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¿Qué quiere decir pasar de un orden a otro orden?

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Hay un concepto sin el cual ninguno de los demás que me interesan se iluminan bien. Es el concepto de cambio; un “crack”. ¿Qué quiere decir pasar de un orden a otro orden?

2 mil años atrás Ptolomeo configuró un orden planetario. La Tierra en el centro y los otros planetas y el Sol girando a su alrededor. (Vamos a olvidarnos de los debates concomitantes a este de si órbitas circulares o elípticas y demás). El orden ptolemaico ocupó durante siglos el lugar de la verdad y de la realidad. Poco importaba si los registros sensoriales lo confirmaban o tendían a refutarlo; su imposición tenía una entidad superior.

Pero la humanidad es inquieta y se mueve, y en los mil 500 años posteriores trabajó arduamente sobre el orden ptolemaico. Hizo de todo con él, menos sustituirlo por otro. Epiciclos sobre epiciclos hasta niveles complejísimos de desarrollo contorsionaron el modelo hasta hacerlo decir y justificar casi todo. Solemos llamar a ese proceso incesante, lineal y continuo, “progreso”. La humanidad progresó el orden ptolemaico, le dio evolución.

Hasta que por el 1600 llegaron aires oblicuos y Copérnico se impuso.

La vida es vida desde que la muerte es muerte. Verdad basal que luego tendemos a olvidar. La duración media de la vida humana va progresando sobre la Tierra. Digamos que a razón de unos pocos años por siglo, aunque presentimos que el progreso no es constante; vienen aceleraciones. Ganamos años a la vida a una velocidad que comienza a desvelarnos. ¿Nos acercamos a los 100 años de vida media? ¿A qué tiempo estaremos de los 200? ¿Y de los 300… y de los mil años?

Progresamos en nuestra longevidad encaramados en el progreso de la ciencia. Evolucionamos.

Cuando Copérnico irrumpe, no lo hace alineado al progreso ptolemaico. Él entra oblicuo y redefine el orden básico. Copérnico quiebra. No sigue el camino de los ajustes infinitos del orden establecido. No pule el orden ptolemaico; lo contradice y lo redefine. Es otro tipo de intervención con otro tipo de consecuencias.

Copérnico sustituye aquel orden por otro orden nuevo. Es un ejercicio iniciático, básico, esencial, fundacional. Redefine el modelo sacando a la Tierra del centro del ecosistema y colocando en su lugar al Sol… Y todo eso, visto desde la Tierra.

Copérnico cambia de orden y con esa intervención redefine la realidad que él engendra. Sustituye el orden básico y ya nada es igual. Copérnico cambia.

De ese tipo de “crack” hablo. En la aparente continuidad de una progresión, de pronto y como por acaso se produce una disrupción y lo que era continuo se vuelve salto. La tranquila evolución de un orden se ve súbitamente alterada por una revolución, un quiebre que subvierte todo a partir de un nuevo orden.

Las cartas se reparten de nuevo. Son aquellos mismos planetas y su fuente solar, pero dispuestos de otro modo, en otro orden. Cambia el orden simbólico de las piezas básicas –a eso llamamos “cambio de orden”-- y entonces cambian los múltiples efectos de sentido y de valor que de él emanan.

El cambio no es efecto de la progresión, sino de la inflexión. Cae la serie semántica de proceso, desarrollo y continuidad y entra una nueva con otros padrones.

Si hablamos de cambio, entonces ya no hablamos de mejoras, de ajustes, de afinaciones y recreaciones; al contrario, pasamos a hablar necesariamente de innovación, creación, transformación y disrupción. De la conservación a la revolución.

(Hablo de lo mismo que hablara Thomas Kuhn  cuando se refería a los "cambios de paradigma" en su La estructura de las revoluciones científicas).

Es necesario para eso tener en mente un modelo gráfico de dos vectores paralelos. La continuidad del proceso sobre una recta es progreso, evolución –si va en sentido de origen a destino, y la disrupción pasa por el salto de un vector al otro, que a eso lo llamamos revolución. El punto de salto debilita al vector en evolución y el punto de caída origina el nuevo vector creado.

Salto de adrenalina –claro está, pero también –nobleza obliga-- salto de vértigo y sobre todo, salto de riesgo. Salto porque lo que se supera es un abismo, un quiebre, una falta de articulación, una nada. Es la falta misma de conexión y continuidad.

El imaginario cientificista que gobierna el sentido común de nuestras sociedades no consigue despegar a la ciencia de la continuidad y el progreso; es la forma estereotipada con la que pensamos los procesos. Por eso es tan difícil descontinuar, quebrar y refundar; porque el sentido común no nos deja y tiene demasiados adeptos.

Hay dos nociones de gran prestigio y fuerza política que se ven sacudidas por este debate. Me refiero a la realidad y al sentido común. El “crack” del que hablamos relativiza la realidad; y vaya sinsabor para la realidad el de verse relativizada... Lo que llamamos realidad no es otra cosa que la matriz de sentido que emana del orden establecido. Y como el orden siempre parece eterno, ella aparece como inmutable. Es un efecto, pero se nos presenta como causa y se pone como determinante.

Cuando se produce una transformación, otro orden sustituye al vigente y otra matriz de sentido y valor emerge y se impone. Hay un momento incluso en que conviven dos realidades, discontinuas y contradictorias.

La realidad, acostumbrada a su hegemonía, se ve desbancada. Revolución. Crisis. Conmoción. Emoción. Temblores. La realidad se revela como construcción y su peso político cae en descrédito. Todos dudamos. Todos somos otros.

Como se ve, el gesto disruptivo tiene un calado vertical tan profundo que incomoda al nervio. Saca de quicio, quiero decir. Por eso es infrecuente.

Y el sentido común, que era subsidiario eficiente y cómodo de la realidad impuesta, se vuelve de buenas a primeras, nada. Antes nomás era la convergencia completa de las percepciones a favor de la ratificación constante del valor de las premisas del orden vigente. Parecía que lo que sentíamos siempre confirmaba el orden vigente; política y percepción se alineaban como por causa divina. Y como nos gusta y necesitamos convencernos de que no hay nada más libre e independiente que los sentidos, entonces su ratificación caía como una sanción celestial y obturaba cualquier debate. Pero no. El sentido común es la sensación más influenciable del mundo y la más dependiente de todas; el sentido común es alienación. Él sólo responde al poder. Sólo sabe confirmar, nunca impugnar. Por eso no nos sirve. Es intrínsecamente cobarde y subalterno.

Claro que en la escuela debemos saber que hay al menos otro orden posible. Un modelo donde hay profesores, alumnos, conocimientos, aulas, materiales…. Pero no en el orden y bajo la estructura en que están hoy. No se trata de que no haya Sol, sino de qué posición ocupa el Sol en el nuevo ecosistema; lo mismo que los alumnos o la creatividad. Redefinir el orden, cambiar las posiciones relativas. Eso tenemos que hacer! Y cambiará todo.

Cómo deseo el momento en que nos gobierne la angustia de las dos realidades superpuestas e inconciliables. Eso es lo que debemos lograr. Ese movimiento nos liberará hacia la otra escuela. Un momento vertical, franco y seco que reconfigure de una vez. Un giro nuevo, hecho de un nuevo orden de piezas históricas.

No estamos en una historia de progreso. No vendrá lo nuevo por evolución de lo impuesto. No hay continuidad. Giramos en vacío y toca saltar (y todas sus connotaciones). Ni hay, tampoco, matrices de valor y sentido compatibles. Hay tensión, subversión y estampidas. Hay crisis de poder. Debe haber cambios de rumbo. Hay caos, sobre todo en los instantes de la duplicidad. En esos momentos en que dos ordenes conviven, todos vemos doble. Reina la confusión. Orilla la revolución.

Queda más, lo sé. Pero siento necesario un acuerdo robusto en este plano de la discusión para poder seguir adelante. Porque lo que sigue no es fácil; el miedo y los ridículos nos acosarán. Por eso debemos construir un sólido acuerdo de base, que nos fortalezca cuando las dudas lleguen, cuando las ratas abandonen los barcos, cuando por un momento nos sintamos solos y parezca que el calor y la falta de agua se están cargando nuestras facultades básicas.

Ellos podrían ser cualquiera –tú o yo o tú y yo. Son una pareja que atraviesa por problemas sexuales. Como tantos. Preguntan, se informan y reciben dos recomendaciones. Dos opciones, como solemos decir. Acudir a un sexólogo o visitar a un psicoanalista.

Por razones prácticas –digamos, acuden primero al sexólogo. El Doctor los escucha un poco, los alienta mucho y los guía después. Paso a paso en la evolución sexual del matrimonio. Epiciclos de epiciclos que les devolverán el goce perdido. Artes y artilugios para recuperar el placer. Reconexión. Progreso. Un paso adelante. La solución.

Salen felices; sienten que se han recuperado. Saben cómo y por dónde y tienen un pronóstico. Es sólo hacer y esperar. Aplicar. Reconocerse. Recuperarse. Y lo hacen… y suben… y vuelven a bajar. Lo que duran esas (auto)ayudas.

El problema se reinstala, de nuevo; repetimos, infelizmente. Toca probar la otra opción. Y van.

Los recibe el psicoanalista, que habla menos y escucha más. No calma. ¿Qué hará?

Deja que el silencio reorganice las piezas. El problema es de ellos y la solución, si viene, también deberá venir de ellos. No se pone en el lugar de la solución; se presenta como gestor de las relaciones relativas. Arma el orden de las cosas.

Y luego pregunta, sin connotaciones: ¿ustedes se aman?

Su intervención está en otro plano. Es de otro modelo. No va en busca de los nuevos epiciclos de aquel sexo desgastado. Se detiene y escala un nuevo orden; robusto y sano. El del amor. Y si no viene, pues entonces no hay nada que hacer.

Ya más computadoras iguales no vale la pena hacer; o se hacía la Mac o mejor no se hacía nada –volvió gritando Jobs. Eso hace el psicoanalista: pone a Job ante el dilema ético de si está dispuesto a abandonar su lugar de mártir y migrar a fiel. Si sí, entonces habrá futuro; si no, entonces sólo se sucederán repetición y espejismos.

Luego, como siempre, la vida tiene sus matices.

Twitter del autor: @dobertipablo

El conocimiento es una construcción social dinámica y colectiva. No estamos preparados –los profesores-- para esto. Habrá que prepararse
[caption id="attachment_93657" align="aligncenter" width="526"]Imagen: Municipal Archives of Trondheim Imagen: Municipal Archives of Trondheim[/caption]

A la clase de hoy –de mañana-- le damos un tema. Más que un tema, un título. Como el de una novela; una instigación, una cifra. Amores Brujos; Sangre de Amor Correspondido; u otro.

25 o 30 alumnos, distribuidos de una manera que no suponga jerarquías; ni entre ellos ni con respecto a ti. En círculo o en elipse, habitualmente. Nos preparamos para una conversación grupal sin frente… ni fondo.

Hasta aquí todo parece conocido y hasta remanido. El secreto es que su sentido y sus efectos pedagógicos nuevos pasan por su detalles; por sus mínimos detalles clave. Vamos a ver.

Apenas empieza a rodar el diálogo notarás que hay alumnos que se crecen y otros que se esconden. Se nota hasta espacialmente. Hay que intervenirlo. Hay que traer al escondido al centro y diluir un poco al acaparador. Es una labor necesaria del gestor del aula (el maestro, quiero decir). Hacerlo no tanto por equidad, sino porque estamos convencidos de que el acallado tiene más que decirnos que el exaltado; es decir, apostando al aporte del silenciado. Y haciéndoselo saber, al mismo tiempo que obligándolo a participar. Este proceso se dará una y otra vez a lo largo de los 50 minutos de debate; y una y otra vez deberás remontarlo.

También es verdad que el diálogo muchas de las veces no rueda. Y tú fuerzas con premisas bien intencionadas, pero inútiles, del tipo “¿quién quiere decir algo?”; ¿alguien tiene alguna pregunta para empezar?”, etc. Así no empiezan los debates. Los debates no empiezan por voluntad, sino por incomodidad. El que habla primero, habla porque no está cómodo con algo. Lo más eficaz es el silencio. El primero que habla lo hace porque no soporta el silencio de que nadie hable, ni tú. Pero bien sabes que nosotros tampoco lo soportamos y entonces solemos ser nosotros mismos los que hablamos para calmarnos y aplastar la sala; es una compulsión magisterial. Pues te recomiendo que una vez que tengas un buen título para ese día de trabajo, te calles y te sostengas ahí. Deja ver.

Ah, y algo muy importante. Es probable que –sobre todo en ámbitos escolares-- tengas uno, dos o más alumnos que leen muy rápido esas instancias en las que la institución está en peligro (pasa mucho en las empresas y sus convenciones) y entonces, por obediencia debida y una responsabilidad institucional que se autoindilgan, se largan a hablar. Dicen obviedades; intentan apagar el buen efecto que estabas construyendo con enlatados estándar. Y hablan bastante –además, matando la tensión intrigante que tanto te estaba costando construir. Déjalos (sería muy violento callarlos tan rápido, recién estamos comenzando), pero por favor no cometas el error de responderles o hablar tras ellos; no los crezcas; cuando hayan acabado (o cuando parezca que están por acabar, mejor aún), apúrales un “gracias” y devuélvete al silencio, sin siquiera mirarlos (porque podría parecer que quieres más). Deja claro que ese tipo de participaciones no.

Si el silencio funciona, pero no lanza a nadie a hablar, a una buena hora y luego de una recorrida visual 360 grados, haz un gesto con alguien cuando cruces miradas. Levántale las cejas como diciéndole “¿y tú?”. Si notas excesiva vergüenza, apiádate; si no, pídele su palabra. Exígesela, mejor dicho. “Quiero escucharte”.

También podrías irte por otro camino. Una vez enunciado el título de la clase, cuéntales una historia. Pero eso sí, una historia. Podría ser una parábola, hasta podría llevar moraleja explícita, pero debe tener estructura narrativa y ser suficientemente particular. “Había una vez” y “la historia de Amanda, una mujer que….”. Nada de conceptos y menos de descripciones mensas. Cuéntala bien. Haz énfasis, pausas, emplea tonos, utiliza buenos recursos de captación de la atención; recuéstate en los géneros. Párate, tal vez. Si quieres, utiliza a alguno de los 25 o 30 alumnos que ahí tienes para que te digan algo que necesitas, una pregunta cerrada y obvia que los haga simplemente temerte. Y síguele. Levanta alguna carcajada, pero no pierdas el control. Cuida mucho que el inicio de tu historia sea eficiente.

Cierra la historia y recuérdales el título, que debe ser el mismo de la clase. Y ten un par de preguntas provocadoras, por si nada ha funcionado. “¿Tú también has deseado algún día ser otra persona?”. “¿A ti también te molestan los soberbios y los omnipotentes?”.

Tercera opción. Válete de una pregunta problematizadora. No es necesario que afirmes nada verdadero, sino simplemente instigador. Voy a darte un ejemplo que estamos discutiendo justo ahora, de cara a un encuentro con directores que estamos organizando. Debes hacer una pregunta incómoda, inquietadora e intrusiva. ¿Por qué quieres vender tu escuela?, por ejemplo, para preguntarles a los directores de escuelas. Afirmas que quiere vender, lo cual no es cierto, pero es eficiente. ¿Te da orgullo lo que hace tu maestro de matemáticas en sus aulas?, presuponiendo que no le da y que aun más, no sabe lo que él hace. Inquietas, desafías, obligas a tomar posición. Desatas. Conecta esa pregunta con el título, siempre.

Probablemente, luego de todo esto hayas conseguido que aparezca alguna participación razonable que ponga en marcha el trabajo; al menos alguna que nos dé una entrada. Imaginemos que sí.

Ahora empiezan los desafíos del debate mismo. Tienes dos riesgos, igualmente grandes. El riesgo de volverte apenas un administrador de la palabra de tus alumnos que estimulados por aquello piden la palabra unos tras otros y se encadenan entre ellos sin parar. Tendrías ganas de pensar que ha sido un éxito y sentirte satisfecho, pero no nos confundamos: tu objetivo no es apenas que ellos hablen y que haya debate viral. Aspiramos a más. El otro riesgo es volverte editorialista de cada intervención y cada vez que recoges una intervención y te preparas para pasar a la siguiente, emites juicio, ponderas, das sentido y aburres; escolarizas, pues. En esos momentos es muy importante regresar a los objetivos.

Te propones echar a rodar un ambiente en el que se verifique nuestra hipótesis principal en este punto: que el conocimiento es una construcción social dinámica y colectiva; que surge del juego social vivo de la discusión, la alternancia, el debate, la negociación, la colaboración y demás. Y que la conclusión (el producto) no tiene la forma acabada de las pastillas de conocimiento positivo, sino que adopta una forma más gelatinosa, polivalente, con matices, costados, a veces contradicciones, ramas digresivas, etc. Y que funciona como conocimiento siempre asociada a cada una de las personas que participó de su construcción, de la manera en que a ella (Elena) esa construcción le hizo sentido. El producto es el fortalecimiento del sujeto que conoce y no el conocimiento como objeto.

Sabiendo esto, volvamos a la escena. Has despertado el debate; las participaciones se suceden, las manos se alzan, levanta temperatura la sala, se despiertan las miradas… Ya tienes dos o tres que han abandonado su posición sentada y están arrodillados en sus sillas, saliéndose de la vaina. Debes trabajar ahora en otro plano de tu labor. No pierdas el control de la escena; para hablar, todos deben pedirte la palabra. Tú ve viendo dos variables; una, la calidad de las participaciones y dos, la distancia que estas guardan con el eje de tu clase, ligado al título, al chiste, a la historia, a la pregunta o al silencio con el que has puesto en marcha esa rueda.

Si evalúas que la calidad es buena; quiero decir, si evalúas que el tipo de discusión presentado no ha matado el espíritu de tu provocación, entonces vas bien; si, por el contrario, todo se ha ido desvirtuando, y sobre todo, trivializando (lo que es muy frecuente), entonces deberás actuar, otra vez, para reconducir. ¿Cómo? Editorializando. Es un derecho del maestro mediador del aula. Entre la participación del último alumno que ha hecho uso de la palabra y el otro que te ha pedido hacerlo en la secuencia, toma la palabra y sin más explicación, participa tú. Dependiendo de muchas cosas que no puedo aquí simplificar (tono del debate, contexto social, edades, grado de trivialización, sofisticación intelectual tuya, etc.), debes lograr dos cosas: una, dar una pausa-corte a la metonimia enloquecida de la estupidez, que es exponencial (sin decirlo, claro está). Congela esa viralización de lo inútil acaparando unos minutos la palabra; los suficientes. Y dos, con habilidad y sin una distancia absurda de tono con lo que venía (incluso tratando de pescar algún resto de por ahí y trayéndolo a tu eje argumentativo), transporta todo ese colectivo de nuevo al centro. Tómate tiempos; haz pausas para ejercer poder; domina. La estupidización es el peor enemigo de los debates constructivos, y el más frecuente.

Cuando sientas que lo has conseguido, vuelve al juego. Verás que más de uno ha desistido de su participación. Mejor. Estimula tu a alguno que sientas que podrá ayudarte a no caernos de nuevo; alguna mirada que brille mejor. (Podrás equivocarte, pero inténtalo). Incluso, para menos riesgo, si lo deseas entrega de nuevo la palabra con una pregunta bien formulada que se desprenda de tu exposición y que no se toque con la estupidez que veníamos construyendo.

De nuevo, la vitalización es el desafío. Otra vez emplea tus armas. Será más fácil; el debate ya estaba andando.

Este proceso podría repetirse más de una vez en una sesión de trabajo; qué más, habrá que repetirlo. Jamás desistas.

Hay otro tipo de intervención que quiero que hagas en algún momento del proceso. Tú lo escoges, a mí me da igual. Necesitas –eso si-- materialidad, por lo tanto no podrás hacerla hasta que no haya habido razonable construcción colectiva.

Quiero que hagas una parada y desdobles el registro. Habrá intenciones institucionales de llamar a esto evaluación, pero prefiero no utilizar esa semántica. Tus alumnos están todos conectados con la vivencia del debate e identificados con el tema discutido. Muy bien, es lógico y así debe ser. Pero tú no. Tú debes ir acompañando la producción en dos registros simultáneamente, el de la discusión y el del esquema social y productivo que está dando estructura a esa discusión; su arquitectura simbólica, podríamos decir. Quiénes están mandando; qué entidad adquiere lo que se discute; qué nociones implícitas de verdad y de razón están circulando; qué gana y qué pierde en ese entramado; dónde está el aplauso y dónde el fastidio y dónde los límites, etc. Y tener una valorización de eso.

Hacer un alto y conceptualizar ese meta-registro. Metafóricamente, desplegar un espejo grandote y devolverles su propio proceso, pero desnudo y analizado. Darle otro espesor a todo aquello. Conferirle más sentido a aquel juego social habitual de debatir y discutir. Verticalizar la discusión. Cavar un pozo en el aula e iluminarlo.

No para llevar hasta allá el debate, ¡no! Al contrario, no permitas eso. Si tu maniobra se reabsorbe en lo que venían discutiendo, tu corte habrá fracasado. No lo permitas. No quieres discutir eso también; apenas lo querías decir. Y con arte, y con simpatía, vuelve al registro inicial. Claro, todos sabemos que ya nadie vuelve igual –y ese es el efecto pedagógico que buscamos; pero vuelve.

Podrías compartir este gesto con alguno de tus alumnos, pero cuidado de perder el tono, la concisión y el sentido de esta intervención disruptiva del meta-registro. Se debe sentir como si hubieras cambiado de lengua, por lo “quebrado” del proceso respeto del curso duro del aula y el debate. Incluso, te recomiendo, cambia el léxico, el tono, la velocidad y la sintaxis; puede ayudarte.

Ya falta poco. Sé que estás cansada; nadie dijo que esto de ser profesor-mediador de un aula constructivista sea cosa fácil, descanso intelectual, ni nada de eso. Al contrario. Pero ya falta poco; al menos por hoy.

Si aceptaras que el proceso durara algo más de tiempo (ya lo sé, supone la deconstrucción de la gramática dura del formato escolar de aulas), sugiero que insertes una nueva instancia poderosa y legítima al proceso. Detén en un momento determinado el proceso (apenas cerrando el meta-registro, por ejemplo); no en cualquier momento, sino en aquel momento en que un corte aporta y no resta. Detén y manda a cada quien –tú incluida-- a revisar su posición consigo mismo, en 5 o 10 minutos, con un papel o un dispositivo cualquiera en las manos. ¿Qué pienso yo de todo esto? Y lo escribo o lo grabo. Aclárales que no será necesario compartir ese testimonio con el grupo luego, para quien no lo desee. Esa instancia de articulación personal funciona bien; es propia, a la medida del impacto individual del mismo debate en cada quién. Llama a la reorganización individual. Da entidad. Genera un buen punto de sentido en el devenir semántico de cada quien.

Nos falta cerrar la clase. Por lo pronto, ten conciencia del tiempo, por favor. Cuando te queden 10 minutos, con independencia de cómo vayas, a cuántas manos alzadas les estés debiendo la palabra, qué calidad y calidad de construcción se haya registrado ese día, tú debes enfocarte en la estrategia de cierre. A partir de ese momento, todo lo que hagas estará al servicio de cómo deseas cerrar ese día. Y hay muchas maneras, pero ninguna puede ser hija de tu ingenuidad o tu descuido; jamás te puede sonar el timbre sin que te lo esperes.

Primero identifiquemos los riesgos. Si cierras mal podrás matar lo que has construido; del cierre depende. No cierres buscando reducir la complejidad social, semiótica y ontológica de lo construido a una síntesis unívoca, de enunciación única hecha por “el maestro”. Y debes saber que no hay síntesis, en ese sentido de la síntesis. Hay sinfonía y polisemia. Pero tampoco se trata de dejarlo así, como si el curso se interrumpiera o se extinguiera. (Eso podría ser, pero sólo en casos muy excepcionales en los que le das sentido a ese tipo de cierre). Debes buscar conectar el proceso con el eje y el eje con el título y todo eso con el final. Y debes hacer otra nueva referencia al proceso desarrollado; evaluarlo y juzgarlo –en tanto que proceso. Digo “al proceso”, que te incluye, no a sus actores individualmente. Debes cuidar que no te haya quedado nadie fuera; ¡nadie! Ni por omisión ni por desconexión absoluta con el constructo social. El omitido es fácil de resolver; el problema es el otro, el que quedó demasiado incómodo, muy lejos de todo, sin ningún cable como para regresar. Lo notarás. Debes ocuparte de él; el grupo debe ocuparse de él. Debes retarlo a expresarse, de nuevo. Darle su oportunidad. Si su postura mostrara una inteligencia que el grupo no tuvo y una lucidez que ilumina de una manera brillante, pues entonces debes reconfigurar lo producido a la luz de aquella “olvidada” genialidad; y destacarlo. Si en cambio se trata de una posición apenas necia, bastante poco interesante, entonces o bien te resignas y verás qué haces con ese caso por fuera del proceso y en paralelo, o bien (si sientes que el “paria” tiene estructura psíquica, socio-emocional para resistir) lo denuncias al grupo, como una responsabilidad del grupo, incluido él (o ella).

Y vuelves al eje. Enlazas, pero sin hacer un recuento histórico descriptivo de lo debatido (¡por el amor de Dios!), sino conectando los puntos de articulación conceptual de peso, sólidos y concatenados. Todo conciso; solo o con ayuda, pero conciso. Y sueltas.

Me podrás decir muchas cosas y no a todas ellas atenderé (ya me entiendes), pero a algunas de ellas haré una alusión final.

Me podrías decir que echaste en falta la tecnología en todo esto y puede ser. Te diré entonces que ella podría haber estado y yo haber ambientado todo el relato entre máquinas, imágenes, googeles, wikis y redes sociales. Es probable que así hubiera lucido todo más futuro, pero también es probable que distrajera porque tanta parafernalia no cambia la esencia. Por eso lo quité, pero si lo deseas, pónselo. No contradice; al contrario.

Me podrías decir que es muy ficcional porque hay currículos y ministerios orbitando todo esto y pareciera que yo lo ignoro o lo desatiendo; y que esto podría ser en extraturno y ya me mandas para los confines. Es verdad que estamos atravesados por condicionantes y que ellos pueden ser hasta razonables. No los ignoro. Sólo que no los atiendo literalmente. Yo sé que cuando el aula haya acabado, hayamos andado por donde hayamos andado (y con los currículos lúcidamente en mi cabeza), habremos pasado por varios temas de los necesarios y a ellos nos hemos dedicado. Pues bien, márcalos como abordados y listo. Y a seguirle.

Más importante que eso (y tal vez esto no me lo dirías) es qué tipo de estructura tiene el contenido que definió mi aula. Como debes saber, no me interesó establecer de qué disciplina partí ni a cuáles conecté; el concepto de disciplina no está en mi cabeza. Me preocupan los nudos problemáticos, no las estructuras burocráticas del conocimiento. Eso me estructura.

Ahora, eso sí, sobre una trama nutrida y vívida de aulas así vienen bien cada tanto una serie de miniconferencias expositivas temáticas bien hechas, articuladas a la fuerza problemática y constructiva que mueve al grupo. No seamos metodológicamente puristas; sí ideológicos, pero no puristas.

Me podrás decir que no estamos preparados –los profesores-- para esto y te diré entonces que habrá que prepararse. Ni modo.

Twitter del autor: @dobertipablo