células muy similares a las de la retina, es considerada vestigio de un tercer ojo primitivo y en algunos reptiles este "ojo parietal" sigue funcionando como fotorreceptor. Estudios muestran que la glándula pineal es especialmente sensible a los campos magnéticos y su secreción de diferentes hormonas es mediada por la luz o la oscuridad a la cual es expuesta --la serotonina se incrementa con la luz y la melatonina necesita de la oscuridad (Strassman teoriza que el DMT podría ser generado naturalmente si se pasa mucho tiempo sin exponerse a la luz).

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Alrededor de 1630, René Descartes escribió su famosa hipótesis sobre la glándula pineal como el "asiento del alma". El padre del racionalismo explica: "este peculiar lugar de la residencia del alma es el Conarium, o Glandula Pinealis, un cierto núcleo que semeja un cono de pino, ubicado entre los ventrículos del cerebro", y dice que la razón por la cual este es el asiento del alma es "porque esta parte del cerebro es singular y sólo una". Añade el filósofo francés que los más inteligentes no son los que tienen una glándula pineal más grande sino una más móvil, en esto coincidiendo con la versión ocultista que sugiere que la glándula pineal se activa por el movimiento --una especie zumbido-- de la energía que es representada por la serpiente kundalini. Pese a que para algunos la idea de Descartes parece tener una extraña claridad intuitiva, en su época y posteriormente esta conjetura le ha ganado el escarnio de sus colegas.

Manly P. Hall en Man: Grand Symbol of the Mysteries nos dice que la glándula pineal corresponde a la sefirá de Kether, la corona, la unidad divina que contiene a todas las cosas, y es El Ojo que Todo lo Ve de los masones, el Ojo de la Providencia, el Ojo Único de las escrituras [Mateo 6:22] y también el Ojo de Horus y el Ojo del Cíclope (los titanes griegos que evocan un estado primigenio o de una humanidad previa, que supuestamente tenía acceso a una percepción directa del cosmos como realidad interna). 

Según el egiptólogo E. A. Wallis Budge, en algunos papiros se muestra a la persona fallecida con un cono de pino adherido a la corona de su cabeza al entrar a la sala del juicio de Osiris. En los misterios griegos a veces se llevaba un bastón simbólico con un cono de pino adherido --el tirso o báculo de Dionisio. Esta misma investidura ritual se mantiene aún entre algunos líderes de la Iglesia católica (¿el que lleva el báculo con el cono de pino es el que tiene el ojo interno abierto y por lo tanto puede guiar?) y en la plaza de San Pedro podemos ver una enorme escultura de una glándula pineal flanqueda por dos pavos reales (las plumas de los pavos reales están adornadas por patrones similares a ojos, llamados ocelli y simbolizan también la omnividencia). Manly P. Hall señala que en la iconografía china se pueden observar plumas de pavo real adheridas a la cabeza de ciertos personajes de la nobleza en la zona que corresponde a la glándula pineal... todo lo cual puede ser una coincidencia, o uno de los misteriosos pathosformel que detectó el historiador Aby Warburg y que se repiten transculturalmente como si hubiera un origen común a toda la simbología.  

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Acercándonos más en el tiempo a lo que nos concierne en este caso tenemos el intrigante trabajo del doctor Rick Strassman, autor del libro The Spirit Molecule, en el que registra los resultados de sus experimentos administrando DMT a voluntarios en la facultad de medicina de la Universidad de Nuevo Mexico y sus posteriores hipótesis y especulaciones sobre la función del DMT en el organismo. Una de las cosas que más ha fascinado a los lectores de este texto es la increíble coincidencia notada por Strassman entre los 49 días que tarda un individuo en tomar una siguiente vida, según el Libro tibetano de los muertos, y el momento en el que la estructura pineal se manifiesta en el feto humano, 49 días después de la concepción. El mismo Strassman explica:

Sugiero que la fuerza vital del individuo entra al cuerpo a través de la pineal 49 días después de la concepción y se libera a través de la glándula pineal en la muerte. Este período prenatal de 49 días corresponde a las primeras señales del tejido pineal fetal, la diferenciación de las gónadas en masculino y femenino y el intervalo de tiempo entre la muerte de un individuo y la reencarnación de su alma según el budismo tibetano. Sugiero un modelo metafísico en el que los impulsos biológicos, psicológicos y espirituales existen en una tensión dinámica con esta glándula espiritual. 

Desde la publicación de su libro Strassman había teorizado que la glándula pineal era responsable de producir DMT, la molécula psicodélica que había sido detectada en el organismo humano. Años después de la publicación se confirmó que, al menos en el caso de los ratones, la glándula pineal en efecto produce DMT. Strassman además cree que el DMT podría estar correlacionado con el componente visual de los sueños y con las visiones reportadas en las experiencias cercanas a la muerte. Con esto Strassman empieza a trazar una especie de doble umbral entre la vida y la muerte localizado en la glándula pineal: lo que de un lado es una urna acaba siendo una cuna en otro lugar y viceversa. En su libro The Spirit Molecule intenta interpretar esta misteriosa coincidencia, la cual lo lleva de la ciencia hacia la especulación metafísica:

Hay algo que nos 'vivifica' cuando se une al cuerpo. Cuando presente en la materia, se muestra como movimiento y calor. En el cerebro provee el poder de recibir y transformar en conciencia nuestros pensamientos, sensaciones y percepciones...

Lo que propongo es una "doctrina del tiempo pasado". Si los textos budistas y la embriología humana revelan que diferentes desarrollos requieren 49 días, los eventos pueden estar relacionados. 

"Al morir", nos dice Strassman, "parece haber una alteración profunda en la conciencia que se desliga de su identificación con el cuerpo. El DMT pineal hace disponibles esos contenidos particulares no corporalizados de la conciencia... es probable que la pineal sea el órgano más activo al momento de la muerte". Strassman especula que en los 49 días después de la muerte "las experiencias acumuladas, memorias, hábitos, tendencias, sensaciones" son procesados, eliminados o integrados y lo que queda es luego asimilado a la siguiente vida "por resonancia, o vibración simpática de campos similares" (esto es lo que en el budismo se conoce como los skandhas o agregados). El cuerpo está listo para recibir ese material psíquico una vez que es capaz de sintetizar DMT, cuando "la glándula pineal puede actuar como una antena o un pararrayos del alma". 

En el caso del budismo tibetano son 49 días también los que se suele mantener el luto, el cual consiste, entre otras cosas, en rezarle a los muertos oraciones y mantras del Libro tibetano de los muertos, bajo la creencia de que el compuesto psíquico de la persona fallecida vaga por el mundo intermedio (el bardo) en búsqueda de la liberación que encuentra su vehículo en la Luz Clara (ösel), una luz que es la conciencia misma. Se cree que las oraciones pueden servirle como una guía para unirse con esta luz que es la realidad más allá de la ilusión del samsara o el ciclo de muerte y renacimiento. Hay que mencionar (y precisarle a Strassman) que para el budismo lo que "reencarna" no es un alma como la conocemos en la teología cristiana, por ejemplo, sino un componente psíquico o un agregado de la mente, que existe solamente hasta que sus acciones o karmas hayan cumplido con su cadena de causas y efectos. René Guénon incluso sugiere que la idea de la reencarnación es una invención moderna y que lo que predican las religiones orientales es solamente la transmigración, es decir una continuidad de la mente (o del alma en el caso del hinduismo) pero en otros mundos y planos de existencia.

El viaje por el bardo consta de siete niveles, los cuales duran cada uno 7 días y en los cuales el individuo se ve enfrentado a diferentes estratos de visiones, algunas más terroríficas que otras (suelen aparecer las iracundas deidades tántricas en una región similar a lo que en otras tradiciones se conoce como el astral o el mundo del deseo). Se dice que si el individuo es capaz de distinguir estas visiones como meras proyecciones de su mente o reflejos de sus actos y pensamientos pasados, entonces ocurre una purificación y puede alcanzar la liberación. Si esto no se logra, entonces, el Bardo Thödol narra una inquietante secuencia en la que la atención del individuo, que vaga en un caliginoso mundo de espectros y deseos, es atrapada por una imagen irresistible y abominable: una pareja que tiene sexo. El individuo se identifica con esta cópula interdimensional y se echa a andar el proceso de renacimiento en el rayo de la inseminación (¿de los dos lados, en la muerte y en la vida, una luz avanza en un túnel?).

Los tibetanos no son los únicos que tienen este conocimiento tradicional, en Occidente encontramos una extraña mención de esta creencia. En un pequeño texto de la época del Renacimiento, incluido en la edición de Angela Voss de las obras astrológicas de Marsilio Ficino, el gran platonista florentino señala que uno de los momentos definitivos de la concentración psíquica de los individuos es aquel en el que "por primera vez el feto es imbuido con la vida. Dicen que esto sucede en el segundo mes, cuando Júpiter actúa poderosamente. No queda claro si la vida entra la primera mitad de este mes o en el día 49 después de la concepción; la naturaleza usualmente emplea procesos septenarios en los asuntos humanos". Esto es una creencia numerológica ligada a los siete aspectos del alma, según se explica en la astrología hermética, equivalente a los siete planetas del sistema astrológico antiguo y los 7 días de la Creación, así como varios otros septenarios que parecen ser reflejos de los siete poderes creativos y de una especie de código creativo que permea el cosmos. 

Siguiendo con la lista de ominosas coincidencias, en el taoísmo se explica que la menopausia llega a los 49 años. Se tiene también en esta religión la creencia de que la esencia vital --cuyo origen se cree que es divino-- se pierde a través del sangrado excesivo, por lo cual la mujer debe controlar su menstruación, si bien nunca erradicarla del todo, ya que en ella, como en el semen en el caso del hombre, está la sustancia esencial (Jing) que puede transformarse en espíritu (Shen). 

Tenemos también el caso de la religión judía en la que el 49 tiene un significado especial. La fiesta de Shavuot, una de las más importantes del calendario religioso judío, se celebra 49 días después de la fiesta de Pésaj (la celebración de la liberación de Egipto). "Shavuot" significa "semanas", esto es las 7 semanas que se debe hacer "la cuenta del Omer" (Omer es una unidad de medida de cebada y también la ofrenda que se llevaba al templo de Jerusalén). En esta fecha (Pentecostés en griego; 50 días) se celebra la entrega de la Torá de Dios a Moisés en el monte Sinaí. Esto es el momento que culmina la liberación de la esclavitud y el cumplimiento del destino, ya que se dice que el pueblo judío fue elegido para recibir la Ley.  

Los 49 días, según enseña el aspecto místico de la religión judía, son contados cada uno como una puerta o un escalón hacia el conocimiento; en cada uno de ellos se debe meditar y purificar la mente para en el día 50 entrar en el conocimiento de la deidad. Es en alusión a esto que Roberto Calasso tituló uno de sus libros de ensayo Los 49 escalones (un guiño probablemente a los estudios cabalísticos de Walter Benjamin). Esos 49 escalones o 49 días son el intervalo que debe recorrerse para la unión con la divinidad. Algo que se vuelve a revelar por el hecho de que entre las diferentes vías para subir el árbol de las sefirot se puede tomar un camino de 49 escalones por la columna central de Malkhut, Yesod y Tiferet, y así acceder en el cincuentavo escalón de Daat a las tres sefirot superiores. Las siete sefirot inferiores son equivalentes a los 7 días de la Creación y los tres superiores al conocimiento de la divinidad más allá del mundo manifiesto.  

Para aquellos interesados en la numerología y en la gematría, los referimos a un fascinante análisis computacional que ha encontrado un código en algunos pasajes de los cinco primeros libros de la Biblia. A intervalos de 49 letras después de la aparición de la primera letra hebrea del nombre "Torá" se encuentran letras que deletrean sucesivamente la palabra "Torá", el libro de la Ley, en lo que podemos ver una especie de fractal lingüístico, un guiño de un libro dentro de un libro. 

Podemos especular que de alguna manera estos 49 escalones son una multiplicación (7x7) de la escalera del sueño de Jacob (que aparece en capítulo 28 del Génesis), la cual une al cielo con la tierra, y la cual a veces es representada con siete escalones. Es probable que tengamos aquí una fórmula cabalística con el 7 que requiere de una elucidación esotérica más profunda. Por otro lado, la teosofía, en su esquema de la evolución, considera que hay siete razas raíz o siete humanidades y cada una de ellas se divide en siete épocas. Cotejando todo con esto con la investigación de Strassman, pareciera que existe una analogía entre el proceso creativo macrocósmico y el proceso embrionario microcósmico. Un poder del 7 que se repite en el espacio cósmico como en el espacio celular. El gran misterio del universo, según el físico John Archibald Wheeler, es cómo de un aparente caos azaroso emergieron leyes físicas tan perfectas, las cuales podemos conocer a través de las matemáticas. Podría ser que el 7 es de alguna manera parte esencial del desenvolvimiento de este patrón inmenso que llamamos universo.

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Claro que siempre cabe la posibilidad del error humano y el exceso de proyección de la mente hacia la naturaleza y tal vez Strassman y nosotros aquí estemos conectando demasiados puntos en el cielo con el cerebro, creando una nueva constelación de un animal espiritual donde no hay más que astros inconexos, cielo vacío y procesos químicos ciegos. 

En la siguiente parte de este ensayo exploraremos los aspectos más esotéricos relacionados con la glándula pineal, las visiones de los profetas bíblicos y algunas técnicas ocultistas para activar este centro de percepción espiritual. Como anticipo mencionaremos aquí brevemente el trabajo del "rabino psicodélico" Joel Bakst (y aquí es donde las cosas realmente se ponen esotéricas y quizás un tanto desaforadas). Bakst leyó el libro de Strassman y conectó sus hallazgos con su conocimiento de la cábala, avanzando la tesis de que la visión de Jacob, en la que sostiene haber visto "cara a cara a Dios" y la cual ocurre en un lugar llamado "Peniel" (lugar donde se construiría luego el Templo de Jerusalén), es en realidad una alusión a la activación de la glándula pineal, la cual sería la mítica Ciudad de Luz que aparece en la Biblia. Asimismo, Bakst sugiere que el DMT es el vehículo material del arcángel Metatrón, quien es el "sistema nervioso de Dios", esto bajo la concepción de que el cosmos es la anatomía misma de la deidad y que el cuerpo humano es un pequeño universo o una imagen de Dios. Lo anterior sugiere que algunos de los episodios crípticos que encontramos en los textos sagrados tienen correspondencias puntuales con procesos de yoga o alquimia dentro del cuerpo humano. En la siguiente entrega exploraremos más a fondo estas hipótesis que podrían sonar un tanto descabelladas en principio, pero que ciertamente tienen un aire poético; y se entiende la licencia bajo el deseo de aproximarse a esta región numinosa, ya que este caso que congrega a la glándula pineal, la activación del kundalini, el DMT y las puertas espirituales en el cuerpo humano es uno de los grandes misterios esotéricos de todos los tiempos.

 

 

Twitter del autor: @alepholo