*

X
Entender la muerte desde una perspectiva no dual, como vida en constante mutación, nunca como final, siempre como posibilidad de conocer los secretos de la existencia y regresar a un estado de unidad
pijama-10

Imagen: Lucinda Horan

En estos días en los que se celebra la muerte en diferentes partes del mundo, con una fiesta especialmente rica en  colores y significados en México, reflexionemos un poco sobre lo que es la muerte para nosotros, cómo ejerce una pesada influencia sobre todos nuestros actos (no sólo en estos días donde se vuelve explícita) y cómo podemos aligerar esta sombra funesta.

Pese a que existen excepciones en las que la muerte se sublima, se festeja y se integra al flujo de la vida, comúnmente nuestro contacto con la muerte es a través de una relación de oposición absoluta con la vida, donde se considera como el final de nuestra existencia. Una especie de agujero negro del cual nada escapa. Aunque muchas personas creen que la vida perdura más allá de la muerte, generalmente se considera que la muerte es un misterio invencible, ante el cual lo más que podemos hacer es acercarnos con fe (y ciega, puesto que no podemos ver más allá de esta existencia particular como seres individuales en cuerpos mortales). De esta concepción dualista de la vida y la muerte surge gran parte del conflicto y la angustia de nuestra existencia, de tal forma que podemos decir que la muerte es el verdugo invisible de la vida, un amo implacable cuyo poder viene, más que de su acción tangible, de su amenaza ubicua, de su estatus de supremo desconocido.

Podemos decir que la muerte se ha vuelto en nuestro tiempo un agente inconsciente, operando, condenando, dictaminando desde la sombra. Eso que llamamos muerte y que hemos reprimido para que no aparezca en nuestra existencia cotidiana salvo maquillada o bajo una forma digerida y tolerable, sin embargo, no deja de existir y ejercer su influencia misteriosa, y así, irrestañable, se convierte en algo mucho más familiar: el miedo. El miedo es la concreción de la muerte, que ejerce desde la abstracción. O, en otras palabras, la muerte es el origen del miedo. Nos pueden dar miedo cosas aparentemente no ligadas con la muerte, como que una persona que queremos nos rechace, pero no será difícil para cualquier psicólogo ligar esto a la muerte. (Si realmente supiéramos que somos inmortales, ¿podría existir el miedo?). Este miedo psicológico que es una pululación invisible, alimentado por una conceptualización mental, solamente existe en la medida en que nos identificamos con un yo individual, finito, fijo (es decir, que se cree permanente) y separado, el cual puede ser rechazado, el cual puede quedarse fuera de algo y para el cual el cambio es visto como una amenaza contra su integridad. Y quizás este miedo no sea tan distinto del que ocurre cuando vemos una serpiente y se echa andar un mecanismo de autopreservación. En ambos casos, lo que opera es un hábito de autopreservación; en el caso del miedo que hemos llamado psicológico, se trata del ego que busca preservar intacta la identidad que ha construido.

La historia del Génesis bíblico nos explica un origen conjunto del miedo y de la muerte. Después de probar la fruta del Árbol del Conocimiento (el Daat), de la cual se advierte que causará la muerte, Adán y Eva también prueban el miedo, al saberse desnudos y buscar esconderse de Dios. Evidentemente existe un gran contenido simbólico en este texto y no debe tomarse literalmente. La explicación cabalista de esta escena primordial en el paraíso es bastante compleja y no es el momento para ahondar en ella, pero una interpretación interesante tiene que ver con que el acto de comer el fruto de este árbol, que otorga el conocimiento del bien y el mal, no es el resultado del engaño de la serpiente, sino de un error de percepción. Del error que origina todos los errores y toda la cadena necesaria de sufrimiento y redención1: creer en la dualidad, creer en que existe una entidad autónoma que puede morir y por lo tanto estar separada de la unidad primordial de la cual es un símbolo el estado edénico. El error de percepción, nos dirían los cabalistas, de ser dos y no Dios. No ver que el Árbol de la Vida tiene la misma raíz que el Árbol de la Ciencia del Bien y el Mal (y que por lo tanto son el mismo). Esta sería la verdadera caída del hombre del estado de gracia edénica al exilio fragmentario del mundo. 

130408-blake-miltonseve-banner

Imagen: William Blake

David Chaim Smith en su libro The Kabbalistic Mirror of Genesis se refiere al Árbol del Conocimiento como el Árbol de la Dualidad, el árbol que desata un proceso de separación y de identificación con los conceptos reificados de la mente. Escribe:

La muerte es la quintaesencia del axioma dualista. Es el corazón del engaño que lleva a la ilusión de final y separación. Si creemos en la muerte debemos también creer en el nacimiento. Creencia en el nacimiento significa que se ha puesto fe en la idea de que los estados del ser pueden realmente ser autónomos y discretos. Si se cree que un ser puede existir separadamente, entonces esta fe en la ilusión de la sustancia y de la realidad sustancial hacen de las cosas un caso cerrado. La consecuencia de esta creencia es que cuando las apariencias superficiales se disuelven, entonces se acaba nuestra continuidad. La conclusión es que la vida realmente es sólo como aparenta ser en su sentido más superficial: separada, fragmentada y aleatoria.

Aquí podemos empezar a esclarecer la tesis que intento desarrollar. La terrible influencia de la muerte es tal sólo cuando se concibe como algo distinto a la vida, en permanente conflicto con ella, y como algo cuya esencia es separar (hasta que la muerte nos separe, se dice). La historia del sufrimiento ligado a la muerte sólo puede explicarse dentro de una visión dualista del mundo. La muerte sólo es tal cuando concebimos que todo lo que somos es una entidad única que entra en completa identidad con un cuerpo por un breve momento y desaparece cuando ese cuerpo deja de poder sostener su conciencia. Ciertamente nuestro cuerpo no deja de existir en el instante en el que nosotros supuestamente morimos, sino que se empieza a degradar y se transforma e incorpora a otros cuerpos. ¿Quién muere? ¿Quién existe ahí para que pueda morir? Si todo lo que somos es una conciencia individual que nace --aparentemente de la nada, puesto que no hay nada previo que recordemos, habita un cuerpo momentáneamente y luego desaparece para siempre, somos entonces solamente un fantasma, una aparición, un parpadeo. ¿Cómo diferenciar este tipo de existencia de una alucinación? ¿Cómo saber que ese yo no es solamente una ilusión de usuario que se genera en la máquina de procesamiento que es nuestro cuerpo, entre el vértigo de impresiones sucesivas? Y, ¿dónde está ese yo que atestigua y percibe los objetos, quién lo puede ubicar?

Los diez sefirots-david-chaim

Imagen: David Chaim Smith
Los 10 sefirots son un sistema de percepción de la unidad inmanente en la creación

Las cosas serían distintas si, acaso, no fuéramos solamente un ego que aparece y se consolida en un cuerpo y construye con la persistente reificación de sus conceptos una realidad en la que todas las cosas están separadas entre sí. Consideremos que tal vez todas las cosas, todos los llamados objetos, no están realmente separados de nosotros, no tienen existencias independientes de nosotros (ni nosotros de ellos) sino que es nuestra habitual conceptualización de las cosas lo que nos hace percibirlas como entidades separadas y ver los fenómenos como distintos de nosotros. A fin de cuentas, es nuestra mente la que les otorga su naturaleza de objetos; no podemos afirmar que su esencia, su cosa-en-sí, sea la de un objeto independiente de nuestra percepción. Lo que se rompe con el llamado "pecado original", nos dice David Chaim Smith, es la unidad o el matrimonio (zivug) entre "la moción perceptual y el espacio fenoménico básico". Este es el estado paradisíaco según la cábala, la unidad entre sujeto y objeto, entre la luz y el espacio: ser aquello que vemos, apertura e interpenetración ontológica total.   

Anteriormente dije: si realmente supiéramos que somos inmortales, ¿podría existir el miedo? Lo que realmente quería decir era: si realmente supiéramos que somos todo(s), ¿podría existir el miedo? Corrijo: creo que la raíz del miedo viene de nuestra creencia en la separación como sustancia de la realidad. La división es la raíz del miedo (lo que es igual a la ilusión de la muerte). El siguiente pasaje, tomado de la lectura Kabbalah Unveiled de Manly. P Hall, me parece que nos ayudará a entender esta visión no dual de la vida y arribar también a la idea de transformación como el verdadero significado de la muerte:

Cuando vemos que el Dos emerge del Uno, en la teoría pitagórica, no podemos decir que ahora existen dos unos, debemos decir que la existencia es ahora Una en términos de mitades. El poder creativo universal se divide dentro de sí mismo, pero él mismo nunca se divide, la multiplicidad emerge dentro de la unidad pero no se impone a ella [...]

La creación existe en infinita diversidad dentro de la unidad pero la unidad nunca es dividida. Por esto la suma de las partes es siempre uno. Nunca puede ser más o menos [...] 

Por esto, el Zohar afirmó tempranamente que no existe la muerte, la muerte es sólo una alternancia infinita en la composición de los fragmentos, patrones que están permanentemente mutando, desapareciendo y reapareciendo. Pero la desaparición no es hacia la muerte sino hacia la vida; y  la aparición no es desde la muerte sino desde la vida. La única razón por la cual algo puede nacer es porque todo está vivo; la única razón por la que la inmortalidad es posible es porque nada puede morir en un universo en el que sólo existe Una Vida. El budismo toma el punto de vista de que el desenlace es reunirse con la totalidad. La filosofía occidental ha asumido una infinita continuidad de la individualidad dentro de esta Vida.

La muerte, entendida así, no tiene una existencia absoluta, sino solamente como un grado de vida, una fase más dentro de la energía ("que no se crea ni se destruye") que es la vida. No es una presencia todopoderosa, invisible y aniquiladora, sino una contracción de una fuerza universal infinita. No es que nosotros seamos inmortales, tú o yo, como individuos, sino que la Vida es inmortal, porque es una sola, es todas las vidas, es todas las cosas. Fluyendo, ardiendo, respirando, pulverizándose. Según reza el I-Ching, sólo hay una cosa que no cambia, el cambio mismo. Eso que no cambia, cambiando en todas las cosas, sería la vida.

La serpiente que en la historia del Génesis presenta la posibilidad de la fruta de la dualidad es desde tiempos inmemoriales el símbolo de la sabiduría y también del cambio, de la transformación alquímica. Escribe David Chaim Smith: "La gnosis abraza el peligro de la transformación mientras que el estado inferior le rehuye", esta es la volatilidad de la serpiente que también simboliza en su enrollamiento y desenrollamiento el movimiento de la energía en forma de ondas y el potencial creativo siempre latente. La naturaleza de las cosas es "la agitación constante". Nada permanece, es por esto que emerge un conflicto entre "la asunción de la solidez" del ego fijado en el cuerpo como quien coloca un ancla en una tempestad (y esa tempestad es el estado continuo de las cosas) y "el fuego del cambio que todo lo consume". De aquí que se produzca el sufrimiento, que es la fricción entre el deseo de solidez y permanencia de la mente ante la volatilidad transformativa del mundo simbolizada en la serpiente.

hindu

 

*            *          * 

Se dice comúnmente, haciendo alarde de perspicacia, que estamos muriendo todo el tiempo. Esto parece ser cierto (entendiendo a la muerte como transformación), pero habría que incluir que estamos naciendo todo el tiempo y no sólo nosotros, el mundo en su totalidad. Una de las ideas principales que puede encontrarse en diferentes tradiciones místicas es que el Génesis no ocurrió en un pasado distante, en un punto hasta la izquierda en una gráfica lineal, un punto que ha sido rebasado y al que jamás regresaremos. La creación, la misma creatividad que es la raíz de todas las cosas, es presencia pura. Como explica David Chaim Smith, la primera palabra del Génesis en hebreo, "B'reshit", se refiere a un estado continuo de devenir, es "naturaleza dinámica de la creación que presenta posibilidad total". El principio es esencialidad perpetua en movimiento, actualizándose cada instante. Samuel Beckett escribió que “la creación del mundo no sucedió de una vez y para siempre, sino que sucede todos los días”. El egiptólogo y alquimista, R. A. Schwaller de Lubicz construyó todo un sistema filosófico alrededor de la percepción de esto que podemos llamar el instante cosmogénico del cual son eco todos los instantes. “El tiempo es génesis”, dice De Lubicz, porque todo está “en proceso de generación hacia su fin”. Jung, en su estudio de la alquimia como un proceso psicológico, nos dice que lo que hacían los alquimistas en sus alembiques y retortas era sobre todo una recreación de la cosmogénesis original, el fiat lux que se volvía perceptible en su esplendor a través del sistema de percepción y purificación psíquica con el que fue cifrado el trabajo hermético. (De Jung también podemos rescatar el concepto de conjunción de los opuestos como vía regia para la alquimia del ser. Una conjunción nunca más apropiada que entre la vida y la muerte).

Una de las frase más citadas de Einstein viene a colación, especialmente porque fue escrita como condolencia ante la muerte de uno de sus más queridos amigos, Michele Besso. "Ahora él se ha ido antes que yo de este extraño mundo. Esto no significa nada. Personas como nosotros, que creemos en la física, sabemos que  la distinción entre el pasado, el presente y el futuro es sólo una persistente ilusión". Más allá de que Einstein pueda ser considerado una autoridad en este tema (o que haya ideado la frase para satisfacer a la familia Besso), la frase coincide perfectamente con lo que estamos tratando de mostrar aquí. Si no existe diferencia entre el pasado, el presente y el futuro, entonces la creación necesariamente está ocurriendo en el presente --y todos los momentos están insondablemente contenidos en este momento, que es el único. Aquí de nuevo entramos en esa popular afirmación de la espiritualidad contemporánea que traduce este concepto del génesis perpetuo al concepto un poco más lite de estar en el presente o vivir en el momento como el secreto más sencillo e importante del desarrollo personal. Este sentimiento puede ser ilustrado en la siguiente cita de Alan Watts, uno de los responsables de divulgar la filosofía zen en Occidente: "Me he dado cuenta de que el pasado y el futuro en realidad son ilusiones, de que existen en el presente, el cual es aquello que es y todo lo que hay".

Para terminar --sabiendo que esto es interminable (me refiero al tema)-- quiero aclarar que lo anterior no intenta ser una desvalorización de la muerte. Al contrario, cuando la muerte es entendida como un pequeño portal de transformación perpetua, su naturaleza pura se revela como el abismo radiante de los místicos. Y también como la oportunidad apremiante hacia la que se mueve toda filosofía. Veámosla, bajo el ejemplo socrático, no sin resonancias del Génesis, como la fruta del conocimiento, o el momento de la fructificación del conocimiento que hemos cultivado: la filosofía es una "meditación sobre la muerte"(meletē thanatou), un "aprender a morir antes de morir". Este aprender a morir antes de morir es lo que hizo que Sócrates marchara tranquilamente a su propia muerte, eligiendo la integridad de su conciencia, libre del miedo. Como se indica en el Fedón: "Así pues, es cierto que quienes, en el sentido exacto de la expresión, se tienen por filósofos se ejercitan para morir, y que la idea de estar muertos no resulta para ellos, motivo de espanto". 

nigredo-heartcurrents-alchemy

Ver la muerte como la intensificación del cambio que es la naturaleza esencial de las cosas nos acerca a la alquimia, que puede ser definida como la ciencia del cambio, o el arte de la transmutación de la materia en espíritu. Y recordemos que en la alquimia, la muerte, el estado de nigredo, es apenas la primera instancia en la gran obra, más que el final es la fundación, la piedra angular. Veámosla bajo esta luz, como la vio Sir Thomas Browne:

Por ello he rechazado todas las estrictas definiciones que hablan de la muerte como “privación de la vida”, “extinción del calor natural” o “separación del cuerpo y el alma”, y me he formulado una nueva definición hermética que se acomoda a mis propias convicciones: est mutatio ultima qua perfictur nobile ilud extractum microcosmi, pues para mí, que considero las cosas desde un punto de vista experimental y natural, el hombre no es sino una transformación, una fase preparatoria para el último y glorioso elixir que yace aprisionado tras las cadenas de la carne.

Un cambio de paradigma hacia la muerte como la posibilidad de la "mutación perfecta" podría hacernos vivir una experiencia más continua, más fluida, menos dual, menos víctima de corrientes inconscientes, libres del miedo que "devora las almas". Abrazando la existencia como unidad. Hasta que la muerte nos una con la totalidad. Abrazando el cambio de cada momento como el ensayo para "la ultima mutación por medio de la cual se perfecciona lo noble que se extrae del microcosmos”. 

 Veámosla como la mariposa que simboliza a la diosa Psique, la crisálida del alma: 

What the caterpillar calls the end of the world, the master calls a butterfly.

(Richard Bach)

Eso que para la oruga es el fin del mundo, para aquel que alcanza a percibir más allá de la dualidad es una mariposa, el vuelo triunfal de la vida El arcoíris que simboliza la persistencia del paraíso como la realidad inmanente, la pureza luminosa de los fenómenos. Rilke escribió: "Morir es trabajo duro y está lleno de recogimiento antes de que uno pueda gradualmente sentir un trazo de la eternidad". Ese trabajo duro es fundamentalmente un trabajo de percepción, de aprender a percibir la vida en la muerte, de ver la unidad en la diversidad.

 

Twitter del autor: @alepholo 

___________________________________________________________________________________________

1. "la cadena necesaria de sufrimiento y redención..." : La gematría, el valor numérico de la palabra que se utiliza en la Biblia para la serpiente es el mismo que el de la palabra para "mesías". "La conexión entre estas dos palabras lleva a la conclusión que la fuente exotérica del mal absoluto y la redención total son de igual naturaleza. ¿Puede algo afirmar la visión mística más claro? El principio que repara el daño espiritual habita en el corazón de las tensiones y conflictos básicos de la vida" (The Kabbalistic Mirror of Genesis, p. 154).

David Chaim Smith nos introduce al misterio de la Creación en su libro "The Kabbalistic Mirror of Genesis", una cartografía del algoritmo creativo que puede ser sintonizado como actualidad
[caption id="attachment_103514" align="aligncenter" width="500"]5-tensefirot Imagen: David Chaim Smith[/caption]

Todo lo que es formado y todo lo que es dicho es un solo Nombre.

Sefer Yetzirah

 

La cábala, la tradición mística hebrea, sostiene que la energía creativa del infinito se manifiesta a través de 22 letras y 10 números. Todas las cosas están hechas con combinaciones de estas letras y estos números –que tienen todo tipo de correspondencias con planetas, elementos, partes del cuerpo, etc. Si pudiéramos conocer la ciencia de cómo están vinculadas estas letras y estos números en consonancia con el orden divino, podríamos participar en los secretos de la Creación. Y es que de la misma manera que representan el proceso con el que se despliega la unidad en la diversidad, constituyen también 32 caminos de regreso a la sabiduría divina. La famosa imagen cabalista del “árbol de la vida” (que es también el cuerpo humano) compuesto por las 10 emanaciones o sefirot es también una escalera que conecta al Creador con la Creación.

El texto principal donde queda cifrado este algoritmo de creación cósmico-lingüística es el Génesis. Hacer un análisis cabalístico del Génesis es un poco como desglosar el código de la Creación; algo como “espiar” los planos arquitectónicos de la Creación --de la misma manera que cuando revisamos el código fuente de una página de Internet podemos ver el código y los valores numéricos con los que fue programada. Esa página, en este caso, es el universo.

El estudiante contemporáneo interesado en la cábala difícilmente encontrará una mejor introducción a los misterios del Génesis que la obra de David Chaim Smith The Kabbalistic Mirror of Genesis, recientemente reeditada por Inner Traditions. Chaim Smith es un artista visual profundamente dedicado al estudio gnóstico de la cábala, perteneciente a la tradición de filósofos y místicos que conciben el conocimiento necesariamente como una vía de transformación. Esta es la idea gnóstica fundamental: conocer algo es hacerse uno con aquello que se conoce. Y esta es también la idea que corre con gran energía a lo largo del libro, la percepción debe ser depurada para percibir la unidad indivisible entre aquel que percibe y aquello que percibimos.  

La lectura de Chaim Smith de los tres primeros capítulos del Génesis, entonces, permite, en su máxima irradiación, un entendimiento del proceso creativo no sólo desde una perspectiva racional sino desde una participación intuitiva. Más que una exégesis busca ser una sintonización de las emanaciones de lo divino creativo actualmente presentes.

En esta primera parte de lo que será un ensayo en tres entregas intentaré concentrarme en la concepción de la creatividad que introduce la lectura cabalística de Chaim Smith al Génesis, y en lo que me parece ser el hilo conductor de la obra (y en general la hebra que une al misticismo de todas las tradiciones): la cartografía de un sistema de percepción que permita al estudiante ir eliminando los hábitos erráticos que lo separan de la integración con el flujo luminoso de todas las cosas y fenómenos. En su comentario del Sefer Yetzirah, Aryeh Kaplan dice que existe una estática mental, asociada a los klipah (la cáscara que encierra la semilla luminosa), que "hace imposible percibir el mundo espiritual". David Chaim Smith escribe: “La división entre el ser que conoce y el objeto que es conocido es la base de todo conflicto”.

*            *          * 

Me parece que la interpretación cabalística del Génesis de Chaim Smith nace de la tesis fundamental de que detrás del texto es posible descifrar y aprender un sistema de percepción divina. Este sistema, siguiendo el esquema de las sefirot y las lecciones que revela la gematría (la equivalencia numérica de las letras), enseña tres principios fundamentales:

-La creación es un acto perpetuo que está ocurriendo presentemente, es la naturaleza misma del espacio que “está constantemente dando a luz”, un despliegue abierto de la posibilidad total. Espacio que es a la vez “vientre y semilla”, el contenedor (el espacio) y el contenido (los fenómenos).

-La unidad es la única realidad: unidad entre la luz y el espacio, entre el sujeto y el objeto, entre la divinidad y el hombre. La unidad permanece en la diversidad, no es oscurecida sino “glorificada por la diversidad”. Este es el “juego de Ein Sof”, lo Infinito, que se glorifica y deleita en la manifestación. “No importa lo que aparece, nada sino Ein Sof permanece”, dice Chaim Smith.

-Todos los fenómenos son interdependientes, como una flama que depende del carbón para que pueda arder y el carbón que “sólo es carbón porque una flama arde en él”.

 

*           *          * 

51GG1jMsT3L._SX331_BO1,204,203,200_La primera palabra del Génesis es "B’reshit", esto es de entrada un guiño microcósmico, una especie de fractal de la creación, ya que esta palabra significa en cierto sentido “Génesis”, siguiendo también la vieja tradición de que el título de un libro era su primera palabra. Asimismo, la primera letra del Génesis es “bet”, y la última letra de la Torá es el “lamed” de la palabra Israel, ambas letras suman 32: los 32 caminos de la sabiduría dentro del árbol de la vida (la suma de las letras y las sefirot, las 32 veces que se dice Elohim en el primer capítulo del Génesis y por otra parte un número sumamente esotérico: son también 32 las marcas que hacen a un Buda). Juntos "lamed" y "bet" forman la palabra "leb", que significa corazón. La Torá es conocida como el corazón de la creación. Chaim Smith escribe que el "Génesis revela el corazón del proceso creativo". Así traduce el primer verso del Génesis:

 

Con-inicialidad [beginningness] Elohim creó el cielo y la tierra.

 

Esto para denotar la perenne actualidad del acto creativo, la cualidad creativa inherente en todas las cosas. B’reshit, nos dice Chaim Smith, es “la naturaleza dinámica de la creatividad que presenta total posibilidad. Siempre está desenvolviéndose, fresca, nueva, única. El inicio continuo es la disposición volátil que puede hacer o ser cualquier cosa, y que se despliega a sí misma como todas las cosas”. Es a través de este eterno santiamén que Ein Sof se da a conocer: “B’reshit es de la naturaleza de Ein Sof”, pero como Ein Sof es el Ser puro y no puede comunicarse se despliega a través de B’reshit y sus emanaciones para así poder ser conocido. El impulso creativo de B’reshit se desdobla como la expresión de todas las posibilidades, la alegría de ser todas las cosas, la pureza luminosa de todos los fenómenos.

Esta idea de la creatividad como una esencia activa o como un estado presente del Génesis tienen un notable eco en el I Ching. David Hinton traduce el primer hexagrama de este milenario texto, El Cielo, lo Generativo, de la siguiente manera:

El origen penetra en todos lados, y su abundancia es inagotable.

La superabundancia del cielo, de la que nos habla el I Ching, es la esencia dinámica de B'reshit, a través de la cual Ein Sof  se imprime en todo lo que existe. Esto mismo puede cotejarse con el Tzimtzum de la cábala luriana, el eterno eco del instante ontológico:

Tzimtzum es mucho más que un evento estático y discreto en el que la divinidad se contrajo para hacer vacío para la creación. Es un evento eternamente repitiéndose que conecta a la divinidad con todas las criaturas en la progresión evolutiva del divino momento creativo. (The Kabbalah of Rabbi Isaac Luria, James David Dunn)

Manly P. Hall en la primera parte de su serie de lecturas Man, the Grand Symbol of the Mysteries, describe el proceso embrionario de la vida como una analogía microcósmica de la creación del universo:

Tenemos una concepción estática errónea. Hemos dejado de ver que esta tremenda energía seminal base, brotando del proceso de su propia gestación está en sí misma en un perpetuo proceso de generación. La energía tiene un movimiento perpetuo inherente conforme al arquetipo... La expectativa de la energía es la total expresión de sí misma, lo inevitable en la energía es que energizará todo.

No es concebible la muerte de la vida... En la gran procesión de cosas y seres los organismos pueden cesar, pero el poder que organiza, crea y vitaliza nunca cesa, la vida en sí misma nunca cesa, es, como notaron los hinduistas, la única Inmortal. 

Por último, en este abanico de misticismo comparativo, que me parece refuerza esta idea de la creación dinámica, Rene Schwaller de Lubicz, citado por André VandenBroeck en su libro Al-Kemi:

Hay una visión pertinente a cada momento cósmico particular… el momento presente, tal como lo defino en mi libro, es de hecho la eternidad... Sabemos que todo se está creando cada momento, y todo también se pierde [cada momento]… La Obra [alquímica] no es el descubrimiento de una técnica… es la percepción de un proceso existente. Es la percepción la que es objeto de estudio y oración.  

No sólo resulta esencial en este camino místico (que busca regresar a su origen) percibir la Creación como el flujo inagotable que se repite en todas las cosas y en todos los momentos, sino también salvar las diferencias o anular la dualidad que consideramos lógica entre el principio y el final. ¿Qué es el tiempo sino este intervalo entre el inicio y el final? Y, sin embargo, todas las tradiciones místicas parecen coincidir en que la realidad es la eternidad y que la existencia es infinita. Chaim Smith cita este pasaje del Sefer Yetzirah, el Libro de la Formación:

Su final está embebido en su principio y su principio en su final, como una flama en un carbón ardiente.

El principio y el final se abrazan como la serpiente uróboros, no en una progresión teleológica que avanza hacia un punto determinado de la historia sino en cada instante en perpetuidad. De la misma manera que el intervalo entre el principio y el final es una ilusión (el tiempo es la proyección de la eternidad) también es una ilusión el intervalo entre el 1 y el 2 y los diferentes números. Esto se explica en la cábala con las sefirot cuando se dice que Keter (el 1, la Corona) es Malkut (el reino, el 10). De la misma manera el tetraktys de Pitágoras, el 10, era la reabsorción de la mónada, la reintegración de todos los números en la unidad y, sin embargo, en realidad lo único que existía era el Uno (el cual ni siquiera es un número, de la misma manera que se dice a veces que Keter no es un sefirah). La identidad del 1 con el 10, de Keter con Malkut, es la identidad del Creador con la Creación.

Así la cábala nos enseña que la divinidad no es un objeto trascendente al que se llega al final como una meta evolutiva, es una inmanencia que se descubre como presencia: lo que siempre ha estado ahí. En este sentido la labor gnóstica más que agregar a un ser una capacidad, es simplemente remover todo los obstáculos que le impiden percibir la luz que está atrapada por sus hábitos de percepción y no por un castigo divino. Así se anula (bitul) la diferencia y el mundo material se revela como la Shekinah, la morada divina, ubicua y radiante. Así descubrimos que todo el universo entero es el Jardín del Edén, simbolizado por el arcoíris, que es, según dice Chaim Smith, "el vínculo entre el ser humano y la divinidad".

En su Espejo cabalístico del Génesis, David Chaim Smith atestigua el compromiso que requiere la búsqueda de la verdad, y nos llama a ir más allá del mundo de las apariencias "donde todo parece estar dividido" y "adherirnos a la unidad", lo cual es, dentro de la aparente contradicción en la que vivimos, "la verdadera prueba de fe".

Arriba yace la pura creatividad ilimitada, y abajo los fenómenos continuamente adaptados se manifiestan. Cada uno depende del otro "como la flama y el carbón ardiente". No puede haber creatividad sin el despliegue de los fenómenos. ¿Cómo podría ser llamada creatividad sin ello? No puede haber fenómenos sin creatividad. ¿Sobre que base emergerían? Por ello nada existe interdependientemente; cada uno depende del otro para propósito y distinción. Son una unidad creativa y sólo son separados por términos conceptuales artificiales.

Tenemos entonces una invitación abierta a ver la unidad indivisible de todas las cosas, más allá de las apariencias y los conceptos que producen la división sólo como un hábito de percepción, nunca como una realidad independiente, puesto que no existe independencia entre nuestra percepción y lo que percibimos (el ojo es el Sol). Y si no existe independencia entre lo que vemos y lo que somos, podemos concluir que somos lo que vemos.

En las siguientes partes exploraremos los misterios de la gematría (la identidad numérica entre la serpiente y el Mesías, Ein Sof y la luz, etc.), examinaremos el proceso creativo codificado en los 6 días (en seis sefirah) y ahondaremos en el misterio del paraíso como la realidad luminosa que subyace a todas las cosas.

 

Twitter del autor: @alepholo

The Kabbalistic Mirror of Genesis