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La obligación cultural de ser feliz podría ser una ruta casi segura a la infelicidad

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Actualmente la felicidad está por todos lados —al menos discursivamente. Algunos nos dicen que la felicidad se encuentra en una lata de refresco y otros que llega sólo cuando hacemos caso a nuestra intuición. Hay quienes rescatan tradiciones antiquísimas y casi olvidadas para extraer un sumario de consejos útiles para ser feliz.

Hace unos meses publicamos una crítica contra la actual política del be happy como un credo existencial contemporáneo: "Sobre la triste obligación de tener que ser feliz". Y es que extrañamente, en esta atmósfera, hay un rostro de la felicidad contemporánea que tiene los rasgos del imperativo. Nuestra época nos ha acostumbrado a perseguir la felicidad. Pero, al emprender dicha persecución, ¿no aceptamos tácitamente que el objetivo puede ser inalcanzable?

Hace poco, en el sitio Big Think, uno de sus colaborares más asiduos y agudos, Steven Mazie, publicó un breve texto a propósito de un fragmento de Kant sobre la felicidad. Como sabemos, Kant es el gran filósofo de la moralidad, un ámbito de la filosofía que inevitablemente se cruza con la exploración de la felicidad si pensamos que esta ocurre en el territorio de lo compartido.

En Fundamentación de la metafísica de las costumbres, un trabajo de 1785, Kant dedica varias páginas a este asunto, visto sobre todo a la luz de la razón. Para el legendario caminante de Königsberg, la felicidad forma parte de una ecuación no tan sencilla en la que están involucradas la racionalidad, la moralidad y una categoría necesaria para encaminarse hacia la solución que el filósofo entiende como “sagacidad”: “la habilidad al elegir los medios para conseguir la mayor cantidad posible de bienestar propio”.

Hasta este punto, el sistema podría funcionar y, como si se tratase de un mecanismo perfecto, ofrecernos un resultado claro sobre qué significa ser feliz, qué se necesita para conseguirlo. Sólo que no es tan fácil, no por un último ingrediente: la experiencia, uno de los nombres de la subjetividad. La experiencia personal determina si encontraremos la felicidad en un auto nuevo o en nuestro platillo favorito, si al observar un atardecer o en el abrazo de alguien a quien queremos y que también nos quiere. Experiencia que además se transforma y cambia al ritmo de nuestra propia vida. Por eso, por la experiencia, es tan complicado decir con seguridad qué nos haría felices en este momento. Al respecto, escribe Kant:

Ahora bien, es imposible que un ser, por muy perspicaz y poderoso que sea, siendo finito, se haga un concepto determinado de lo que propiamente quiere en este sentido. Si quiere riqueza ¡cuántas preocupaciones, cuánta envidia, cuántas asechanzas no podrá atraerse con ella! ¿Quiere conocimiento y saber? Pero quizá esto no haga sino darle una visión más aguda que le mostrará más terribles aún los males que ahora están ocultos para él y que no puede evitar, o impondrá a sus deseos, que ya bastante le dan que hacer, necesidades nuevas. ¿Quiere una larga vida? ¿Quién le asegura que no ha de ser una larga miseria? ¿Quiere al menos tener salud? Pero ¿no ha sucedido muchas veces que la flaqueza del cuerpo le ha evitado caer en excesos que habría cometido de haber tenido una salud perfecta?, etcétera. En suma, nadie es capaz de determinar con plena certeza mediante un principio cualquiera qué es lo que le haría verdaderamente feliz, porque para eso se necesitaría una sabiduría absoluta.

La idea de felicidad de Kant es un poco como una matriz matemática en la que la totalidad es un meta-valor que la hace funcionar. No está ahí entre sus elementos, pero es necesario. Una totalidad que implica conocer todos los factores posibles de una situación para poder prever su resultado. Sólo que, en cuestiones humanas, morales, esto es imposible. Por eso, nos dice Kant, nadie puede decir con qué sería feliz totalmente.

Al glosar este y otros pasajes en que el filósofo se ocupa del asunto, Mazie nos guía por los razonamientos kantianos para hacernos ver que la felicidad puede no entenderse como una búsqueda, sino como apenas el corolario de una tesis mucho más amplia. Una de las enunciaciones del imperativo categórico —clave de la filosofía kantiana, formulado por primera vez en esta Fundamentación…—, dice:

Obra de tal modo que te relaciones con la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin, y nunca sólo como un medio.

Según Mazie, este “imperativo práctico” nos hace considerar a las personas con quienes tratamos a diario como eso, personas, no sujetos que están ahí para complacernos o que sirven a nuestros propios fines, sino como personas “con una dignidad en común que merecen nuestro respeto”. El hombre o la mujer a quien le compramos un café todas las mañanas es un ser humano con una existencia singular, con sus cualidades, sus problemas, su propia historia que por una coincidencia improbable llegó a coincidir con la de ese cliente que a las 8:35 ordena un café americano.

¿Y qué tiene que ver eso con la felicidad? En el ámbito de la ética kantiana, que la única forma de comportarse con esa persona que prepara tu café de camino al trabajo es como si supusieras que esa acción se convertirá en ley universal, dicho de otro modo, como si cada uno de tus actos se convirtiera ipso facto en una norma que el mundo entero estaría obligado a cumplir. ¿Te gustaría que, de esa mañana en adelante, todos estuviéramos obligados a ser descorteses con quien prepara nuestro café?

Ahora sí tiene sentido el imperativo categórico de Kant, ¿no? Como vemos, se trata menos de una obligación hueca como la contemporánea —un “Sé feliz” que se agota en el imperativo de la consigna— y más de una actitud coherente con un sistema más amplio en donde la felicidad es apenas un engranaje, un elemento de una vida mucho más plena: la vida en el mundo que es, al mismo tiempo, filosofía y praxis.

Twitter del autor: @juanpablocahz

Monje budista le enseña a una niña cómo dejar de sufrir por las opiniones de los demás (VIDEO)

AlterCultura

Por: pijamasurf - 03/18/2015

Si quieres escapar de la dicotomía de sentirte bien cuando alguien habla bien de ti y mal cuando alguien habla mal de ti, escucha estas palabras con las que Thich Nhat Hanh contestó a la apremiante pregunta de una adolescente

 

 

La mayoría de las personas se guía por las presiones sociales: somos animales políticos y el colectivo resuena en nuestro interior. Esto es algo natural, siendo parte de una especie cableada para buscar la aprobación y la seguridad que brindan los signos de confort social: las sonrisas, los asentimientos, los gestos de simpatía. Sin embargo, esto a veces nos puede llevar a un infierno interno o a una parálisis enajenante en la que nuestros actos y pensamientos son determinados por nuestra preocupación por cómo serán recibidos por los demás.

En una conferencia con el monje budista vietnamita Thich Nhat Hanh, una niña se atrevió a preguntarle sobre la enorme influencia que los demás ejercen en nuestra vida psíquica. "Cuando alguien habla bien de mí me siento feliz, cuando alguien habla mal de mí me siento infeliz". Esto es problemático porque nos deja como veletas de las opiniones externas y nos hace completamente dependientes de factores que no podemos controlar.

Thich Nhat Hanh, quien también es poeta, explica que para escapar de esta tiranía de los juicios ajenos es importante explorar profundamente la propia conciencia y encontrar una epifanía ("insight"), esa médula de certidumbre (que tal vez alguien identificaría con el alma), y desde esa profundidad moverse:

Ten fe en ti misma. Si vemos las cosas profundamente, las entenderemos... y [así] encuentras ese insight, lo que te da confianza en ti misma--encuentras la paz respirando y crees en ello... practicas respiración consciente y sabes, por tu propia experiencia, que eso te ayuda, así que las opiniones de las otras personas no te hacen abandonar esa creencia... te das cuenta también que la noción de la belleza difiere entre cada persona... son sólo nociones y opiniones, cada quien piensa distinto... pero sabes que eres una flor en el jardín de la humanidad, perteneces al reino de Dios como cualquier cosa... eres la continuación de esta belleza y las opiniones de los demás no te afectan... Puedes así cultivar  la semilla de la compasión en ti y saber que tienes un valor.

El monje vietnamita le cuenta una historia sobre lo que le ocurrió en la guerra, cuando en su pueblo decidieron no tomar partido entre los bandos en conflicto:

Pensaban que éramos estúpidos porque no tomamos un partido, si tomas algún partido al menos te protegerá uno de ellos, pero si crees que tu camino es la compasión, sigues adelante... muchos pensaban que éramos comunistas, otros pensaron que éramos proamericanos, pero de todas maneras continuamos con nuestro camino, porque creímos en nuestros valores... si continuas así serás como una montaña que no puede ser asaltada por las opiniones, así que buena suerte.

En otras palabras, Thich Nhat Hanh señala que la clave es creer en ti mismo y practicar la compasión, habiendo descubierto la belleza del mundo del que somos parte.