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La poesía, la imaginación y el desarrollo de la percepción estética son fundamentales para la salud de una sociedad que no se conforma con una realidad meramente material, sino que busca llenarse de alma

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Entre más poético más real. Esta es la esencia de mi filosofía.

Novalis

Como diagnosticó el doctor Terry Eagleton --doctor en literatura, no en medicina-- estamos educando a nuestros jóvenes para que tengan vidas exitosas en disciplinas que tienen altos prospectos económicos --generalmente carreras técnicas, administrativas o científicas-- sin reparar en la importancia que tienen las artes en la formación de las nuevas generaciones. Los estudiantes son vistos como consumidores, los profesores como gerentes, explica Eagleton, quien decidió renunciar a su puesto en Cambridge.

Decía el filósofo Manly P. Hall que un signo de decadencia cultural es fácilmente apreciado en que las personas son educadas para hacer un trabajo --el cual en algunos años incluso podría desaparecer-- y no para obtener sabiduría, o conocimiento no pasajero. La educación se vuelve sinónimo del éxito económico y de la capacidad de escalar en estatus; las personas se vuelven hábiles, pero no éticas, ni honestas o sensibles a la belleza. La educación y la cultura giran en torno a hacerse rico y sobre todo a perpetuar la riqueza de los que ya la tienen, como si el dinero fuera el gran secreto de la existencia. Esto hace que vivamos en la superficie del pensamiento, lo que nos condena a una vida superficial, meramente materialista --Hall considera que la materia es superficial porque en su visión filosófica es solo la superficie, no el fondo, de una realidad más profunda que es la conciencia y el alma. Aquí podemos vincular la visión poética cabalística del mundo como lenguaje y la materia como la concentración o condensación del pensamiento o la vibración del número: los soles y planetas como pensamientos divinos.

James Hillman decía que, contrario a lo que pensamos, no es el sexo lo que está reprimido en nuestra sociedad, es la belleza, simbolizada en Grecia también por el Alma (la Afrodita Celeste). Hemos desarrollado una reacción an-estética a las experiencias que desarman, que nos llevan a la percepción del alma y para las cuales debemos hacernos vulnerables, sensibles al aliento estético (que es el sentido original de la palabra "estética": percibir, inhalar el mundo). Reprimimos la belleza y también nos alejamos de la belleza, no invertimos en rodearnos de ella ni en aprender a hacernos sensibles a su profundidad. Manly P. Hall lo dice de otra forma: "estamos dispuestos a pagar dinero para ver porno, pero no para escuchar a Mozart o Beethoven". Pagamos mucho dinero para una carrera o un curso que nos asegure que podemos ganar dinero y que tendrá una utilidad (nos preguntamos siempre qué ventajas nos dará, cómo lo podremos canjear), pero no para algo que simplemente nos acerque a la belleza o, sobre todo, por algo que nos dé entendimiento, un valor incuantificable, intraducible en el mercado, puesto que el alma desafía toda clasificación material.

Un artículo en la revista Aeon hace mención sobre cómo en prisión los  libros de poesía son los que más se roban los internos, y se refiere a casos en los que se ha iniciado una rehabilitación a través de la lectura de poesía. Este otro artículo recupera un estudio médico en el que se utilizó la poesía --escribir y leer-- para combatir la depresión con éxito. Escribí aquí antes sobre otro estudio que muestra que leer ficción incrementa la empatía y puede considerarse una droga nootrópica, es decir, que mejora la cognición. Siguiendo esta línea de investigación podemos formular la hipótesis de que no solo la poesía y la ficción literaria pueden sanar, sino que podemos diagnosticar una enfermedad en todo aquel que no es sensible a la poesía o a la belleza del arte. Si vivimos en un mundo, como cree Eagleton, en el que el arte está desapareciendo --o al menos está perdiendo importancia-- parece natural recordar la frase de Krishnamurti, quien dijo que "no es sano estar adaptado a una sociedad profundamente enferma". Esta enfermedad masiva socialmente aceptada es el materialismo y la ausencia de arte en nuestras vidas. Tal vez es cierto, como creyó el musicólogo y erudito shivaísta, Alain Daniélou, y estamos en el Kali-yuga: una era de decadencia que puede discernirse por el materialismo y la pérdida de los principios espirituales.

chemistJames Hillman, en su libro  Healing Fictions, escribe que "como las verdades son las ficciones de lo racional, así también las ficciones son las verdades de lo imaginal". Hillman dice: "el hombre es primordialmente un hacedor de imágenes y nuestra sustancia psíquica consiste de imágenes; nuestro ser es un ser imaginal". Hillman usa la palabra "psique" consciente siempre de cómo era usada por los griegos, significando alma. Con imaginal se refiere a la distinción que hace Henry Corbin entre imaginal e imaginario: lo imaginal es la realidad inmaterial que percibe la imaginación como órgano de percepción sutil, como vínculo entre lo corpóreo y lo espiritual (es tanto el órgano como el mundo que se percibe, eliminando la dualidad entre el que conoce y lo que es conocido). Hacer imágenes es una poiesis, la poiesis fundamental del ser humano que se hace a sí mismo y repite el proceso cosmogónico imaginando, puesto que, como señala Platón en el Timeo, el demiurgo hizo el mundo contemplando las Formas o arquetipos de la eternidad. Decía Paracelso, el gran médico suizo, que la enfermedad empieza cuando el ser humano se separa de los patrones cósmicos de la vida. Estos patrones cósmicos, como el Árbol de la Vida de la Cábala, son también imágenes, expresiones del Logos Spermatikos, imagen y espíritu, el espejo de la divina semejanza.

Dice Corbin, en su fabuloso Tierra celeste y cuerpo espiritual, que "para el esoterista [pero también para el poeta] es al revés: el pretendido sentido literal no es en realidad más que una metáfora. El sentido verdadero es el acontecimiento que oculta esta metáfora... Al igual que ocurre con los cabalistas, los acontecimientos verdaderos son las relaciones eternas entre los 10 sefirots ocultos bajo los relatos de los acontecimientos externos". La conciencia poética, la visión del ojo de fuego de la imaginatio vera es la que penetra el bosque de símbolos y alcanza a ver los arquetipos, las imágenes de la eternidad, que se desdoblan como la realidad material, sombras de una luz espiritual.

Es necesario cultivar la imaginación. La imaginación debe ser entendida como una valoración de las imágenes más allá de de las imágenes electrónicas y publicitarias de consumo de la llamada "civilización de la imagen" que invaden la psique como parásitos. Un amor a las metáforas y a las imágenes como medios en sí mismos para percibir realidades espirituales: un tawil, "lo que devuelve una cosa a su origen, a su arquetipo, a su realidad verdadera", dice Corbin. Y Hillman nos exhorta a quedarnos con la imagen y a descubrir "de qué dios viene", que símbolo del alma contiene.  

Screen shot 2015-06-23 at 2.55.11 PMLa distopía de un mundo sin arte y poesía y emociones inspiradas por la belleza ya fue imaginada por Godard en Alphaville, el culmen de la sociedad tecnócrata, hipnotizada por la tecnología, siguiendo la dictadura de una inteligencia artificial, altamente eficiente. En esa cinta la computadora Alpha 60 le pregunta al detective Lemmy Caution, como en una especie de prueba Anti-Turing, para detectar si es un humano y no un autómata como todos: "¿Qué es la poesía?" El detective contesta, con una voz pastosa de tabaco y whiskey: "es lo que transforma la noche en el día". La poesía como la fuerza creativa del espíritu. El espíritu que la máquina no puede alcanzar, no puede procesar y por lo tanto genera un glitch en su sistema. La poesía como disciplina imaginal de percepción y síntesis (sinestesia) de la belleza: una estrella polar que nos lleva hacia el axis mundi de la psique humana. Decía Martin Ruland: "la imaginación es la estrella en el hombre, el cuerpo celeste o supraceleste". 

La gran olvidada de nuestro sistema educativo es el alma ---"la ninfa en perenne fuga", luego de que asesinamos al dios Pan, el dios de la naturaleza ante quien se reunían pavorosas y extáticas las ninfas. En ningún lado se le menciona, en ningún lado se le cuida ni se le alimenta con eso que a ella la nutre: la belleza, el ritmo, la contemplación, la melancolía, la imaginación, el tiempo cualitativo de Kairós, el tiempo que no es dinero, el tiempo que es un río, el tiempo que es una ventana transparente hacia los mundos celestes, el tiempo que es arte, el tiempo de una vida que es en este mundo la oportunidad de "forjar alma", como decía Keats: "Call the world if you please 'the vale of soul-making"'. Manly Hall agrega: "Cada momento estamos construyendo alma o marginando al alma... el alma espera pacientemente que nuestro cuerpo y nuestra mente construyan su mansión". Educamos a los jóvenes para que sean ingenieros y arquitectos, ¿pero cuántos ingenieros y arquitectos del alma tenemos? 

 

Twitter del autor: @alepholo

Cadena Áurea de Filosofía: un proyecto para regresar el alma a la filosofía

 

Desde fines del siglo XX, la perspectiva psicológica de la astrología que iniciara Jung fue desarrollada, refinada y sistematizada por sus continuadores, constituyendo hoy en día la visión predominante y más sofisticada de la práctica astrológica. Richard Tarnas le dio el nombre de astrología arquetipal

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Oh, hombre, conócete a ti mismo,

y conocerás al universo y a los dioses.

Inscripción en el umbral del Oráculo de Delfos

 

II. De la astrología tradicional a la astrología arquetipal

Probablemente la concepción tradicional más sofisticada de la astrología haya tenido lugar en el sur de Francia y España, dentro del esoterismo judío, aproximadamente en el siglo XII. La tradición esotérica de la Kabbalah surgió como una síntesis coherente de otras múltiples tradiciones: el pitagorismo, el hermetismo, el neoplatonismo y, principalmente, la propia astrología. Tal síntesis del conocimiento esotérico de la antigüedad se expresó en la Kabbalah en un glifo llamado Árbol de la Vida. Dentro de este, 10 esferas (siete de ellas asociadas a los siete “planetas” tradicionales) llamadas sephiroth representan a las 10 fuerzas, principios o arquetipos cósmicos centrales de la existencia, tanto a nivel macrocósmico como microcósmico.

arbol (1)La virtud de este esquema fue no solo relacionar estos principios cósmicos y crear a partir de estas relaciones un sistema filosófico-místico de varias aplicaciones prácticas, sino reconocer las múltiples manifestaciones de estos principios en el Kosmos. El Árbol de la Vida puede concebirse, así, como un gran fichero simbólico que vincula estos principios arquetípicos con diversos aspectos de la existencia: panteones mitológicos, colores, metales, notas musicales, plantas, perfumes, sustancias, virtudes y vicios, así como otros tipos de símbolos, creando un gran sistema de correspondencias arquetípicas.

Hablando, pues, en general, clasificamos a los dioses y diosas de todos los panteones paganos en los 10 casilleros de los 10 Sephiroth Sagrados, apoyándonos principalmente en sus asociaciones astrológicas para guiarnos, porque la astrología es un solo lenguaje universal, pues todas las personas ven los mismos planetas (...) Todas las diosas de las mieses se refieren a Malkuth, y todas las diosas lunares a Yesod. Los dioses de la guerra y los dioses destructivos, o los demonios divinos, se refieren a Geburah, y las diosas del amor a Netzach... (Dion Fortune, La cábala mística, 1935)

Asimismo, en la filosofía de la Kabbalah, cada uno de estos 10 principios se manifiesta en distintas formas en los 4 mundos que integran la existencia, desde lo más elevado, sutil e inconcebible hasta lo más denso, solido y mundano.

La tarea de reinterpretar la tradición astrológica a partir de una dimensión simbólica moderna fue iniciada a principios del siglo XX por el médico y psiquiatra suizo Carl Gustav Jung. El gran aporte de Jung fue ni más ni menos que la introducción de la psicología del inconsciente en la interpretación astrológica tradicional.

En su exploración y cartografía de la psique humana (empezando por la suya propia), Jung halló que bajo el inconsciente personal popularizado por Freud existe un estrato más hondo, que constituye la estructura invisible de la conciencia humana: lo inconsciente colectivo. En este nivel, descubrió Jung, todas las manifestaciones simbólicas de las diversas culturas se hallan conectadas por una serie de modelos básicos, estructuras fundamentales, patrones de sentido recurrentes, modalidades típicas de aprehensión o ideas primordiales. Recuperando la tradición platónica, Jung los denominó arquetipos.[1] Los arquetipos como tales resultan irrepresentables, pero su existencia se expresa simbólicamente en la imaginería de nuestras fantasías y nuestros sueños, en manifestaciones emocionales o sintomáticas, en el arte, en nuestras formas de conducta y nuestras preferencias, así como en nuestra forma de evaluar y percibir el mundo, incluyendo “posiciones éticas, reacciones instintivas, modos de pensamiento y habla” (James Hillman, Re-imaginar la psicología, 1999). 

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Dotado de una erudición que iba más allá de las limitaciones de su época, Jung encontró la universalidad de estos arquetipos en expresiones culturales de los más diversos ámbitos y disciplinas: mitología, religión, filosofía, así como numerosos sistemas simbólicos de distintas tradiciones esotéricas, tanto de Occidente como de Oriente. La astrología fue uno de estos sistemas. En palabras del propio Jung, “la astrología representa la suma de todo el conocimiento psicológico de la antigüedad”.

Originalmente Jung concibió todo el sistema simbólico de la astrología (los planetas, el zodiaco y los cuatro elementos) como una proyección de los pueblos de su inconsciente colectivo sobre el cielo abierto. El vasto manto estelar y sus múltiples mutaciones habría sido, por así decir, el primer test de Rorschach:

La oscura psique es como un cielo interior sembrado de estrellas, cuyos planetas y constelaciones representan los arquetipos en toda su luminosidad y numinosidad. El firmamento es, en efecto, el libro abierto de la proyección cósmica, el reflejo de los mitologemas, es decir, de los arquetipos. En esta concepción se dan la mano la astrología y la alquimia, las dos antiguas representantes de la psicología de lo inconsciente colectivo. (Carl Gustav Jung, Arquetipos e Inconsciente Colectivo, 1955)

Tal concepción, en lugar de invalidar la idea de una relación real entre los fenómenos astronómicos y los procesos internos de la psique, sugiere la concepción de una aprehensión intuitiva de los pueblos ancestrales del principio hermético de correspondencia: “como es arriba, es abajo.”

La astrología interesaba poderosamente a Jung no solo porque su estructura simbólica resultaba completamente coincidente con su modelo del inconsciente colectivo, sino por el valor que encontraba en ella en la propia práctica terapéutica. Con frecuencia, Jung solía utilizar la carta natal (el "mapa estelar" del momento de nacimiento de las personas) para comprender mejor la psicología de sus pacientes, especialmente en los casos que resultaban más oscuros a la pura hermenéutica psicoanalítica. En una entrevista para una revista astrológica francesa afirmó que “con considerable seguridad puede esperarse que una situación psicológica dada, bien definida, se acompañe de análoga configuración astrológica. La astrología consiste en configuraciones simbólicas del inconsciente colectivo...” (1954).

Por otra parte, en su obra Tipos psicológicos, Jung concluyó que la disposición individual que hace a la propia personalidad humana preexiste como un factor en la niñez, es innata, y no puede ser adquirida en el transcurso de la vida. Toda la tradición astrológica está basada en este principio.

Desde fines del siglo XX, la perspectiva psicológica de la astrología que iniciara Jung fue desarrollada, refinada y sistematizada por sus continuadores, constituyendo hoy en día la visión predominante y más sofisticada de la práctica astrológica: autores como Dane Rudhyar, Liz Greene, Howard Sasportas y, más recientemente, Richard Tarnas, quien le dio el nombre de astrología arquetipal.

El trabajo de Tarnas, centrado especialmente en astrología planetaria, correlaciona de manera precisa los significados astrológicos tradicionales y contemporáneos de los planetas con los arquetipos junguianos, presentando un modelo interpretativo de múltiples capas. En este, los así llamados arquetipos planetarios son comprendidos como 10 principios cósmicos que, a través de sus continuas relaciones, se manifiestan en la realidad en múltiples aspectos. Los movimientos y alineamientos de los siete “planetas” tradicionales (incluyendo el Sol y la Luna) y los tres planetas descubiertos en la modernidad (Urano, Neptuno y Plutón) serían el aspecto visible y macrocósmico de procesos arquetípicos que forman parte del entramado mismo del Kosmos, o al menos de las estructuras creativas profundas que configuran nuestro sistema solar. Los arquetipos, en términos de Tarnas, muy bien pueden considerarse estructuras formativas y principios que existían y se manifestaban antes de la emergencia de la conciencia humana, e incluso, siguiendo al propio Jung, pueden también considerarse la causa de la estructura misma de la conciencia humana. 

 

 

Uno de los rasgos esenciales que los arquetipos planetarios presentan, de acuerdo a Tarnas, es su multidimensionalidad, lo que significa que son principios que se expresan o manifiestan en distintos niveles, grados o estados del Ser sin poder ser reducidos a una sola dimensión de la existencia. En tal sentido, su manifestación puede distinguirse en procesos psicológicos, mitológicos, artísticos, instintivos, biológicos, físicos y metafísicos, individuales e histórico-colectivos. Considerados de esta forma, los arquetipos planetarios pueden ser vistos, como en la noción tradicional de la Kabbalah, como principios que, en diversos niveles de la evolución del Sistema Solar, presentan un proceso de despliegue cada vez más profundo y multidimensional, el cual ya estaba presente potencialmente en su naturaleza:

Se los puede concebir en términos míticos como dioses o diosas (o como lo que Blake llamó “los Inmortales”); en términos platónicos, como principios trascendentes e Ideas numinosas; o en términos aristotélicos, como universales inmanentes y formas dinámicas internas. Es posible abordarlos al modo kantiano, como categorías a priori de la percepción y la cognición (…) de acuerdo con Kuhn, como estructuras paradigmáticas subyacentes que dan forma al pensamiento y la investigación en la ciencia (…) al modo freudiano como  instintos primordiales que impulsan y estructuran los procesos biológicos y psicológicos; o a la manera de Jung, como principios formales fundamentales de la psique humana, expresiones universales de un inconsciente colectivo y, en última instancia, del unus mundus. (Rirchard Tarnas, Cosmos y psique: Indicios para una nueva visión del mundo, 2009)

Por otra parte, los arquetipos planetarios son polivalentes, lo que implica que cada uno de ellos puede manifestarse en cada una de las dimensiones del Kosmos en múltiples aspectos, sin por ello perder su propia unidad de sentido:

El arquetipo de Saturno se puede expresar como juicio, pero también como vejez; como tradición, pero también como opresión: como tiempo, pero también como mortalidad; como depresión, pero también como disciplina; como gravedad en el sentido de peso, pero también en el sentido de seriedad y dignidad. (Richard Tarnas, ibid.)

cosas.solar_.1Finalmente, la astrología arquetipal de Tarnas se aleja de toda idea de determinismo y fatalidad y se sustenta sobre su propia concepción de un Kosmos participativo[2], en el que los alineamientos planetarios que marcan el nacimiento de todo ser humano y los procesos arquetípicos que siguen sucediéndose durante la totalidad de la vida configuran tendencias y fuerzas que pueden ser vividas y expresadas de formas muy amplias de acuerdo a nuestro propio grado de conciencia de estas:

Cuanto más rigurosamente comprenda uno las fuerzas arquetípicas que configuran y afectan su propia vida, más flexible e inteligente puede ser su reacción a la hora de tratar con ellas. En la medida en que no se tiene conciencia de estas fuerzas, poderosas y a veces enormemente problemáticas, se está más o menos a merced de los arquetipos, pues se actúa de acuerdo con motivaciones inconscientes y con muy pocas posibilidades de participar de manera cocreativa en el despliegue y refinamiento de estas potencialidades. El conocimiento de los propios arquetipos produce mayor autoconciencia y, por lo tanto, mayor autonomía personal. (Richard Tarnas, ibid.)

En la última parte, recorreremos simbólicamente los 10 arquetipos planetarios a partir de una síntesis de sus significados esenciales, así como de sus correspondencias arquetípicas en la mitología, la filosofía, las teorías científicas, los símbolos oníricos, así como diversos sistemas esotéricos.