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Por medio de un análisis exhaustivo de los 22 arcanos del tarot se intentará darle un sentido al ejercicio cinematográfico como regulador de la percepción de la vida

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Así se desemboza la muerte como la posibilidad más peculiar, irreferente e irrebasable.

Martin Heidegger

Un esqueleto en movimiento físico que hasta puede ser visto como laboral corta partes de cuerpos humanos entre las que se encuentran cabezas, usando una guadaña. Empecemos poniendo atención a su cráneo, que tiene forma de luna (media), esto quiere decir, la noche y la regresión. Otro detalle importante es la manera como corta de igual forma las hierbas del suelo como los miembros anatómicos, esto quiere decir que es una limpieza, una depuración para que salga lo bueno de lo malo.

 

Cambio sutil, como un capricho

La muerte en el tarot simboliza un cambio inesperado, una perdida pudiera ser también (¿para encontrar algo?), el final de una situación (para que inicie otra). Puede ser una renovación y en ese sentido, en el reino de la sutilidad, podemos ver la cabeza del rey y la del niño tiradas en el suelo, detalles donde reside el simbolismo del arcano. Pensemos en las fabulas morales de Éric Rohmer; recordemos a sus personajes femeninos que cambian de niña a mujer casi que durante la trama del guión, un instante eterno de eso que se llama percatarse de sí mismas, de lo que las rodea pero no las contiene.  

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La rodilla de Clara (1970), La coleccionista (1967), y Paulina en la playa (1983) como ejemplo. En estas cintas podemos apreciar una materialización con actrices y actores del cambio sutil, superficial y profundo también. Boyhood (Linklater, 2014) atrapa el fenómeno de manera muy evidente, como si fuera un time-lapse, cuando Rohmer lo fotografía como esos momentos eternos de fotógrafos clásicos como Cartier-Bresson o Capa. Por ejemplo Paulina (Amanda Langlet) es una adolescente que se vuelve un adulto mientras pasa unos días en la playa en compañía de su prima que es mayor. Curiosamente los adultos son más inmaduros que ella, entonces la madurez radica en otro lugar a donde Paulina va llegando, animando al arcano. En La coleccionista Haydee (Haydée Politoff) ya es adulta en apariencia, pero se comporta de manera mucho más infantil que la pequeña Paulina; así va muriendo la niña en ella pero la muerte realmente viene en el cambio de Adrien, un cambio de actitud que la refleja. Los hombres en estas cintas cambian profundamente con la ayuda de la inocencia femenina; para Rohmer las mujeres son como filosas guadañas que cortan lo que ya no sirve en el hombre y en ellas mismas por medio de su apariencia angelical. En La rodilla de Clara es ese caso en extremo, pero tras la perdida de la voluntad masculina que lo regresa a su infancia, se la intercambia a Clara tras la atracción por una parte de su cuerpo, la espléndida rodilla. ¿Qué atrae a la muerte sino la vida? ¿Qué es la muerte sino el intervalo, la válvula que separa un momento de la vida con otro?

 

El horror del renacimiento, la deformidad y la destrucción

Freaks/Fenómenos (Tod Browning, 1932) representa la muerte y renacimiento del cine, no hay efectos especiales aunque el director sea el mismo de Drácula (1931) para Universal Pictures, una joya gótica de proporciones teatrales. Pero aquí, gente deforme física y mentalmente se alterna con actores profesionales, en lo que es el nacimiento muerte del relato de horror literario en el cinematógrafo. Es la naturaleza documental del cine lo que salta finalmente en primer plano para que la pantomima teatral madure en un horror real de lo que es distinto pero no por ello feo, ese horror que es parecido a la carta en una primera experiencia.

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Lo horrible que termina siendo no tan horrible; quizás los fenómenos no son tan repugnantes como lo que puede habitar en el interior de alguien en apariencia atractivo. El espanto acaba proviniendo de adentro de los que se ven mejor en apariencia física, como Cleopatra (Olga Baclanova), la bella trapecista que con espantosas acciones echa a andar la trama para acabar siendo más fea físicamente que todos los demás fenómenos del circo. Esa es la carta de la muerte en su sentido invertido, el cambio como destrucción, que ha sido venerado en dioses que lo representan masivamente en culturas antiguas. De hecho, el culto a la Santa Muerte en el México actual (sólo en apariencia nuevo, pero en realidad antiguo) tiene que ver con deificar esta parte del arcano y usarla a conveniencia personal.              

El robo de la personalidad

En A pleno sol (René Clémént, 1960) es una afortunada adaptación de la novela escrita por Patricia Highsmith, El talento de Mr. Ripley. Cabe recalcar que el mismo argumento fue usado por Anthony Minghella en su versión que usa el título de la novela en 1999. Observamos el cambio forzado, a voluntad, el engaño que permite ser el otro en un juego de interés, de reinvención personal. Ripley (Delon) asesina a Greenleaf (Ronet) su amigo y heredero de una gran herencia, usurpando su personalidad.  

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El amigo americano (Wim Wenders, 1977) y El juego de Ripley (Liliana Cavani, 2002) son adaptaciones de novelas posteriores de la saga Ripley escritas por Highsmith, y exploran lo que es borrón y cuenta nueva en un asunto de identidad que funciona como anillo al dedo en el film noir --pensemos en un clásico como Retorno al pasado (Jacques Tourneur, 1947). La personalidad real, el pretérito, irrumpe el presente en apariencia pacífico con todos los problemas magnificados, añejos, la bola de nieve. Películas que pueden significar el arcano en su representación más tácita; vemos las partes del rostro en deformaciones y el objeto punzocortante amenazando o deformando más, deformando ahora de manera interna un pasado en el presente por no estar resuelto, deja de ser pasado para volverse futuro. La estructura ósea precede a la carne, pero el cerebro debe controlar la estructura ósea o recibir su filo ancestral. 

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El hombre lobo

La luna llena activa la licantropía, si bien En compañía de lobos (Neil Jordan, 1986) es una cinta que puede ser parte de este enfrentamiento simbólico entre la ingenuidad infantil femenina y sus deseos más inconscientes provenientes de sus instintos reproductivos, representados en una película de monstruos, se necesita una presencia masculina. Para que funcione el relato, existe un muchacho que sufre la transformación más grande: siendo apenas horas antes un dulce compañero de tarde, un amigo, se convierte luego en un amenazador lobo feroz. Es el cambio simbólico en su más salvaje esencia lo que terminamos viendo en pantalla. Aunque mucho más cercano con la naturaleza del naipe de la muerte sería la fantástica El hombre americano en Londres (John Landis, 1981), que no sólo incluye la gráfica, explícita y llena de detalle transformación de David (David Naughton) en lobo, que tardaron 6 días en filmar según cuenta la leyenda. Lo que nos conecta más con el arcano es la relación que existe entre David y su amigo muerto Jack (Griffin Dunne), que aparece varias veces para darle consejos, mutilado y cada vez más podrido; es el cambio de la muerte en el tarot, el contraste de David con su amigo muerto. Un contraste que se reduce cada que se convierte en lobo.

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¿Qué pasaría si esa guadaña no se usa para cortar la tierra cultivada porque no hay siembra? Se tornaría uno un esqueleto que se aleja de su humanidad para ser violento con esa guadaña; esa es naturaleza también de la carta, de lo que no está bien encausado. Recordemos que el hombre antes de ser sedentario, de aprender a sembrar, era cazador; también tiene esa primera naturaleza en su parte bestial, a la cual puede regresar en cualquier momento si no aprende a sembrar, encontrando la naturaleza superior de su guadaña. En el filme de Landis el viaje de campo por tierras celtas se convierte en pesadilla que revela la sombra más oscura que duerme en nuestro interior, el egoísmo que nos impide cambiar y que nos hace cambiar hacia los defectos de todas nuestras faltas.   

 

La cosecha cinematográfica

Los cosechadores y yo (Agnès Varda, 2000). Esta cinta logra capturar lo que sucede con el campesino y su campo en la cultura actual. No olvidemos que el elemento más grande de esta carta es la guadaña que sirve para cosechar; instantáneamente nos conecta con el concepto de la siembra y campo, el hombre en conexión con la tierra en la que vive para poder sobrevivir, la conciencia de ser creado y de que después dejaremos de existir. Todos los libros de Carlos Castaneda se basan en la conciencia de la muerte; el chamán Don Juan Matus le deja claro que el guerrero debe mirar a la muerte todo el tiempo sobre su hombro izquierdo y que esto es literal, no figurado, que así tendrá el valor suficiente para vivir con impecabilidad para transformarse en el águila. Una conciencia que Heidegger había encontrado antes, sobre la importancia de la muerte para existir, para encontrar una función: ser en el mundo es ser para la muerte.

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El árbol de los zuecos (Ermanno Olmi, 1977) nos plantea al campesinado en 1898 en la región de Bérgamo, Italia, hablada en dialecto y claramente con un énfasis socialista. No deja de ser un fiel retrato del principio de la vida campesina, por un autor que se dedica durante años a crear documentales sociales hasta crear esta obra maestra tan cercana de lo que es esta relación entre hombre y campo, el campesino, los ciclos y el cambio.  

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Fuentes

Bergman, K. Tarot.

Mayer, H. Cómo predecir el futuro con el tarot.

http://tarot.euroresidentes.es/carta/13-xiii-la-mort-la-muerte-o-el-arcano-xiii

http://www.mercaba.org/Filosofia/heidegger/HEIDEGER_08.htm

 

Twitter del autor: @psicanzuelo

También en Pijama Surf: Las 22 puertas del castillo-espejo: XIII El Colgado/El ahorcado (la carta 12)

Según Leonardo, la vida permanece latente aun en los cuerpos muertos. Incorporarlos ritualmente al flujo de la vida era parte de las creencias médicas y mágicas de muchos pueblos y culturas (y no en una antigüedad remota)

 

[caption id="attachment_107508" align="aligncenter" width="300"]Saturno devorando a un hijo, Francisco de Goya, 1819 Francisco de Goya, "Saturno devorando a un hijo" (1819)[/caption]

Cuando pensamos en caníbales e ingesta de carne humana a menudo vienen a la mente escenas de Hannibal Lecter, leyendas de tribus perdidas en el Pacífico que devoran a sus enemigos y otra serie de referencias atravesadas por el tamiz de la ficción y la fantasía. El canibalismo es uno de los temas tabú por excelencia, pero durante mucho tiempo fue parte integral de las prácticas mágicas y médicas de muchos pueblos.

Aunque los sarcófagos más famosos sean los egipcios, la palabra es griega: proviene de sarkós, carne, y phagein, el acto de comer. La palabra "mummy" (momia) aparece en numerosos textos ingleses del siglo XVII, desde John Donne hasta William Shakespeare y Edmund Spencer. Su significado se ha oscurecido con el tiempo, pero según investigadores como Richard Sugg, "mummy" es un pedazo de carne, hueso o tejido humano de algún tipo, utilizado en medicina o magia. Tal vez por eso durante estos siglos se dio un auge inusitado de robo de tumbas, entre las cuales estuvo la del mismo Shakespeare.

La ingesta de sangre humana suele relacionarse con prácticas vampíricas, pero durante las ejecuciones públicas del Renacimiento los pobres se acercaban a beber copas de sangre de ejecutados por una módica suma. Según Sugg, "el verdugo era considerado un gran curandero en los países germánicos". Paracelso recomendaba beberla fresca, pero existieron recetas que enseñaban a conservarla en forma de ungüento o mermelada para tratar problemas circulatorios. Bajo la misma lógica (descrita por Sir J. G. Frazer como "magia simpática"), un fragmento de cráneo diluido en alcohol podía aliviar la jaqueca, así como la ingesta de testículos podía aumentar la potencia sexual de los hombres.

Otra explicación de la ingesta de carne y restos humanos está en que para la medicina de la Edad Media y el Renacimiento, el espíritu era parte de la fisiología: las partes del cuerpo están ligadas al alma aun después de la muerte. Por ello, Leonardo da Vinci escribió que "preservamos nuestra vida con la muerte de otros. En una cosa muerta la vida insensata permanece y cuando ésta se reúne en el estómago de los vivos, recobra sensibilidad y vida intelectual".

En las culturas nativas de América la carne humana es también alimento de los dioses, y los sacrificios humanos tenían un sentido celebratorio más que mórbido, como fue presentado por los evangelizadores durante la Conquista. En América como en Asia, no era extraño que los ritos funerarios involucraran la ingesta de partes del cuerpo de los familiares muertos. Según la investigadora Beth A. Conklin, el canibalismo en América se diferencia de los europeos precisamente porque predominan las relaciones de parentesco, mientras que en el viejo continente la ingesta de carne era vista como algo impersonal, valioso por los atributos (¿fetichizados?) de la sangre o los huesos vistos como ingredientes mágicos, aunque meramente instrumentales, sin importar la relación de parentesco entre quien come y quien es comido.

La práctica cayó en desuso paulatinamente durante el siglo XVIII, aunque los remedios que incorporaban partes del cuerpo siguieron vigentes (y no regulados legalmente) hasta principios del siglo XX. Cuando la ciencia separó lentamente la medicina del sustrato mágico probablemente perdió una importante fuente de sentido ritual, pero ganó en especificidad y efectividad: la transfusión de sangre y el trasplante de órganos son formas sublimadas de resurrección en las cuales un cuerpo incorpora (aunque sin comérselo) partes de otro cuerpo como si fuera suyo.

 

(Con información de Smithsonian)