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Ziggy y la nada: una charla filosófico-existencial con David Bowie (VIDEO)

Filosofía

Por: pijamasurf - 01/15/2016

Una entrevista de 2002 donde David Bowie resume en un par de minutos los grandes cambios en la filosofía del siglo XIX y XX, pasando por Nietzsche, Einstein y Freud

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David Bowie fue un lector voraz y dedicado, pero no un mero consumidor de ideas. A pesar de que gozó de una fama de enfant terrible como la pesadilla de los entrevistadores, también existen algunas joyas donde podemos ver a Bowie hablando sobre las ideas que lo ayudaron a desarrollar su arte, ya fuera a través de la pintura, la escritura o la música.

En 2002, Bowie fue entrevistado en la televisión francesa por Guillaume Durand con motivo del lanzamiento del disco Heathen. Durante la conversación, Bowie explica la elección del arte que acompaña al disco, así como sus motivaciones para rechazar ciertos tipos de idealizaciones humanistas, siguiendo el rastro del “endiosamiento” de las humanidades después de la Ilustración hasta la bomba atómica y sus terribles consecuencias. 

Con un eco existencialista-sartreano que coloca la libertad en el polo del sujeto, Bowie charla acerca de la terrible y maravillosa posibilidad de que no seamos dioses, y de que un universo sin propósito puede ser el principio de una verdadera acción creativa sobre el mundo. (Transcripción después del salto).

 

El contenido de la mayoría de lo que he escrito tiene que ver con la soledad y la alienación, así que si hay una cosa de la que ha hablado es de los sentimientos y pensamientos ligeramente negativos. Este álbum [Heathen, 2002] es un poco menos pesimista que los anteriores, y esto se debe a mi recién adquirido estatus como padre. 

Las pinturas [incluidas en el booklet del disco] están dañadas en alguna medida, y quería ilustrar en este sentido el ser “heathen” como ser “bárbaro” o “filisteo”, un rechazo a la cultura o alta cultura; quería destruir todo lo que habíamos creado para expresarnos a nosotros mismos. Y los tres nombres de los tres libros que fueron importantes y aparecen en el disco fueron La gaya ciencia, de Nietzsche, donde escribió “Dios está muerto”, lo que fue una culminación de todo el pensamiento del siglo XIX. La gente se sentía demasiado agrandada con su propio sentido de la ciencia después de la Ilustración, y sobre cómo el hombre podía mejorar el mundo. Eso, claro, llevó entre otras cosas a decir a Nietzsche que “Dios estaba muerto”. Y llevó a Einstein a descubrir que el tiempo y el espacio no son lo que pensábamos que eran, y a Freud y al entendimiento de otro tipo de humano dentro del humano. Todas estas cosas culminaron en la idea de que todo lo que sabíamos antes estaba equivocado. ¡Todo! Así que comenzamos el siglo XX haciendo tabula rasa: 'Ahora nosotros somos los dioses'. Y lo más grande que pudimos hacer, en tanto dioses, durante este siglo, fue construir la bomba [atómica]. Para eso fuimos buenos.

Y creo que durante los 50 y 60 tomamos conciencia de las repercusiones de lo que habíamos hecho al defender esta moralidad ideal —creada por y para nosotros únicamente, tan destructora y fija que todavía seguimos viviendo a partir de ese caos el día de hoy. No tenemos nada de vida espiritual, por decirlo así, sólo estás cuasi-religiones nuevas, pero no existe una orientación clara de cuál debería ser nuestro propósito.

Ahora bien, esto podría resultar ser algo bueno ya que puede mostrarnos que, en realidad, no tenemos propósito alguno. ¿Somos suficientemente grandes o maduros para existir bajo estas condiciones? ¿Somos lo suficientemente maduros para aceptar que no existe plan, que no existe a dónde ir, que la inmortalidad no nos espera como un regalo al final de todo esto si logramos evolucionar? ‘Si evolucionamos lo suficiente, puede que no tengamos que morir’. Ese parece ser el legado del pasado. Bueno, pues tal vez sí podemos vivir así; tal vez podemos vivir y existir bajo la noción de que tenemos un solo día a la vez. ¿Podemos hacer eso? Porque si podemos hacerlo, creo que podemos servir para algo realmente increíble.

Meditar sobre la muerte es una de las formas tradicionalmente más reputadas para colocarnos en un estado de conciencia alerta, contemplando lo verdaderamente valioso, y liberarnos de las cosas que son innecesarias

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Un buen artículo escrito por Arthur C. Brooks en el New York Times sugiere que todavía es tiempo para cambiar los propósitos de Año Nuevo y uno muy bueno sería meditar más sobre la muerte este año. La meditación sobre la muerte para mejorar nuestras vidas es para nuestros conceptos una paradoja, pero de ahí nace su enorme beneficio. 

Brooks cuenta su sorpresa de descubrir que una de las meditaciones más recurrentes entre los monjes budistas es contemplar la muerte, incluyendo la de su propio cuerpo (algunos monjes observan fotos de cadáveres). Los budistas saben algo que todos sabemos: que la muerte es inevitable, pero tienen especial conciencia en algo que nosotros olvidamos: que en este mundo todo es impermanente y no hay mucho que ganar apegándonos a nuestro cuerpo o a nuestro ego.

La meditación sobre la muerte tiene otro importante recordatorio. Para los budistas nacer en un "cuerpo de ocio", como le llaman, es una bendición puesto que permite acercarse a la liberación (existen en su visión del mundo numerosas otras posibles encarnaciones, las cuales nos facilitan esta labor de alinearse con el Dharma). Brooks hace a partir de esto una pregunta secular que todos podemos hacernos: "¿Estoy haciendo uso apropiado de mi escasa y preciosa vida?". La muerte nos llama a desbrozar el camino y concentrarnos en las cosas que verdaderamente tienen significado. Todos hemos visto esas películas en las que el protagonista que sabe que va a morir se transforma y hace lo que siempre quiso hacer. Más allá del cliché, todos estamos en esa apremiante situación. Meditar sobre ello es la única forma de encontrar esa energía medular.  

Para contrastar la gran división que parte en dos nuestra vida cotidiana, Brooks compara estadísticas sobre la satisfacción que obtuvo un grupo de mujeres en un estudio. Pese a que estas mujeres estadounidenses recibieron mayor satisfacción de actividades como meditar, rezar o alguna otra actividad de tipo espiritual que ver televisión, esto no les impidió pasar cinco veces más tiempo viendo TV que haciendo una actividad ligada a lo primero. El ejemplo es ilustrativo y creo que puede extenderse a otros países y a otras actividades. Ya sea que pasemos mucho tiempo en Internet y entonces no le dediquemos el tiempo a esas lecturas que nos dejan verdaderamente satisfechos o a las caminatas por el bosque que sabemos que nos hacen tanto bien. 

Lo anterior es sintomático de lo que me parece es el gran problema del hombre occidental: una falta de disciplina, especialmente una disciplina orientada al trabajo de su propia conciencia; la falta de disciplina se traduce en una impotencia: sabemos que hay ciertas cosas que debemos de hacer estar más tranquilos y mejorar nuestra vida pero no las podemos hacer porque somos víctimas de nuestros malos hábitos y apetitos. Encontramos mucha disciplina cuando se nos obliga o tenemos una motivación económica, pero difícilmente cuando no existe una autoridad ni algo inmediatamente tangible (como un premio material). Nos cuesta trabajar sobre el vacío, sobre lo indeterminado, hacia un bien interno que no puede forzarse. Manly P. Hall decía que la diferencia entre un hombre sabio y uno ignorante es que el primero hace con gusto lo que el segundo sólo hace cuando lo obligan a hacerlo. Bien se pudo haber referido a una práctica como la de meditar todos los días sobre la muerte. Esto no debe ser una pena, sino una serena alegría.

Brooks observa que nuestra preferencia al fácil (y en muchas formas deprimente) entretenimiento no refleja una preferencia verdadera por este tipo de contenidos y distracciones. Refleja un estado mental distraído, internamente dividido y deficiente en cierta forma: "Pasamos mucho más tiempo pensando en el pasado y en el futuro que en el presente; estamos mentalmente en un lugar y físicamente en otro. Sin esta conciencia, ilusamente desperdiciamos el momento presente en actividad de bajo valor".

Meditar sobre la muerte es una actividad de alto valor, como lo demuestran algunos estudios citados por Brooks. Contrario a lo que uno esperaría, contemplar la muerte no hace que la gente gaste más su dinero (la idea de que no hay mañana y entonces gastemos todo hoy no parece aplicar a la conciencia de la muerte). En realidad esto se explica fácilmente: pensar la muerte nos coloca en un estado de conciencia de la esencia, y el dinero no es realmente importante. También desafiando prejuicios, la muerte no hace a las personas más serias, sino las hace sintonizar con mayor sensibilidad el humor, según otro estudio. Y es que la risa proviene generalmente de no tomarnos las cosas demasiado en serio, y ante la muerte, nuestras preocupaciones mundanas dejan de parecer tan importantes.

Pensar en la muerte es una forma de aligerar nuestro paso por la Tierra, liberándonos de todo lo irrelevante antes de que sea un peso paralizante además de absurdo, ya que la muerte infaliblemente nos lo arrebatará. Esto nos lleva a nuestra propia tradición filosófica. Para Sócrates, la filosofía era esencialmente una meditación sobre la muerte, un entrenamiento diario encaminado a purificar el alma para que pudiera liberarse de la prisión de la materia. En los antiguos misterios, como los de Eleusis, los neófitos atravesaban una especie de recreación de su propia muerte con el fin de producir una transformación en su conciencia. La muerte era (y es) la más poderosa herramienta para dirigir la conciencia a la contemplación de los valores e ideales que trascienden la banalidad y la vanidad. Más allá de que creamos en la inmortalidad del alma o en la continuidad del karma o no, la muerte tiene la función esencial de llevarnos a la profundidad, de acercarnos a una región desde la cual no podremos actuar más que desde y hacia lo necesario y entonces no tendremos tantos pensamientos insignificantes que nos distraigan.  

En el podcast de Cadena Áurea hablamos sobre el espíritu original de la filosofía: una meditación sobre la muerte y un ejercicio espiritual.

Twitter del autor: @alepholo