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"Videofilia": teorías de la conspiración, porno satánico y el Internet como una droga de baja calidad

Arte

Por: Alejandro Martinez Gallardo - 01/29/2016

"Videofilia" es un experimento visual sobre los efectos de la era de la información en la psique de los jóvenes. La información es la droga y corren por ahí muchas dosis contaminadas

Recientemente presentada en el Festival DISTRITAL de la Ciudad de México y premiada en el Festival Internacional de Cine de Rotterdam, Videofilia es una película que nos hace reflexionar sobre nuestra interacción con la información en Internet: un virus que se cuela por nuestra psique y que no solemos detectar. Pero la patología está ahí, alterando nuestra percepción.

El joven director Juan Daniel Molero nos muestra la vida de un grupo de internautas peruanos con una narrativa que rompe con la linealidad y la lógica --en constantes excursiones oníricas en las que videojuegos y formatos low-fi se superponen a la realidad como los sueños de un moderno lumpen, que desea conseguir lo que brilla en la pantalla y cuya esclavitud es el exceso de libertad de la imagen. Molero se siente cómodo en esta hibridización de formatos, cuadros invadidos por una brujería sucia de la imagen que reflejan la psiconáutica de las drogas y la información como droga, drogas de poca definición, un perpetuo low-fi que a veces sueña con una luz más clara que sólo puede llegar con el Apocalipsis o con el orgasmo de una masturbación épica.

Canalizaciones de robots de Sirio, conspiranoia, distopia, webcams y google glass, porno amateur, hiperrealidad, realidad virtual, enajenación mediática, simulación, distorsión, glitch, pixelación-felación, epilepsia fotónica, memes y sueños que se confunden en los barrios bajos de Lima. Una chica le dice a otra: "Anoche vi su pinga en mi computadora y de pronto está ahí caminando hacia mí, es raro". Un chico le dice a otro mientras ve el video porno que grabó el otro de una colegiala en POV pero que está distorsionado: "Ya no hay ni realidad ni virtualidad, todo se ha confundido. La realidad es como esta pantalla, está toda pixelada... fragmentada, nunca le vas ha encontrar un orden... Pero encuéntrale un orden a este video y hacemos un buen negocio". Un mundo en el que todos copulamos con una imagen pixelada, con una distorsión de nosotros mismos, con avatares de lo que queremos ser. Las "pajas mentales" se fusionan con las pajas reales, y después de todo qué es la realidad sino una fantasía, una alucinación consensual a la que se conectan muchas personas a la vez. 

Videofilia es algo así como Kids de Larry Clark, para la era digital en una sociedad low-fi (la nuestra, la clase media y baja latinoamericana), vista a través del oscuro cristal de una pantalla de cibercafé. Algo así como Videodromo (Cronenberg) con un toque Vice (la tendencia moderna al trash y al hardcore). Los olvidados (jóvenes y malditos) conectados a la web, enajenados por el deseo, por la invasión burroughsiana del virus que llegó del ciberespacio. Un poema en una prisión reptiliana. 

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La película no ofrece una mirada moral, intenta, como un faux documental, solamente mostrar la realidad de la irrealidad de la Interzona entre lo virtual y lo real. Sin embargo, no puedo dejar de ver una especie de posesión a través de la información, un retrato de cómo la data sin orientación, sin filtros, sin explicación lleva a los jóvenes al fanatismo, a la adicción. Internet como una droga masiva y caótica que ha sido liberada ubicuamente --la tecnología como una forma de toloache. La libertad de la información, sin límites, como libertinaje. Las teorías de la conspiración y el porno secuestran el alma (cada vez más fantasma), nos colocan en una zona de inconsciente encantamiento satánico (el usuario de un foro de porno duro en la película es Lucifer). La profecía de Marshall McLuhan, el más grande teórico de la comunicación, de que la información se convertiría en el simulacro del espíritu en una operación luciferiana:

Los ambientes de información eléctrica siendo totalmente etéreos fomentan la ilusión del mundo como una sustancia espiritual. Es ya un facsímil del cuerpo místico, una manifestación descollante del Anticristo. Después de todo el Príncipe de este mundo es un gran ingeniero eléctrico. (Carta a Jaques Maritain)

Para ser sinceros hay que mencionar que las actuaciones por momentos dejan un poco que desear, los diálogos y los samples llegan a ser forzados, bordeando en el cliché, buscando la sordidez, una esencia de lo fucked up en todo, y demasiado explícitos en su deseo de transmitir la idea central de la película: esta superimposición de lo virtual con lo real, el nuevo giro de "la vida es sueño". Sin embargo, hay que decir también que ante la fuerza que tiene la forma --el escape visual de la cinta, la experimentación con el medio híbrido, el reflejo de esta chatarra cultural de mil cabezas-- y la conciencia de alguna manera dañada y empobrecida de los personajes, lo anterior pasa a segundo término, como los momentos indefinidos y un tanto turbios en el viaje de una sustancia psicodélica, luego seguidos por apoteosis. La irrealidad y la incredulidad le dan de alguna manera realidad a la película, una cierta consistencia con su visión de un mundo insustancial. La película se trata de la fragmentación --entonces para su suerte incluso las inconsistencias de sus actores, que no son reales por definición, entran en la trama sin mayor conflicto, la trama que avanza no hacia la resolución del conflicto sino hacia a la disolución del personaje. Se acumula así también --en los constantes jumpcuts, los diálogos en off, el bombardeo de bits de transemedia-- un sentimiento de no estar del todo en el presente, nunca del todo ahí. El presente no es el presente, es un cuasipresente, no alcanza a tener la suficiente definición para ser del todo real: es el precio de descargar nuestros videos en sitios piratas. Así en el traslape, todas las cosas se ven trastocadas por una corrosiva irrealidad. Como si los personajes estuvieran en parte en la escena y en parte en su vida digital, con sus múltiples ventanas abiertas en sus navegadores, con sus avatares, y en sus fantasías y en otro lugar (pero nunca al 100%) y así la audiencia, en este mundo y en otro lugar, con balas cruzadas de sueños, en la tierra y en el infierno.

Douglas Rushkoff escribe en su libro Present Shock que hemos perdido la noción de las líneas narrativas y vivimos en un perpetuo presente, sin memoria, a la deriva de los nuevos estímulos con los que nos ataca la pantalla. Los medios actuales "sin el tiempo o el permiso para contar una historia lineal, con principio, mitad y final recurren a lo que tienen: el momento". Las historias lineales de gran arco narrativo imitan a la vida (al crecimiento) y a la muerte y resuenan con arquetipos. Las nuevas historias no lineales nos acercan más a la (i)lógica del sueño, un sueño intermitente, del cual vemos sólo fragmentos, momentos.  A veces es difícil encontrar sentido al sueño, especialmente cuando sólo tenemos algunas pistas, algunas imágenes que nos llevan sobre todo a la región astral del deseo. El colapso de la narrativa produce un estado de dislocación, de incontinuidad, sólo existe el rayo del estímulo, el presente amnésico, ciberdélico. ¿La realidad tiende al sueño porque nunca fue real? O, ¿es un virus, el virus de la información que sustituye lo verdadero por su copia?

La Web ha transformado nuestras relaciones, nuestra conciencia y quizás no para bien. Videofilia es una película que pasa su espejo a esta nueva realidad. Personalmente me hace reflexionar en cómo todos hemos contribuido a alimentar a la "bestia digital" con información a veces poco confiable, involuntaria pero ignorantemente haciendo dudosas transacciones con este vicario del espíritu (que es de alguna forma la información) y desatando una fuerza viviente que crece y se transforma en la psique de los individuos, encontrando tierra fértil para su íncubo en la mente de los jóvenes. Podemos lavarnos las manos y decir que esta es la dura realidad del caótico mundo en el que vivimos y cada quien es responsable de lo que procesa en su biocomputadora, de los programas que sube. Pero quizás sea el momento de tomar responsabilidad y darle coherencia a lo que emitimos al mundo. Hago esta digresión moral, puesto que aparecen en la película algunos screencaps de Pijama Surf, fomentando de alguna manera esta peligrosa desinformación (claro, es sólo una película, no es real). He hecho una analogía entre la Red y una bestia y seguido una veta diabólica en este artículo, pero hay que decir, como sugiere el budismo, que el mal no existe, es sólo la ignorancia.

Con todo y algunos momentos un tanto sobredramatizados, hipérboles en busca de un efecto, y momentos de onírica psicodélica gratuita (y momento también de una genial onírica psicodélica), Videofilia es una película que merece ser vista, un valioso reflejo de un estado mental compartido, un documento antropológico intencionalmente distorsionado para reflejar que la imagen nítida es imposible actualmente. 

 

Twitter del autor: @alepholo

El piano es uno de los instrumentos para los que se han compuesto algunas de las piezas más hermosas, conmovedoras y memorables; esta es una selección personal de esas composiciones

Con cierto ánimo poético podríamos decir que ciertos instrumentos musicales e incluso ciertas composiciones o el estilo de determinado músico puede compararse con la voz humana en al menos un aspecto: como a veces nos pasa con la voz de ciertas personas, que podemos identificar en casi cualquier circunstancia, que puede llegar acompañada de evocaciones y recuerdos, que podemos confundir y en esa confusión sorprendernos de pronto en pensamientos inesperados, así también cierto instrumento en particular, cierta tonada, cierto estilo de composición pueden tener una identidad propia, pueden ser para nosotros, en nuestro imaginario o en ese mapa personal que trazamos azarosamente al hilo de nuestras experiencias, una especie de “cosa única”, algo que en cierto sentido nos pertenece únicamente a nosotros, con significado propio para nosotros mismos. Así como cuando a veces en la voz de alguien hay algo específico que sólo cada uno de nosotros escucha, así también en la música, una de sus dimensiones en netamente subjetiva, personal, inscrita de lleno en nuestra propia partitura. Y como tal, su sonido puede ejercer sobre nosotros un cautiverio súbito, delicioso, impensado.

 

A manera de ejercicio de memoria pero también de comunión (porque, ¿qué es el arte sino un punto de contacto con los demás?), compartimos ahora esta lista elaborada a partir de un puñado de criterios personales: la predilección por el sonido del piano, la brevedad de las composiciones y el azar de la memoria, condición esta última que vuelve a la selección finita, caprichosa e imperfecta.

 

J. S. Bach, Variaciones Goldberg, BWV 988, Variatio 3. Canone all'Unisono. A 1 Clav; Glenn Gould

 

Brahms, Intermezzo No. 1 en Si menor, Op. 119, Adagio; Glenn Gould

Nunca ha existido otro intérprete de Bach como Glenn Gould. Hay otros, algunos incluso mejores, pero nadie como él, nadie con su excentricidad ni con su perfeccionismo, nadie con ese rigor casi mecánico que tan bien hace sonar la música barroca. Nadie, tampoco, que como él, por el puro placer que encontraba en las ejecuciones, se empeñara en revivir casi exclusivamente por pura sensibilidad e intuición el espíritu de un tipo específico de música, lo cual también llevó a sus interpretaciones del repertorio del siglo XX. Su grabación de los Intermezzi de Brahms está colmada de esa melancolía e instrospección tan propias del romanticismo tardío: allegro non assai, ma molto appassionato.

 

Chopin, Preludios, Op. 28, No. 7 en La mayor. Andantino; Rafał Blechacz

Rafał Blechacz, uno de los mejores intérpretes contemporáneos de Chopin, compatriota del compositor y único pianista en la historia en haber ganado tanto el primer lugar general del Concurso Internacional de Piano Fryderyk Chopin como el primer lugar en cada una de sus categorías (polonesa, mazurka, sonata y concierto), esto en 2005.

 

J. S. Bach, Concierto para clave n.º 5 en Fa menor, BWV 1056, II: Largo; arreglo para piano e interpretación, Wilhelm Kempff

 

C. W. Gluck, "Ronde des esprits bienheureux", de la ópera Orphée et Eurydice; arreglo para piano e interpretación, Wilhelm Kempff

Un pianista de la vieja escuela, Wilhelm Kempff destacó sobre todo en sus interpretaciones del repertorio romántico. Críticos y colegas elogiaron el lirismo y espontaneidad de sus ejecuciones. En este par de grabaciones destaca además su solvencia para llevar solo al piano melodías compuestas originalmente para varios instrumentos.

 

J. S. Bach/arr. Alexander Siloti, Preludio en Si menor, BWV 855a; Alexandre Tharaud

El pianista de origen francés Alexandre Tharaud ejecuta sobriamente el arreglo que hizo su colega de instrumento Alexander Siloti a un preludio de Bach, llevándolo de Mi menor a Si menor.

 

Beethoven, 6 minuetos, WoO 10, No. 2 en Sol mayor; Antonín Kubálek

Quizá una pieza muy menor de Beethoven, pero no por ello menos memorable, perfecta en sus dimensiones, una de esas construcciones en miniatura que parecen universos propios. 

 

Schumann, Kinderszenen, Op. 15, 4. Bittendes Kind; Vladimir Horowitz

Uno de los mejores pianistas del siglo XX, Vladimir Horowitz destacó en sus interpretaciones románticas. En el caso de las Escenas de la infancia de Schumann, es palpable esa evocación nostálgica de la composición en su forma de ejecutarla.

 

Erik Satie, Je te veux; Jean-Yves Thibaudet

Hay artistas que sin ser geniales, su obra nos conmueve. Satie pertenece a esta categoría: sus composiciones son sencillas pero sensibles, con lo cual fácilmente nos conquistan, por el lado del corazón. Además de sus conocidas Gymnopédies, Satie también es autor de otras piezas a medio camino entre el romanticismo y la vanguardia. Jean-Yves Thibaudet, por otro lado, es un pianista especializado en compositores franceses.

 

Ravel, Pavane pour une infante défunte; Sviatoslav Richter

 

Una pieza bien conocida de profundas evocaciones sentimentales que curiosamente, a pesar de su nombre, no fue compuesta en honor de ninguna princesa ni en ocasión de duelo de ningún tipo. Pero quizá esa sea su virtud, la prueba de genio de Ravel y el sello del arte auténtico: que como pieza es capaz de llevarnos a un estado anímico especial aun cuando no lo estemos viviendo realmente. Esta interpretación corre a cargo de otro de los grandes pianistas del siglo XX, el ruso Sviatoslav Richter, probablemente uno de los músicos con más amplio repertorio y ejecución magistral en piezas de muy distintas épocas.

 

Igor Stravinsky, Trois mouvements de Pétrouchka, 1. Danse russe; Maurizio Pollini

Después de haber compuesto su ballet Pétrouchka (1911), Stravinsky tomó tres partes de éste y realizó un ejercicio de recomposición para llevar su musicalidad al piano, no a manera de transcripción, sino más bien de traslado. Anecdóticamente se cuenta que por la dificultad de estas piezas el mismo Stravinsky fue incapaz de ejecutarlas, y que uno de los pocos en conseguirlo fue el notable pianista Arthur Rubinstein, para quien Stravinsky las había compuesto. Esta grabación corre a cargo del italiano Maurizio Pollini, solvente en el repertorio clásico y romántico (Mozart y Chopin, especialmente), pero también en composiciones del siglo XX.

 

Manuel M. Ponce, 3 canciones mexicanas, 1. Estrellita; Jorge Federico Osorio

Un clásico del repertorio clásico mexicano, pero también, como composición, un puente de unión entre la música académica y la música popular, cualidad esencial en el estilo de Manuel María Ponce.

 

José Resta, Bailecillo; Daniel Barenboim

Daniel Barenboim ha contado en varias ocasiones que el compositor José Resta acudía a visitar con cierta frecuencia a sus padres, en Buenos Aires, cuando él era aún niño. En aquellas ocasiones tocaba a veces esta pieza que Barenboim reconstruyó, como se diría en francés, par cœur, o de memoria y oído, para decirlo en buen español.

 

Dos excepciones para quien tenga más tiempo

Philip Glass, Mad Rush; Bruce Brubaker

 

Arvo Pärt, Für Alina, 1. Für Alina, Alexander Malter

Dos piezas de compositores que aunque han sido clasificados, ambos, de "minimalistas", son muy distintos entre sí, a pesar de las semejanzas. Estas composiciones de Philip Glass y Arvo Pärt son ambas hipnotizantes, pero cada una a su manera: Glass nos cautiva con su repetición, pero es como si ésta nos impidiera hacer otra cosa más que seguirla en sus vaivenes; Pärt, por su parte, también atrapa nuestra escucha, pero al mismo tiempo su música provoca un viaje hacia nuestro interior, hacia nuestras emociones y quizá incluso nuestros recuerdos, como si notas y silencios tuvieran ese acomodo que a veces suscitan las palabras profundas de alguien que nos dice algo que quizá no queríamos escuchar, pero que al oírlo nos sume en la reflexión de nuestra propia existencia.

 

ACTUALIZACIÓN (11-01-2017): Hemos reunido los tracks en una playlist de Spotify, en donde ya pueden encontrar a Pijama Surf.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz