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Un nuevo acercamiento a la deliciosa filosofía mágico-platónica de Marsilio Ficino
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"Seis poetas toscanos", de Giorgio Vasari (Ficino es el último del lado izquierdo)

Pocas figuras más fascinantes en la historia de la filosofía que Marsilio Ficino (1433–99), el médico, astrológo y sacerdote que fue la mente detrás del esplendor cultural de la Florencia de los Medici. En primera instancia esta tríada --medicina, astrología y teología-- nos podría parecer extraña, pero en la época de Ficino y en los siglos previos no era del todo fuera de lo común, de hecho estas disciplinas eran parte de un mismo tronco universal del conocimiento: la filosofía. Ficino, siguiendo la urgencia filosófica despertada en Cosimo de' Medici por Pletón, tradujo al latín casi toda la obra de Platón, importantes obras neoplatónicas y el Corpus Hermeticum --traducciones que crearon una especie de boom intelectual entre los grandes artistas de su época; escribió libros enciclopédicos e innumerables epístolas de filosofía, ocultismo, magia, psicología, etc.; y fue asesor de príncipes a los que aconsejaba en materia política y amorosa conforme a las posiciones de los astros, les recomendaba hierbas y talismanes o los exhortaba a escuchar música y bañarse en la luz de sol para nutrir sus almas. No sería exagerado pensar en Ficino como una especie de chamán erudito, altamente sofisticado y ciertamente exquisito, bajo cuya guía espiritual floreció una de las "comunidades" más brillantes en la historia del pensamiento humano. Tampoco sería exagerado decir, con Vasari, que Ficino fue un poeta, y es que su filosofía es, como él mismo definió a la mitología, una "teologia poética". 

En el perenne esfuerzo de rescatar a Ficino y reencantar el mundo --lo cual sucede como por arte de magia al acercarse a su filosofía, en Cadena Áurea de Filosofía hemos destacado algunos de sus pensamientos a manera introductoria, como aperitivo para el vuelo de la psique hacia el mundo de las ideas. En el siguiente audio, el filósofo Ernesto Priani comenta un fragmento del texto Sobre el amor de Ficino, el capítulo que se titula Que el alma fue creada con dos luces, y por qué llegó al cuerpo con dos luces:

 

Así Ficino explica un doble movimiento --que es también un doble deseo-- que atraviesa toda la creación, la divina exhalación e inhalación, diástole y sístole... Esto es, la separación (lo propio de lo racional es separar, atomizar, analizar) y el descenso hacia el mundo material, hacia la experiencia terrestre y la posterior restauración y el regreso a la unidad, a la esencia del alma, lo que Plotino llama "el vuelo del solo al Solo". Encontramos aquí una forma de entender uno de los grandes enigmas de la teología: ¿por qué el alma --o ese compuesto divino-- habría de alejarse de la divinidad para hacer y habitar un mundo menos perfecto? Y, ¿cómo este mundo material (la prisión del alma, en términos platónicos) ha atraído a la inteligencia a sí mismo, en el proceso haciéndole olvidar su noble origen? Entre otras cosas, Priani dice sobre el pasaje de Ficino: "El hombre es dual, tiene una parte divina y una parte racional. Fuimos creados para habitar la Tierra y acercarnos a Dios, simultáneamente". Sin esta dualidad, sin este aspecto racional que se ve atraído "por las fuerzas de engendrar, mover y sentir", y por el cual el alma se da a la tarea de "construir cuerpos", no habría seres en la Tierra, no habría una creación para glorificar al Creador, no se habría iniciado la trama cósmica, este juego de escondidillas en una mansión de espejos en el que tal vez se trate de advertir que aquel al que buscamos es aquel que busca. Todo movimiento se convierte en un uróboros. Ficino, con la más fina destilación erótica, en otra parte, habla de que "Dios atrae hacia sí al mundo" y la forma en la que dispone este magnetismo se llama belleza y la energía con la que nos atrae y las almas se atraen --ya que llevan en ellas la luz de la divinidad-- se llama amor: "En cuanto comienza en Dios y deleita, nómbrase belleza; en cuanto pasa al mundo y lo extasía, se llama Amor". La belleza y el amor son los dos sellos, los dos garantes, las dos tecnologías de éxtasis y reminiscencia que aseguran el retorno al seno divino, la apocatástasis de todos los seres en el Uno... y en el fondo son, nos dicen los platónicos, uno y lo mismo. 

A continuación el pasaje completo:

Que el alma fue creada con dos luces, y por qué llegó al cuerpo con dos luces

De inmediato el alma creada por Dios, por un cierto instinto natural se vuelve a su padre Dios, no de otro modo que el fuego generado en tierra por fuerzas superiores, de súbito, por ímpetu de natura, se endereza a los lugares más altos; así que el alma que se dirige hacia Dios, es iluminada por sus rayos; pero este primer esplendor, cuando es recibido en la sustancia del alma que estaba por sí misma sin forma, se oscurece; y conformándose a la capacidad del alma se vuelve propio y natural de ella. Y por eso, mediante ese resplandor, casi por ser igual a ella, el alma se ve a sí misma, y ve también las cosas que están debajo de ella, o sea los cuerpos. Pero a través de ese rayo no ve las cosas que están arriba de ella.

Pero el alma que por este primer destello ya está próxima a Dios, recibe además de ésta, otra luz más clara, mediante la cual puede conocer las cosas de arriba. Tiene, pues, dos luces: una natural y otra sobrenatural, para que, gracias a la conjunción de ambas, como con dos alas, pueda volar por la región sublime. Si el alma siempre usase la luz divina, con ella siempre se acercaría a la divinidad; con la consecuencia que la tierra estaría vacía de animales racionales. Mas la divina providencia ha ordenado que el hombre sea dueño de sí mismo, y pueda en ciertas ocasiones usar ambas luces, y en otras cualquiera de las dos. De aquí que el alma, por su naturaleza vuelta hacia su propia luz, dejando lo divino, se repliegue en sí y en sus fuerzas, que pertenecen al gobierno del cuerpo; y desee poner a efecto estas fuerzas, construyendo cuerpos.

Según los platónicos, el alma, al volverse pesada por este deseo, desciende en los cuerpos, donde ejerce las fuerzas de engendrar, mover y sentir; y por su presencia adorna la tierra, que es la ínfima región del mundo. Esta región no debe carecer de razón, a fin de que ninguna parte del mundo quede privada de la presencia de seres vivos racionales; ya que el Autor del mundo, a cuya semejanza el mundo está hecho, es todo razón. Cayó nuestra alma en el cuerpo cuando, dejando la divina luz, sólo se volvió a mirar la luz propia; y comenzó a querer satisfacerse en sí misma. Sólo Dios, al que nada le falta, por sobre el que no hay nada, está satisfecho en sí mismo y es suficiente a sí mismo. Por todo eso, el alma se hizo igual a Dios en el momento en que quiso estar satisfecha en sí misma; casi como si, no menos que Dios, se bastase a sí misma.

 

Twitter del autor: @alepholo 

Basura como joyas: tribus de Etiopía transforman la basura en adornos corporales (FOTOS)

Arte

Por: Alejandro Albarrán - 09/16/2015

Algunas tribus del valle de Omo, en Etiopía, utilizan las corcholatas y distinta basura para crear adornos corporales como collares, tocados para el cabello e incluso pelucas
[caption id="attachment_100963" align="aligncenter" width="736"]recycled-headwear-trash-jewelry-omo-valley-tribes-ethiopia-eric-lafforgue-12 Imagen: Eric Lafforgue[/caption]

 

Todo el discurso sobre las necesidades se basa en una antropología ingenua: la de la propensión natural del ser humano a la felicidad. La felicidad, inscrita en letras de fuego detrás de la más trivial publicidad de unas vacaciones en las Canarias o de unas sales de baño, es la referencia absoluta de la sociedad de consumo: es propiamente el equivalente de la salvación. Pero, ¿cuál es esa felicidad cuya búsqueda atormenta a la civilización moderna con semejante fuerza ideológica?

Jean Baudrillard

 

La idea de que la basura de un hombre puede ser el tesoro de otro hombre es un dicho que aplica a las tribus del valle del Omo, en Etiopía, quienes utilizan basura como relojes rotos y corcholatas oxidadas para crear bellos tocados y pelucas de moda.

El hiperconsumo y la hiperproducción humanos son agresivos y violentan nuestro entorno, lo violentan hasta el punto de modificarlo, de modificar nuestro paisaje y su concepción de naturaleza. En lugar de flores, corcholatas inundando los contornos de un paisaje desolado; en lugar de listones, pedazos de metal oxidados colgando del cabello, el mundo como un espejo: el basurero de nosotros mismos, o mejor dicho, de lo que queremos ser: el basurero de nuestras múltiples e insaciables necesidades. El basurero de nuestra necesidad de ser dentro del mundo.

En su ensayo “Elogio de la profanación”, Giorgio Agamben habla sobre la idea de profanación como medio para restituir a un objeto su uso común entre los hombres, en ese sentido, un objeto resignificado perderá (junto con su semántica) su valor y le será restituido otro por medio del juego (algo parecido también pasa con el arte conceptual). En su ensayo, Agamben dice:

Esto significa que el juego libera y aparta a la humanidad de la esfera de lo sagrado, pero sin abolirla simplemente. El uso al cual es restituido lo sagrado es un uso especial, que no coincide con el consumo utilitario. La “profanación” del juego no atañe, en efecto, sólo a la esfera religiosa. Los niños, que juegan con cualquier trasto viejo que encuentran, transforman en juguete aun aquello que pertenece a la esfera de la economía, de la guerra, del derecho y de las otras actividades que estamos acostumbrados a considerar como serias. Un automóvil, un arma de fuego, un contrato jurídico se transforman de golpe en juguetes.    

Así, los montes de basura de la hiperproducción capitalista son transformados de golpe en adornos para el cuerpo en el valle del Omo. Lo que antes era perecedero y había sido "despojado" totalmente de su uso (del fin para el que fue creado) de pronto es recontextualizado, cuestionando y resignificando su permanencia, su uso y su valor. Si la basura violenta un entorno, entonces habrá que resignificar a la basura y por medio de ella la percepción de dicho entorno, como lo hacen estas tribus africanas. 

El valle bajo del Omo o simplemente valle del Omo es uno de los conjuntos de yacimientos paleontológicos más importantes de África, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1980. El valle del Omo es el hogar de numerosas tribus, sin embargo, el fotógrafo francés Eric Lafforgue, el autor de este impresionante registro fotográfico, pasó más tiempo con los Bana, Dassanech y Mursi.

Lamentablemente la civilización moderna acecha, lenta y peligrosamente, el valle del Omo y el avance de la tecnología occidental no se queda atrás. Con la finalización de una presa hidroeléctrica río abajo, muchas tribus perderán sus tierras ancestrales y se verán obligadas a reasentarse en los entornos modernos, el paisaje será totalmente modificado y se volverá muy difícil resignificarlo todo. 

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Twitter del autor: @tplimitrofe