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Una mirada más amplia de la historia de la natividad y de la fecha asignada por la Iglesia nos debe llevar a comprender que el nacimiento de Cristo, lejos de ser una pura imitación de otros mitos solares anteriores, es por sobre todas las cosas la manifestación de una verdad única, de una sabiduría primordial que yace latente en todas las auténticas tradiciones religiosas del mundo

Magos

Un grupo de venerables sabios atraviesan a lomo de camello por las arenas del desierto. Los guía una estrella de plata clavada en los cristalinos cielos del levante. Aunque discretos y cautelosos, le confían a algún viajero nabateo o moabita el propósito de su travesía: van en busca de un niño nacido en Judea, un rey y sacerdote anunciado en las antiguas profecías del Avesta. Fascinados por la luz de aquel astro rutilante, se dirigen con presentes de oro, incienso y mirra para rendir honores a los pies del mesías.

Cuando escuché por primera vez esta historia, nació mi inagotable obsesión con el firmamento. Ha sido un largo camino de aprendizaje, que brotó de una sencilla narración bíblica en boca de mi padre, pero que en mi alma de niño adquiría tintes numinosos que parecían arrojar una certeza metafísica, como si todo mi destino estuviese sellado en ese relato. Puede parecer exagerado, pero sólo quienes han experimentado el arrebato de tal certidumbre pueden comprender la trascendencia que reviste para quien lo ha vivido, especialmente siendo un mocoso. La historia de los Reyes Magos aparece en el segundo capítulo del Evangelio de Mateo. Por alguna razón desconocida los otros evangelistas no mencionan esta parte de la crónica, así que inevitablemente este pasaría a ser mi evangelio favorito. Con el tiempo comprendí que mi ávida predilección por la historia de las religiones y la teología comparada, surgió también de las implicaciones que podían derivarse de esta narración. De entre todas ellas, hay tres preguntas que responder al respecto: ¿Quiénes eran los Reyes Magos? ¿Cuál era la estrella que seguían? ¿A quién creían que buscaban? En este artículo procuraremos responder a estas tres preguntas fundamentales. Nos dice el relato:

Después de nacer Jesús en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes, he aquí, unos magos del oriente llegaron a Jerusalén, diciendo: ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el oriente y hemos venido a adorarle. Cuando lo oyó el rey Herodes, se turbó, y toda Jerusalén con él. Entonces, reuniendo a todos los principales sacerdotes y escribas del pueblo, indagó de ellos dónde había de nacer el Cristo. Y ellos le dijeron: En Belén de Judea, porque así está escrito por el profeta: “Y tú Belén, tierra de Judá, de ningún modo eres la más pequeña entre los príncipes de Judá; porque de ti saldrá un gobernante que pastoreará a mi pueblo Israel”. Entonces Herodes llamó a los magos en secreto y se cercioró con ellos del tiempo en que había aparecido la estrella. Y enviándolos a Belén, dijo: Id y buscad con diligencia al Niño; y cuando le encontréis, avisadme para que yo también vaya y le adore. Y habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí, la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo sobre el lugar donde estaba el Niño. Cuando vieron la estrella, se regocijaron sobremanera con gran alegría. Y entrando en la casa, vieron al Niño con su madre María, y postrándose le adoraron; y abriendo sus tesoros le presentaron obsequios de oro, incienso y mirra. Y habiendo sido advertidos por Dios en sueños que no volvieran a Herodes, partieron para su tierra por otro camino.

(Mateo 2:1-12)

¿Quiénes eran? El original en griego khoiné les llama μάγοι  ἀπὸ  ἀνατολῶν, literalmente traducido como “magos del oriente”. Basta consultar cualquier mapa para notar de inmediato que la región directamente oriental a Palestina es nada menos que Persia. Este es un detalle que no debemos olvidar. En el contexto histórico de la época, la palabra griega magi se aplicaba con exclusividad a los sacerdotes persas del antiguo culto mazdeísta, la primera gran religión monoteísta establecida por el profeta Zaratustra, ese genio espiritual que los griegos, acostumbrados a acomodarlo todo a la sonoridad de su propia lengua, terminarían conociendo como Zoroastro. El vocablo griego fue adoptado del persa Magusha, y éste a su vez del acadio Magushu, siendo aplicado en el marco de la religión iniciada por el que fuera profeta de los pueblos arios asentados en la zona del actual Irán, el Cáucaso y Asia Central. Se cuenta que vivió unos mil años antes de Cristo, enseñando una filosofía basada en un dualismo metafísico caracterizado por la lucha de la Luz contra la Oscuridad. Su prédica fue compilada en himnos y poemas conocidos como Gathas, en los que aboga por una vida pura basada en los buenos pensamientos, las buenas palabras y las buenas acciones como vía para servir al Dios Supremo (Ahura Mazda) y vencer al principio del Mal (Angra Mainyu) dentro del alma humana. Esta era la enseñanza que había modelado el corazón de los Reyes Magos. Venir del oriente de Palestina, era proceder de la otra gran civilización que le hacía contrapeso político y cultural a la Roma imperial: Persia.

El mosaico de los magos de la Iglesia de San Apolinar el Nuevo, en Rávena, Italia, es la representación más temprana que se conoce de los Reyes Magos. Su antigüedad se remonta por lo menos al siglo VI de nuestra era. En él podemos observar a tres personajes portando sendos cofres y tocados por un curioso gorro frigio, símbolo de sabiduría oriental. La historia bíblica jamás señala a tres personajes, ni mucho menos nos entrega sus nombres. El número surgió en la tradición popular como una conjetura a partir de los tres presentes que llevaron al mesías, haciendo la suposición, medianamente razonable, de que debía haber al menos un regalo por cada rey mago. Los nombres de Gaspar, Melchor y Baltasar son un folclórico añadido de los primeros siglos del cristianismo. Pero lo realmente interesante de esta primitiva representación está en el uso de unos vistosos pantalones de brocado. En el siglo primero, cuando transcurre la narración, los pantalones eran una prenda extraña, utilizada únicamente por los Partos, el pueblo indoeuropeo que se había hecho con el control del imperio persa. El mosaico de Rávena tiene la sorprendente precisión de indicarnos los usos y costumbres de los persas de la época, en la misma vestimenta de los Reyes Magos.

Por otra parte, la observación e interpretación oracular del movimiento de los astros es un patrimonio mágico-religioso de profundas raíces mesopotámicas. Los primeros astrólogos de la historia fueron los sacerdotes que escrutaban el cielo sobre la cúspide trunca de los zigurats. Ellos informaban  a los reyes sobre el porvenir, aconsejándoles en las difíciles decisiones del gobierno. Los persas heredaron esta antiquísima tradición al conquistar toda la zona del creciente fértil. Pese a la propaganda griega que nunca les fue favorable en los registros históricos, los persas tuvieron la grandeza de integrar el saber de los pueblos conquistados a su propio acervo cultural, evitando imponer su religión y respetando la ajena. Esto les permitió incorporar la astrología como parte inherente del quehacer de sus propios sacerdotes, los reputados magos de Persia. De entre ellos, un puñado emprendió el largo camino por el desierto hasta Belén, buscando un nacimiento. Siendo astrólogos, su aparición en la Biblia introduce cierta dosis de conciliación con las leyes del Antiguo Testamento, que desconfían de la práctica astrológica por el temor de que pueda conducir a la astrolatría, adoración que practicaban muchos pueblos del levante. Sin embargo, el mismo Tanaj señala: "Los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos" (Salmo 19:1). De allí que exista una tradición astrológica entre los cabalistas judíos, cuya justificación teológica exigiría una discusión aparte.

Con todo, la astrología se extendió más allá de Mesopotamia, llegando a ser una ciencia sagrada para egipcios, griegos, romanos, árabes y hebreos, pues entregaba una visión espiritual del cosmos que conectaba las tradiciones religiosas de toda la cuenca del Mediterráneo con sus coetáneas en el Medio Oriente. No sería razonable concebir la llegada de Jesús de Nazaret sin que los pueblos circundantes se remitieran a su propio saber astrológico para advertir un hecho históricamente tan relevante, y los magos persas, que no eran perezosos a la hora de escudriñar el firmamento, tuvieron la ocurrencia de enviar una insólita misión diplomática ante un hecho astrológico de relevancia. Entonces ¿qué era la estrella de Belén? Responder a esta pregunta requiere considerar varias hipótesis. Existe un primer grupo de ellas: las no verificables. No nos ocuparemos de éstas porque escapan a cualquier análisis relativamente serio de la cuestión, pero mencionaremos una hipótesis muy popular en nuestros días, al recordar que no faltan los entusiastas de la ufología que quieren ven en la estrella de los Magos alguna clase de nave espacial extraterrestre. Huelga decir que carece de fundamento contrastable. Otra hipótesis no constatable es la que sostienen algunos fundamentalistas cristianos, que escapando de cualquier posibilidad ligada a lo astrológico, sostienen que se trató de una aparición sobrenatural. Nuevamente, no hace falta señalar la imposibilidad de corroboración. De todos modos estas figuraciones carecen del elemento indispensable para que pudiesen suscitar el interés de un grupo de astrólogos persas: la regularidad matemática.

En el grupo de las hipótesis verificables está la presunción, bastante extendida, de que se trató de un cometa. Sin embargo nos inclinamos a descartar esta posibilidad por una sencilla razón astrológica: los cometas, por lo general, representan eventos catastróficos como guerras, hambrunas y epidemias, ya que aparecen de forma sorpresiva en el cielo y rompen con la periodicidad armónica del cosmos astrológico, debido a que en la antigüedad era imposible predecirlos. En la tradición, los cometas han sido portadores de malos augurios y eran muy temidos por la población en general. Los astrólogos los interpretaban según el sector zodiacal en que aparecían por primera vez, y de acuerdo con el color de su brillante cabellera, pero en muy raros casos podían ser entendidos como un anuncio positivo. No nos cerramos completamente a la posibilidad de un cometa, ya que personajes como Marsilio Ficino le dieron algún crédito, pero debido a estas consideraciones simbólicas nos parece una hipótesis improbable.

Otra elucubración, esta vez proveniente del campo científico, es que se tratase de una nova. La aparición de una nueva estrella —de allí su nombre— es un fenómeno inusual y muy llamativo que puede producirse por el estrepitoso aumento de luminosidad de una estrella variable, previamente invisible al ojo desnudo, o por el estallido de un sol lejano. Su fulgor resultaría especialmente relevante para los astrólogos de antaño, pero lamentablemente esta hipótesis no cumple con un criterio fundamental, exigible a la estrella de Belén. Las novas no se mueven ni se detienen en el cielo como describe el versículo 9 del segundo capítulo de Mateo, por lo que podemos descartar completamente esta posibilidad.

La tercera hipótesis, a nuestro juicio la más plausible, es que se tratase de una importante conjunción planetaria. En el campo de la astrología mundana —aquella dedicada al estudio y predicción de los grandes acontecimientos mundiales— la más importante es la gran conjunción de Júpiter y Saturno que ocurre aproximadamente cada 20 años. Ella determina los sucesos globales a lo largo de 2 décadas, siendo observada con mucho cuidado por los astrólogos desde hace por lo menos 3 mil años. Y sucede que en el año VII a. C. la gran conjunción de Júpiter y Saturno en Piscis fue triple, ya que los movimientos retrógrados de ambos planetas los llevaron a separarse y volverse a unir tres veces. Pero lo más destacado es que mientras esto ocurría, todos los planetas clásicos, con excepción de Saturno, más las dos luminarias del Sol y la Luna, se encontraban en sus respectivos domicilios zodiacales. En astrología cada planeta tiene uno o dos signos sobre los que regenta, y cuando entra en ellos su poder se ve realzado. Una disposición semejante de todo el cielo como conjunto, y no sólo una estrella aislada, es lo que realmente interesa al astrólogo cuando realiza su delicado trabajo de interpretación. A los principiantes les cuesta entender que la astrología es una ciencia de relaciones entre el todo y las partes, no una mera cuestión de cuerpos celestes posicionados en determinado signo y casa astral. La inmensa mayoría de los que han intentado resolver el misterio de la estrella de Belén, han caído en este mismo reduccionismo, por carecer de la adecuada formación en el pensamiento tradicional de la astrología.

La gran conjunción de Piscis configuró una carta astral sorprendente. Encontrar a los planetas en sus respectivos domicilios zodiacales es un suceso extraordinario que no volverá a repetirse sino dentro de miles y miles de años. Para un astrólogo esto equivale a encontrar la piedra filosofal. En medio del movimiento perpetuo del tiempo, un orden semejante sólo puede ser comparable al del Arquetipo desde el que fueron creadas todas las cosas. Semejante configuración astrológica posee una armonía que potencia las fortalezas y dignidades de los astros, siendo el momento propicio para el nacimiento de un alma excepcional, pues reúne las dignidades de realeza, sacerdocio y divinidad representadas por los tres presentes que portaban los Reyes Magos. Esta disposición celeste, que de paso podríamos considerar como la carta natal de Jesús de Nazaret, ocurrió un 22 de agosto del VII a. C. Es al afamado astrónomo alemán Johannes Kepler (1571-1630) a quien le debemos haber notado por primera vez, en la edad moderna, esta peculiar distribución de los astros.

A la medianoche de aquel 22 de agosto recién iniciado, la unión corporal de Júpiter y Saturno cruzó el meridiano local de Belén, alcanzando su punto de mayor elevación en el cielo. Producto de la alternancia entre movimiento directo y retrógrado de los dos planetas, la conjunción avanzó, se detuvo, retrocedió y se detuvo otra vez, cumpliendo con lo narrado en el Evangelio de Mateo. El signo de Piscis, donde se produjo este fenómeno, representa a la región de Judea dentro del esquema de correspondencias de la astrología mundana tradicional. Por lo tanto, nuestros magos persas seguirían la “estrella” hasta esa zona de Palestina. Recordemos que antes de la era de los telescopios, los planetas no eran otra cosa que estrellas errantes que se movían rebeldes contra el fondo fijo de las constelaciones. No se extrañe nadie de que los antiguos hablaran de una estrella de Belén para referirse a un par de planetas extraordinariamente juntos en el cielo. El tránsito y culminación de Júpiter, astro de la realeza, lo llevó hasta el signo de Aries un 18 de diciembre del año VI a. C., conduciendo a los magos hasta Belén, al permanecer estacionario antes de volverse directo, lenguaje astrológico con el que se expresa lo mismo que en Mateo: la “estrella” se detuvo sobre el lugar donde se encontraba el niño.

El nacimiento del mesías en el VII a. C. coincide con los errores introducidos en el cálcuo del Anno Domini para fijar su natividad, pues el emperador César Augusto gobernó 4 años antes de lo establecido por Dionisio el Exiguo, pero bajo su nombre de nacimiento: Octavio. El monje no incluyó el año 0 en su calendario, retrasando todo 1 año más. Al mismo tiempo, sabemos que el rey Herodes mandó a matar a todos los niños de Belén menores de 2 años, según lo que averiguó de los Magos sobre la fecha de nacimiento de Jesús. Esto nos da un retraso total de 7 años, que es justamente la diferencia establecida por la tercera hipótesis.

¿A quién creían que buscaban? Como sacerdotes zoroastrianos, estaban familiarizados con los mitos y profecías de sus vecinos hebreos. Siendo mazdeístas, esperaban la venida del Saoshyant, el mesías y restaurador universal profetizado tanto en el sagrado libro del Avesta como en la tradición oral persa. Por otro lado, la figura del mesías judío, que inicialmente era descrito como un futuro rey de Israel que salvaría a su pueblo de la opresión, se transformó, en el Libro de Isaías, en un salvador universal muy similar al Saoshyant mazdeo. Los Magos, educados en el saber de su propia religión y cultura, buscaban “al rey de los judíos” según señala el evangelio, pero es altamente probable que tuvieran en mente una figura salvífica como la que ellos también esperaban en sus profecías. Sabemos que los Magos hacían uso extensivo de la astrología, especialmente de las vertientes mundana y meteorológica, como herederos por contigüidad histórica y geográfica de Acadia y Babilonia, ambas culturas expertas en cuestiones astrológicas. Por lo tanto, es justo suponer que estos astrólogos habían encontrado las señales del advenimiento del restaurador espiritual, en una figura astral tan sorprendente como la que se produjo en agosto del año VII a.C.

Por cierto, la fecha de navidad establecida oficialmente por la Iglesia es en realidad la antigua festividad romana del Sol Invictus, que celebraba el aumento de la luz solar tras el solsticio boreal de invierno. Montar la navidad encima fue una astuta manera de reemplazar el popular festival pagano del Sol con el nacimiento de Cristo, una encarnación de los mitos heróico-solares en clave hebrea. El relato bíblico cuenta que los pastores de Belén acudieron al llamado nocturno de un ángel, dirigiéndose hasta el pesebre. En diciembre, la noche en Palestina es tan fría que ningún pastor saldría con sus rebaños. En agosto sí que lo hacen frecuentemente, incluso en nuestros días. La Iglesia también estableció como fecha de la epifanía —llegada de los Reyes Magos— el 6 de enero, día que en muchos países cristianos es el de entrega de regalos a los niños. Es también la fecha en que los astrólogos celebramos informalmente nuestro día del oficio.

Una mirada más amplia de la historia de la natividad y de la fecha asignada por la Iglesia nos debe llevar a comprender que el nacimiento de Cristo, lejos de ser una pura imitación de otros mitos solares anteriores, es por sobre todas las cosas la manifestación de una verdad única, de una sabiduría primordial que yace latente en todas las auténticas tradiciones religiosas del mundo. Este punto de vista, portador de la luz integradora que otorga el esoterismo, destaca muy por encima de las intenciones destructivamente críticas de algunos enemigos del paradigma religioso. La Sophia Perennis está allí para ser consultada por todo aquel que se atreva a ir más allá de los prejuicios modernos. Nosotros no dudamos de la historicidad de Cristo. Más bien apuntamos a que existen sólidos indicadores astrológicos que avalan el nacimiento de un ser extraordinario, en cuya vida se cumplieron las prefiguraciones mitológicas de incontables naciones, no sólo las profecías del pueblo hebreo.

Como los Magos, es preciso seguir las estrellas para llegar a Cristo. Realmente los astrólogos nos encontramos con el rostro de Dios cuando indagamos los astros, pues en ellos vislumbramos la voluntad del Creador manifiesta en el tejido del tiempo. Para mí ha sido un privilegio poder conocer y practicar esta augusta ciencia de la antigüedad. Fueron los Reyes Magos quienes me tomaron de la mano para llevarme hasta el santo templo cuyas columnas son las cuatro esquinas del mundo, pilares que soportan el peso de la bóveda estrellada desde la que Dios nos sonríe con el brillo de la eternidad.

 

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Siguiendo a Rudolf Steiner, Manly P. Hall, Meister Eckhardt, San Pablo y otros místicos, interpretamos la vida de Jesús y su obtención del estado de Cristo como un estado espiritual inmanente y universal

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En este ensayo intentaré trazar un panorama sustancial mas no exhaustivo sobre la figura de Jesús desde una perspectiva mística, es decir, aquella que encuentra en Jesús un símbolo de una divinidad humana universal, accesible e inherente a todos y cuyo fundamento es una serie de conductas virtuosas que podemos llamar una "doctrina del corazón". Algunos autores (como Rudolf Steiner) diferencian entre el Jesús histórico y el Cristo místico, siendo este último un estado de conciencia divina que trasciende la historia. Mi enfoque principal en el ensayo es señalar algunos de los aspectos universales de las enseñanzas que son atribuidas a Jesucristo y que embonan con una suerte de religión universal, por lo cual podemos sugerir que Jesucristo es una faceta de un único impulso religioso-evolutivo que abarca a diferentes culturas y a diferentes manifestaciones de grandes maestros. Acaso la diferencia estriba en el contexto, en la necesidad de cierta sutileza particular al tiempo, en el énfasis en cierto modo o arquetipo de enseñanza. Por ejemplo, Manly P. Hall, en su libro The Mystical Christ, nos dice que las enseñanzas de Jesús toman la forma del "buen pastor"; una cierta dulzura que habla a los hombres desde el corazón y hacia la paz, siendo que anteriormente en la historia habían aparecido maestros bajo el arquetipo del rey-guerrero, el conquistador o la divinidad todopoderosa pero terrible y cruel. Esta misma idea la expresa el rosacruz Max Heindel como "el paso de la ley hacia el amor".

Rudolf Steiner, en su ensayo de De Jesús a Cristo, explica que de la misma manera que en el plano material de la biología se observa la ley de la recapitulación formulada por Haeckel, la cual indica que un ser vivo recapitula en su vida embrionaria las diferentes etapas del desarrollo de animales inferiores (lo cual suele expresarse como "la ontogenia recapitula la filogenia"), esto también ocurre en un plano espiritual. Así el alma del hombre atraviesa distintas etapas de la evolución de la humanidad que son recapituladas en su evolución personal. Dice Steiner que "el desarrollo de la humanidad como un todo puede compararse con la vida de un solo hombre" y también evidentemente en cada hombre está la evolución y el arquetipo de todos los seres humanos. Steiner considera que si vemos a la humanidad como un único hombre, podemos pensar que este hombre se encuentra en la etapa de su vida que va de los 30 a 35 años, de ahí la relevancia del ministerio de Jesús como mensaje eminentemente actual para el grueso de los seres humanos. Jesús, dice Steiner, es la actualización del medio de acceso a lo divino que ofrecían los antiguos misterios a través diferentes prácticas ascéticas pero cuyo método para nuestra humanidad se ha vuelto obsoleto o demasiado recóndito. El proceso de maduración de Jesús, que ocurrió a sus 30 años cuando, nos dice Steiner, alcanzó el estado de Cristo, es el proceso que resuena actualmente con todos los seres humanos. Esta maduración es el punto de inflexión en el que un hombre recibe en su alma "el espíritu del cosmos" y se centra en la noción enseñada por Jesús de amar al prójimo, sacrificarse por los demás y anular el ego y no tanto ya en el cultivo de las propias facultades personales a través de la iniciación a los misterios del alma.

513ZOKBY47L._SX299_BO1,204,203,200_Para situarnos quizás en un terreno que no es solamente esotérico y que puede permitirnos concientizar y encontrar un sentido práctico al misticismo de Jesús, recurriremos ahora a lo expuesto por Manly P. Hall en el libro The Mystical Christ. Si bien Hall es un escritor eminentemente esotérico, en este libro nos presenta una visión de Cristo ligada sobre todo a una doctrina del amor y a una enseñanza ética y  fraternal que salva las distancias entre credos particulares. Primeramente, Hall nos dice que tiene sentido ver a Cristo sobre todo como una figura o un camino místico. "El misticismo es la forma que tiene el corazón para hacer alma del conocimiento... El misticismo es una convicción que deriva su autoridad del corazón humano", a diferencia de la ciencia, que lo hace de la mente. Es necesaria la experiencia mística para fortalecer la fe y encontrar seguridad, "nunca estaremos satisfechos hasta que no descubramos en nosotros mismos el hecho del todo-suficiente poder divino dentro de nosotros"; esto es lo que posibilita Cristo bajo esta lectura. Así el creyente, "por medio de un simple acto de fe... tendió un puente para cruzar el intervalo entre sí mismo y Dios".

Hall hace una lectura del ministerio de Jesús y su obtención del estado crístico como una simbología intersubjetiva del proceso de evolución espiritual de cada ser humano, en su paso de la ignorancia hacia la verdad o de la oscuridad a la luz. "Cada buscador de verdad debe, en su propio camino y acorde a su propio estado, atravesar el mismo camino. Debe ser tentado en el desierto y debe mantenerse firme ante la promesa del poder mundano. Debe procurar para aquellos que lo necesitan y debe enseñar la sencilla verdad de la fe humana", y al final todos debemos "tomar la gran decisión" de sacrificarnos por la voluntad divina y así descubrir que es sólo aquel que da su vida entera el que obtiene "la vida eterna". Esta experiencia mística, nos dice Hall, no debe considerarse como algo meramente histórico, sino como "eternamente inminente", siempre ahí, latente, en nuestro interior. De hecho, señala, es algo tan natural como el crecimiento de una flor que el ser humano crezca y desdoble la divinidad. Este crecimiento o florecimiento de la semilla crística en todos los hombres puede encauzarse manteniendo las enseñanzas de Cristo, especialmente la noción de incrementar el hombre espiritual por sobre el hombre material. 

Cristo es entonces el arquetipo de lo que somos y seremos de manera tangible cuando hayamos realizado el misterio de "la alquimia del amor", dice Hall. Un amor que, en palabras del místico jesuita Teilhard de Chardin, es lo que espiritualiza la materia y hace al cuerpo luz. "Es como si nuestra humanidad presente fuera un embrión espiritual, y Jesús aquel que ya ha nacido. Como la forma ideal de un camino de vida para el cual todos nos estamos preparando, el Maestro es tanto la persona como el colectivo del futuro. Él es nosotros después de que hayamos escapado de ciertas limitaciones que por el momentos nos parecen todavía difíciles de superar", dice Hall, y también: "Jesús es la humanidad, considerada individual o colectivamente. Cristo es el poder redentor de Dios, el Ser Supremo manifestándose a través y dentro de la creación humana. Cristo es el hijo del Cielo y Jesús el hijo de la Tierra". Aquí podemos añadir la noción también avanzada por Hall de que Cristo es la reiteración más contundente de un impulso único de evolución espiritual que designa como el "Mesías Solar".

03_Cristianismo_y_religionEn su lectura Great Solar Symbol of the Messiah, Hall traza algunos paralelos entre Jesucristo y el Sol. Dice que de igual manera que el Sol une a la Tierra con el cielo, y une también a la materia con el espíritu, operando como un máximo pontífice, también Jesucristo sirve a este mismo rol. Las imágenes de los reyes y santos con coronas y halos, sabemos, son extensiones solares, que muestran la identidad entre el poder solar y el poder terrestre. De la misma manera que el Sol alza a los hombres "con sus rayos que terminan con manos, llevándolos hacia la luz", Jesucristo también alza a las almas hacia el Padre. El Sol es, al igual que Jesucristo, el símbolo de la restauración de la vida y la promesa de la eternidad y quizás no sea casualidad que el nacimiento de Jesús haya sido dispuesto en el rango de 3 días que siguen al solsticio, el momento en el que el Sol renace. Manly P. Hall nos dice que en Egipto los sacerdotes realizaban un ritual de unir el alma con el Sol donde ocurría una transubstanciación entre el sacerdote o adepto y el dios, de tal forma que al completar el ritual el iniciado tomaba la personalidad divina, dejando de llamarse por su nombre y obteniendo el nombre de Osiris, por ejemplo.

En el libro de los hebreos del Nuevo Testamento, atribuido a San Pablo, se dice que Jesús "es para siempre un sacerdote de la Orden de Melquisedec", el rey de Salem. De Melquisedec se dice en la Biblia que realizó una bendición o una especie de rito con vino, pan y aceite. Hall nos dice que el aceite al que se hace mención es Cristo, palabra que significa "el ungido". Este es el modelo de la eucaristía por la cual Jesucristo ofrece una vía para acceder a la divinidad. Hall señala también, de manera un poco enigmática, que el misterio de la eucaristía "es el misterio del fuego y el agua" y vincula a Melquisedec con una antigua orden de iniciados en el misterio del fuego y por lo tanto de las divinidades solares. Según Hall esta orden tenía como símbolo al fénix, el animal asociado con el perpetuo renacimiento y que construye su nido en las llamas. Cristo también ha sido asociado con el fénix, particularmente por los alquimistas. 

Este Mesías Solar encarna la misma idea a la que San Juan hace referencia cuando dice que "la palabra se hizo carne" y "en ella estaba la vida y la vida era luz de los hombres", luz que ilumina el mundo y da vida como el Sol. Esta palabra o Logos Solar es la misma a la que bellamente Meister Eckhardt se refiere cuando dice que "en medio del silencio una palabra secreta brotó en mi", una palabra a través de la cual la divinidad se forja en el alma humana.

Max Heindel identifica a Cristo con el espíritu del Sol y dice que, de la misma manera que la energía solar física nutre a los cuerpos, la energía espiritual del Sol nutre a las almas. Y agrega que este es el significado de la estrella de Belén, un sol de medianoche que simboliza el espíritu del Sol o la estrella invisible que guía a los iniciados.

Steiner por su parte menciona que los Evangelios dicen que Jesús de Nazaret fue al río Jordán para ser bautizado por Juan, y una paloma descendió sobre él desde el cielo. Esa paloma, señala, es la influencia solar, símbolo del espíritu santo y del espíritu del Sol que entró en Jesús.

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Sobre el debate bizantino que existe sobre los milagros y los hechos históricos de Jesús, Hall prefiere considerar que, teniendo en cuenta "la falta de evidencia histórica para afirmar los milagros atribuidos a Jesús", "estos maravillosos actos deben de referirse a misterios espirituales". Hechos narrados que tienen una fuerza simbólica y didáctica y que nutren la fe interna del hombre para que él mismo realice la obra de la divinidad en la tierra. Lo anterior se sugiere en el relato de la hija de Jairo que se curó por tocar el manto de Jesús, y a quien ante su asombro Jesús le contestó: "Es tu fe la que te ha salvado". El milagro en la doctrina, más que probar la divinidad de Jesús, puede entenderse como lo divino que se revela gradualmente en la fe humana. Lo importante en este sentido no yace en la precisión histórica de una realidad que de todas maneras no puede ser entendida científicamente, lo importante yace en la experiencia de lo sagrado. "Los místicos que han experimentado su propio concepto de la vida de Jesús... no se han preguntado si Jesús vivió o no; sabían que ejemplificó un camino de vida que lleva a la integridad espiritual". Esto me parece la cuestión esencial, más que debatir si Jesús existió o realizó tal o cual milagro (cuestiones inextricables y posiblemente insondables por medios ordinarios), lo esencial es que la doctrina que se deriva de su persona tiene un valor universal que tiene una aplicación práctica y que debe probarse, no en el sentido de realizar una investigación histórica que lo refute o lo afirme, sino como una experiencia personal de participación en el misterio.

No existe misticismo, ni existe lo sagrado sin una experiencia mística y por eso los místicos se han alejado de las instituciones religiosas que, en su búsqueda de poder mundano, han cerrado las puertas de las experiencias místicas de los "otros mundos" que yacen dentro de este; dicho eso, quien busca tener una experiencia de este orden no puede descalificar la fe como una vía legítima de acceso a lo místico. Esto no es algo irracional en tanto que, como dice Hall, el hombre busca "avanzar hacia el conocimiento y no desde el conocimiento", así que debe moverse en la oscuridad y aceptar su ignorancia si quiere acceder a la luz. El entendimiento es algo que resulta de un proceso de dedicación, no es la condición desde la cual buscamos, por lo cual resulta razonable tener fe y cultivar nuestra misma fe como una posibilidad de agudeza perceptual hacia aquello que actualmente yace invisible. Lo anterior se expresa en la noción básica del gnosticismo de que para conocer algo debemos hacernos como lo que conocemos. Steiner lo expresa así: "Goethe ha acuñado el hermoso lema, 'Si el ojo no fuera como el Sol, nunca podría percibir el Sol'. Podríamos decir además, 'El alma humana nunca podría comprender a Cristo si no fuera capaz de transformarse de tal forma que pudiera experimentar internamente las palabras 'No yo, sino Cristo en mí'".

El acceso al poder divino, simbolizado como lo milagroso, no tiene necesariamente que entenderse como algo sobrenatural ni excepcional, sino como el fruto del justo proceder. "Los secretos del reino del cielo están reservados a aquellos que mantienen las leyes del reino", se dice en los Evangelios. No hay iniciación oculta que pueda suplantar la virtud del bien y de actuar conforme a la ley de la naturaleza y del cosmos; según Hall, el misterio cristiano nos dice que "debemos vivir la vida si queremos conocer la doctrina", es decir, si queremos los frutos de la sabiduría debemos actuar conforme a los principios que enarbola la doctrina. En esto hay un sentido de fe, pero es la misma fe que tiene el hombre que trabaja la tierra y al plantar una semilla cree que ésta dará fruto. Fe en que, en este caso, la dimensión moral y espiritual existe también en concordancia con una ley evolutiva de causa y efecto. Escribe Hall:

El concepto científico de un universo regido por la ley inmutable no prevé acontecimientos que entren en conflicto o que sean excepcionales a los procesos regulares de la naturaleza. Lo que parece milagroso debe de serlo en apariencia y no en hecho. El médico suizo y místico Paracelso definió un milagro como un efecto, con una causa que era desconocida, pero cuya causa debía de ser inevitablemente similar al efecto que producía. Bajo este razonamiento, los fenómenos espirituales se originan de aspectos desconocidos del universo y que, al yacer más allá del conocimiento humano, no pueden estimarse como excepcionales. 

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De igual manera, los dos sucesos capitales de la vida de Jesús, su nacimiento de concepción inmaculada y su resurrección pueden entenderse como códigos espirituales. Manly P. Hall dice que "el místico cristiano medita en Jesús como una personificación de su naturaleza superior. Es en este sentido, que Jesús fue concebido inmaculadamente. Nació del poder --virgen-- del alma y vino como cumplimiento de la promesa divina". A lo que podemos añadir la representación que se hace en las imágenes del cristianismo ortodoxo donde se tiene a Jesús naciendo de una cueva y no de un establo. Sobre esto escribe Harper McAlpine Black: "La Luz Divina (la semilla) penetra el vientre de la tierra. Esta imagen muestra los elementos habituales de los prototipos bizantinos --María inclinándose, el niño Jesús en el centro, la montaña, la cueva dentro de la montaña y la oscuridad de la cueva atravesada por la luz celestial". Así entendemos esta idea de Jesús y de otras divinidades (como Osiris o Queztalcóatl) que son los puntos nodales en los que se une o se hace tangible el matrimonio entre el cielo y la tierra. La misma idea que maneja Steiner de Cristo como el hombre que recibe la energía del cosmos ya en su madurez parece ser una recapitulación del origen de Jesús como el niño divino que recibe las influencias siderales, como "la palabra secreta que brota del silencio" y a través de la cual "Dios entra al alma con su todo, no sólo en parte. Dios entra a la tierra del alma", según Eckhardt.

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El misterio de la resurrección es en cierta forma sencillo y no por ello menos profundo. A través de la crucifixión se muestra que al cumplir la voluntad de dios y al amar a los demás por sobre la vida propia, el ser humano puede lograr la vida eterna. Como se dice en San Juan 3:30: "Hasta que un hombre no nazca dos veces, no puede entrar al reino del cielo". Max Heindel, con esto en mente, escribe: "No hay duda de que para el cuerpo la ley es la supervivencia del más apto; para el espíritu la ley de la evolución demanda sacrificio". A través de la crucifixión y de la resurrección se ejemplifica que el espíritu del hombre no muere con el cuerpo pero que para que logre alzarse a Dios debe morir todo lo que en el hombre lo ata al mundo, todo lo que es perecedero y corrupto. Hay dos tipos de muertes, nos dice Hall: "Aquellos que mueren en la carne, renacen en la carne, porque, aunque han dejado el mundo, lo mundano no se ha extirpado de ellos. Los pocos que se han ido a dormir en la fe renacen del vientre de la fe al vientre de la luz". Esta es la muerte que trae consigo el renacimiento espiritual que permite acceder con un nuevo cuerpo radiante --el alma revestida de las joyas de la pureza de sus actos-- al cielo. Esta es la cima espiritual del mundo que, nos dicen los místicos, Cristo hace disponible para nosotros:

Sobre la cresta del mundo, ya sea en Moab, Golgota o Himavat, ahí yace el momento supremo en el que la sabiduría humana se rinde a la gracia de Dios. Este es el instante que cambia el mundo. El tiempo regresa a la eternidad; el fragmento es reunido con el todo; la centella se reintegra con la flama. La resurrección que prosigue inmediatamente atestigua el triunfo del alma humana. 

Curiosamente tanto Manly P. Hall como Rudolf Steiner encuentran en las palabras de San Pablo el más sublime entendimiento del cristianismo, seguramente porque es a Pablo a quien debemos la enunciación más clara de la idea de que Cristo (como esencia  o sujeto universal) poseyó a Jesús (el objeto que es llenado por la divinidad). Tenemos aquí un principio de transubstanciación que, nos dicen los místicos, no está restringido a Jesús sino que éste lo ha hecho accesible a todos. Steiner escribe:

Cuando nos sumergimos amorosamente en otros seres, nuestras almas permanecen inalteradas; el hombre sigue siendo hombre incluso cuando va más allá de sí mismo y descubre a Cristo en su interior. Que Él pueda ser así encontrado fue hecho posible por el Misterio del Gólgota. El alma permanece dentro de la esfera humana cuando alcanza aquella experiencia expresada por San Pablo, “No yo, sino Cristo en mí”. Tenemos entonces la experiencia mística de sentir que una esencia humana superior vive en nosotros, una esencia que nos envuelve en el mismo elemento que lleva el alma de vida en vida, de encarnación en encarnación. Esta es la experiencia mística de Cristo, que sólo podemos tener a través de un entrenamiento en el amor. 

Steiner parece decirnos, con San Pablo, que el ser humano debe hacerse a un lado, como si fuere, abandonarse en el otro, entregándose en la fe y en el amor, para dejarse habitar por la divinidad. Hall explica que la interpretación de San Pablo "puede entenderse como el ejemplo perfecto de la unión entre sujeto y objeto", la cual es el propósito esencial del misticismo no sólo cristiano sino budista, cabalista y de muchas otras tradiciones, en tanto a que esta unión es la anulación de la dualidad en su raíz. La relación esbozada por San Pablo entre Cristo y Jesús prefigura la relación entre el ser humano y Dios, una relación en la que "Dios es el eterno sujeto y la humanidad el objeto natural", dice Hall haciendo eco también de la idea de Steiner de que todos los hombres no son más que un solo hombre que evoluciona hacia la realización de su propia naturaleza crística. Esta es la promesa de la divinidad que expresó San Pablo: "Cristo en ti, la gloria y la esperanza". 

Para culminar en este tono místico, las palabras de tres místicos. Primero, Angelus Silesius:

Hasta que Cristo no nazca dentro de ti, tu alma no estará entera,

aunque en Belén mil veces más naciera.

Miras en vano al misterio de la Cruz

hasta que en ti otra vez no se crucifique Jesús.

A lo que agrega Meister Eckhardt:

Aquí en el tiempo celebramos porque el nacimiento eterno que sostuvo Dios Padre y que sostiene una y otra vez en la eternidad ahora se hace en el tiempo, en la naturaleza humana. San Agustín dice que este nacimiento siempre está ocurriendo. ¿Pero si no ocurre en mí, de qué me sirve? Lo que importa es que ocurra también en mí. Por eso intentamos hablar de este nacimiento como ocurriendo en nosotros, como siendo consumado en el alma virtuosa, ya que es en el alma perfeccionada que Dios pronuncia su palabra.

Y por último, Teilhard de Chardin:

Creo que el Universo es una Evolución.

Creo que la Evolución procede hacia el Espíritu.

Creo que el Espíritu es realizado en la forma de una personalidad.

Creo que lo supremamente Personal es el Cristo Universal.

 

Twitter del autor: @alepholo

Publicado también Cadena Áurea de Filosofía