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La emigración musulmana irrumpe en la poderosa Alemania para crear problemas, pero también para resolverlos

Las causas de toda emigración son casi siempre dolorosas. Sobre todo si una guerra está de por medio. Antes, el temple o la suerte determinaban el curso del desarraigo. Ahora son otros los factores en juego.

Nuestro país fue, en general, un buen ejemplo de recepción de emigrantes en el pasado. Franceses, alemanes, italianos, españoles, libaneses, eurojudíos, etc., emigraron aquí y se adaptaron, a veces en menos de una generación, a este país aparentemente inconveniente. Las masacres de chinos en los estados del norte no consiguieron acentuar el rechazo brutal hacia otras minorías que aquí se asentaban. Y en lo sucesivo, los mismos chinos no volvieron a padecer agresiones graves. 

El exilio español nos trajo a miles de republicanos. Su permanencia fue fructífera ya que se trataba, en general, no sólo de individuos preparados, sino de personas excelentes. Cuando llegó el franquismo a su fin, una buena parte de los exiliados había fallecido. Pocos de los que sobrevivieron regresaron. Y los que todavía andan por aquí, que llegaron siendo niños, se han convertido en una suerte de exiliados profesionales. El exilio centro y sudamericano ha sido frecuente y relativamente breve. O largo y escaso. No tuvo la importancia del exilio español, pero le aportó a México una gratitud continental sin paralelo.

La emigración musulmana irrumpe en la poderosa Alemania para crear problemas, pero también para resolverlos. El país tiene un grave problema demográfico. Pocos son los que nacen y se ha obstaculizado sistemáticamente la emigración permanente. Por ello, de no haberse presentado este acontecimiento inesperado, para 2040, los problemas de escasez de mano de obra, de insolvencia en el pago de jubilaciones, del cuidado y atención a los ancianos, por ejemplo, iban a poner en duda la pujanza industrial, la viabilidad económica y el sistema de salud de los germanos. A hechos dados, queda la tarea titánica de integrar a estos desconocidos. Quién sabe cuál sea su propósito político real. Pero en tanto se sepa, se les deberá proporcionar un hogar con calefacción, y una fuente de trabajo, de acuerdo a una capacitación que, por el momento, es prácticamente inexistente. Deben aprender a convivir, con el buen ánimo de la tolerancia de sus ancestros en la antigua civilización islámica. Deben aprender alemán. Y para mejor sobrevivir, también el inglés. Según datos que proporciona el semanario Der Spiegel, por ahora sólo 8% de estas víctimas es apto para una contratación inmediata. Debe atenderse, sobre todo, a los niños. Y a las mujeres, que representan una cifra irrisoria en comparación a la población masculina que emigra, y que son la clave para que este proceso tan complicado sea afortunado, para bien de la comunidad humana.

 

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En el entreacto, florece en el país toda una industria que equipa a los migrantes. El mercado de la vivienda, subvencionado por los gobiernos locales, enriquece desproporcionadamente a los propietarios que de mala gana reciben a los infieles.

No se habla de estos bonos inesperados que fortalecen a la economía alemana, o a los sorprendidos particulares. En cambio, se recuerda que son casi 3 millones de alemanes los que se encuentran en el desempleo. El entusiasmo original de recibir, de sopetón, a cosa de 800 mil musulmanes, es reemplazado por una preocupación de buena fe, que se encamina a un temor explicable y que puede redundar, otra vez, en conductas incalificables. Ya se dan las primeras alarmas.

Una ojeada al fenómeno migratorio en Alemania lleva al recuerdo de la emigración polaca, mayoritariamente católica, durante el siglo XIX. La extensa confesión protestante vio entonces peligrar su mayoría, frente a los ajetreados católicos que llegaban. Mucho después, se asimilaron 12 millones de alemanes que huyeron de los territorios del este hacia lo que sería Alemania Occidental después de la Segunda Guerra Mundial. Se trataba de connacionales, a los que se les toleró y asimiló en los apremios de la reconstrucción. Espasmos patrioteros aparte, menos condescendencia se tuvo con los alemanes que, en calidad de parentela en desgracia, fue reunificada a la República Federal, tras la debacle de la Unión Soviética. Mención especial merecen los millones de españoles, portugueses, italianos, griegos, yugoslavos y turcos que llegaron, en calidad de trabajadores huéspedes, desde fines de los 50 hasta principios de los 80 del siglo pasado. Nunca se les integró del todo. Y mucho menos a los turcos, que siguen ahí flotando, por millones, al ras de una sobrevivencia precaria, que es paradisíaca si se la compara con lo que debe ser una existencia pisoteada por borregos y chivos en Anatolia.

Las nuevas generaciones no son responsables de los homicidios sin precedente que pesan aún sobre la historia alemana. Pero por mucho que se resistan, no dejan de ser los herederos universales y las albaceas indiscutibles de aquella mierda. Algunos millones de los que nacimos en la inmediata posguerra seguiremos insistiendo, mientras vivamos, en la responsabilidad  transgeneracional  alemana por los millones de crímenes. Y nuestra persistencia necea, al atestiguar la actitud con la que los alemanes tratan de convertir ahora, a los países vecinos, en subgerencias de tercera, y a los más alejados, en balnearios mono raciales, o en anacrónicas escupideras. 

Son innegables y bien sabidas las cualidades y habilidades que caracterizan a los alemanes. Habrá que mencionar, sin embargo, que despojados de su autoridad e identidad después de la Segunda Guerra, durante generaciones se ignoró en sus escuelas y en sus hogares su turbulento pasado. Excepción hecha de numerosas comunidades universitarias, académicas, culturales y de algunos miles de personas atesorables, los alemanes son una especie de gringos de Europa, dados a impartir, de manera altisonante, lecciones de toda índole. Incluso morales.

La migración musulmana, arrolladoramente siria, les abre a los alemanes la oportunidad de probar que han cambiado. Pero si la gran mayoría de ellos promueve, justifica o consiente acciones violentas, activará el repudio internacional. Por si algo faltara, los alemanes pueden encontrar en los sirios la horma de su zapato. Llegan a Alemania con un empuje  temerario y están dispuestos a lo que sea. Se la saben de todas todas en materia de adversidad y desdicha.

El presente recuento es sólo una opinión que puede derrumbarse frente a datos duros. Ojalá que así sea.

La política de inteligencia militar de Estados Unidos no parece aprender de sus errores pasados; lo mismo que sucedió con Al Qaeda está ocurriendo con ISIS

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Hace 25 años George H. W. lanzó la primera de sus ofensivas en Medio Oriente --la famosa "tormenta del desierto", la primera guerra transmitida "en vivo" por CNN. La guerra en contra del régimen antidemocrático de Sadam Hussein fue replicada luego por su hijo, George W., quien también atacó Afganistán en un despliegue más amplio en contra del enemigo fundamental de la civilización: el terrorismo (mayormente identificado con la fe islámica). A 25 años de esta política intervencionista, queda claro que los resultados no han sido muy efectivos; los errores se repiten y no parece que se aprendan las lecciones. Como dice Max Boot, en la revista TIME, Estados Unidos ha permanecido en estos lugares desesestabilizando la vida de sus habitantes, por una cuestión de "credibilidad". Recobrar credibilidad --intentando ahora sí resolver el problema que han alimentado-- quedándose en un lugar al cual nunca debieron haber ido en un principio. Un círculo vicioso: rectificar el error inicial (¿recuerdan las armas de destrucción masiva?) con nuevas intervenciones militares y aumentar con cada una el riesgo de seguir alimentando de armas, resentimiento y animadversión a los grupos extremistas. Un sacudir el avispero ad infinitum.

La lógica en este caso, de una manera un poco simplista, puede expresarse así: si golpeas a alguien es más probable que puedas ser golpeado de regreso, a menos que erradiques completa y ferozmente a tu enemigo (algo que actualmente, en un mundo descentralizado, resulta prácticamente imposible). Sería de una lógica perversa pensar que lo que se desea es justamente eso: que siga habiendo golpes, que haya más combate y se justifique la razón de ser de toda la industria militar. Esto roza ya la teoría de la conspiración y en este caso prefiero evitar esta zona también de conflicto. Lo que se presenta aquí son sólo datos que indican que Estados Unidos ha ayudado a crear o crecer a las organizaciones terroristas que ahora combate. Asumiremos que esto ha ocurrido por negligencia y por las complejas necesidades de los momentos específicos, es decir, como efectos colaterales de sus políticas internacionales. 

ISIS, el ahora llamado Estado Islámico, es el más reciente avatar y al parecer el más radical de una serie de organizaciones terroristas que tienen en común haber sido entrenadas, fondeadas o de alguna manera fomentadas por la CIA o alguna otra dependencia estadounidense. Antes que ISIS existieron los muyahidines de Afganistán, el arquetipo de alguna forma de los yihadistas actuales. A finales de los 70, Estados Unidos "aprovechó" la oportunidad para canalizar un grupo de resistencia anticomunista fondeando rebeldes que se oponían al gobierno pro soviético en Afganistán. La CIA suministró armas, dinero y demás recursos para fortalecer a los muyahidines. El más famosos de estos rebeldes mercenarios --que fueron glorificados en algunas películas de Hollywood como Rambo-- fue Osama Bin Laden. Esta decisión estratégica fue implementada por el Consejero de Seguridad Nacional Zbigniew Brzezinski, con el conocimiento del presidente Carter. En una entrevista años después Brzezinski dijo no arrepentirse de la operación secreta ya que detuvo la expansión del comunismo y eso "es más importante que el Talibán". En la siguiente entrevista Hillary Clinton explica cómo sucedió esto:

Al Qaeda, la organización que luego encabezaría el ataque de las Torres Gemelas, nació justamente como una organización de coordinación de los muyahidines. La versión oficial sugiere que una vez que la operación en Afganistán y Pakistán culminó con éxito, grupos rebeldes entrenados y fondeados sin la supervisión estrecha de Estados Unidos empezaron a ver por sus propias cuentas, sin mostrar mucha lealtad con sus proveedores. Los estadounidenses no habían reclutado precisamente tipos íntegros y confiables, sino radicales, fundamentalistas y mercenarios. La historia del fondeo se repite: en 2010, también la CIA inadvertidamente dotó de varios millones de dólares a Al Qaeda, según reveló el New York Times.

El caso de ISIS en Siria no es del todo distinto a lo ocurrido en Afganistán. Un documento de inteligencia escrito en agosto de 2012 recientemente desclasificado muestra que Estados Unidos tomó la decisión de apoyar a la insurgencia en Siria de la cual se desprendería ISIS. El documento detecta la posibilidad de la emergencia de una "prinicipalía salafista" en el este de Siria, e identifica a Al Qaeda y a fuerzas salafistas aliadas como los "principales instigadores de la insurgencia en Siria". Afirma que "la posibilidad de establecer una principalía declarada o no declarada" es algo "deseable para los poderes que apoyan a la oposición, para aislar al régimen sirio, el cual es considerado el centro estratégico de la expansión chía".

"1 año entrada la rebelión en Siria, Estados Unidos y sus aliados no sólo estaban apoyando y armando a una oposición que sabían que estaba dominada por grupos extremistas sectarios; estaban preparados para contrarrestar la creación de algún tipo de 'Estado Islámico' --pese al 'grave daño' que representaba para la unidad de Irak-- como un eje suní de contención para debilitar a Siria", explica el analista Seumas Milne en The Guardian. Es decir, Estados Unidos creía que podía manejar sin problemas a los grupos extremistas que estaba armando, sin haber aprendido la lección de Afganistán.

En una entrevista con Al Jazeera, el exdirector de la Defense Intelligence Agency (DIA), Michael Flynn, dijo tener conocimiento en su momento de estos reportes y afirmó que fue una decisión estratégica alimentar a estos grupos para mermar el régimen de Assad en Siria. Ahora sabemos que muchas de las armas que fueron brindadas a estos grupos rebeldes acabaron en manos de ISIS. Además de estos recursos, no podemos dejar de mencionar entre las causas de la formación y la radicalización de ISIS los 25 años de presencia destructiva de las fuerzas militares estadounidenses y sus aliados en la zona. 

En junio autoridades británicas pasaron un episodio vergonzoso cuando se determinó que su caso en contra de un supuesto terrorista no podía proseguir debido a que las agencias de inteligencia británicas estaban apoyando (con armas) a los mismos grupos a los que se acusaba a este hombre de nacionalidad sueca de apoyar. 

Esta misma táctica de desestabilizar gobiernos inconvenientes apoyando la insurgencia, conocida entre los especialistas como una táctica "estilo El Salvador" (donde se implementó famosamente), también fue utilizada en Libia con el régimen de Gaddafi, lugar donde ISIS ha también recientemente tomado control de algunas zonas.

Cuándo estos poderes se dan cuenta de que no está funcionando, la solución es siempre la misma: lanzar ataques frontales y apoyar a otros grupos insurgentes. Actualmente, según Seamus Milne, los apoyos están dirigidos al frente Al-Nusra, mismo que ayer protagonizó un ataque suicida, el cual habría dejado muerto a uno de los líderes de ISIS.

La estrategia en Medio Oriente está basada en un principio de "divide y regirás", de infiltración y corrupción de las instituciones regionales. Fomentar la corrupción, la desestabilidad y hacer de la guerra un asunto cotidiano puede parecer bastante práctico a corto plazo pero tiene el efecto colateral evidente de crear una tierra fértil para nuevas revueltas y nuevas organizaciones difíciles de ser controladas, especialmente porque al ser colocadas en una situación tan radicalmente desesperanzadora, sus actos reflejan estas condiciones extremas y no pueden ser manejados por medios ordinarios, creando así un terrible círculo vicioso. "Interminables intervenciones militares occidentales en el Medio Oriente han traído destrucción y división. Solamente las personas de la región son capaces de curar esta enfermedad", concluye Milne.   

Michael Kinsley escribe: "Nunca he entendido como honrar a los muertos y a los heridos perpetuar guerras erróneas, en las que los números sólo pueden aumentar". Evidentemente no se trata de no hacer nada y dejar que las cosas se resuelvan pacífica y misteriosamente --algo que parece utópico después de los ataques de París. Y, aunque Estados Unidos y sus aliados hayan sido hasta cierto punto responsables de abrir la "caja de Pandora", no se puede ignorar del todo la asunción de ISIS de ser "agentes del Apocalipsis". La pregunta esencial es si optar por los mismos medios, por la misma estrategia intervencionista, por la misma violencia, o imaginar alguna alternativa, ligada tal vez, como señala Said Arikat, del diario Al-Quds, "a facilitar las condiciones a través de las cuales se puede llegar a una resolución política".

La decisión no es nada fácil. Incluso si es que se logra acabar con ISIS, cómo saber que ese mismo golpe no está engendrando un enemigo más feroz, de la misma forma que bacterias superresistente se forman cuando son bombardeadas reiteradamente con los mismos antibióticos. 

 

Twitter del autor: @alepholo