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La profecía se cumple: farmacéuticas cazan “mutantes” humanos para obtener su ADN

Ciencia

Por: pijamasurf - 08/16/2015

Con inversiones millonarias, compañías farmacéuticas buscan convertir las mutaciones increíbles de ciertos individuos en medicamentos que combatan enfermedades de otra manera (y con otro costo)
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Imagen: Fairy DNA (Stuart Caie, Flickr)

La mutación es un proceso natural del código genético. Con cada cambio generacional se presentan modificaciones en el ADN relacionadas con la mezcla de material genético propio de la reproducción de especies. En ocasiones estas variaciones son mínimas y sin mayores efectos para el individuo, pero en otros casos conducen a cambios notables y cabría decir que incluso sorprendentes. En este sentido, podría decirse que la mutación es un recurso propio de la evolución, con el cual se consiguen las capacidades que permiten a una especie adaptarse a su medio.

Por estos motivos, las mutaciones son objeto de gran interés entre científicos e investigadores de diversas disciplinas. En el caso de los seres humanos, además, la curiosidad es mayor porque han producido individuos con capacidades que fácilmente podrían compararse a las de aquellas fantasías pop sobre superhéroes y personajes sobrehumanos que, por ejemplo, resistían el contacto con temperaturas superiores a las que cualquier persona podría soportar, o cuyas heridas sanaban con rapidez sorprendente y mayor que la de cualquier persona común.

Algo parecido sucede, por ejemplo, con quienes padecen esclerosteosis, una condición tan extraña que, a la fecha, se calcula que se encuentra en únicamente 100 personas en el mundo; su cualidad distintiva es que se trata de una mutación que provoca una alta densidad ósea, lo cual hace que los huesos de una persona soporten impactos que dejarían a la mayoría con fracturas. Asimismo, se sabe de otros individuos con una tolerancia al dolor que supera lo increíble, al grado de que pueden poner las manos al fuego o caminar sobre cristales sin que ello les provoque ningún tipo de sufrimiento.

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Imagen: andessurvivor (flickr)

¿Cómo sería el mundo si esas “capacidades” no fueran exclusivas de unos cuantos sino, por el contrario, pudieran entenderse para reproducirse en cualquiera? Si la modernidad se ha caracterizado, casi desde su origen, por querer llevar al ser humano más allá de sus límites, las mutaciones pueden ocupar un lugar fundamental en esta intención, una suerte de pieza clave para la generación de seres humanos con capacidades suprahumanas. La pregunta, sin embargo, es quién se encargará de llevar a cabo este proyecto.

De acuerdo con Caroline Chen, que escribió recientemente al respecto en el sitio web Bloomberg Businessweek, son sobre todo empresas farmacéuticas quienes hasta el momento tienen colocadas grandes sumas de dinero en investigaciones al respecto. Su principal propósito es, para decirlo en pocas palabras, condensar esas y otras mutaciones conocidas en pastillas, jarabes o alguna otra forma de medicina que permita a otras personas tener esas habilidades. Según cifras de Chen, por ejemplo, la industria de los analgésicos ronda los 18 mil millones de dólares al año tan sólo en Estados Unidos. ¿Cómo cambiaría este escenario si la mutación relacionada con el umbral del dolor pudiera obtenerse de la misma manera que se toma una tableta?

Xenon Pharmaceuticals es una de las compañías interesadas en este nuevo tipo de fármacos contra el dolor basados en la mutación de ciertas personas. Por sus indagaciones con familias en donde hay individuos que no sienten dolor, ahora se sabe que esto se debe a una variación en un gen que regula el canal de iones de sodio Nav 1.7, el cual regula la manera en que el dolor se distribuye en nuestro cuerpo. Si los estudios de la empresa obtienen los resultados esperados, los analgésicos producidos rivalizarían notablemente con los que existen actualmente y que tienen efectos negativos considerables: los opiáceos y su potencial adictivo y, por otro lado, los fármacos antiinflamatorios y libres de esteroides que, sin embargo, no alivian dolores intensos y pueden provocar males gastrointestinales.

En el caso de la esclerosteosis, descubrir su funcionamiento y sintetizarlo farmacéuticamente podría llevar, por ejemplo, a encontrar medicamentos efectivos contra la osteoporosis o, como sucedió hace poco, a usarse en áreas como la exploración espacial para remediar la pérdida de densidad ósea que experimentan los astronautas en el espacio exterior.

Con todo, como sucede con el conocimiento en su relación con el poder, siempre cabe interrogarse por el agente que está al centro de esta búsqueda y los propósitos con los que la realiza. ¿Por qué una empresa podría arrogarse la capitalización de una cualidad que, en cierto modo, pertenece a la naturaleza? ¿Cuánto de las ganancias millonarias que usualmente tienen esas empresas correspondería a los individuos portadores de dichas mutaciones? ¿Tiene cabida la ética en estas preguntas?

 

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Las historias detrás de los primeros autómatas de la historia
[caption id="attachment_100029" align="aligncenter" width="582"]Vesalius_Fabrica_p372 Imagen: "De humani corporis fabrica" (1543), página 372[/caption]

Una de las primeras obras de René Descartes (1596-1650) fue El tratado del hombre, y en él el científico y filósofo francés comparaba el funcionamiento del organismo humano con máquinas de su tiempo. El tratado comienza:

Estos hombres de los que hablo estarán compuestos por un alma y un cuerpo.

Es necesario que, en primer lugar, describa su cuerpo aparte y, en segundo lugar, su alma también aparte; finalmente, debo mostrar cómo estas dos naturalezas deben ser ajustadas y unidas para formar hombres semejantes a nosotros.

Descartes conocía perfectamente la anatomía, por eso este texto se ha llegado a considerar como el primer tratado de fisiología moderno. Sin embargo, esta obra estuvo mucho tiempo guardada y también prohibida. En el libro El rival de Prometeo Marta Peirano habla sobre cómo el arresto de Galileo por la inquisición romana influenció a Descartes a añadir una cláusula de seguridad dentro del tratado que dice: “los animales serían máquinas porque funcionan de manera mecánica y se mueven por instinto; los hombres, sin embargo, tienen un alma, que no se puede encargar a un relojero porque es privilegio del gran Hacedor”. Aun con esta cláusula añadida, el tratado se publicó hasta después de su muerte y, como se dijo anteriormente, fue prohibido en muchos lugares.

Empero, como lo prohibido siempre suele ser también lo más atractivo, el tratado se hizo famoso entre estudiantes e intelectuales de la Ilustración.

Muchos trabajos posteriores como el de Alberch Haller, “quien demostrara que los músculos respondían a estímulos independientes del cuerpo y, sobre todo, del cerebro”, fueron inspiración o nacieron en paralelo de muchos de los pensadores más importantes de la época, como en el caso de Julien Offray de La Mettrie a quien su Hombre máquina tuviera que hacerlo refugiarse en la corte prusiana.

El texto del Hombre máquina de De La Mettrie comienza: “El hombre es una máquina tan compleja que es imposible hacerse una idea clara de su mecanismo y, en consecuencia, resulta imposible definirla”.

De La Mettrie afirma (poéticamente) que “el cuerpo humano es una máquina que activa sus propios resortes, es la viva imagen del movimiento perpetuo”.

Uno de los primeros autómatas famosos fue “el flautista” del ingeniero e inventor francés Jacques de Vaucanson.

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A pesar de que De Vaucanson provenía de una familia humilde, sus padres lo enviaron a estudiar con una orden de jesuitas para asegurar su buena educación. Desde los primeros años de su carrera eclesiástica, De Vaucanson se inclinó hacia la ciencia y hacia la idea del progreso hasta ampliar sus conocimientos sobre anatomía ayudado por el cirujano La Cat.

De Vaucanson puso todo su empeño y conocimiento para la creación de vida artificial. Así elaboró y presentó en 1737 a “el flautista”, un androide capaz de combinar los movimientos de los labios y los dedos para sacar de su flauta algunas octavas reales.

Este autómata fue presentado ante la Real Academia de las Ciencias. Sin embargo, el esfuerzo de su creador no concluye ahí, al contrario, 1 año después mostró a la luz otros dos de sus inventos: “el tamborilero” y “el pato cagón” (como popularmente se le conoció).

En una carta escrita por el mismo De Vaucanson y enviada en 1738 al abad De Fontaine, relata la “relación sobre el mecanismo de un autómata” y describe el funcionamiento de sus inventos.

La carta comienza así:

Mi segunda máquina, o autómata, es un pato, en el cual he reproducido el mecanismo de los intestinos que se utilizan para las operaciones de beber, comer y digerir: en su interior, el funcionamiento de todas las partes necesarias para efectuar esas acciones se imita con exacta precisión.

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Así De Vaucanson describe cómo el pato toma el maíz de la mano, lo traga, lo digiere y lo expulsa, ya digerido. “La materia digerida en el estómago --continúa De Vaucanson en su carta-- recorre después unos tubos (que son como las tripas de un animal real) hasta el ano, donde hay un esfínter que permite la expulsión”. Lo que De Vaucanson no describe, lo que De Vaucanson convenientemente no describe es el truco del pato, pues el grano de maíz caía en un compartimento secreto guardado entre las cavidades del aparato digestivo y allí se quedaba. Así, lo que “defecaba” el pato no era lo mismo que comía.

A pesar de que “el pato cagón” fue un engaño, “el flautista” en cambio fue un parteaguas para los más importantes pensadores de la Ilustración. Por un lado Diderot lo empleó para describir el androide en el primer tomo de su Enciclopedia y, por el otro, Voltaire (junto con De La Mettrie) lo llamó “rival de Prometeo”.

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19. m. (Mecán.) autómata con figura humana & que, por medio de ciertos resortes & y cuerdas bien dispuestas, actúa & realiza otras funciones en apariencia similares a las del hombre.

Si el hombre, a diferencia del autómata propuesto por Diderot en su Enciclopedia, activa sus propios resortes como propone De La Mettrie, ¿eso que lo activa es el alma?  

La idea del autómata permeó el imaginario del siglo XVI, influyendo no sólo dentro de la ciencia y la filosofía sino también dentro de una cultura en plena ilustración y dentro de su literatura.

Entre 1768 y 1774 Pierre Jaquet-Droz, un reconocido relojero suizo, construyó tres autómatas con el fin de entretener a un público común y corriente, sin hacer máquinas humanizadas que emularan e hicieran aspaviento de la anatomía humana, y que alejaran la idea errada de que los autómatas eran fruto de la brujería o que eran objeto de maldiciones.

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“El dibujante”, “el músico” y “el escribiente” eran diseños de cuasi juguetes con los engranajes por fuera, que representaban a dos niños pequeños y encantadores y a una mujer adulta, no menos encantadora (aunque ahora resulten en realidad un poco escalofriantes).

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Por un lado, la adulta tocaba el clavicordio, otro pequeño dibujaba perfiles de personajes famosos y animales, y el pequeño escribiente escribía una de las máximas de la Ilustración, escrita, curiosamente, por Descartes: “Pienso, luego existo”, así como también frases al azar personalizadas.  

Lamentablemente, y pese a sus esfuerzos por alejar de los autómatas las ideas de brujería y hechicería que generaban, Jaquet-Droz y sus autómatas fueron acusados de herejía y encarcelados por la Inquisición en una gira por España.

En la Ilustración el conocimiento dejó de ir hacia lo religioso y comenzó a ir más hacia el hombre. Esa diferencia, o acto herético, fue lo que hizo que la idea del autómata diera comezón a más de un clérigo, porque alteraba lo que se suponía que era hasta entonces el ser humano, o lo que no se había cuestionado. La idea de que un humano tuviera la capacidad de crear a otro humano, la capacidad de ser Dios mismo, una contradicción que existe desde su imagen y semejanza.   

Esa diferencia entre máquina y hombre, la ausencia de conciencia en una o de la de un ”alma” o “esencia”, es la que hasta hoy separa la idea de ser humano y máquina. Aunque desde el inicio es una línea borrosa que no se alcanza a ver con claridad.

En 1769, el artesano húngaro Wolfgang von Kempelen construyó un autómata para divertir a la emperatriz María Teresa. El autómata conocido como “el turco” era una figura tallada en madera y vestida con atuendo oriental y turbante que jugaba ajedrez mejor que nadie. “El turco” fue desmantelado enseguida de haber sido exhibido para la emperatriz pues su audacia en el juego había molestado y puesto nerviosos a los emperadores. Sin embargo, tras la sucesión del trono, von Kempelen volvió a montar a “el turco” por petición del sucesor. Desde ese momento y durante 100 años “el turco” causó múltiples polémicas.

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Las primeras publicaciones sobre “el turco” decían que era “para la mente, lo que 'el flautista' de De Vaucanson para el oído”. “El turco” a diferencia de “el flautista”, pensaba. Y que una máquina pensara era una idea que les causaba comezón hasta a los más herejes.    

Para demostrar que no había trampa, von Kempelen mostraba las “tripas” de "el turco" en cada una de sus presentaciones. Esto daba tranquilidad y seguridad al público.

Lamentablemente, "el turco" tampoco fue un autómata verdadero, pues dentro del armatoste (en un compartimento secreto) hubo un sinfín de ajedrecistas (niños y enanos).

[caption id="attachment_100025" align="aligncenter" width="345"]KONICA MINOLTA DIGITAL CAMERA Reconstrucción de "el turco" en 1980[/caption]

Von Kempelen vendió "el turco" a Johann Nepomuk Maelzel, un ingeniero de la corte de Viena que logró que el invento de von Kempelen derrotara a grandes personalidades y así éste adquiriera una gran popularidad.

Entre las celebridades a las que "el turco" venció mientras Maelzel lo dirigía se encuentran: Charles Babbage, Federico el Grande y Napoleón, al que eliminó en 24 movimientos.  

Pero como dice un poema de Borges:

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. 

¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza 

de polvo y tiempo y sueño y agonía?

La mentira de "el turco" se mantuvo a salvo durante 65 años, hasta que su último dueño-director, Jacques Mauret, una gloria del ajedrez en plena decadencia, vendió la verdad de "el Turco" en 1834 por tan sólo una botella de Brandy al Magasin pittoresque, una revista que apareció primero como fascículos que formaban una suerte de enciclopedia popular, que tomaba en cuenta los grandes descubrimientos modernos pero también se aferraba a resucitar el pasado.  

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Mauret, en plena ruina “alcoholizado y enfermo, describió cómo había dirigido las partidas desde el interior de 'el turco' durante años, con ayuda de un espejo y un ingenioso juego de imanes. La lista de directores de 'el Turco', que nadie ha podido recopilar del todo, es probablemente el catálogo de los mejores ajedrecistas de la época”.

Aunque falso, "el Turco" logró “hacer un daño mínimo --o no tan mínimo-- en el centro de la civilización”, poniendo en duda la idea de creador y criatura, poniendo sobre la mesa una buena (o no tan buena) nueva: una máquina creada por el hombre podía tener la capacidad de pensar o no. Idea que, aunque falsa en el invento de von Kempelen y ya verdadera en la actualidad, sigue siendo un pequeño piquete cerca de la oreja que de pronto molesta, da comezón.

Este cuasi caballo de Troya o, mejor dicho, antropoide de Troya, fue también un artilugio empleado como estrategia para introducirse en la ciudad (cultura) amurallada por muros (ideas, prejuicios) anquilosados, cuarteados por varios lados pero aún así “inamovibles”.

Afortunadamente “el Turco”, de algún modo, igual que el caballo de Troya, logró introducirse y dejar sembrada, en la tierra, la semilla de una nueva duda, de una nueva posibilidad.    

La historia de los primeros autómatas se llegó a injertar en la Ilustración como un ojo biónico, reemplazando el ojo malo con una nueva visión, una visión renovada sobre el ser humano y su capacidad creadora.

 

Fuentes

Peirano, M. (2009). El rival de Prometeo. Vidas de autómatas ilustres. Madrid, España: Editorial Impedimenta. 

 

Twitter del autor: @tplimitrofe