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Negamos en la escuela de la misma manera que negamos con la prensa unas horas después. Reducimos lo real y su trama infinita a una realidad manipulada e idiota. Y a fuerza de repetición y de alineación, la imponemos o nos la dejamos imponer
Imagen de Jean Jullien: www.slate.com

Imagen de Jean Jullien: www.slate.com

De pronto una explosión detona otras. Unas bombas caseras en París nos ponen de cara a la complejidad social del tiempo que nos toca. La misma complejidad que las antecedía, pero que no emergía; al contrario, hasta que no apareció el crack de las bombas no parecía haber complejidad, sino apenas maniqueísmo del más simplón. Estábamos todos tranquilos y explotó París.

Y la complejidad es un valor. “Bum” en Paris y en pocas horas uno que nos dice “créanme, si la gente pudiera llevar armas en Francia, la situación habría sido diferente", y otro que “la violencia es injustificable. Mis condolencias por los fallecidos, tanto en Francia como en Siria, Líbano y Palestina", y un tercero que si nos imaginamos “cuánto duraría un terrorista europeo con un arma en una mezquita siria a la hora de la oración. Ni de recargar le daría tiempo”.

Una bomba previsible y nuestra monotonía manipulada de la realidad (que parece un cuento de escuela) estalla en pedazos y emergen los mil matices, las fisuras profundas, la complejidad en su sentido puro, las connotaciones… lo inexpugnable como punto constitutivo, las interpretaciones como necesidad, la toma de posición como deber y la vida como una construcción simbólica irreductible a ninguna didáctica barata. Y estábamos tan tranquilos.

La relación entre Occidente y Oriente es la complejidad misma; y no hay manera de entrar en ella sin honrar esa complejidad. Ni Pérez-Reverte ni Trump ni Maradona tienen entera razón; no hay “enteras razones” en esto ni en casi nada. Ellos, puestos en relación y en tensión como los pone el tejido social, son la verdad de la complejidad de lo que nos pasa. Y como los tres son hombres de masas, los tres se extreman para poder decir algo más que los estupores, las condolencias y las cantidades de muertos que dice y repite la prensa hasta saturar.

Cuando pasan estas cosas pienso en cómo ellas luego aterrizarán en los materiales didácticos y en los discursos de los maestros. Llegan –cuando llegan, cuando ya a nadie le duele, cuando ya a nadie le hace sentido-- como dato histórico, que es lo mismo que el estereotipo de la prensa de hoy pero sin el amarillismo que la sangre aún húmeda le confiere. Llegan como un fenómeno natural, o exclusivamente como un acto bárbaro irracional, inexplicable e injustificable en medio de aquella calma occidental. Llegan como una certeza ocultando que provienen de un desajuste esencial, de un ecuación que no cierra.

Cuando estalla una bomba emergen las verdades. No es –felizmente-- la única manera de que emerjan, pero es una de las más eficientes. Siempre que explota una bomba emerge la verdad como trama abierta y tensión compleja. Explota la historia oficial y entonces estamos todos obligados (por un rato, mientras dura el impacto, mientras gobierna el desconcierto) a postularnos con los elementos que tenemos, sin voz dominante que nos diga cómo hay que leer lo que sucede. Eso es la verdad. Se nos obliga a interpretar. Entonces surgen el Trump más liberal y violento, el Reverte más ácido y sutil y el Maradona más outsider y consciente. Y surgen otros miles más que aprovechan la ventana de la ausencia de la voz oficial para definir quiénes son. Tras la bomba vivimos unas horas de hiperlucidez mundial; un insight pedagógico de escala planetaria.

Eso hasta que el poder se reacomoda, la prensa se anoticia, los políticos se alinean, lo real se calma un poco y vuelta todos a escuchar las cancinas proclamas de la maestra que nos contará que había bárbaros y había santos y que en aquella ingenua y festiva noche parisina de noviembre algo se quebró en los sistemas de seguridad y ocurrió lo que no debe ocurrir nunca más y murieron los que no tenían que morir en manos de los que deberían haber muerto… y así. Condolencias, estupores, testimonios conmovedores de los sobrevivientes, saltos por las ventanas, fotos de niños poniendo flores frente al restaurante.

Siempre es así frente a lo inesperado. No aprendemos. No aprendemos que lo más verdadero de lo     que nos sucede es eso inesperado y no su calma artificial y maniquea que lo predecía y que lo volverá a suceder.

No propongo que la escuela sea un culto a las heridas abiertas, pero tampoco que siga siendo la negación de la condición humana como complejidad y ambigüedad. Incluso, ni es necesario que esa complejidad entre en la vida de los niños apenas por los nudos dramáticos de la historia; también puede entrar por otras instancias menos sangrientas. Pero tiene que entrar.

Negamos en la escuela de la misma manera que negamos con la prensa unas horas después. Reducimos lo real y su trama infinita a una realidad manipulada e idiota. Y a fuerza de repetición y de alineación, la imponemos o nos la dejamos imponer. Es un proceso repetido y atroz. En el fondo, tan atroz como la bomba homicida de ayer en París que me movió a escribir esta nota.

 

Twitter del autor: @dobertipablo

El debate sobre la escuela que tenemos hoy en día no parece estar atravesado ni se ve modificado por las violentas y oscilantes coyunturas políticas que tienen dominado hoy en día a nuestro querido continente. Para bien y para mal
[caption id="attachment_103645" align="aligncenter" width="600"]Antigua escuela Martín Tovar, Venezuela (Imagen: Wikimedia Commons) Antigua escuela Martín Tovar, Venezuela (Imagen: Wikimedia Commons)[/caption]

Venezuela ya no parece un país como los otros; se nos dice todo el tiempo que en su territorio pasan miles de cosas que no pasan en casi ninguna parte y que aquello es una experiencia de otra índole. Visto desde fuera –y tal vez también desde dentro-- todo es raro en Venezuela y muchas de esas rarezas además parecen malas. La revolución bolivariana, en sus ya muy largos 15 años de gobierno, ha alterado todo; ha dejado su fuerte marca en todo; ha modificado la concepción y la manifestación de casi todas las cosas del país. Imagino aún en Venezuela un consenso total en la afirmación de que el país es completamente otra cosa que lo que era hace 10, 15 o 20 o 30 años. Más allá de la valoración de ese quiebre histórico, el quiebre mismo recaba unanimidad.

Sin embargo, el sistema educativo se ha modificado poquísimo o nada. Contrariamente a casi todo lo demás --que para bien o para mal se ha movido dramáticamente, en el sistema educativo venezolano no han quedado impresas las marcas de la revolución.

Yo sé que la percepción de los ciudadanos venezolanos probablemente no sea la misma. El ambiente sobresaturado de propaganda y polución política que reina en Venezuela nos hace creer que todo ha sido impactado y reimpactado permanentemente; para los revolucionarios, para mejor y para la liberación, y para los opositores, para lo contrario. Y es verdad que el chavismo habló y habla de educación y dice y amenaza y orilla a la escuela y las universidades, pero no las ha cambiado. Tal vez ha fortalecido algunas escuelas o universidades en particular que le interesan y debilitado otras que combate, pero esencialmente no las ha atravesado.

Me interesa analizar este fenómeno. No tanto por agregar un nuevo análisis al proceso político venezolano –que no creo que lo esté necesitando a estas alturas, sino por iluminar las características de la institución educativa en un contexto extremo –vamos a decirlo así. ¿Por qué la revolución, que todo lo altera, no alteró la escuela? ¿Por qué un niño en una escuela venezolana de hoy no vive esencialmente otra experiencia que la que vivió su colega hace 15 años en esa misma escuela? Me refiero a otra experiencia pedagógica e institucional; porque yo sé que el contexto social y político general venezolano entra en la escuela y enrarece también sus ambientes, pero me refiero al diseño escolar, a sus prácticas pedagógicas e institucionales; a lo que se aprende o se deja de aprender en las escuelas venezolanas de hoy; a lo que se está formando, informando o deformando allí a los niños.

Pareciera que la revolución, que tiene ideas nuevas para todo y que su núcleo y sentido revolucionario altera el orden simbólico de todo, no tiene ideas nuevas para la escuela. No sabe, no quiere, no puede, no le ha importado o, simplemente, ese es uno de sus límites –de nuevo, para bien o para mal.

Y resulta curioso, porque cuesta imaginar un discurso revolucionario que no tenga una fuerte tesis educativa; es tan unánime hoy en día la vinculación de la educación con el Estado que cuesta creer cómo la revolución, que redefine al Estado, no trabaja en la educación de manera directa y profunda. Sin embargo, no lo hace. ¿Por qué?

Porque se ha cansado de fracasar, es mi tesis. Yo recuerdo bien los ímpetus de Aristóbulo Istúriz en los años 2004-2005 y de algunos otros para contarnos –con alguna prepotencia-- el modelo de escuela bolivariana que detentaban... Sin embargo, la escuela venezolana no se modificó; aquellas ideas y maquetas y millones no hicieron mella. Para bien o para mal, cambiar la escuela es más difícil que cambiar otras instancias o instituciones sociales que a priori podrían parecernos más anquilosadas y resistentes. La escuela es experta en la resistencia. No se deja alterar.

Se le pueden modificar su dieta presupuestaria, su infraestructura, su discurso gremial, sus gramáticas de funcionamiento, algunos de sus rituales, etc., pero su corazón simbólico-pedagógico no cambia. El modelo implícito de dictado de clase y evaluación no ha sufrido ni un magullo después de 15 intensísimos años de revolución bolivariana. La maestra de matemáticas sigue dando su mismita clase de siempre; como el maestro de biología, geografía o lenguaje. No es sólo que no haya modificado sus prácticas, sino que no las ha discutido profundamente siquiera. Para bien o para mal. La escuela venezolana de hoy está recontextualizada política y socialmente por la revolución, pero no ha sido modificada por ella.

Se la pretendió y se la pretende ideologizar mediante la entrada de materiales educativos cargados de intencionalidad política, pero hasta eso también se ha ido diluyendo. Todo se diluye ante la escuela. Para bien o para mal. La escuela no se resiste con armas ni con discursos encendidos ni con programas ómnibus de TV; al contrario, parece dócil y fácil, pero no lo logramos ni los que trabajamos para una escuela nueva ni lo logra la revolución bolivariana. La escuela sabe que salvo que las convicciones nuevas sean al mismo tiempo y de manera perfecta intensas, sostenidas, eficientes, preclaras y seductoras, la inercia del modelo actual se acabará imponiendo. Es sólo cuestión de esperar y –discretamente-- no facilitar demasiado las cosas. En el modelo vigente hoy en la escuela (en la de Venezuela, así como en la de Argentina, México, Brasil, Perú y Chile), todas las piezas son absolutamente solidarias para no dar opción a otra cosa. Libro, profesor, aula, expectativa social, epistemología y currículo están cósmicamente alineados para no dejar espacio ninguno para la innovación, la invención, un desplazamiento, apenas la improvisación --a la que también podríamos llamarla libertad. La configuración simbólica de la escuela es cerrada y muy eficiente. Por eso no necesita de aspavientos para defenderse. Confía en su capacidad de desgastar a cualquier enemigo; incluso, a la plenipotenciaria revolución bolivariana.

Una vez más, la escuela nos demuestra que su modelo hoy en día es atemporal y ubicuo. Ella existe tal como ella es más allá de cualquier circunstancia histórica, por más radical que esta sea. No estamos asistiendo a ese momento en el que el modelo se quiebra. El debate sobre la escuela que tenemos hoy en día no parece estar atravesado ni se ve modificado por las violentas y oscilantes coyunturas políticas que tienen dominado hoy en día a nuestro querido continente. Para bien y para mal.

 

Twitter del autor: @dobertipablo