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Una exploración guiada hacia los deliciosos abismos de la melancolía, desde la locura y la tristeza hasta la alquimia y la inteligencia divina

En la nueva entrega de Cadena Áurea de Filosofía conversamos sobre la melancolía, ingresando por un oscuro magnetismo al dominio de Saturno (el planeta a cuya influencia nos rendimos). Damos un paseo histórico por el pantano estrellado de la melancolía, la bilis negra, el fluido de los filósofos y los hombres del conocimiento más elevado. Notamos aquí que esa inclinación hacia el abismo interior es también un camino de iniciación y conocimiento, descubriendo las piedras preciosas que yacen ocultas en las profundidades de la tierra más oscura. Trazamos la línea evolutiva de este humor, desde la medicina antigua y su relación con el infortunio, el aislamiento, la posesión demoníaca y la depresión hacia la transformación del genio melancólico en la figura del hombre que se retrae del mundo para estudiar los arcanos y las más altas esferas del intelecto, convirtiéndose en un adepto de Saturno. Entendemos que la melancolía nos puede revelar la avasalladora belleza del mundo y llevar hacia el valle de la elaboración del alma; en su negra sima, la materia prima para iniciar la obra alquímica.

0-5:00 Intro/ La idea de la melancolía: el encantamiento de la tristeza/ ¿Eres melancólico?/ Los fluidos y la personalidad/ La melancolía y los astros/ La bilis negra y los cuatro humores/ La melancolía: lo seco y lo frío/ La genealogía de Saturno/ Los humores y la medicina antigua.

5:00-10:00 La locura melancólica: lo que hoy es el maníaco-depresivo/ El vínculo entre la melancolía y la filosofía según el problema 30 de Pseudo Aristóteles/ ¿Cómo la melancolía se volvió un rasgo del genio?/ La melancolía, el aislamiento y la búsqueda intelectual superior/ Marsilio Ficino y el intelectual saturnino/ La séptima esfera de Saturno, la más cercana a la estrellas fijas y la divinidad/ Renunciar a la vida/ La acedia monástica y el demonio de la melancolía.

10:00-15:00 La desgana divina, el aburrimiento, el tedio y el spleen de Saturno/ Petrarca, la melancolía del sabio/ La docta ignorancia/ Encender el fuego de la melancolía hacia la pasión del conocimiento/ Cómo paliar la melancolía (consejos de Ficino)/ Nutrir el alma con la luz, el vino y un poco de Júpiter/ ¿Abrazar la propia melancolía?/ El dulce dolor/ La melancolía del amor.

15:00-20:00 La melancolía y la creatividad/ Lo gótico/ Saturno y la melancolía, el libro de Klibansky, Panofsky y Saxl/ La melancolía y el furor divino/ La alquimia del sufrimiento/ La melancolía es un estado del alma/ ¿Cómo utilizar la melancolía?/ James Hillman y la depresión como camino hacia la profundidad/ John Keats: este mundo es el valle de la elaboración del alma/ La melancolía y el nigredo, el encuentro de la prima materia en la alquimia.

20:00-25:00 El valle para producir alma/ ¿Somos antitristeza?/ La tristeza como un abono para la flor negra del alma/ Los ritmos orgánicos y la naturaleza de la tristeza/ No evitar la melancolía/ Un camino de conocimiento melancólico/ La melancolía y el arte/ Alberto Durero y el enigma de la dama de Melancolía I/ La melancolía y la geometría.

25:00-27:00 El sabio melancólico y el estado de contemplación de lo incomensurable/ La melancolía y la conciencia de la muerte/ ¿Un camino para conocernos a nosotros mismos?/ Una invitación a que exploremos nuestra propia melancolía.

Comentario: Ernesto Praini y Alejandro Martínez Gallardo. Producción Ignacio Bazán.

 

ANTOLOGÍA DE CITAS DE LA MELANCOLÍA Y REFERENCIAS CITADAS EN EL PODCAST

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De Saturno y la melancolía, de Raymond Klibansky, Erwin Panofsky y Fritz Saxl:

Pero incluso para el siglo IV el hechizo de esas grandes figuras [Heracles, Ayax, Belerofonte] era lo bastante fuerte para conferir a la idea de la melancolía que ahora se les asociaba una aureola de siniestra sublimidad. Pasó a ser una enfermedad de héroes.

Así ocurre también con el abatimiento que se da en la vida cotidiana, pues a menudo estamos en un estado de duelo pero no sabríamos decir por qué, mientas que en otros momentos nos encontramos alegres sin motivo aparente...

El melancólico natural, en cambio, aun estando perfectamente bien poseía un ethos muy especial, que, ya se manifestara de una manera o de otra, le hacía fundamental y permanentemente distinto de los hombres corrientes. Era por así decirlo, normalmente anormal...

La alta tensión constante de la vida espiritual del melancólico, que tenía su origen en el cuerpo y por lo tanto era independiente de la voluntad, hacía que le fuera tan imposible actuar razonablemente como lo era para el colérico; salvo que en el segundo caso era la precipitación lo que impedía la reflexión serena, y en el primero era la vehemencia...

El que el melancólico estuviera más expuesto que otros hombres a recordar las cosas a destiempo o demasiado tarde, después de haber tratado de evocarlas sin éxito con un esfuerzo de voluntad, se debía al hecho mismo de que ese conato de la memoria había producido en él imágenes mentales que afectaban con más fuerza a su mente y eran más apremiantes que en otras personas: y esa memoria agitada y llena de cosas, una vez puesta en acción, seguía un curso automático tan imposible de detener como la flecha disparada...

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Alberto Durero, "Melancolía I"

 

Marsilio Ficino en De vita:

Existen tres causas que hacen que las personas de conocimiento se tornen melancólicos. La primera es celestial, la segunda natura, y la tercera humana.

La celestial es debido a que tanto Mercurio, que nos invita a investigar las doctrinas, y Saturno, que nos hace perseverar investigando las doctrinas y retenerlas una vez que las hemos descubierto. Esta, según los astrónomos, es fría y seca, justo como señalan los médicos es la naturaleza melancólica. 

...Pero de aquellos hombres de conocimiento, especialmente los que están oprimidos por la bilis negra, siendo diligentemente devotos al estudio de la filosofía, retraen su mente del cuerpo y las cosas corporales y los aplican a lo incorpóreo. La causa de esto es que, entre más difícil el trabajo más concentración de la mente requiere; y segundo, que entre más aplican su mente a las verdades incorpóreas, más están llamados a separarla del cuerpo. Por esto su cuerpo parece como si estuviera semimuerto y frecuentemente melancólico.

Ficino, sobre encender el fuego melancólico:

Es apropiado entonces que temples la bilis negra a su justa manera. Cuando es moderada, como dijimos, y mezclada con bilis y sangre, debido a que es seca por naturaleza y en una condición tan rarificada como la naturaleza admite, es fácilmente encendida; y porque es sólida y tenaz una vez encendida, arde por más tiempo; ya que es muy poderosa en su concentración.

 Manly P. Hall en su lectura sobre Astroteología:

Saturno representaba para los antiguos la sabiduría suprema, el poder antiguo que debía finalmente también devorar todas las cosas que eran menos que él. Así todas las cosas que nacen de la sabiduría deben de ser devoradas al final por la sabiduría. Esta es la extraña sabiduría abstracta de la meditación; la meditación de la cual las cosas nacen y a la cual todas las cosas regresan. Este era un tipo de conciencia que engendra, pero que sosteniendo y poseyendo siempre obliga a la cosa que ha engendrado a regresar a sí misma y ser disuelta... Saturno representaba el principio de la creación que representa a la vez el símbolo de la muerte,  pues todo lo que ha sido creado debe de morir... Saturno era el devorador, el principio de los movimientos que en sí mismos deben de terminar, era el principio de la separación que es en sí misma la más grande ilusión y que la final debe de llegar a su fin. Saturno juega muchos papeles aparentemente en conflicto, pero siempre bajo un principio subyacente: Saturno es el principio y el fin; el principio de la esperanza y el fin de la esperanza; Saturno es la muerte y Saturno es la vida eterna, depende de la dirección del movimiento, puesto que los antiguos creían que de los anillos de Saturno las almas eran lanzadas al espacio empíreo. 

Noel L. Brann en The Debate Over the Origin of Genius During the Italian Renaissance:

Interpretado místicamente dentro de un contexto cristiano, el estado de putrefacción "negritud" (nigredo), iniciando el proceso de transmutación regido por Saturno según los alquimistas e identificado con el estado melancólico en su proceso de sublimación interna, corresponde con la muerte temporal del cuerpo previa a la resurrección en el más alla. 

Agrippa en sus Tres libros de filosofía oculta:

El humor melancólico cuando es batido, arde y se agita propiciando una locura que conduce al conocimiento y la adivinación, especialmente si es ayudada por el influjo celeste, particularmente de Saturno... Por la melancolía, dijo Aristóteles, algunos hombres se hacen divinos, y otros poetas.

* Macrobio escribe en su Comentario al Somnium Scipionis que el alma humana al descender de la intersección entre las estrellas fijas y la Vía Láctea (el lugar donde, según Platón, las almas elegían su lote antes de reencarnar):

toma de la esfera de Saturno la razón y el entendimiento, llamadas logistikon y theoretikion.

En el texto hermético Poimandres se dice que el alma en su proceso inverso, al ascender hacia la octava esfera, abandona ante Saturno "la mentira que tiende trampas" y atraviesa la Puerta del Caos, ascendiendo por las órdenes angélicas hasta fundirse con la divinidad.

Servius, citado por Hans Jonas en La religión gnóstica:

Al descender, las almas toman la torpeza de Saturno, la ira de Marte, la concupiscencia de Venus, la ambición de ganancia de Mercurio, el deseo de poder de Júpiter.

John Frawley, en su libro Real Astrology, señala:

La última de las esferas planetarias yace inmediatamente dentro de las estrellas fijas. Esta es la esfera de Saturno y conlleva en parte el mismo significado que el de las estrellas fijas, como umbral hacia y desde lo divino. Mientras que las estrellas fijas están activas sólo ocasionalmente en cada uno de nuestros horóscopos, Saturno está en operación constantemente. Es el planeta de la justicia (por ello su exaltación en el signo de la balanza, Libra), y por lo tanto no es muy popular. Y es que nuestra idea moderna de justicia --una creencia en que al final todo se solucionará sin importar cómo vivamos-- no es la idea de justicia bajo la cual el cosmos está construido, esto es, la verdad inexorable de que si nos identificamos con la esencia habitaremos con la esencia, y si nos identificamos con lo material moriremos con lo material. Saturno es la puerta hacia lo divino, pero es una puerta difícil de abrir y angosto es el camino que lleva hacia ella.

Mark Fisher escribe en Ghosts of My Life: Writings on Depression, Hauntology and Lost Futures:

Existe un conocimiento implícito de que la esperanza creada por la electrónica posguerra y la eufórica música dance de los 90 se han evaporado –no sólo ese futuro no ha llegado, ya no parece posible. Y, sin embargo, la música constituye una negación a rescindir un deseo del futuro. Esta negativa da a la melancolía una dimensión política, porque significa que fracasa en acomodarse a los horizontes cerrados del realismo capitalista.

Bouschet y Hilbert:

La Tierra está localizada entre el Sol y Saturno que están en eterno conflicto; observamos su guerra en nuestra separación eterna de la luz y la oscuridad… En la Tierra hay una especie de astronomía invertida: localizado en el centro de la Tierra hay un sol negro. Debemos mirar hacia abajo.

Shams al-Din Lahiji:

El color negro, si me sigues, es luz de Ipseidad pura, dentro de esta oscuridad está el Agua de la Vida.

James Hillman sobre el arquetipo del senex:

Saturno retiene los atributos de Kronos; es un dios de la fertilidad. Saturno inventó la agricultura; este dios de la tierra y el campesino, la cosecha y la saturnalia, es regente de la fruta y la semilla. Incluso su castrante guadaña es una herramienta de siembra. Tendría que ser Saturno quien inventara la agricultura: sólo el senex tiene la paciencia que equipara a la de la tierra y puede entender la conservación de la tierra y la conservaduría de aquellos que la trabajan; sólo el senex tiene el tiempo necesario para las estaciones y su repetición crónica; la habilidad de abstraer para amaestrar la geometría del arado, la esencia de las semillas, de hacer las cuentas para rendir ganancias, el abono, la soledad…

James Hillman sobre el "vale of soul-making" de John Keats:

He tomado este pasaje de Keats como un motto psicológico: “Llama al mundo, si quieres, el valle de la elaboración del alma. Entonces descubrirás la razón de la existencia”.

Los alquimistas hablaban de la paciencia como la primera cualidad del alma y consideraban la elaboración del alma el camino más largo, una via longissima.

Fragmento de "Ode on Melancholy", de Keats:

She dwells with Beauty—Beauty that must die;
       And Joy, whose hand is ever at his lips
Bidding adieu; and aching Pleasure nigh,
       Turning to poison while the bee-mouth sips:
Ay, in the very temple of Delight
       Veil'd Melancholy has her sovran shrine,
               Though seen of none save him whose strenuous tongue
       Can burst Joy's grape against his palate fine;
His soul shalt taste the sadness of her might,
               And be among her cloudy trophies hung.

 

**  La etimología de la palabra “alquimia” es, como este arte en general, un tanto misteriosa, pero uno de los significados más aceptados es “tierra negra” o “la tierra más negra”, chemia, que según Plutarco es una referencia también a Egipto, la “tierra negra” y a la parte negra de las pupilas, según podemos leer en el libro Alchemical Traditions, la  parte del ojo que sirve como un espejo negro de la luz y está ligada a Isis y a Kore en la anatomía microcósmica. En el texto hermético grecoegipcio Koré Kósmou, la voz de la diosa Isis le habla a su hijo Horus de una doctrina secreta que tuvo el honor de recibir de Kamefis, quien la escuchó de Hermes, se trata “del negro perfecto” (teleio melani). Uno de los epítetos de Kamefis es “aquel que se mantiene oculto a sí mismo en sus ojos”. El gran teúrgo neoplatónico Jámblico liga a Kamefis con el “dios que voltea sus pensamientos hacia sí mismo”, un deus absconditus que contempla la eternidad.


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Si no practicamos y vivimos el conocimiento que tenemos, entonces realmente no podemos decir que sabemos. Y esto es lo que nos sucede actualmente, en una era prácticamente de ignorancia y disociación entre el conocimiento y lo que hacemos con ese conocimiento

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La diferenciación entre el conocimiento y el ejercicio de ese conocimiento, que constituye la verdadera sabiduría, fue hecha desde un inicio por las diferentes tradiciones. Ya Platón había distinguido entre una vida filosófica integral, como la de Sócrates, y una filosofía discursiva como la de los sofistas, que eran capaces de grandes acrobacias lingüísticas para persuadir a casi cualquiera pero no que no eran capaces de poner en práctica sus argumentos ellos mismos. Aunque la filosofía moderna haya asumido ser un comentario de la filosofía platónica y considere que el espíritu helénico es su ilustre ascendente, podríamos afirmar que son los sofistas los que han triunfado. El conocimiento hoy en día, controlado por la academia (término que hoy parece mal tomado de la escuela de Platón) y las instituciones que la fondean, en gran medida se ha desviado de la concepción original de la filosofía. Presenciamos desde hace siglos una disociación entre el conocimiento intelectual y la vida moral y ascética necesaria para encarnar los principios que se discuten y se defienden como verdades. Pero es una verdad muy endeble la que sólo se sostiene con palabras y no con actos, ni con la transformación de la conciencia y el tangible mejoramiento del individuo, tanto moral como intelectualmente.

Seguramente esta disociación entre el conocimiento meramente intelectual y la aplicación del conocimiento a todos los aspectos de la existencia, especialmente aquellos que tienen que ver con nuestra relación cualitativa con el entorno, ocurrió paulatinamente con la consolidación del materialismo científico y de la preeminencia de los valores económicos. En la actualidad hemos llegado al punto en el que lo importante es ser inteligente (en un sentido mundano) y no ser bueno; de hecho consideramos que la bondad es sinónimo de ingenuidad (lo es sólo en un mundo rapaz, donde lo importante es obtener mayores beneficios personales). Si creemos que sólo existe esta vida, que avanzamos irremediablemente hacia la nada y que el mundo no tiene un propósito ni una base eterna --sin alma ni karma, es fácil pensar entonces que lo importante o deseable es simplemente apilar más poder y riquezas, pasarla bien un rato sin temer demasiado las consecuencias. En este sentido, la función del conocimiento se separa de la virtud moral y la transformación espiritual, para revelarse como una herramienta para satisfacer nuestros deseos y conseguir bienes materiales. El materialista podría contestar que existe la continuidad de la materia, de la especie humana, incrustada en la ciega evolución del universo, pero su egoísmo está tan instalado, que poca diferencia hace esto en sus actos y en la práctica le cuesta y no logra empatizar y "sacrificar" su vida para beneficio de las siguientes generaciones, con las cuales no tendrá vínculo tangible, puesto que él, en su totalidad, habrá dejado de existir. Necesitamos creer que estamos unidos profundamente con los demás para poder ejercitar el bien, la compasión, la virtud. 

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Lo que llamamos aquí disociación --pero que podríamos también considerar una incongruencia entre la sofisticación del pensamiento y la entereza del acto, hoy en día  ha llegado a un punto crítico, debido a la sobreabundancia de información, misma que no tiene un equivalente de confirmación y consolidación a través de la práctica. De la misma manera en que en nuestra época hemos desarrollado el hábito de existir en espacios virtuales que se diferencian de lo que en relación llamamos el mundo real, también hemos desarrollado el hábito del conocimiento virtual a diferencia del conocimiento real. Nuestro conocimiento está basado en la información y cada vez tenemos más información, pero esa información sólo nos brinda un conocimiento virtual y generalmente superficial de las cosas, y no tiene una equivalencia práctica. Cada vez conocemos más cosas, pero no existe una relación proporcional con nuestra capacidad de hacer cosas, esto es desde objetos materiales, como también disciplinas inmateriales que produzcan resultados tangibles en el cuerpo o en la psique. Hemos comprado la idea de que la información es por sí misma un bien y que es equivalente a conocimiento e incluso a conciencia, pero esto es fácil de refutar mirando a nuestro alrededor y a nuestro interior. Para que la información se convierta en conocimiento es necesaria la experiencia, es decir la práctica, que hace que ésta se integre como un todo coherente. 

Algunos analistas de medios han detectado que nuestra era de la información es también la era de la desinformación o de la sobreinformación (el escritor Charles Simic la llama simplemente la era de la ignorancia), en la que el libre acceso se torna una inundación de información que no pasa por los antiguos filtros que, si bien a veces restringían la información con fines de control, también, sobre todo, nos instruían y daban sentido a la información, separando de alguna manera el grano de la paja. La abundancia de la información significa también que cada vez existe más información de poco valor y que el gran torrente de lo nuevo sepulta lo viejo que había perdurado por alguna razón (quizás porque tenía un valor basado en principios menos efímeros). A esto se suma que la gran libertad del hombre moderno --quien tiene el derecho de hacer y consumir lo que le dé su regalada gana-- también lo ha enfrentado con el vacío de no tener autoridades confiables que lo orienten dentro de este laberinto. Existe una gran diferencia entre tener acceso a información --por ejemplo un tratado de alquimia del siglo XVII-- y tener un conocimiento valioso por haber consumido ese contenido. En muchos casos, como en el ejemplo citado, de hecho el contenido no tiene sentido si no es puesto en práctica, para lo que a veces es necesario incluso un maestro que siga dentro de la tradición de ese conocimiento. Asimismo, la información que impera en los medios electrónicos refleja el paradigma materialista utilitario en el que se favorecen los contenidos que puedan tener un beneficio inmediato y que no requieran de un esfuerzo significativo de la audiencia. 

Si bien la filosofía occidental advirtió sobre este problema, en la filosofía oriental existe toda una tradición que categóricamente enfatiza que no existe conocimiento verdadero sin práctica y de hecho la práctica es en jerarquía superior a todo conocimiento intelectual. En el budismo, por ejemplo, es totalmente plausible alcanzar la iluminación sin leer ningún libro mientras que se lleve a cabo una práctica virtuosa, en cambio es completamente inaudito alcanzar un estado elevado de conciencia solamente leyendo libros sin que esto vaya acompañado de un accionar. De hecho existen numerosos maestros que recomiendan abandonar totalmente el aspecto intelectual y concentrarse únicamente en la práctica, en el trabajo diario de la mente y el cuerpo (evidentemente en este punto no debemos ser demasiado extremistas, ya que la mayoría de los maestros budistas o de otra tradición estará a favor de un equilibrio, puesto que cada uno puede ayudar a profundizar en el otro).

[caption id="attachment_104955" align="alignleft" width="320"]normal_wheel-deer Rueda del Dharma con venados[/caption]

El maestro budista de la escuela nyingma, Thinley Norbu, hace una buena labor recalcando esto. En su texto White Sail, escribe que para no hacer de nuestra vida un completo desperdicio "toda la actividad humana debe estar conectada al Dharma". Dharma es un término interesante, ya que refleja de manera muy especial lo que venimos diciendo aquí. Por una parte, Dharma se puede traducir como "ley", "verdad" o "realidad", pero también significa el camino o la práctica misma, es decir, expresa la identidad entre la verdad y la acción que refleja esa verdad. Coloca en el centro de la filosofía la congruencia entre el pensamiento y la acción, y conecta la estructura metafísica con los actos materiales que son el acabado de esa estructura. Norbu nos exhorta a evitar la tendencia a conocer mucho "pero sólo usar lo que aprendemos para nuestro propio beneficio temporal en esta vida", puesto que este conocimiento se convierte en "un obstáculo para romper la primacía del ego, ya que no tiene la intención positiva de alcanzar la iluminación para el beneficio propio y el de los demás... Si estamos más interesados en adquirir conocimieno que en conectar el conocimiento con la práctica, no tendremos beneficios incluso si estamos familiarizados con ideas espirituales". A esto último, Chögyam Trungpa lo llama "materialismo espiritual", una idea de acumulación de bienes espirituales que no encuentra su liberación en la práctica y en la que ocurre lo mismo que con el hombre que va guardando su dinero y sus tesoros sin nunca usarlos. 

Además, este mal hábito de acumulación tiene el efecto negativo de que bloquea el ingreso de nuevo conocimiento, debido a que al no practicarlo tampoco lo ponemos a prueba y mantenemos ocupado nuestro sistema de creencias y nuestro espacio de memoria por esta información que tenemos como cierta, pero que a lo mucho es una conjetura. Dice Norbu:

La esencia del aprendizaje es colocarnos en un estado de alerta ante nuestros hábitos para poder cambiarlos. Así podemos entender lo que sea que aprendemos y podemos liberarnos de la contradicción. Estudiar sin el aprendizaje más profundo de la practica puede causar un malentendimiento al desarrollar el hábito de la intelectualización.

El problema del conocimiento meramente intelectual es que se pierde del aspecto fundamental de la experiencia, de aquello que no puede comunicarse solamente con palabras. Leer sobre una experiencia mística o un estado de conciencia elevado nunca podrá hacernos experimentar un estado místico o elevar nuestra conciencia, especialmente si nunca lo hemos experimentado antes. En cambio, la práctica, eventualmente, después de mucho trabajo, puede conducirnos a esa experiencia. En una de las famosas conversaciones entre Buda y su discípulo Ananda, conocido por su gran memoria, Buda distingue la meditación de la memorización de las enseñanzas y dice que meditar es como comer un almuerzo, mientras que memorizar las enseñanzas es como hablar del almuerzo; meditar es como tomarse una medicina mientras que memorizar las enseñanzas es equivalente a las instrucciones del médico: es la medicina la que cura. Norbu cita un sutra que dice: "Quien conoce el Dharma pero no lo practica es como un capitán de barco que lleva a otros a través del océano pero que él mismo naufraga en el océano". Künkhyen Longchen Rabjam nos dice algo que podríamos adaptar perfectamente al Internet y a la cuasi infinita cantidad de data en la que estamos inmersos:

Ya que el conocimiento es como las incontables estrellas en el cielo,

El estudio de ideas nunca puede agotarse.

Así, en esta vida, es mejor descubrir la naturaleza profunda,

el significado esencial del Dharmakaya.

Tal vez podemos pensar que estamos lejos de tradiciones como el budismo con su clara disciplina hacia el Dharma, o tal vez no estemos inclinados al misticismo. Sin embargo, todas las tradiciones religiosas y filosóficas tienen un importante componente de práctica. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que no hay filosofía sin ética ni estética, es decir sin experiencias que consoliden el saber filosófico. Por ello, en el platonismo encontramos una identidad entre las ideas de verdad, bondad y belleza, las cuales son una especie de Dharma a la occidental. Hacer el bien conduce a lo divino pero también contemplar la belleza nos lleva a lo bueno y nos permite encontrar lo universal en lo individual, acercándonos a un valor más profundo que lo meramente material. En este sentido también el arte puede ser una práctica filosófica --y no sólo la creación artística sino también la contemplación artística, no en tanto que intelectualiza, sino que experimenta directamente una esencia o un arquetipo.

[caption id="attachment_104956" align="alignleft" width="198"]sakyamuni_leaving_his_mountain_retreat1310999758418 Buda Shakyamuni descendiendo la montaña después de retiro ascético[/caption]

No sólo en las filosofías orientales tenemos toda una gama de prácticas ascéticas, también en las diferentes filosofías grecolatinas. Pensemos en Pitágoras y todos los requerimientos que imponía para ser admitido en su escuela (entre ellos, pasar hasta 5 años en silencio). Los cínicos, los estoicos, los epicúreos, etc., todos tenían una serie de prácticas identificables, ya sea que fueran dietas, oraciones, libaciones, sacrificios, o una serie de actos morales predefinidos. Como nos dice Pierre Hadot, la filosofía antigua es de hecho un "ejercicio espiritual". 

Los tres grandes monoteísmos no podrían entenderse (y sobre todo vivirse) sin la práctica orientada a incrementar la disposición espiritual del practicante y acercarlo a unirse con su dios. Estas practicas --meditación, oración, ayuno, caridad, etc.-- van mucho más lejos de las costumbres modernas como ir a misa un día a la semana o cosas similares; están integradas a un continuum en la vida diaria y son inseparables de sus actos más comunes.

Hoy en día, los filósofos que son tomados como serios, encumbrados en las torres de marfil de las universidades, no se rebajarían a recomendar una serie de disciplinas ascéticas o condicionar el acceso al conocimiento a una serie de prácticas de refinamiento de la percepción --esto es considerado propio de gurús de autosuperación y personajes intelectualmente inferiores. 

El paradigma reinante de la filosofía como una disciplina mayormente intelectual prioriza la acumulación de conocimiento --el que más ha leído, el mejor informado, el que más argumentos puede barajar es considerado el más inteligente e incluso el más sabio. Esta concepción hace de la inteligencia algo similar a un bien material que debemos atesorar cuantitativamente y la cual podremos usar como si fuera una divisa. En la visión oriental, pero que también encontramos en la tradición mística de Occidente, lo único que se busca acumular es virtud, todo lo demás es un peso adicional para liberarse de la rueda de ilusiones y la feria de vanidades que es este mundo.  

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La razón por la que la filosofía tradicional y la religión practican no sólo la purificación de las propias cualidades sino también la bondad y la virtud no es sólo por un idealismo intelectual, se basa en la convicción --que a su vez se basa en la experiencia mística-- de que la vida personal que experimentos individualmente es sólo una fase transitoria --y por lo tanto ilusoria-- hacia la realidad de la vida impersonal del ser universal, en el cual el individuo se abandona para unirse con la totalidad omnipresente. Esto es el Uno (o la mónada) de Pitágoras, Platón y Plotino; el Tao de Lao-Tse; el Dharmakaya de los budistas; el Ein Sof de los cabalistas; el Cristo de los cristianos. Una de las formas principales en las que un individuo deja el estado que lo separa de la unidad absoluta es perdiendo importancia personal, olvidándose y abandonándose en el otro, dirigiendo sus actos ya no a la afirmación de su ego sino al beneficio de los demás que son la manifestación en el mundo actual de la totalidad a la cual desea unirse. Es por esto que en su más alta comprensión el amor y la compasión son afectos universales, dirigidos a todos los seres y no a un individuo --el cual puede servir únicamente como el umbral hacia lo universal.     

El alquimista suizo Paracelso decía que "Aquel que quiera estudiar el libro de la Naturaleza deberá de caminar sus páginas con sus pies". Dice el filósofo Manly P. Hall, el gran recuperador de las tradiciones místicas, "si quieres conocer la doctrina, vive la vida" o, en otras palabras, la verdadera sabiduría no puede aprenderse, debe experimentarse, y no sólo experimentarse una vez en un salto de la conciencia sino que debe experimentarse de manera constante aunque discreta, de tal forma que se funda con la existencia misma, que no haya intervalo entre lo que conocemos y lo que hacemos. Esta es la función y el secreto mismo de la sabiduría: convertirse en aquello que uno conoce. 

 

Twitter del autor: @alepholo