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La filosofía del "be happy" frivoliza la felicidad, presionándonos para serlo y exigiendo que documentemos y compartamos nuestros momentos felices

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 Happiness is a warm gun...

John Lennon

La persecución de la felicidad es tal vez el mayor cliché cultural que nos acecha: las imágenes de sonrisas desbordadas que deambulan en las redes sociales, los grandes hits musicales diseñados para celebrarla, los épicos finales felices de Hollywood, los libros de auto-ayuda, las sectas semi-místicas y los coloquios ‘superacionales’ orientados a ayudarte a alcanzar esta experiencia. En internet cada vez son más populares los instructivos, consejos o rutas para ser feliz –incluso aquí hemos publicado textos como “Estos son los hábitos de las personas verdaderamente felices” o “La atención presente es la clave de la felicidad”. Sobrados son los ejemplos que tenemos de esta búsqueda masiva –por cierto aprovechada hábilmente por el mercado bajo la promesa de que, si consumes, alcanzaras dicho estado.  Pero, ¿qué es la felicidad?, ¿existe?, y en caso afirmativo, ¿es algo que puede ‘conseguirse’?

Disertar sobre la probable naturaleza de la felicidad sería tarea larga, polémica e inevitablemente imprecisa –quizá porque está diseñada para vivirse y no para describirse o demostrarse. Pero, en todo caso, ya lo intentamos alguna vez hace un par de años, en el texto “Es probable que alcanzar la felicidad sea algo imposible”. Independientemente de esto, la ansiedad cultural por ser feliz resulta un tanto nefasta, en parte por que la felicidad no debiera considerarse como una ‘obligación’, como un criterio para determinar la riqueza de una existencia en particular y ni siquiera, creo, debiera de postularse como un objetivo de vida. 

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3 casos para reflexionar un poco

Recuerdo un estudio realizado por un psicólogo de la Universidad de Stanford, que comprobó que contemplar la felicidad ajena en Facebook nos deprime. Cito este ejemplo porque creo que ilustra un par de aspectos que distinguen a esta filosofía de vida pop, la cual podríamos denominar como el “be happy”. Repasemos brevemente lo que proyecta este fenómeno.

Por un lado nos encontramos con que la felicidad debe, idealmente, demostrarse –es básico documentar tus momentos aparentemente felices y compartirlos. Creemos que por ver a una persona constantemente sonriente, por ejemplo una celebridad en las revistas de entretenimiento, esa persona no sólo es realmente feliz sino que lo es de manera consistente. Entonces, al ver en Facebook las fotos de mis “amigos” irradiando felicidad tiendo a pensar que, como tal vez yo en ese momento no me encuentro en esa misma frecuencia, ellos son más felices que yo, y eso me deprime.

Otro caso interesante es la campaña #100HappyDays, que reta a las personas a vivir diariamente, durante 100 días, un momento feliz y a publicar en una red social la prueba o el detonador de ese momento. Si bien esta iniciativa apela a que los actuales ritmos de vida no te permiten tener tiempo para vivir momentos felices, pues no logras estar jamás en el aquí y ahora, una reflexión que parece pertinente, la frívola invitación a experimentar y documentar 100 días de felicidad raya en lo patético. ¿Por qué tengo que acumular happy points durante poco más de tres meses y demostrarlo en mis redes sociales para que yo mismo me lo crea? ¿Qué pasa si un día simplemente no estoy en ánimo de vivir momentos felices y prefiero, por ejemplo, entregarme a la nutritiva elegancia de la melancolía? ¿Pierdo mis happy points? ¿Y si elijo guardar algunos de mis instantes de felicidad en un jardín secreto y no ventilarlos en mi Twitter, entonces fracasé?

El tercer y último ejemplo que me gustaría citar es la aplicación Jetpac, por cierto creada para conmemorar el “Día Internacional de la Felicidad”, y la cual determina que países son los más felices de acuerdo al tamaño de las sonrisas de los retratos que usuarios de cada país publican en su Instagram. Entonces los que más sonríen, y los que sonríen más grande, automáticamente obtienen la distinción de “los más felices”.

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Como podemos ver, los tres casos que hemos repasado tienen como hilo conductor la necesidad de demostrar ante otros la felicidad. Esto, en el mejor de los escenarios, me remite a que para avalar mi experiencia primero tengo que certificarla ante una comunidad externa, y entonces sí, creerla. Pero también podría remitirnos a una especie de competencia para ver quién es más feliz o a una angustia ante la naturaleza pasajera de dicho estado, lo cual me exige ‘inmortalizarla’ rápidamente en una fotografía.

Conclusión

Me cuesta creer que la felicidad es un estado externo, asequible y contemplable. Además, pareciera que en todo caso es una experiencia que para encontrarse no debe buscarse, sino simplemente resulta de un conjunto de acciones o actitudes que adoptas de forma acertada y entre cuyos beneficios se incluyen momentos felices.

En lo personal me parece mucho más atractiva “esa sobria calma que podríamos llamar ‘paz interior’ (algo así como contemplarnos frente a un espejo, en silencio, y degustar imperturbables el reflejo de todo el universo)”. Y, sinceramente, no podría concebir una dinámica en la que yo documento y comparto esos instantes en los que me siento tranquilo conmigo, con mi entorno y con la interacción entre ambos.

Creo que la felicidad corresponde más a un estado efímero que por momentos sube y, como tal, tendrá que bajar. De hecho, Dostoievsky advertía que la felicidad es eso que experimentamos tras un encuentro con lo más profundo de la infelicidad, mientras que Jung afirmaba que, sin momentos de tristeza, la felicidad pierde cualquier sentido. Pero en todo caso, más allá de cuál sea tu opinión al respecto, te invito a no sentirte obligado a ser feliz, a no necesitar de una foto que documente tu momento feliz para considerarlo genuino y a reflexionar sobre las maravillas de otros estados, por ejemplo la melancolía o, por qué no, la tristeza.

En fin; sonríe y, si lo logras, no olvides capturar el momento. 

Twitter del autor: @ParadoxeParadis 

 

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Nunca ha sido tan fácil saber un poco de muchas cosas y aparentar que sabemos de todo ¿Qué significa esto para la calidad de nuestras interacciones y el verdadero conocimiento?

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Quizás no nos damos cuenta de lo raro que es esto: podemos estar en casi cualquier parte del mundo e iniciar una conversación sobre un tema cultural al azar y es probable que la persona con la que conversamos, aunque sea desconocida y haya nacido en un país que en un principio nos podría parecer exótico, tenga por lo menos una vaga noción de lo que estamos hablando y logre al menos fingir que sabe de lo que estamos hablando sin que nos demos cuenta de que está fingiendo. Y seguramente todos estaremos contentos de seguir nuestra conversación superficialmente, reafirmando nuestra pertenencia y nuestra homogeneidad sin arriesgarnos a que descubran que no sabemos y que somos diferentes. Esto, sin embargo, no siempre ha sido así. Antes las personas sabían cosas distintas, que eran inaccesibles al no ser parte de una cultura específica.

Supongo que esto es a lo que se refieren las compañías de teléfonos celulares al siempre decirnos que nos conectan con el mundo  y que todo el territorio ya ha sido colonizado por la tecnología.  Todos conectados en la misma línea, viendo las mismas imágenes y consumiendo la misma información. Navegando por la superficie, en la era de la híper-información, con un escudo de datos y factoides, atentos a las modas: saber lo suficiente para que los demás no descubran que no sabemos y nos desnuden (como una nueva pesadilla de ir desnudos a la escuela o al trabajo).

Een un interesante artículo en el New York Times, Karl Taro Greenfel escribe:

Nunca ha sido tan fácil fingir que sabemos tanto sin verdaderamente saber nada. Elegimos temas y bits relevantes de Facebook, Twitter o alertas de email y los vomitamos después. En vez de ver Mad Men, el Superbowl, los Óscar o el debate presidencial, simplemente puedes navegar los feeds de alguien haciendo live-tweets del evento o leer los encabezados de los diferentes sitios. Nuestro canon cultural está siendo determinado por lo que sea que tenga más clicks.

Hoy no sólo podemos saber sobre todo lo que está pasando en el mundo de las celebridades o de la política internacional en 15 minutos de dieta informativa, también podemos agenciarnos de un pequeño arsenal de alta cultura en la presentación de quotes y frases célebres o datos wikipédicos suficientes para impresionar a una chica o defendernos mínimamente en una cena en una embajada. Es más, podemos escribir sobre literatura y filosofía sin haber leído libros de los abstrusos autores de los que hablamos –pero eso sí, disparar una frase inspiracional, fresca de recibir cientos de retweets, un gancho al hígado del lector ávido de encontrar sus creencias reflejadas, cultivando un aura intelectual para nuestra reputación en línea. Esto no siempre ha sido así –antes la mayorías de las personas, cuando hablaban sobre un autor, en realidad habían leído libros o, al menos, artículos completos de ese autor.

Taro Greenfeld sugiere  que existe una presión para saber –o para parecer culturalmente letrados, para así salir a flote e ilesos en nuestras interacciones sociales. “Nos acercamos peligrosamente a dar un performance de sapiencia que es en realidad un nuevo modelo de no-saber-nada”. ¿Saber un poco de todo es lo mismo que saber mucho de nada? O, ¿de toda esta panoplia de trivia, de todas las conexiones de datos superfluos, del agregado hipervinculado surge, como de un gestalt holístico, la sabiduría? Aldous Huxley famosamente dijo que lo importante no eran las experiencias que tenemos sino lo que hacemos con ellas y la forma en la que las procesamos; seguramente, lo mismo ocurre con la información: no importa tanto la cantidad y hasta la calidad de la información que tenemos sino nuestra capacidad de procesar, relacionar, detectar patrones e incluso transformar esa información en conciencia.

NPR hizo un ejercicio ilustrativo de lo que ocurre en nuestra era. Publicó en el día del April Fool’s Day una nota con el título Why Doesn’t America Read Anymore? (¿Por qué ya no se lee en Estados Unidos?). La nota se viralizó en Facebook obteniendo numerosas interacciones, incluyendo muchos comentarios de personas que aseveraban que ellos si leían o que exhortaban a los demás leer la nota. La nota, por supuesto, era una broma y su único contenido era afirmar que era una broma. Una inteligente treta motivada por la sensación que tenían los editores de que las personas comentan y comparten artículos que no sólo no han leído sino que ni siquiera han visitado.

Esto mismo lo hemos constatado en Pijama Surf; algunas de las notas tienen más shares en FB que vistas (lo cual claramente muestra que muchas personas comparten notas que ni siquiera han visto). Lo mismo ocurre con los comentarios, lo cual nos muestra el gran nivel de discusión que, en ocasiones, ocurre en estas notas.

Escribiendo algunos posts me doy cuenta de que entre menos denso y cargado de referencias sea el texto más éxito tendrá el post, especialmente si se pueda sintetizar en una lista de bullets o frases cortas. Queremos que alguien desbroce y desglose para nosotros el contenido y sólo leer lo supuestamente esencial –las perlas exprimidas—, pero no queremos atravesar ese proceso mayeutico con el autor. Pronto desarrollaremos una reacción alérgica cuando veamos una serie de largos y densos párrafos con enunciados igualmente extensos desdoblando múltiples significados y evocando múltiples momentos en la cámara de ecos del texto (tiempo desgranado, espejos), como si no pudiéramos respirar por tantos caracteres hacinados en el texto, buscando el espacio blanco como el aire.

Tal vez en algún momento descubrimos que no era necesario saber mucho, que con un cierto mínimo podíamos obtener los beneficios sociales de saber. En un examen de escuela leímos los cliffnotes (versión resumida de un texto comúnmente usado por estudiantes anglosajones) de una novela y pasamos el examen. O salimos con una chica y fingimos que sabíamos del tema que le interesaba o que conocíamos un país al cual ella quería ir para impresionarla, y conseguimos más fácilmente su afecto. A esto se  suma internet, donde estamos a un click de distancia de obtener un resumen especializado de cualquier tema que nos interese.

Así, haciendo una reverencia a la tradición recordemos a Sócrates, quien, como todos sabemos (y este es uno de los conocimientos globales infaltables que pueden hacerte pasar un rato vergonzoso en su pifia), dijo: "Yo sólo sé que no sé nada". Eso es lo que se llama un buen comienzo en el camino de la sabiduría. En medio del simulacro del conocimiento resulta hasta más simpático no saber --no saber lo que todos saben. Ser una cabeza vacía parece más interesante que ser una cabeza llena de datos anodinos o de frases hechas dichas por alguien más, cuyo sentido y contexto ignoramos. No saber es también una postura más honesta, y la honestidad es evidentemente el paso fundamental para la verdad. La filosofía platónica decía que "saber es recordar" pero quizá actualmente, antes, debemos olvidar para poder acceder a una capa de memoria más profunda.

Twitter del autor: @alepholo