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Extenso estudio muestra que la conciencia persiste más allá de la muerte clínica

Ciencia

Por: Samuel Zarazua - 08/14/2015

Estamos más cerca de resolver el enigma de lo que sucede después de la muerte

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El materialismo —la idea de que la conciencia es producida o equivale al cerebro— es una creencia que ya se ha probado falsa a través de la ciencia.

Neal Grossman, Historia y Filosofía

¿Es la conciencia un sistema inherente al cuerpo y al cerebro? Si no hay vida cerebral, ¿entonces se extingue la conciencia?

La respuesta es: NO; la conciencia perdura más allá del cuerpo y del cerebro.

Existe un estado de conciencia durante los cortos momentos entre la muerte clínica (detención de ritmo cardíaco y respiración) y la resucitación artificial. En otras palabras, la conciencia permanece incluso después de la muerte.

Estas conclusiones nacieron de un estudio llevado a cabo por el equipo del doctor Sam Parnia (Reino Unido), involucrando a más de 2 mil personas que sufrieron un paro cardíaco y respondieron exitosamente a la resucitación, en 15 diferentes hospitales del Reino Unido, Estados Unidos y Austria. Hasta ahora, este estudio es el más importante dentro del campo, debido a la rigurosidad de la metodología empleada y por el análisis de los datos puramente físicos.

"Este estudio merece reconocimiento por abrir puertas dentro de la investigación acerca de lo que sucede cuando morimos", expresó el editor de la revista científica Resuscitation Journal.

En realidad, el estudio comenzó con la idea de entender por qué los sobrevivientes resucitados después de un paro cardíaco muestran déficits cognitivos y estrés postraumático, y esto con el fin de definir qué sucede biológicamente durante la resucitación cardiopulmonar (RCP).

Los pacientes fueron seguidos durante 4 años después de su accidente de paro cardíaco y fueron entrevistados acerca de su estado de conciencia antes y durante la resucitación, haciendo uso de tests específicos.

El estudio concluyó que 40% de las personas que sobreviven a un paro cardíaco están conscientes durante el corto tiempo entre el estado de muerte clínica y la resucitación, lo cual supone que la conciencia no se evapora durante la muerte clínica, dejando claro que "tampoco sabemos si se evapora después", como explica el doctor Parnia.

La conciencia ha sido atribuida al órgano cerebral por la corriente dominante en el pensamiento moderno, por lo tanto pensaríamos que si el cerebro no funciona, entonces, no debe existir conciencia alguna. Inesperadamente el estudio afirma que, aunque el cerebro deja de tener actividad desde los 30 segundos posteriores a la falla cardíaca, el estado de conciencia perdura por más de 3 minutos. Por ende, la conciencia es independiente de la función cerebral.

 A continuación, los datos crudos del estudio:

Se estudiaron 2 mil 60 pacientes con paro cardíaco.

330 sobrevivieron.

De los 330 sobrevivientes, 140 aseguraron estar parcialmente conscientes en el momento mientras eran resucitados.

De estos 140, 39% describió estar consciente pero no tener ningún recuerdo específico.

Durante la muerte cerebral,  uno de cada cinco pacientes sintieron:

              —sensación de paz

              —cambios en la velocidad del paso del tiempo (más rápido o más lento)

              —visión de una luz brillante o la imagen del Sol

              —sentimiento de miedo, de ahogo

              —experiencia extracorporal

              —agudización de los sentidos

2% de los pacientes alegaron sentirse totalmente conscientes durante la resucitación, aportando pruebas fehacientes de una verdadera conciencia visual o una experiencia extracorporal.

El doctor Parnia compartió su idea acerca de la muerte: "es un proceso potencialmente reversible que se da acto seguido de la falla cardíaca, pulmonar y cerebral después de cualquier accidente o enfermedad grave". Aunque esta delicada interpretación de la muerte suena a una dulce canción de ciencia, pasará tiempo antes de que el común mortal logre cambiar su visión terrorífica del más allá. 

Para la gente que tiene mucho miedo "al final del camino", existen  terapias psicodélicas para aceptar la muerte.

Mientras tanto, es innegable que numerosas personas han muerto y regresado a la vida sin perder 1 segundo de conciencia, trayéndose incluso vívidos recuerdos de esos momentos sin latido de corazón:

La negación de cualquier realidad espiritual y la simultánea ignorancia de evidencia acerca de la realidad espiritual humana se denomina cientificismo, no ciencia. (Charles Tart, Psicología transpersonal)

Las historias detrás de los primeros autómatas de la historia
[caption id="attachment_100029" align="aligncenter" width="582"]Vesalius_Fabrica_p372 Imagen: "De humani corporis fabrica" (1543), página 372[/caption]

Una de las primeras obras de René Descartes (1596-1650) fue El tratado del hombre, y en él el científico y filósofo francés comparaba el funcionamiento del organismo humano con máquinas de su tiempo. El tratado comienza:

Estos hombres de los que hablo estarán compuestos por un alma y un cuerpo.

Es necesario que, en primer lugar, describa su cuerpo aparte y, en segundo lugar, su alma también aparte; finalmente, debo mostrar cómo estas dos naturalezas deben ser ajustadas y unidas para formar hombres semejantes a nosotros.

Descartes conocía perfectamente la anatomía, por eso este texto se ha llegado a considerar como el primer tratado de fisiología moderno. Sin embargo, esta obra estuvo mucho tiempo guardada y también prohibida. En el libro El rival de Prometeo Marta Peirano habla sobre cómo el arresto de Galileo por la inquisición romana influenció a Descartes a añadir una cláusula de seguridad dentro del tratado que dice: “los animales serían máquinas porque funcionan de manera mecánica y se mueven por instinto; los hombres, sin embargo, tienen un alma, que no se puede encargar a un relojero porque es privilegio del gran Hacedor”. Aun con esta cláusula añadida, el tratado se publicó hasta después de su muerte y, como se dijo anteriormente, fue prohibido en muchos lugares.

Empero, como lo prohibido siempre suele ser también lo más atractivo, el tratado se hizo famoso entre estudiantes e intelectuales de la Ilustración.

Muchos trabajos posteriores como el de Alberch Haller, “quien demostrara que los músculos respondían a estímulos independientes del cuerpo y, sobre todo, del cerebro”, fueron inspiración o nacieron en paralelo de muchos de los pensadores más importantes de la época, como en el caso de Julien Offray de La Mettrie a quien su Hombre máquina tuviera que hacerlo refugiarse en la corte prusiana.

El texto del Hombre máquina de De La Mettrie comienza: “El hombre es una máquina tan compleja que es imposible hacerse una idea clara de su mecanismo y, en consecuencia, resulta imposible definirla”.

De La Mettrie afirma (poéticamente) que “el cuerpo humano es una máquina que activa sus propios resortes, es la viva imagen del movimiento perpetuo”.

Uno de los primeros autómatas famosos fue “el flautista” del ingeniero e inventor francés Jacques de Vaucanson.

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A pesar de que De Vaucanson provenía de una familia humilde, sus padres lo enviaron a estudiar con una orden de jesuitas para asegurar su buena educación. Desde los primeros años de su carrera eclesiástica, De Vaucanson se inclinó hacia la ciencia y hacia la idea del progreso hasta ampliar sus conocimientos sobre anatomía ayudado por el cirujano La Cat.

De Vaucanson puso todo su empeño y conocimiento para la creación de vida artificial. Así elaboró y presentó en 1737 a “el flautista”, un androide capaz de combinar los movimientos de los labios y los dedos para sacar de su flauta algunas octavas reales.

Este autómata fue presentado ante la Real Academia de las Ciencias. Sin embargo, el esfuerzo de su creador no concluye ahí, al contrario, 1 año después mostró a la luz otros dos de sus inventos: “el tamborilero” y “el pato cagón” (como popularmente se le conoció).

En una carta escrita por el mismo De Vaucanson y enviada en 1738 al abad De Fontaine, relata la “relación sobre el mecanismo de un autómata” y describe el funcionamiento de sus inventos.

La carta comienza así:

Mi segunda máquina, o autómata, es un pato, en el cual he reproducido el mecanismo de los intestinos que se utilizan para las operaciones de beber, comer y digerir: en su interior, el funcionamiento de todas las partes necesarias para efectuar esas acciones se imita con exacta precisión.

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Así De Vaucanson describe cómo el pato toma el maíz de la mano, lo traga, lo digiere y lo expulsa, ya digerido. “La materia digerida en el estómago --continúa De Vaucanson en su carta-- recorre después unos tubos (que son como las tripas de un animal real) hasta el ano, donde hay un esfínter que permite la expulsión”. Lo que De Vaucanson no describe, lo que De Vaucanson convenientemente no describe es el truco del pato, pues el grano de maíz caía en un compartimento secreto guardado entre las cavidades del aparato digestivo y allí se quedaba. Así, lo que “defecaba” el pato no era lo mismo que comía.

A pesar de que “el pato cagón” fue un engaño, “el flautista” en cambio fue un parteaguas para los más importantes pensadores de la Ilustración. Por un lado Diderot lo empleó para describir el androide en el primer tomo de su Enciclopedia y, por el otro, Voltaire (junto con De La Mettrie) lo llamó “rival de Prometeo”.

Androide

19. m. (Mecán.) autómata con figura humana & que, por medio de ciertos resortes & y cuerdas bien dispuestas, actúa & realiza otras funciones en apariencia similares a las del hombre.

Si el hombre, a diferencia del autómata propuesto por Diderot en su Enciclopedia, activa sus propios resortes como propone De La Mettrie, ¿eso que lo activa es el alma?  

La idea del autómata permeó el imaginario del siglo XVI, influyendo no sólo dentro de la ciencia y la filosofía sino también dentro de una cultura en plena ilustración y dentro de su literatura.

Entre 1768 y 1774 Pierre Jaquet-Droz, un reconocido relojero suizo, construyó tres autómatas con el fin de entretener a un público común y corriente, sin hacer máquinas humanizadas que emularan e hicieran aspaviento de la anatomía humana, y que alejaran la idea errada de que los autómatas eran fruto de la brujería o que eran objeto de maldiciones.

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“El dibujante”, “el músico” y “el escribiente” eran diseños de cuasi juguetes con los engranajes por fuera, que representaban a dos niños pequeños y encantadores y a una mujer adulta, no menos encantadora (aunque ahora resulten en realidad un poco escalofriantes).

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Por un lado, la adulta tocaba el clavicordio, otro pequeño dibujaba perfiles de personajes famosos y animales, y el pequeño escribiente escribía una de las máximas de la Ilustración, escrita, curiosamente, por Descartes: “Pienso, luego existo”, así como también frases al azar personalizadas.  

Lamentablemente, y pese a sus esfuerzos por alejar de los autómatas las ideas de brujería y hechicería que generaban, Jaquet-Droz y sus autómatas fueron acusados de herejía y encarcelados por la Inquisición en una gira por España.

En la Ilustración el conocimiento dejó de ir hacia lo religioso y comenzó a ir más hacia el hombre. Esa diferencia, o acto herético, fue lo que hizo que la idea del autómata diera comezón a más de un clérigo, porque alteraba lo que se suponía que era hasta entonces el ser humano, o lo que no se había cuestionado. La idea de que un humano tuviera la capacidad de crear a otro humano, la capacidad de ser Dios mismo, una contradicción que existe desde su imagen y semejanza.   

Esa diferencia entre máquina y hombre, la ausencia de conciencia en una o de la de un ”alma” o “esencia”, es la que hasta hoy separa la idea de ser humano y máquina. Aunque desde el inicio es una línea borrosa que no se alcanza a ver con claridad.

En 1769, el artesano húngaro Wolfgang von Kempelen construyó un autómata para divertir a la emperatriz María Teresa. El autómata conocido como “el turco” era una figura tallada en madera y vestida con atuendo oriental y turbante que jugaba ajedrez mejor que nadie. “El turco” fue desmantelado enseguida de haber sido exhibido para la emperatriz pues su audacia en el juego había molestado y puesto nerviosos a los emperadores. Sin embargo, tras la sucesión del trono, von Kempelen volvió a montar a “el turco” por petición del sucesor. Desde ese momento y durante 100 años “el turco” causó múltiples polémicas.

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Las primeras publicaciones sobre “el turco” decían que era “para la mente, lo que 'el flautista' de De Vaucanson para el oído”. “El turco” a diferencia de “el flautista”, pensaba. Y que una máquina pensara era una idea que les causaba comezón hasta a los más herejes.    

Para demostrar que no había trampa, von Kempelen mostraba las “tripas” de "el turco" en cada una de sus presentaciones. Esto daba tranquilidad y seguridad al público.

Lamentablemente, "el turco" tampoco fue un autómata verdadero, pues dentro del armatoste (en un compartimento secreto) hubo un sinfín de ajedrecistas (niños y enanos).

[caption id="attachment_100025" align="aligncenter" width="345"]KONICA MINOLTA DIGITAL CAMERA Reconstrucción de "el turco" en 1980[/caption]

Von Kempelen vendió "el turco" a Johann Nepomuk Maelzel, un ingeniero de la corte de Viena que logró que el invento de von Kempelen derrotara a grandes personalidades y así éste adquiriera una gran popularidad.

Entre las celebridades a las que "el turco" venció mientras Maelzel lo dirigía se encuentran: Charles Babbage, Federico el Grande y Napoleón, al que eliminó en 24 movimientos.  

Pero como dice un poema de Borges:

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. 

¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza 

de polvo y tiempo y sueño y agonía?

La mentira de "el turco" se mantuvo a salvo durante 65 años, hasta que su último dueño-director, Jacques Mauret, una gloria del ajedrez en plena decadencia, vendió la verdad de "el Turco" en 1834 por tan sólo una botella de Brandy al Magasin pittoresque, una revista que apareció primero como fascículos que formaban una suerte de enciclopedia popular, que tomaba en cuenta los grandes descubrimientos modernos pero también se aferraba a resucitar el pasado.  

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Mauret, en plena ruina “alcoholizado y enfermo, describió cómo había dirigido las partidas desde el interior de 'el turco' durante años, con ayuda de un espejo y un ingenioso juego de imanes. La lista de directores de 'el Turco', que nadie ha podido recopilar del todo, es probablemente el catálogo de los mejores ajedrecistas de la época”.

Aunque falso, "el Turco" logró “hacer un daño mínimo --o no tan mínimo-- en el centro de la civilización”, poniendo en duda la idea de creador y criatura, poniendo sobre la mesa una buena (o no tan buena) nueva: una máquina creada por el hombre podía tener la capacidad de pensar o no. Idea que, aunque falsa en el invento de von Kempelen y ya verdadera en la actualidad, sigue siendo un pequeño piquete cerca de la oreja que de pronto molesta, da comezón.

Este cuasi caballo de Troya o, mejor dicho, antropoide de Troya, fue también un artilugio empleado como estrategia para introducirse en la ciudad (cultura) amurallada por muros (ideas, prejuicios) anquilosados, cuarteados por varios lados pero aún así “inamovibles”.

Afortunadamente “el Turco”, de algún modo, igual que el caballo de Troya, logró introducirse y dejar sembrada, en la tierra, la semilla de una nueva duda, de una nueva posibilidad.    

La historia de los primeros autómatas se llegó a injertar en la Ilustración como un ojo biónico, reemplazando el ojo malo con una nueva visión, una visión renovada sobre el ser humano y su capacidad creadora.

 

Fuentes

Peirano, M. (2009). El rival de Prometeo. Vidas de autómatas ilustres. Madrid, España: Editorial Impedimenta. 

 

Twitter del autor: @tplimitrofe