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El amor siempre está ahí, incluso en medio de la depresión (Tchaikovsky sobre la tristeza)

AlterCultura

Por: pijamasurf - 12/14/2015

En un par de cartas escritas a los 30 años, el compositor ruso Piotr Ilich Tchaikovsky reflexionó a propósito de la depresión, su lugar en el mundo y una posible forma de salir de su laberinto

En años recientes, el término “depresión” ganó popularidad para dar un nombre a eso anímico o emocional que puede llegar a aquejar a una persona y que a lo largo de la historia (pero no toda, sino sólo desde hace unos 4 siglos) se distingue por el abatimiento, la abulia, el abandono de sí, la pérdida del deseo de vivir, la derrota de Eros. Tristeza, melancolía, aburrimiento, su nombre ha cambiado en distintas épocas, pero al final apunta hacia lo mismo: esa fuerza que tira hacia el lado contrario de la vida, hacia las sombras, el aislamiento y el goce estéril de la pena y el dolor.

Paradójicamente, hay momentos en que la depresión puede ocupar toda la energía que dedicaríamos a vivir, en una suerte de inversión del deseo que nos lleva hacia sus antípodas, con tal vehemencia que al parecer no podemos oponernos a ello.

¿Es posible salir de ese laberinto y recuperar la alegría de vivir? Muchos aseguran que sí, pero sin duda sólo a través de cierto esfuerzo, un cambio que sucede internamente y que un día nos devuelve el encanto por la existencia.

En este sentido, el compositor ruso Piotr Ilich Tchaikovsky escribió en la primavera de 1870, poco después de cumplir 30 años, una carta en la que reflexionó a propósito de la tristeza y su lugar en el mundo, cómo a pesar de que nos parezca contradictorio, las dificultades y los obstáculos conviven con lo más gratificante de la vida. Escribe Tchaikovsky:

Estoy sentado con la ventana abierta, a las 4 de la madrugada, respirando el aire delicioso de una mañana de primavera. La vida aún es buena y vale la pena vivir en una mañana de mayo… ¡Sostengo que la vida es hermosa a pesar de todo! Este “todo” incluye lo siguiente: 1. Enfermedad; estoy engordando, y mis nervios están hechos pedazos. 2. El Conservatorio me oprime hasta la extinción; cada vez estoy más convencido de que soy absolutamente inepto para enseñar teoría musical. 3. Mi situación pecuniaria es muy mala. 4. Dudo mucho que Undina se presente. He escuchado que es más probable que me echen.

En pocas palabras, hay muchas espinas, pero también las rosas están ahí.

Algunos años después, en el otoño de 1876, el compositor volvió sobre el tema también en una misiva, dirigida ésta a una sobrina suya que parecía buscar consuelo:

Probablemente no estabas del todo bien, mi pequeña paloma, cuando me escribiste, pues noto cierta melancolía real que impregna tu carta. La reconocí en un parecido natural cercano a la mía: conozco ese sentimiento demasiado bien. En mi vida, también, hay días, horas, semanas y sí, meses, en los que todo luce oscuro, en los que me atormenta el pensamiento de que estoy abandonado, de que no le importo a nadie. Mi vida, de hecho, es de poca importancia para cualquiera. Si hoy desapareciera de la faz del planeta, no sería una gran pérdida para la música rusa, y ciertamente no causaría mayor infelicidad. En breve, vivo la vida de un bachiller egoísta. Trabajo solo y para mí mismo y me cuido únicamente para mí mismo. Esto es en verdad muy cómodo, aunque aburrido, estrecho y estéril. Pero tú, que eres indispensable para tantos a quienes haces feliz, que des lugar a la depresión es más de lo que puedo creer. ¿Cómo puedes dudar por un momento del amor y la estima de aquellos que te rodean? ¿Cómo podría ser posible que no te amaran? No, no hay nadie en el mundo más estrechamente amada que tú. Por mi parte, sería absurdo hablar de mi amor por ti. Si por alguien me preocupo es por ti, por tu familia, por mis hermanos y por nuestro viejo padre. Los amo a todos, no porque estemos emparentados, sino porque son las mejores personas del mundo.

En ambos casos, Tchaikovsky parece alinearse a esa conocida máxima de El principito en la que Antoine de Saint-Exupéry afirmó que “sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos”. El amor, podríamos decir reformulando las cartas de Tchaikovsky, siempre está ahí, incluso en medio de esa niebla cerrada que puede ser la depresión; sólo es cuestión de encontrarlo, saberlo mirar, reconocerlo en los rasgos inconfundibles de los regalos que la vida nos ofrece gratuita y cotidianamente.

 

También en Pijama Surf:

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En Internet:

Salvador Elizondo, “El ocaso de la tristeza”

Byung-Chul Han, La agonía de Eros [PDF]

Un breve esbozo de una clasificación de los diferentes niveles de conciencia desde la perspectiva de la filosofía de la India, partiendo desde la conciencia que emerge de la percepción sensorial hasta aquella de la reintegración con la totalidad de la existencia

Brahma on swan

Si la conciencia es en realidad lo único existe, como sugiere el hinduismo, según queda expresado en la siguiente frase de uso extendido: "La conciencia no existe, es la existencia", entonces podríamos decir que en realidad sólo existe un nivel de conciencia que es la totalidad que integra toda la existencia (y anula todos los estados de diferencia). Sin embargo, desde nuestra perspectiva, como centro aparentemente separado de la totalidad, como individuos, se presenta un intervalo y por lo tanto una multiplicidad de niveles de conciencia. Ciertamente existe una gran cantidad de sistemas místicos y esotéricos para mapear los diferentes niveles fundamentales de la conciencia (mapas que buscan ser también una especie de herramienta de alpinismo sutil), pero si tomamos un esquema tripartita, como ocurre en el misticismo generalmente --cuerpo, alma, espíritu, podemos bien utilizar el esquema que plantea Kenneth Grant, el sucesor de Aleister Crowley en la orden mágica del Ordo Templi Orientis, en su libro Outer Gateways. Sin pensar que esta división es en ninguna manera definitiva (¡si la conciencia es infinita, entonces podríamos también tener infinitos niveles!), consideró que está lo suficientemente armonizada con principios universales, según se encuentran en las diferentes tradiciones para que pueda servir como una herramienta filosófica y posiblemente con utilidad práctica dentro de una meditación.

Los tres vehículos de la Conciencia [Grant utiliza el término Awareness: conciencia, alerta, atención], como aparecen desde el estado despierto, son identificados con cuerpo, mente, y conciencia. Cuando la conciencia se identifica con el cuerpo entonces la conciencia de las "cosas" es experimentada. Pero cuando la postura yace en la Conciencia total, la conciencia ya no se experimenta de manera individual sino cósmicamente, universalmente; no personalizada sino impersonalizada. Es entonces como siempre ha sido y será --el Ser Verdadero.

Eso que generalmente es considerado un vacío, una suspensión, es realmente todo lo que somos, Pura Conciencia, a veces llamada al Ser.

1. Si uno percibe desde los sentidos, los objetos materiales aparecen. Este es el estado de vigilia.

2. Si uno observa desde la mente, objetos sutiles (pensamientos) aparecen. Este es el estado del sueño.

3. Si uno observa desde la Mente Quieta, sólo el sujeto que observa permanece, ESO es la Conciencia. Para el ignorante, este estado es como estar dormido; para el hombre iluminado se revela como la Realidad.

Primero hay que mencionar que la conciencia en la filosofía de la India suele ser algo superior a la mente, más parecido al espacio mismo que abarca el universo en su totalidad. Es también un principio creativo, ya que el mundo puede considerarse más que una máquina, un pensamiento o un sueño --algo que sucede dentro de la Conciencia.  

Grant invierte los términos de lo que comúnmente conocemos como conciencia, pero no es una inversión arbitraria. La pacífica inconciencia es en realidad la unidad de la conciencia universal, nos dice, un poco de la misma forma que en el hinduismo se habla de que el estado más parecido a la dicha del Ser es el sueño profundo (si bien existe un cuarto estado llamado turiya) o como en el budismo el nirvana es el estado de extinción, una vela se apaga y sin embargo algo queda. El estado de despertar que conocemos e identificamos con la conciencia en otro nivel es exactamente similar al sueño --estar despiertos aquí en el tiempo es estar dormidos en la eternidad. Recordemos el fragmento de Heráclito que dice "Muerte es cuanto vemos despiertos", lo que sugiere que estamos actualmente de alguna manera muertos y vivimos realmente cuando soñamos, en lo que coincide Platón cuando escribe que el cuerpo es la tumba del alma.

Esto se explica mejor con el concepto de pralaya en el hinduismo. La creación y la destrucción del universo son vistas como ciclos eternos que emergen de la Deidad Absoluta, cuyo cuerpo es el universo. Este ritmo tiene su período de manifestación en el periodo de Manvantara, o Día de Brahma y su reintegración o destrucción en el pralaya. Desde nuestra perspectiva pralaya sería la aniquilación total, y sin embargo es también el despertar de Brahma, ya que se dice que el universo es su sueño y para que este se manifieste, como el Ein Sof de la cábala, debe de alguna manera retirarse para dar a luz al espacio. Así el universo, aunque sea ilusoriamente, se mueve del estado de absoluta subjetividad (que es la Conciencia de Brahma) al de objetividad relativa que es la conciencia del ego y de las cosas. Por supuesto, desde nuestra conciencia fragmentada es imposible alcanzar a entender y describir ese estado de reintegración en la Conciencia que sueña el mundo. Los budistas describen el parinirvana como un estado de éxtasis perpetuo, de perfecta paz eterna. H. P. Blavatsky escribe en La doctrina secreta:

Durante el largo descanso llamado Pralaya, cuando toda la existencia se disuelve, la Mente Universal permanece como una posibilidad perenne de acción mental, como el abstracto pensamiento absoluto, del cual la mente es sólo una manifestación relativa y concreta.