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Las 75 lecturas indispensables recomendadas por David Bowie

Libros

Por: pijamasurf - 01/12/2016

De premios Pulitzer y clásicos literarios hasta ignotos manuales y obras de referencia especializada, los intereses de David Bowie no dejan de sorprendernos aun después de su partida

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David Bowie fue durante toda su vida un ávido lector. Durante una retrospectiva de su trabajo, David Bowie Is, fue posible observar una selección de sus 75 lecturas obligadas: un viaje entre géneros, autores y obras que cubren varios siglos y toda la gama de temas imaginables. Desde libros sobre historia política e historia musical hasta novelas, poesía y ensayo (sin dejar de contar la visita a los clásicos), Bowie sigue inspirándonos aun después de su partida. 

  1. The Age of American Unreason, de Susan Jacoby (2008)
  2. La maravillosa vida breve, de Óscar Wao de Junot Diaz (2007)
  3. The Coast of Utopia, (trilogía) de Tom Stoppard (2007)
  4. Teenage: The Creation of Youth 1875–1945, de Jon Savage (2007)
  5. Fingersmith, de Sarah Waters (2002)
  6. The Trial of Henry Kissinger, de Christopher Hitchens (2001)
  7. Mr. Wilson’s Cabinet of Wonder, de Lawrence Weschler (1997)
  8. A People’s Tragedy: The Russian Revolution 1890–1924, de Orlando Figes (1997)
  9. The Insult, de Rupert Thomson (1996)
  10. Wonder Boys, de Michael Chabon (1995)
  11. The Bird Artist, de Howard Norman (1994)
  12. Kafka Was the Rage: A Greenwich Village Memoir, de Anatole Broyard (1993)
  13. Beyond the Brillo Box: The Visual Arts in Post-Historical Perspective, de Arthur C. Danto (1992)
  14. Sexual personae: arte y decadencia desde Nefertiti a Emily Dickinson, de Camille Paglia (1990)
  15. David Bomberg, de Richard Cork (1988)
  16. Sweet Soul Music: Rhythm and Blues and the Southern Dream of Freedom, de Peter Guralnick (1986)
  17. The Songlines, de Bruce Chatwin (1986)
  18. Hawksmoor, de Peter Ackroyd (1985)
  19. Nowhere to Run: The Story of Soul Music, de Gerri Hirshey (1984)
  20. Nights at the Circus, de Angela Carter (1984)
  21. Money: A Suicide Note, de Martin Amis (1984)
  22. Ruido blanco, de Don DeLillo (1984)
  23. Flaubert’s Parrot, de Julian Barnes (1984)
  24. The Life and Times of Little Richard, de Charles White (1984)
  25. A People’s History of the United States, de Howard Zinn (1980)
  26. La conjura de los necios, de John Kennedy Toole (1980)
  27. Interviews with Francis Bacon, de David Sylvester (1980)
  28. Darkness at Noon, de Arthur Koestler (1980)
  29. Earthly Powers, de Anthony Burgess (1980)
  30. Raw, una “revista gráfica” (1980–1991)
  31. Viz, revista (1979–)
  32. Los Evangelios gnósticos, de Elaine Pagels (1979)
  33. Metropolitan Life, de Fran Lebowitz (1978)
  34. In Between the Sheets, de Ian McEwan (1978)
  35. Writers at Work: The Paris Review Interviews, ed. por Malcolm Cowley (1977)
  36. The Origin of Consciousness in the Breakdown of the Bicameral Mind, de Julian Jaynes (1976)
  37. Tales of Beatnik Glory, de Ed Saunders (1975)
  38. Mystery Train, de Greil Marcus (1975)
  39. Selected Poems, de Frank O’Hara (1974)
  40. Before the Deluge: A Portrait of Berlin in the 1920s, de Otto Friedrich (1972)
  41. In Bluebeard’s Castle: Some Notes Towards the Re-definition of Culture, de George Steiner (1971)
  42. Octobriana and the Russian Underground, de Peter Sadecky (1971)
  43. The Sound of the City: The Rise of Rock and Roll, de Charlie Gillett(1970)
  44. The Quest for Christa T, de Christa Wolf (1968)
  45. Awopbopaloobop Alopbamboom: The Golden Age of Rock, de Nik Cohn (1968)
  46. El maestro y Margarita, de Mikhail Bulgakov (1967)
  47. Journey into the Whirlwind, de Eugenia Ginzburg (1967)
  48. Last Exit to Brooklyn, de Hubert Selby Jr. (1966)
  49. A sangre fría, de Truman Capote (1965)
  50. City of Night, de John Rechy (1965)
  51. Herzog, de Saul Bellow (1964)
  52. Puckoon, de Spike Milligan (1963)
  53. The American Way of Death, de Jessica Mitford (1963)
  54. El marino que perdió la gracia del mar, de Yukio Mishima(1963)
  55. The Fire Next Time, de James Baldwin (1963)
  56. Naranja mecánica, de Anthony Burgess (1962)
  57. Inside the Whale and Other Essays, de George Orwell (1962)
  58. The Prime of Miss Jean Brodie, de Muriel Spark (1961)
  59. Private Eye, revista (1961–)
  60. On Having No Head: Zen and the Rediscovery of the Obvious, de Douglas Harding (1961)
  61. Silence: Lectures and Writing, de John Cage (1961)
  62. Strange People, de Frank Edwards (1961)
  63. The Divided Self, de R. D. Laing (1960)
  64. All the Emperor’s Horses, de David Kidd (1960)
  65. Billy Liar, de Keith Waterhouse (1959)
  66. Gatopardo, de Giuseppe di Lampedusa (1958)
  67. En el camino, de Jack Kerouac (1957)
  68. The Hidden Persuaders, de Vance Packard (1957)
  69. Room at the Top, de John Braine (1957)
  70. A Grave for a Dolphin, de Alberto Denti di Pirajno (1956)
  71. The Outsider, de Colin Wilson (1956)
  72. Lolita, de Vladimir Nabokov (1955)
  73. 1984, de George Orwell (1949)
  74. The Street, de Ann Petry (1946)
  75. Black Boy, de Richard Wright (1945)
Según estudios estadísticos, los adolescentes cada vez leen menos. ¿De qué se están perdiendo?

Hace unos días el crítico literario David Denby escribió un artículo en la revista New Yorker en el que se preguntaba si los adolescentes todavía leen. Denby sugiere que existe una marcada tendencia a practicar cada vez menos la lectura por el placer de leer, por el amor a la literatura, leer por otra cosa que no sea una obligación, una actividad que parece estar siendo reemplazada por el constante involucramiento (y ensimismamiento) con pantallas y plataformas digitales. Quizás los adolescentes de hoy están leyendo más palabras que nunca, pero son fragmentos de textos, conversaciones de SMS o WhatsApp, títulos de noticias, bleeps de texto en juegos de video, texto entrecortado que se anuncia a sí mismo o a lo mucho best sellers de fantasía que a los amantes de la lectura de gran aliento, de los grandes autores, les parece que no le hacen justicia a la literatura y les preocupa puesto que piensan que los jóvenes se están perdiendo de algo muy enriquecedor. De alguna manera, sugiere Denby, los gadgets han sepultado a los libros, los cuales no atraen tanto a los adolescentes como los aparatos y softwares diseñados específicamente para cautivar su atención. Al irse por la fácil seducción de las pantallas brillantes con sus gratificantes descargas de información y dopamina se están perdiendo de algo cuyo valor no puede constatarse en la superficie ni en la inmediatez.

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Denby cita una serie de estudios en Estados Unidos que muestran que entre 1984 y 2012 los adolescentes de 17 años leyeron 13% menos, con sólo 19% de este grupo de edad leyendo diario por placer. Se ha determinado que en promedio, en EEUU, los adolescentes pasan más de 8 horas al día conectados a sus pantallas consumiendo medios. La lectura se ha divorciado del placer, hay cosas mucho más placenteras, como ver fotos de amigos y videosnacks, pero, ¿debemos someter nuestra cultura a la dictadura del placer? ¿Es necesario crear formatos y diseños más atractivos para los libros a manera de carnada para pescar la atención de los jóvenes? ¿Pero cómo puede competir el libro con la mulifuncionalidad de una pantalla y cómo puede la literatura seria competir con el entretenimiento? Como sugiere Denby, el problema es que los escritores no son o no deben ser vendedores y no tienen por qué pillar la atención de los jóvenes utilizando complicadas estrategias de marketing, haciendo focus goups o desarrollando tecnología tan adictiva como una droga o un dulce. 

Por supuesto los niños están muy ocupados. La escuela, tarea, deportes, trabajos, ropa, papás, hermanos y hermanas, amistades, noviazgos, música, y sobre todo pantallas (TV, Internet, juegos, textear, instagramear) --comparado a esto, leer un libro hace una débil y petulante demanda sobre su tiempo. Leer frustra el sentido de estar en todas partes en todo momento de su smartphone. De repente están atascados en una página, anclados, naufragados y a muchos no les divierte. Estar desconectados los hace ansiosos y hasta los enfada. "Los libros huelen como los ancianos", escuché decir a un estudiante en New Haven.  

Lo que se pierde al no tener la capacidad de inmersión en los grandes textos es una dimensión moral y estética de la realidad, una profundidad de existir en contigüidad con las grandes mentes y las grandes emociones de la humanidad, que resuenan en nuestras experiencias cuando corren por nuestra memoria conciencias paralelas, grandes ríos de ideas, poemas que iluminan la percepción, dimensiones añadidas a nuestra forma de experimentar el mundo, secretas alianzas.

Quizás existan numerosas otras razones por las cuales los jóvenes están leyendo menos y no sólo la ubicuidad de las pantallas, pero lo que es innegable es que el declive en la lectura es un signo de decadencia cultural si es que entendemos la cultura como algo más que la cantidad de datos a los que estamos expuestos: una profundidad de reflexión, una sensibilidad a la belleza, una inclinación a los ideales y a los valores que han superado el paso del tiempo.

El poeta Charles Simic llamó a nuestra era la era de la ignorancia:

Hemos necesitado muchos años de indiferencia y estupidez para hacernos tan ignorantes como somos hoy. Cualquiera que haya enseñado en una universidad los últimos 40 años, como yo lo he hecho, puede decirte que los estudiantes que salen de la preparatoria cada año saben menos. Primero fue desconcertante, pero ya no sorprende a ningún instructor universitario que los amables y entusiastas jóvenes que se enrolan en las clases no tienen la habilidad de retener la mayoría del material que se enseña. Enseñar literatura inglesa, como yo he hecho, se ha vuelto más difícil cada año, ya que los estudiantes leen menos literatura antes de entrar a la universidad y carecen de la más básica información histórica del período en el que una novela o un poema fue escrito, incluyendo las ideas y los asuntos que ocupaban a las personas de ese momento.

 

También en Pijama Surf: ¿Vivimos en la era de la ignorancia?

Twitter del autor: @alepholo