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En este museo puedes tomarte las selfies que quieras con grandes obras de arte (FOTOS)

Por: pijamasurf - 03/29/2015

En vez de intentar prohibir una tendencia, este museo en Filipinas aprovechó la fiebre contemporánea de las selfies para ofrecer a sus visitantes la posibilidad de experimentar el arte desde esta práctica lúdica

Como sabemos bien, buena parte de la vida contemporánea la experimentamos sólo por mediación de una pantalla, inevitablemente en algunos casos, pues hay elementos de nuestro mundo que sólo existen digitalmente (un tweet, esta nota, un video de YouTube); otras veces, sin embargo, se trata de un acto deliberado, por ejemplo, en un concierto, cuando casi como en un acto reflejo los asistentes sacan sus teléfonos y comienzan a grabar algunos minutos del evento.

El arte no escapa a esta situación. De hecho, no es extraño que, antes que apreciar una pintura o una escultura, el primer impulso del espectador sea más bien tomarse una selfie con la obra en cuestión. Una evolución sin duda interesante: las obras que por siglos se han celebrado como cimas de la estética, la creatividad y otros valores positivos del ser humano, ahora son poco más que objetos cuya única utilidad parece ser alimentar la máquina de narcisismo y consumo de imágenes que tanto caracteriza a este momento de la historia.

Por estas y otras razones, el museo filipino que ahora presentamos llama tanto la atención. Porque, con humor e ingenio, convierten esa curiosa relación entre el arte y el espectador en su oferta como espacio de consumo cultural. En Art in Island, situado en Manila, es posible tomarte todas las selfies que quieras con reproducciones de pinturas célebres.

El museo, claro, es notablemente lúdico, y en cierta forma esa es su diferencia. Muestra que el arte puede perder cierta solemnidad que a veces lo rodea, pero sobre todo, que es difícil o imposible frenar ciertas conductas colectivas cuyo control incluso está más allá de los individuos que las ejecutan.

Imágenes vía Hyperallergic

“Epifanía del ocaso", una instalación ritual de música y luz de James Turrell

Por: pijamasurf - 03/29/2015

El célebre James Turrell presenta su pieza "Twilight Epiphany", una inquietante experiencia de sonido y color

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James Turrell (Pasadena, 1943) es uno de los artistas estadounidenses vivos más reconocidos, singular por la materia con que ha edificado su obra, que se acerca ya al medio siglo: la luz y el paisaje, el espacio y el horizonte que se ofrecen gratuitamente a nuestros sentidos. A pesar de su larga trayectoria, fue hasta hace poco más de media década que se erigió como uno de los artistas de moda, y no sólo por su talento evidente, sino por que sus piezas dan mucho más de lo que exigen a cambio –es decir, ofrecen experiencias sensoriales que pueden disfrutarse cómodamente.

Fiel a su estilo pero incorporando también recursos tecnológicos de nuestra época Turrell montó alguna vez, en el campus de la Rice University, Twilight Epiphany, Epifanía del ocaso, instalación en la que vista y oído cooperan para generar un laberinto multisensorial hecho de música y luz.

En el caso de la música, son alumnos y profesores de la Shepherd School of Music quienes en cada ocasión improvisan y experimentan. Para la luz, Turrell vuelve a jugar con la percepción y los mecanismos con que nuestro cerebro interpreta la señales luminosas y, como si implementara un trompe-l'œil tecnológico, dispuso luces LED en el techo de la estructura donde se desarrolla la experiencia de tal modo que, en una variación regular, llega el momento en que el espectador ve colores que simplemente no están ahí.

Asimismo, el espacio parece dispuesto para un rito de iniciación, una especie de montículo sacro que recibe en su centro la luz mortecina y fatigada del atardecer. Este diseño, por cierto, es obra del arquitecto neoyorquino Thomas Phifer.

Se trata también de una experiencia que en algún modo recuerda Atlas descrito por el cielo, la novela del serbio Goran Petrović en que sus personajes, decididos a pintar el techo de una habitación de color azul, terminan por quitarlo y dejar que sea el propio panorama celeste el que dibuje esa trama de luz y color.