*

X
Roberto Calasso, el gran escritor italiano, ha hecho un enorme servicio a la cultura occidental, permitiéndonos acercarnos y entender el complejo y luminoso edificio metafísico de los filósofos de la India védica

 

Roberto Calasso nos había mostrado en Ka, su primera aventura en el pensamiento de la India, su prodigiosa capacidad para hacer de la más intrincada selva de dioses, ritos y analogías una deliciosa narrativa, enteramente disfrutable en todo su esplendor y complejidad metafísica. La rara mezcla de erudición con un cautivador "storytelling" nos introduce grácilmente a una concepción del tiempo y el espacio que hoy nos parece ajena y distante, pero no menos fascinante. De Ka podemos decir que en sus historias y reflexiones sobre los dioses y las filosofías de la India --todas entretejidas en una especie de multidimensionalidad simultánea-- imprime sobre nosotros la sensación de un sueño que persiste aun cuando creemos estar despiertos.

Ardor, sin embargo, va mucho más profundo que Ka, sin perder el encanto que es la cualidad esencial del escritor. Calasso nos lleva, en lo que podemos decir es una meditación guiada, "al corazón radiante de la India" y al templo luminoso que es el sánscrito. Dentro de ese templo, cuyos dioses viven en las sílabas, un poco posteriores a los cuatro vedas, se encuentran los brahmanas y particularmente el Satapatha Brahmana, la obra más detallada, densa y maravillosa que se ha compuesto sobre el sacrificio y, por ende, a la repetición de una serie de gestos adictos a un único fervor: la salvación o la restauración de la divinidad en la vida del hombre. Una dedicación absoluta hacia "pasar a otro orden de existencia que se atreven a llamar la 'verdad'". Algo que sólo puede hacerse a través del sacrificio. Sacrificios que tenían que realizarse todos los días de la vida --como ofrendar ghee al fuego; otros que duraban años ininterrumpidamente; sacrificios que debían abarcar todos los ámbitos de la existencia, invadirla para que nunca fueran olvidados; sacrificios en los que se tenía que ofrecer la totalidad del ser (porque, ¿qué otra cosa se puede dar si no es todo, como explica el Katha Upanishad?) y que hoy nos parecen hazañas de la fe y de la voluntad o para algunos incomprensibles y absurdos.

La civilización védica no construyó ciudades o templos: su edificio fue el sánscrito y sus liturgias (los sabios videntes, los rsis, se dice, vieron los himnos brillando en el cielo como nosotros podemos ver "un río o un árbol"). Si les preguntáramos por qué no dejaron rastros en piedra, nos dice Calasso, contestarían: "No buscamos el poder, sino el rapto [la ebriedad mística]. Rapto es la palabra  que mejor describe el efecto del soma. Lo describieron así, en la forma más directa: 'Hemos bebido soma, nos hemos vuelto inmortales, hemos logrado la luz, hemos encontrado a los dioses. ¿Que pueden hacernos ahora el odio y la malicia de los mortales?'". Y es que una vez que se prueba el licor de los dioses, una vez que se alcanza un estado de conciencia iluminada, ¿qué atracción pueden tener las obras de los hombres, que las devora Yama (la muerte) sin piedad? "Toda gloria humana, todo orgullo del conquistador, toda sed y placer: son sólo obstáculos". Los sabios de los vedas dirigieron toda su energía y conocimiento a evitar distracciones para conquistar lo más difícil e inasible: la vida infinita. La literatura de los brahmanas es una apreciación de "la sutileza y la lucidez", de la conciencia necesaria para obtener el estado inmortal, "el infinito como una gradual e imperceptible expansión del dominio de la luz". Son texto que constituyen, junto con los Vedas y los Upanishads, documentos esenciales, posiblemente nunca superados, para entender la naturaleza de la conciencia y de la mente. Podemos decir que la gran aportación que ha hecho a la India al mundo es esta mirada reflexiva que se torna hacia dentro de manera casi obsesiva --el estudio de la propia mente como la vía regia del conocimiento y la liberación, una vía interna que se opone claramente a la obsesión occidental por conquistar el espacio externo e investigar la materia.  

*                   *                *     

La sensación que sugiere El Ardor es que Calasso, gran navegante de las aguas del mito, se ha dejado llevar más profundamente que nunca por esa corriente circular que lo arrastra a uno al origen, a esa playa donde nacen los gestos primordiales. El indólogo Heinrich Zimmer escribe en su Filosofía de la India: "la principal preocupación [de los filósofos de la India] –en notable contraste con los intereses modernos de los filósofos occidentales– ha sido siempre no la información sino la transformación: un cambio radical de la naturaleza humana". La inmersión a la filosofía de la India, no sólo desde la academia, sino desde la apertura de la mente y el espíritu, creemos, transforma o al menos abre la mente hacia otro orden de realidad donde lo numinoso está siempre latente. Calasso es demasiado elegante para expresar meras opiniones, pero entrevemos en Ardor la maduración ideológica de una serie de temas y posturas por las cuales el gran editor y escritor italiano deberá ser recordado y estudiado. Una de ellas es el gesto, el patrón arquetípico que los hombres en el flujo de la historia repiten --o mejor dicho: los hombres son encarnaciones de un gesto que se repite a través de ellos, una energía que in-forma la existencia desde un remoto y prístino mundo superior (se ha dicho en el tantrismo que el cuerpo es el mudra de la deidad). Su lectura del Satapatha Brahmana es un intento de:

Regresar a observar ciertos simples gestos, de los cuales podemos ser conscientes o no, pero que siempre están con nosotros y sin los cuales no podríamos existir: las acciones de respirar, tragar, copular, cortar, matar, evacuar, hablar, quemar, servir, pensar, soñar, mirar.

Calasso ya había empezado a esbozar esta sencilla pero profunda idea en Ka y en La ruina de Kasch: todos estos gestos tiene en común ser algo así como un microcosmos de un sacrificio --el gesto original de Prajapati, el dios que hace el mundo sacrificándose, el sacrifico que penetra como un origen omnipresente en todas las cosas y que “está implícito en unos pocos actos comunes a todos: el despertar, la respiración, el sueño, el coito” (la cita es de Ka).  Es el modelo de todos los actos, "la alternancia de dos gestos: dispersar y recolectar", gestos que están presentes "inevitable e inmediatamente concebidos como la respiración, sístole y diástole, el solve et coagula de la alquimia", nos dice Calasso, ahora en El Ardor. Todos estos actos "implican siempre una destrucción --algo debe ser separado de lo que pertenecía y dispersado".

Lo propio de los hombres de los vedas era la rigurosa y hasta obsesiva observación de los sacrificios; en ella se transparenta un cierto ardor, una lucidez vigilante (el tapas, que da nombre al libro). Esta es también la lucidez del "buddhi", el estado de conciencia que da nombre al Buda (aquel que está despierto):

La primacía de despertar sobre cualquier otra actividad mental no es una innovación del Buda, quien simplemente ofreció una versión de esto que era a la vez radical y mayormente destructiva de lo que le antecedía. La preocupación sobre el despertar y su importancia siempre había estado presente en los textos védicos. 

[...] Simplemente estar despierto. Eso es lo que permite que cualquiera se vuelva “más divino, más calmado, más ardiente”, en otras palabras más rico en tapas. ¿Y acaso no fue el tapas lo que permitió que los dioses se convirtieran en dioses en un principio?… Todo puede ser trazado de regreso a esto. Y todo puede ser eliminado, excepto esto. 

Este tapas es el calor de la conciencia, el ardor de la mente que da a luz al mundo. Algunos indólogos lo han traducido como “penitencia, o ascetismo”, pero la innovación de Calasso es entenderlo como “un ejercicio que implica el desarrollo de calor”, esto es, una especie de concentración, la cual podemos imaginar que es tan intensa y poderosa que arde; mas no es una mera inflamación del deseo, sino es el ser mismo que se focaliza como un rayo de sol en un espejo (ese espejo es la conciencia). Un ardor “que viene antes que el pensamiento”, una función mental superior, la conciencia misma que se inclina hacia el mundo como la luz o el espíritu que se posa sobre las aguas primordiales. El tapas, insinúa Calasso, es la forma en la que la conciencia se hace el mundo, hirviendo, con una destilación luminosa de su propia esencia. El fuego y el agua, el hierosgamos alquímico, aparecen siempre como la fórmula divina de la Creación. Un texto alquímico de 1723, Aurea Catena Homeri, dice: De la luz y el agua, Dios ha creado todas las cosas. Calasso, en Ka señala: "la primera forma adoptada por el pensamiento fue la de un bracero sumergido que se expande, un resplandor en el agua".

En el último capítulo de Ardor, Calasso nos regala una reflexión un poco más personal, que se pregunta por el lugar de la literatura védica en nuestro mundo, 3 mil años después. Este comentario, al concebir el conocimiento védico como algo que persiste aún y que tiene el potencial de reencantar la conciencia, se vuelve una crítica de la modernidad secular materialista dominada por el paradigma científico-técnico. "La actitud sacrificial implica que la naturaleza tiene significado, mientras que el acercamiento científico nos ofrece una descripción pura de la naturaleza, en sí misma desprovista de significado". Aquí yace la bifurcación insuperable de los paradigmas, la descripción supuestamente objetiva de la naturaleza "nunca podrá alcanzar el significado. El conocimiento de una vía neural nunca podrá, no importa lo perfecto que sea, ser traducido a una percepción de un estado de conciencia". Los hombres de los vedas eligieron un universo de significado en el cual la conciencia se experimenta, más que se describe --de hecho la conciencia se funde con la experiencia y se vuelve la existencia misma, el sacrificante es el sacrificio, el que experimenta es el experimento.

La sociedad secular, nos dice Calasso, es la religión de nuestros días y no sin un cierto fanatismo o fundamentalismo. Bajo la bandera de lo secular hemos erradicado al sacrificio y al ritual --hemos llevado a la muerte tras bambalinas, a un anfiteatro abandonado e inconsciente. Hoy en día podríamos, "con un poco de cuidado y planeación, evitar estar involucrados en algún tipo de ritual, de la cuna a la tumba. Para la muerte no hay rituales. Ni siquiera en los funerales". La caída del ritual ha provocado un "declive estético", puesto que las "causas", que ahora predominan, son "más crudas que los rituales. Son parvenus de significado". Nuestra ignorancia de los poderes divinos y nuestra apuesta por "los procedimiento técnicos" ha hecho que perdamos la oportunidad de "redescubrir un sentido de maravilla en el mundo". Lo distintivo de nuestra sociedad es compartir los mismos procedimientos, como "los mismos procedimientos para abordar un avión", procedimientos que han reemplazado a los ritos y los gestos con su frialdad secular, desprovistos de significado, pero no menos supersticiosos.

Lo que estamos presenciando con la sociedad secular es:

un nuevo culto todo-abarcante, con el cual cualquier forma previa parece inadecuada e infantil... La paradoja es que la sociedad totalmente secular es una que acaba siendo menos secular que cualquier otra, tan pronto se extiende hacia todas las cosas, asume dentro de sí misma las características alucinatorias, fantasmales y delirantes que Durkheim había identificado con la religión en general.

La sociedad secular, nos dice Calasso siguiendo la sociología de Durkheim, produce un objeto mágico, saca del sombrero "un ser moral" que "debe ser asumido como idéntico en todas partes y capaz de abrazar todo tipo de existencia en tanto a que es un ser total supremo: la sociedad". Este ser y los ideales que representa --la democracia, la libertad de expresión (y el libre mercado), los derechos humanos, etc.-- también requiere víctimas humanas y de hecho "incontables seres humanos han sido sacrificados para los beneficios de la sociedad".

Por último Calasso advierte cómo en nuestra época "las marcas buscan convertirse en mitos", pero la expresión "mitos contemporáneos es un abuso léxico", puesto que las historias modernas "están huérfanas, son autosuficientes, no tienen la savia que fluye al interior de los árboles de los mitos y cuya composición es constante en cada parte --una savia que contiene un cierto coeficiente de verdad. Y es este coeficiente de verdad lo que nos permite hacer uso de las historias de los tiempos y lugares más distantes". Esta es quizás la gran carga que oprime el espíritu de nuestra sociedad secular agnóstica, en la que la verdad es solamente una descripción precisa, no una experiencia, no algo que tenga significado. Tal vez, como se mantiene en los puranas y diversas tradiciones de la India, realmente estamos en el Kali-Yuga, la era de decadencia que se reconoce por el materialismo y el extravío de lo sagrado. 

*             *           *

Roberto Calasso no sólo es uno de los más grandes escritores contemporáneos y uno de los editores más importantes, con su ejemplar Adelphi, a estas impresionantes credenciales debemos añadir que Calasso se ha convertido en un gran indólogo y deberá ser recordado también por hacernos comprender y maravillarnos con la profundidad radiante que caracteriza a la filosofía de la India. Acercarse a la sabiduría védica, a ese luminoso edificio de palabras que encierran fórmulas sagradas, no será un esfuerzo vano para quien invierta sinceramente su atención y tiempo. Calasso nos ha acercado a ese lugar que no sólo yace distante en el tiempo y en el espacio sino en el significado y nos ha regalado un atisbo de entendimiento. Con esto ha hecho un importante servicio a la cultura y a la necesidad de nuestra sociedad de reencantarse con el mundo y pensar el espíritu. 

 
Twitter del autor: @alepholo
 
 
* Citas traducidas de la edición inglesa 
Con el motivo literario del viaje, Antoine de Saint-Exupéry hizo que su personaje más conocido transitara por algunos de los elementos más extraños de la naturaleza humana

En literatura existen pocos libros que gocen de tanto amor por parte de sus lectores como El principito. Quizá incluso cabría decir que, bajo ese criterio, el relato de Antoine de Saint-Exupéry es único en su especie. Si realizamos un breve repaso mental de las grandes obras literarias e incluso si, con más tiempo disponible, hiciéramos un análisis exhaustivo, es posible que no encontremos otro libro que haya cautivado de tal manera a lectores que al menos en un primer momento podrían considerarse tan disímiles por su idioma, su época, su geografía e incluso su habilidad lectora: a pesar de estas circunstancias, El principito se ha fijado indeleblemente en el gusto colectivo como un libro entrañable, querido.

¿A qué se debe esto? Una respuesta, me parece, puede ser sencilla. La historia de Saint-Exupéry es emotiva y fácil de comprender y al mismo tiempo es profunda y significativa, una combinación delicada y difícil de conseguir pero que, cuando se presenta, conmueve a una persona en lo más hondo y también en lo más evidente de su vida. En una entrevista publicada hace tiempo, Javier Marías habló sobre una posible definición de literatura y cuál sería su función principal como medio de conocimiento de lo humano:

Con esos autores que ven, que se atreven a mirar las cosas como son –pienso en Shakespeare, en Conrad, en Proust, uno a menudo tiene una fuerte sensación de verdad precisamente porque reconoce lo que dicen. Uno dice: “Sí, esto es así, es verdad”. Y no te están haciendo una revelación, no estás accediendo a un conocimiento nuevo. Estás viendo algo que sabías pero que no sabías que sabías. Lo reconoces porque lo has vivido, y a veces son cosas no muy gratas. Proust es quizás uno de los autores más crueles de la historia de la literatura. Cruel en el sentido de que rara vez se engaña: nos dice cosas muy duras, pero quien acepte meterse en esa verdad dirá: “Sí. Así es”. Faulkner comparó la literatura con la cerilla que uno enciende en medio de un campo oscuro, y esa cerilla no sirve para iluminar nada, sino simplemente para ver mejor la enorme cantidad de oscuridad que hay alrededor. Eso es lo que hace la literatura, ¿no? Y es suficiente.

El principito se encuentra sin duda en esa misma idea de literatura, aunque, es cierto, sin la abigarrada complejidad narrativa que tienen los autores citados por Marías, lo cual no tiene que considerarse valorativamente, sino sólo como una característica literaria. Algunos, como Proust, necesitan un armazón mucho más elaborado para poder enunciar una verdad, pero también están los otros como Saint-Exupéry que con apenas unas pocas líneas son capaces de decir lo mismo o algo equivalente en el campo de las emociones, las relaciones humanas o el sentido de la vida, y esa, pienso, es la clave de la buena recepción de El principito por parte de casi cualquier lector.

Si esto es cierto, ¿qué nos enseña, entonces, El principito? ¿Cuál es la verdad que, usando la fórmula de Marías, tal vez ya sabemos pero quizá necesitamos que alguien más nos la devele para reconocerla?

A este respecto, quizá no sea del todo una casualidad o una elección fortuita que, dentro de la estructura narrativa del relato, específicamente en su parte medular, se cuente el viaje que el Principito emprende por los asteroides o planetas cercanos al suyo, entre los cuales se encuentra la Tierra. Como sabemos, el viaje es uno de los motivos más simbólicos de la literatura y, cabría decir, de la vida misma. De la Odisea a On The Road y pasando por la Comedia de Dante, de aquel que efectivamente se hace al que sólo es espiritual y sedentario, viajar supone un movimiento que a veces no tenemos en nuestra rutina cotidiana y que, por esto mismo, es capaz de desplazar elementos de nuestra subjetividad, mostrarnos cosas que ignorábamos y que al entrar en nuestro horizonte pueden cambiarlo, sea ampliándolos o mostrándonos toda una nueva forma de ver las cosas. Viajamos porque buscamos algo, o lo queremos, o lo deseamos, algo que nos falta y que conseguiremos únicamente si nos movemos del lugar donde estamos. “El viaje es apenas un movimiento de la imaginación. El viaje es reconocer, reconocerse, es la pérdida de la niñez y la admisión de la madurez”, dijo alguna vez Lezama Lima.

En el caso del Principito, su viaje comienza por cierto desencanto mal disimulado de distracción, un desengaño amoroso que lo lleva a visitar los asteroides más cercanos al suyo “para ocuparse en algo e instruirse al mismo tiempo”. Narrativamente, el pretexto sirve a Saint-Exupéry para estructurar la historia a manera de episodios más o menos hilados pero también, en cierta forma, autónomos (un poco como sucede en Alicia en el País de las Maravillas) y, además, cada uno presentado como una especie de fábula que al final tiene una enseñanza para el protagonista, menos una moraleja que un elemento de aprendizaje sobre la naturaleza humana, que al Principito le parece tan incomprensible, sobre todo cuando se trata de adultos. Veamos, entonces, cuáles podrían ser esos aprendizajes. 

 

El planeta del rey

image029Este primer punto del itinerario es quizá uno de los menos interesantes pero al menos tiene un notable sentido irónico. El primer asteroide que visita el Principito está habitado por un rey, y nada más, lo cual es paradójico, pues la obediencia supone al menos dos personas: quien manda y quien acata el mandato. ¿Pero qué pasa si un día nos damos cuenta de que el fundamento de dicho poder podría ser absurdo? ¿Qué pasa si, como el Principito, un día simplemente decidimos darle la espalda a la lógica del Amo?

 

El planeta del vanidoso

En el ensayo “Melancolía” del libro La agonía del Eros, Byung-Chul Han expone una aguda distinción entre narcisismo y un fenómeno singular de nuestra época en que el Otro cada vez se diluye más para las subjetividades contemporáneas, a las que se habitúa a igualar todo hacia el sí mismo:

Vivimos en una sociedad que se hace cada vez más narcisista. La libido se invierte sobre todo en la propia subjetividad. El narcisismo no es ningún amor propio. El sujeto del amor propio emprende una delimitación negativa frente al otro, a favor de sí mismo. En cambio, el sujeto narcisista no puede fijar claramente sus límites. De esta forma, se diluye el límite entre él y el otro. El mundo se le presenta sólo como proyecciones de sí mismo. No es capaz de conocer al otro en su alteridad y de reconocerlo en esta alteridad. Sólo hay significaciones allí donde él se reconoce a sí mismo de algún modo. Deambula por todas partes como una sombra de sí mismo, hasta que se ahoga en sí mismo.

Sin abundar más sobre esta lectura, no deja de ser elocuente que el Vanidoso también esté solo en su planeta, y que el Principito no encuentre nada en él que lo llame para quedarse a hacerle compañía.

 

El planeta del bebedor

En Pasado en claro, Octavio Paz recuerda a su padre con esta imagen:

Del vómito a la sed,
atado al potro del alcohol,

Porque la tortura es aún más pesarosa si se repite indefinidamente, en un ciclo ininterrumpido.

descarga

El planeta del hombre de negocios

Las fronteras entre infancia y vida adulta son claras sólo una vez que las hemos traspasado. El ejercicio de la sexualidad, la asunción de responsabilidades básicas como el cuidado de sí y, también, el entendimiento de la noción de dinero. Cuando somos niños el dinero puede parecernos otro objeto entre los objetos, algo que los mayores dan a cambio de ciertas cosas pero que, por otro lado, no se ve de dónde surge ni por qué los adultos lo tienen. Quizá por eso, porque a los niños les parece tan extraño, se encuentra aquí, entre los planetas que visita el Principito. También porque es aún más incomprensible que el dinero en sí, que no es más que un medio, lleve al deseo de posesión, a la acumulación por la acumulación misma, inútil, encerrada en sí misma.

 

El planeta del farolero

Este sería despreciado por los otros, por el rey, por el vanidoso, por el bebedor, por el hombre de negocios. Y, sin embargo, es el único que no me parece ridículo, quizás porque se ocupa de otra cosa y no de sí mismo.

 

El planeta del geógrafo

Es un poco triste hablar de cosas que no se conocen, sobre todo cuando dicha deficiencia obedece a una prohibición subjetiva. ¿Cómo hablar del mar si nunca se le ha sentido de cerca? La salinidad en el gusto, la tibia frialdad de sus aguas, el ruido incesante de su naturaleza. ¿De qué sirve solazarse en el consuelo de las “cosas eternas” si se descuida eso “efímero” donde se asienta verdaderamente la vida?

 

La Tierra

liskaNora“¡La Tierra no es un planeta cualquiera!”, así que me permitiré una pequeña trampa que me permita hablar del único momento narrativo que me importa en esta primera mitad de El principito, cuando su protagonista arriba a nuestro planeta. Me salto los encuentros del Principito con la serpiente, la flor, el eco y las rosas para escribir sobre el episodio con el Zorro, sin duda uno de los más emotivos del libro y, por ello mismo, quizá también el fragmento más conocido. La conversación entre el Zorro y el Principito gira en torno a los vínculos, las relaciones que establecemos con esos otros que son como nosotros en la medida en que también tienen sentimientos, expectativas, deseos, ideas propias sobre el mundo y más. Con sutileza, Saint-Exupéry traza una de las descripciones más simples y al mismo tiempo hermosas de aquello que está implicado en una relación: el reconocimiento del otro como alguien distinto a quienes somos, el lugar único que puede llegar a ocupar en nuestra propia existencia y, quizá por encima de todo, la responsabilidad que tenemos sobre dichos lazos, el cuidado que nos merecen por el placer que nos prodigan, el único auténtico que se encuentra por la vía del otro, en el tiempo que “perdemos” con los demás, encontrando de su mano la vida en el mundo y esas cosas invisibles a los ojos que, al final, son las que de verdad importan.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz