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Al elegir somos manipulados por diversos estímulos externos y también, se podría decir, por diversos sustratos de nuestro propio cerebro

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Las facultades intelectuales se desdoblan de un estado de ignorancia a un estado de conocimiento. La naturaleza emocional se desdobla de una condición de instinto a una condición de intuición.

Manly P. Hall

Cuando pensamos en las personas que toman decisiones irracionalmente, manipuladas por fáciles estímulos, prejuicios, fanatismos, pasiones y cosas del estilo, siempre pensamos que son otros. Sin embargo, nadie o casi nadie escapa de ser víctima de factores emocionales e inconscientes en sus decisiones y elecciones, y no sólo en algunos momentos, sino cotidianamente; esto se debe a la forma en la que está construido nuestro cerebro.

Consideremos la investigación de Drew Westen en torno a la filiación partidaria en Estados Unidos. En un estudio, personas de inclinación republicana y demócrata escucharon dos discursos en los que George W. Bush (republicano) y John Kerry (demócrata) se contradecían de manera explícita. Los republicanos no notaban las contradicciones de Bush, pero sí rápidamente las de Kerry (y viceversa). Según Westen, en este proceso cognitivo se apagaban los circuitos relacionados al razonamiento consciente:

Esencialmente, parece que los partidarios viran el caleidoscopio cognitivo hasta que obtienen las conclusiones que desean... Todos solemos razonar bajo juicios emocionalmente sesgados cuando tenemos intereses invertidos en "los hechos".

Westen concluye que este tipo de procesos cognitivos tendenciosos operan a partir de un reforzamiento de las creencias puesto que el cerebro recibe una recompensa (de dopamina) cuando ve reflejado lo que piensa y así se autoafirma. En cierta forma nos volvemos adictos a que el mundo se ajuste a lo que creemos, como si éste estuviera dándonos el regalo de cumplir nuestro deseo.

Jonah Lehrer, en su libro How We Decide, nos presenta un ejemplo:

Digamos por ejemplo que estás analizando cereales para desayunar en el supermercado. Cada opción activa una serie de pensamientos en competencia. Tal vez la granola orgánica es deliciosa, pero demasiado cara; los Corn Flakes integrales saludables pero poco apetecibles; los Fruit Loops son una marca atractiva pero tienen demasiada azúcar. Cada uno de estos proceso detonará un conjunto particular de emociones y asociaciones que competirán por tu atención consciente. Antoine Bechara, un neurocientífico de la Universidad del Sur de California, compara esta frenética competencia neural con la selección natural, con las emociones más fuertes (‘¡realmente quiero Honey Nut Cheerios!’) y los pensamientos más convincentes ('debería comer más fibra') ganando terreno sobre los más débiles (‘me gusta el personaje de caricatura en la caja de los Fruit Loops’). El ensamble de neuronas que logre apuntalarse determinará lo que desayunes. “El punto es que la mayoría  de la computación se hace a un nivel emocional, inconsciente y no a un nivel lógico”, dice Bechara.

La revista New Scientist pone un interesante ejemplo sobre cómo tomamos decisiones irracionalmente, principalmente por nuestra inhabilidad de hacer un juicio sin tener algo con qué comparar. Consideren un menú:

Desayuno inglés completo £9.95

Salmón ahumado & huevos revueltos £5.95

Waffles con  miel de maple £4.75

Huevo hervido £4.00

Cuando vemos un menú así generalmente elegimos el salmón ahumado, puesto que en comparación con el desayuno completo nos parece una gran oferta. Si quitamos el desayuno inglés completo, ciertos experimentos muestran que las personas eligen una de las dos últimas opciones la mayoría de las veces. Esto es lo que el investigador Dan Ariely llama irracionalidad predictiva. Este tipo de pequeños trucos es utilizado constantemente en el marketing.

Otro de los grandes factores que determinan nuestras decisiones y nuestra percepción es la percepción social. En su excelente libro Global Brain, Howard Bloom explica cómo prácticamente la realidad es una alucinación consensual. Un ejemplo llamativo es el experimento que hizo el famoso investigador Solomon Asch. Se mostraron cartas con unas líneas a un grupo, en una de ellas las líneas eran exactamente iguales y en la otra eran claramente diferentes. Se trajo a un individuo que no sabía lo que estaba sucediendo y se pidió a nueve voluntarios previamente seleccionados que exclamaran que las líneas que no empataban eran las mismas, y que las líneas que sí eran iguales eran distintas. Los resultados mostraron que al preguntarle a este individuo (y a muchos más que hicieron el mismo experimento) sobre las líneas, éste contestó de manera equivocada, coincidiendo con los juicios erróneos que habían sido vocalizados. Examinando a los voluntarios, los investigadores notaron que no sólo habían cedido a la presión de conformarse, sino que incluso algunos habían alterado sus percepcions inconscientemente para ver algo que claramente no estaba ahí, sino que existía solamente en el consenso de la multitud. 

Ejemplos como este hay muchos, y muestran lo endeble que es nuestro aparato perceptivo y cognitivo y lo ligado que está a la influencia del entorno. Como escribiera el novelista Don DeLillo: "Estar aquí es una especie de abandono espiritual. Sólo vemos lo que otros ven, los miles otros quienes estuvieron aquí antes, aquellos que vendrán después. Hemos acordado ser parte una percepción colectiva". Vivimos cada uno en lo que Robert Anton Wilson llamó "un túnel de realidad", el cual se entrelaza con los túneles de realidad colectiva que forman nuestras creencias. Los túneles de realidad son una especie de constructos de memoria, ideología, creencias y prejuicios que funcionan como una visión de túnel sobre nuestra percepción de la realidad, eliminando todo lo que no coincide con esta preconfiguración y sólo arrojando una angosta luz mental a aquello que sí entra dentro de este rango. Esto ocurre a un nivel básico, ontológico de nuestra aprehensión del mundo, limitados por la necesaria discriminación que hacen nuestros aparatos cognitivos para no verse inundados por un exceso de estímulos. Escribe Wilson:

Todo tipo de ignorancia en este mundo resulta de no darnos cuenta que nuestras percepciones son sólo apuestas. Creemos lo que vemos y luego creemos nuestra interpretación de ello; la mayoría de las veces ni siquiera sabemos que estamos haciendo una interpretación. Creemos que es la realidad.

Esto nos lleva a preguntarnos si podemos superar este escollo de filtrar la realidad a través de nuestros preconceptos, así como también si podemos dejar de ser víctimas de la manipulación emocional al decidir actuar. En este sentido tradiciones antiguas consideraron que existían facultades cognitivas más sutiles que podían acercarse más a una aprehensión pura de lo real. La neurociencia moderna tiene algunos casos raros en los que también parece coincidir con esta posibilidad.

El psicólogo holandés Ap Dijksterhuis descubrió que cuando se trata de decisiones complejas las emociones conocen razones que exceden las facultades de la razón. En un experimento se evaluó una serie de autos conforme a un conjunto de variables para determinar cuáles eran los mejores autos para un consumidor. Luego se le informó a un grupo de personas sobre las cualidades de cada auto (evidentemente sin decirles cuales eran los mejor evaluados). Posteriormente se les pidió que eligieran cuál era auto ideal para realizar una compra. Dijksterhuis descubrió que las personas que tuvieron tiempo para pensar de manera racional –cuidadosamente contemplar los datos duros y sopesar  cada alternativa— escogieron el auto ideal menos de 25% de las veces –una menor efectividad que una selección aleatoria. En cambio, personas que recibieron la información pero a quienes luego se distrajo realizando otra actividad –“aquellos que fueron forzados a decidir con sus emociones”, explica Lehrer en su libro How We Decide— eligieron el mejor auto un 60% de las veces. Otro estudio similar en el que expertos evaluaron las mejores mermeladas del mercado demostró que cuando a un grupo de sujetos experimentales se les pidió de botepronto que evaluaran las mismas mermeladas según su calidad, éstos realizaron una evaluación a la par de los expertos, pero cuando se les pidió que realizaran este examen explicando por qué habían hecho tales elecciones  su evaluación fue completamente distinta, sin lograr ajustarse al canon de la calidad de estos productos.

imagesOtro caso sobresaliente en este sentido es el del físico y jugador de póker profesional Michael Binger, quien sólo empezó a ganar cientos de miles de dólares cuando descubrió que saber contar las cartas no era suficiente para llevarse una mano de este deporte mental, que a veces había que dejar de considerar las probabilidades matemáticas para apostarle a lo que sientes. “Como físico, es difícil admitir que simplemente no pueden razonar tu camino hacia una partida ganadora. Pero esa es la realidad del poker. No puedes construir un modelo perfecto para él. Está basado en una aparentemente infinita cantidad de información. En ese sentido, el poker es cómo la vida real". Lehrer incluye otros estudios en su libro How We Decide que parecen indicar que cuando existe mucha información el cerebro racional entra en una especie de estado de pánico y no logra manejar los datos. El cerebro emocional, en cambio, al hacer uso de la mente subconsciente, que integra una mayor cantidad de información, resuelve con mayor soltura ante tal complejidad. A los indecisos, Dijksterhuis les recomienda: “Usa tu mente consciente para adquirir toda la información que necesitas para tomar una decisión. Pero no trates de analizar la información con tu mente consciente. Mejor toma un descanso mientras tu mente inconsciente la digiere. Lo que sea que tu intuición entonces te diga seguramente será la mejor elección”. Y Lehrer agrega: “las decisiones más difíciles son las que requieren de más sentimiento”.

Por último quizás sea prudente recordar la idea de Platón de que la educación debía estar destinada a abrir lo que llamó el ojo del alma o también el ojo de la mente. Aunque Platón y su maestro Sócrates están ligados en la historia del pensamiento occidental a la consolidación de la razón como la facultad mental por excelencia (y ciertamente Platón notó la importancia del proceder racional y lo practicó con enorme profundidad), el gran filósofo consideraba que la intuición era la culminación de la inteligencia. Lo más alto a lo que podía llegar un filósofo era al conocimiento intuitvo (noesis), puesto que así participaba en la región de las formas arquetípicas que descansaban en el alma y en la eternidad. Para Platón la facultad intuitiva era una forma de descubrir el conocimiento que estaba oculto en la propia alma, una forma de recordar (anamnesis). La noción que rige el planteamiento de Platón es que sólo lo eterno es real, y entonces sólo las Formas (o Ideas) son reales en una cosa, la cual es sólo una sombra de esta realidad arquetípica.  

Si queremos aplicar la visión platónica a una decisión, debemos considerar entonces la posibilidad de que la mente humana puede desarrollar una facultad de ver en las cosas su naturaleza universal y no sólo particular, un destello de la esencia que revela o refleja en nuestra alma, el alma de cada cosa.

 

(Jonah Lehrer, How We Decide)

Twitter del autor: @alepholo

Haz de la bebida oscura un tónico mágico para tu trabajo con una invocación

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El café es la sustancia preferida por cientos de millones en todo el mundo para optimizar su desempeño laboral. Desde una perspectiva mágico-ritual hay esto una diaria consagración, una diaria alianza a este estimulante, que a la mayoría de nosotros nos pasa de largo, sin meditar en todo el tiempo que le dedicamos al acto de beber café y todo lo que esta bebida nos provee. No le ocurría así a Aleister Crowley, el mago y poeta británico famoso por sus extravagancias. Siendo poeta y mago ceremonial, Crowley tenía en muy alta estima el poder de las invocaciones. En su caso, el café era un tónico de concentración para extrañas operaciones mágicas, disciplinas yóguicas y ritos de contacto con espíritus. Tal vez no algo que vayas a hacer hoy, pero el sentido de empleo es el mismo.  

¡Oh café! Por el torrencial Nombre del Poder te invoco, consagrándote al servicio de la Magia de la Luz. ¡Deja que las pulsaciones de mi corazón sean fuertes, regulares y lentas! ¡Deja que mi cerebro se mantenga alerta en la labor suprema del autocontrol! ¡Que mi fin deseado sea efectuado por tu fuerza, Adonai, para quien la Gloria sea siempre! ¡Amén sin mentira, Amén, Amén de Amén!

Aquí tenemos esta pequeña oración al café (proveniente de un tomo de The Equinox, la revista de Crowley). Mediante palabras suscitativas, la bebida oscura se torna un tónico para el trabajo de la luz. El ocultista proyecta poéticamente su deseo de los efectos ideales del café: poder sin ansiedad, diligencia y modulación mental. La bebida se vuelve una herramienta para el yoga. A algunos les puede parecer excesivo, pero ciertamente hay algo que podemos aprender de esta dedicatoria: la posibilidad de darle significado e incluso un sentido de lo sagrado a nuestros hábitos cotidianos. El budismo zen consagra toda una filosofía al arte de tomar té (una deliciosa meditación en movimiento), ¿por qué no tener en Occidente algo similar? Siguiendo a Crowley, ¿por qué no escribir nuestra propia invocación al café? Y ello recordando que uno de los beneficios de la oración, independientemente de que ocurra o no una intercesión divina, es la elevación de la mente y el corazón de quien ora bajo los principios de la repetición, el ritmo, la meditación y la intención. Así, un café rezado debe de tener mejores efectos y saber más rico.