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No puedo entrar sabiendo, porque si entro sabiendo, nadie aprenderá
Gustave Courbet, "The Wave" (1869)

Gustave Courbet, "The Wave" (1869)

Ella está por entrar en el aula. Como siempre, cuatro o cinco veces al día, todos los días. Se prepara, pero poco. Siente que hace tiempo que está preparada; siente que ya se preparó. Y repite su partitura, una y otra vez. Aprovechó el recreo de las 10:50 para hacer dos llamadas telefónicas personales, contestar siete WhatsApp, revisar su Face, comer 3/4 partes de un sándwich de pan integral que trajo en un tupper de casa, conversar un poco con sus colegas en la sala e ir al baño. Durante esos 15 minutos no pensó en el reingreso al aula que ahora le toca. Es la parte más previsible de su día; es de nuevo aquella monotonía bajo control de todos sus días. Simplemente, abrir la puerta, saludar y despacharse. Tiene 43 años; tres hijos, ya crecidos; se llama Luciana y es maestra de sexto grado de primaria. Da clases en una escuela que puede ser cualquier escuela, como casi todas las escuelas.

Y está por entrar en el aula.

Ya se olvidó hasta de que en esos momentos suele pensar (con un tipo de pensamiento evanescente que pasa como un flash): "¿qué debo dar hoy en clase?"; lo hace automáticamente. Casi no tiene registro de ese pensamiento repetido que le pasa por la parte sorda de su cerebro. Revisa la planificación -que siempre tiene a mano, como las pastillas para sus jaquecas-- y sortea el obstáculo. Abre la puerta, entra y ejecuta.

Luciana no es una maestra; es "la" maestra. Es el arquetipo, el estándar y también el estereotipo que domina las prácticas pedagógicas escolares. Podría haber sido de cuarto grado o de segundo, o de secundaria; podría tener especialización en X o Z. Ella es todas y todos los que se enfrentan a las aulas en las escuelas de América Latina diariamente; o casi todos, por lo menos. Todos somos Luciana, cuatro o cinco veces al día, todos los días. Y así estamos...

Entra preguntándose, sin inquietud, "¿qué dice mi planificación?, ¿qué debo dar hoy en clase?". Y entra y lo da, mejor o peor.

¿Por qué cuento esta historia que parece no contar nada? ¿Qué puede estar interesándome de este relato plano y anodino sobre la rutina de una rutinaria maestra? ¿Dónde podría haber un quid en todo esto tan obvio, automático y al parecer hasta sensato?

Pues en que la maestra que anhelo debería preguntarse: "¿qué me encontraré hoy en mi aula de clase?". No se trata de qué llevo yo –maestra-- al aula, sino de qué hay allí esperándome. Si el curso didáctico empieza en mí, mal acaba; es un proceso sin transcurso, aplastado en su propia previsibilidad; nulo de toda sorpresa; carente de todo asombro; saturado de objetos con aspecto de alumnos y de temas falsamente disfrazados de preguntas o de problemas. En la medida en que Luciana insista en entrar como entra, el clic educativo seguirá sin producirse, y nos seguiremos preguntando en foros vanidosos y grandilocuentes por qué nuestros sistemas educativos no funcionan, y si será por falta de presupuestos, de tecnología adecuada o de no sé qué. No sé si la culpa la tiene o no Luciana, pero sí sé que el resultado proviene de lo que concretamente hace Luciana cada día; y de lo que no hace Luciana.

Preguntarnos qué nos encontraremos a las 11:05 cuando entremos en clase es devolverle a todo el proceso pedagógico una vida de la que carece. No importa qué dicen el currículum ni mi planificación; importa qué están diciendo ellos, mis alumnos, cada uno de ellos, ese día, a esa hora, en ese lugar y en medio de aquel complejísimo contexto que nos rodea a todos --incluso a Luciana-- cada día, a cada hora, en cada latitud y en cada orografía. No importa mi previsibilidad obediente sino la imponderabilidad vital de ese cuerpo en funcionamiento que llamamos "grupo de sexto A". ¿Qué pasa con ellos, en ellos? ¿Qué dicen y qué callan? ¿Dónde están sus puntos de articulación entre la vida y la escuela?, ¿en qué estación están parados sus sueños y sus frustraciones?

No puedo entrar sabiendo, porque si entro sabiendo, nadie aprenderá. Tengo que entrar desconociendo y con ansiedad por interpretar aquella situación, en aquel día, en sus propias coordenadas. Debo apelar al arte de producir la participación, que es arte mayor, y dejar aparcado ese arte menor que hace tantos años ostento de hablar y ponderar como si supiera, como si eso fuera saber y enseñar. Olvidarme el cuadernito de la planificación y acordarme del grupo, que necesita de mi expectativa abierta para poder desplegarse y realizarse subjetivamente. Poner situaciones-problema en juego y dejar que venga lo que con ellas tenga que venir; y surfear esas olas cargadas de pulsión de la buena, de la vital, de la imprescindible para que un proceso de aprendizaje significativo pueda producirse en esos niños. Simplemente, no repetir mi “¿qué debo dar?”, sino abrirme al incierto y productivo “¿qué voy a encontrar?”.

Yo sé que Luciana no lo sabe. Por eso hay días que tiendo a exculparla; pero no sé si debo. Ella --como todos-- está obligada a repensar su práctica; no tanto porque esté en su contrato laboral, sino porque debería estar en su contrato vital.

 

Twitter del autor: @dobertipablo

La modelo Emily Ratajkowski escribe un ensayo sobre el problema de ser sexy en un mundo que objetifica la sexualidad

Sociedad

Por: pijamasurf - 02/03/2016

Emily Ratajkowski, una de las mujeres "más sexy del mundo", reflexiona de manera inteligente sobre cómo la sociedad percibe la sexualidad femenina y coarta su expresión natural

La modelo Emily Ratajkowski es considerada una de las mujeres más sexy del mundo y recientemente se ha convertido en vocera de una sensualidad inteligente y empoderada, aunque no sin controversia. Hace unos días dio un discurso de apoyo a Bernie Sanders en su campaña por la candidatura demócrata a la presidencia y ahora ha generado revuelo en la red por escribir un ensayo para la revista Lenny --en el que cita a autores como John Updike y Harper Lee-- sobre la forma en la que la sexualidad femenina es percibida en el mundo.

El ensayo se llama "Baby Woman" y es un breve recuento autobiográfico de cómo ha sido crecer siendo modelo en Estados Unidos. Ratajkowski cuenta que desde que tenía 12 años su papá se refería a ella como "baby woman": una bebé-mujer precoz de 12 años, talla D de brasier, que dormía con sus papás. 

Algunas modelos han denunciado las oscuras prácticas de objetificación y acoso sexual dentro de la industria (por ejemplo, la modelo Sara Ziff), pero Emily enfatiza más la presión sexista de personas fuera de la industria: "maestros, amigos, adultos --individuos que no estaban tan regulados como los altamente escrutados del mundo de la moda me hacían sentir más incómoda o culpable por mi sexualidad en desarrollo".

La esencia de lo que Ratajkowski quiere comunicar es que no debe existir vergüenza o marginación por la expresión de la propia sexualidad, la cual es algo natural, algo que, valga el lugar común, simplemente florece,  sobre todo cuando no está lleno de conceptos y miedos proyectados. Escribe sobre la presión social de no enviar el mensaje equivocado a través de la expresión de su sexualidad:

Lo que esto implica es que ser sexual es equivalente  a ser vil [trashy] porque ser sexy es darle juego a los deseos de los hombres. Para mí, "sexy" es una forma de belleza, una forma de autoexpresión, una que debe celebrarse, una que es maravillosamente femenina. ¿Por qué la implicación debe ser que el sexo es algo que los hombres obtienen de las mujeres y las mujeres ceden a los hombres? La mayoría de las mujeres adolescentes conocen por primera vez lo que son las mujeres "sexy" a través de imágenes editadas con Photoshop de celebridades o del porno. ¿Es ese el único ejemplo que nuestra cultura proveerá para las jóvenes mujeres? ¿Dónde pueden las niñas ver mujeres que encuentran poder en decidir cuándo y cómo ser o sentirse sexualmente? Incluso si es que ser sexualizadas por la mirada de la sociedad es denigrante, de todas maneras debe haber un espacio donde las mujeres puedan ejercer su sexualidad cuando así lo consideren.

La palabras de Emily Ratajkowski en general le han traído elogios y una nueva percepción, ya no sólo como una modelo voluptuosa sino también como una persona pensante. De hecho podemos decir que su ensayo es de alguna manera "sexy". No hay duda de que la expresión genuina de la sexualidad debe permitirse y no debe ser censurada o mirada con envidia. "Me niego a vivir en un mundo de humillación y apologías silenciosas. La vida no puede ser dictada por la percepción de otros", dice Emily, Es ciertamente un derecho personal vestirse, sentirse y expresare de la manera que a uno mejor le parezca. Y es cierto también que la mirada masculina que fomenta la hipersexualización del cuerpo femenino igualmente sólo permite esta sexualidad bajo sus propios términos y en las delimitaciones en las que tiene control. Dicho eso, el tema es complejo ya que muchas jóvenes mujeres, ante la explosión de lo sexy en la esfera pública, ante una ola de empoderamiento a través del cuerpo femenino, no pueden más que sentirse enormemente inseguras comparando sus cuerpos con los de las modelos (que de todas maneras no son como se ven, lo que hace imposible que la comparación resulte medianamente positiva). Estas jóvenes mujeres no sólo no reciben dinero por ser bellas, sino que gastan toda su energía en intentar conformarse a la imagen imposible de belleza, siendo que la belleza física es uno de los factores principales que en nuestra sociedad brinda la posibilidad de éxito a una mujer --entonces, una mujer que no es sexy según los estándares del momento se ve opacada, venida a menos y cohibida, lo cual genera a veces diferentes trastornos.

Evidentemente el problema no son las mujeres como Ratajkowski sino la forma en la que nuestra sociedad ha creado una economía de la belleza y ha rodeado la economía (o los símbolos del éxito económico), la publicidad y el entretenimiento con una serie de imágenes sexy que no pueden desligarse de su contexto de poder y de intercambio de valores. Es decir, existe una responsabilidad en las imágenes" sexy" que producimos y con las que hacemos marketing de los valores. En este sentido, Emily quizás podría reflexionar sobre todos los comerciales y videos en los que ha aparecido semidesnuda vendiendo productos o bailando alrededor de un rapero que sigue promoviendo la idea del proxeneta o alcahuete como un modelo para las nuevas generaciones.