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Una selección variada: libros de poesía, ciencia, crítica literaria y filosofía. Leer para que las mentes y las ideas ocurran en otras mentes

Los libros siguen siendo el mejor objeto que ha inventado el hombre no sólo para compartir conocimiento sino también para compartir estados mentales y propagar memes. En palabras del psicólogo Steven Pinker, la literatura es “una forma en la que una mente puede causar que ciertas ideas sucedan en otra mente”. Si bien hoy en día existen diversos formatos para leer y transmitir información, con sus particulares características y virtudes, el libro, al mantener la corporalidad de un objeto --en un mundo en el que todo tiende a lo etéreo y virtual-- y debido al trabajo editorial de elegir una imagen para la portada (que es la puerta a lo desconocido) nos llega a provocar una respuesta afectiva y  se solidifica en nuestra memoria.

La selección de este artículo en dos partes de 10 libros que leí en 2014 es simplemente una forma de mantener y de invertir en esta relación entrañable con estos libros y autores. La mayoría de los libros elegidos no fueron publicados en 2014; no creo que tenga sentido leer libros sólo del año en el que se vive (sólo acaso para hacer una lista de lo mejor del año, lo cual sería un desperdicio del tiempo de lectura). La literatura es justamente la forma en la que el pasado sigue ocurriendo y el buen lector es seguramente quien tiene nostalgia del origen y busca las fuentes de las ideas de las cuales el mundo es un eco. Dicho esto, la selección sí incluye algunos textos recientes --que quizás los lectores no conozcan y así se cumple también la función de ayudar a descubrir, que es parte importante de la crítica literaria. 

 

 

 

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Global Brain, Howard Bloom (2000)

Howard Bloom tiene una mente poderosa y un poco inquietante. Su capacidad para encontrar estudios científicos que sustentan sus ideas es extraordinaria (probando un poco cómo la realidad es maleable y fácil de ajustar a los conceptos que malabareamos mentalmente) y quizás un poco peligrosa (en Lucifer’s Principle, por ejemplo, demuestra cómo la guerra y la desigualdad son inmanentes e inevitables biológicamente, de paso advirtiendo sobre la especial afición que tiene el Islam por la Guerra). Igualmente extraordinaria es su capacidad de avivar la prosa científica de una chispa fabulosa,  de fresco asombro ante las ideas y con un regodeo en las palabras –que se vuelven contorsionistas con las que la mente viaja a los lugares más recónditos.

En Global Brain, Bloom, de manera elegante, logra convencernos de que hace más de 3 mil millones de años se artículo ya un cerebro global, esto es eones antes del cerebro humano o del cerebro global que suponemos nació con el internet. Desde entonces, las bacterias lograron establecer un sistema de comunicación, similar a un internet biológico, con una compleja red de transmisión de información, adaptación y aprendizaje colectivo. Y antes de que el ser humano creara el internet, nuestras mentes estaban ya conectadas a través de una red neural: la sociedad es una máquina de aprendizaje en la que las ideas que conducen a la evolución y los comportamientos que nos llevan a conformarnos dentro de este tejido social son compartidos a través de memes, literalmente información que salta de un cerebro a otro e infecta a todo un grupo, dirigiendo así el curso de la civilización. Bloom traza con  enorme ambición y lucidez la historia de la mente global:

Nuestros placeres y miserias nos cablean a nosotros los seres humanos como modulos, nodos, componentes, agentes y microprocesadores en la calculadora más fascinante que jamás ha tomado forma en esta tierra. Es la forma de una computadora social que no sólo nos originó a nosotros sino a todo el mundo viviente.

Esa computadora social es el planeta mismo; en su sentido ontológico más profundo, es  la información misma de la cual nosotros somos sólo los últimos portadores en una larga línea. Bloom cuestiona seriamente nuestra individualidad –aunque celebra el aspecto de generadores de diversidad que los seres individuales pueden encarnar— e incrusta al ser humano como una célula más en un tejido social.

Sus vías sensoriales [los  sistemas nerviosos de los médicos y filósofos] reverberaban con voces reunidas por milenios, los murmullos de una multitud compuesta tanto por los vivos como por los muertos. Los expertos de aquellos tiempos conjuraban ensambles de espejismos. Como nosotros, sus facultades perceptivas eran extensiones no reconocidas del cerebro colectivo. 

La anterior cita forma parte del capítulo "Reality is a Shared Hallucination", que puede leerse en línea. En este estupendo apartado, Bloom demuestra cómo construimos la realidad de manera social –no vemos la naturaleza en sí misma, vemos como nuestros antepasados, nuestros seres cercanos y los humanos dominantes han visto anteriormente. Nuestros pensamientos no son solamente nuestros, ni mucho menos son originales; son el resultado de toda la historia que habla en nosotros, apenas una conexión más en la red neural de 3 mil millones de años en el planeta. Nos conformamos a esta percepción consensual porque recibimos una gratificación neuroquímica e inmunológica cuando lo hacemos, de la misma manera que sólo las células en nuestros cuerpos que prueban su utilidad son mantenidas con vida en nuestro organismo (las células que no sirven al colectivo activan una muerte programada o apoptosis). Los individuos son sólo una “hipótesis que lanza el cerebro global” (si los memes que genera un individuo le son útiles, el cerebro colectivo, la sociedad de células, los recompensará propagándolos); la evolución, sugiere Bloom, no está impulsada por el egoísmo del gen; es un deporte de equipo, en el que el superorganismo es privilegiado al individuo. “Porque el cerebro global no es sólo una interconexión humana, es una cosa multiespecie… Somos la naturaleza encarnada. Estamos hechos de sus moléculas y células. Somos herramientas para sus exploraciones… porque todo lo que vive y de hecho todo lo que ha vivido es parte de un cerebro colectivo, una red neural expansiva".

Estas son las conclusiones de Bloom, pero la riqueza del libro está en los detalles, en los cientos de casos tomados de la observación sociobiológica de bacterias, abejas, monos, humanos y demás que muestran cómo se teje ese cerebro colectivo, uniendo a toda la vida en el planeta en una enorme computadora orgánica que nos dota de un poderoso sentido de pertenencia y humildad.

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La marca del editor, Roberto Calasso (2014, Anagrama) 

El ultimo libro de Roberto Calasso traducido al español (en espera de El ardor) es un texto borgeano en el que el editor se regodea en su arte y reivindica al libro como un poderoso objeto que superará los embates tecnológicos y los heraldos más funestos. El arte del editor de libros empastados, de objetos físicos, se revela como el arte de la separación, solve et coagula, de crear islas y crecer jardines en ellas, reinos selectos a los que sólo puede accederse penetrando las portadas, dando vuelta a las páginas, en una sensualidad imaginal –en contraposición a la hipervinculación de los textos en la red y la digitalización de todos los libros como si fueran uno solo, un texto hiperfluido pero que se ahoga en un vertiginoso líquido amniótico.  

Calasso nos invita a su proceso artesanal de seleccionar el catálogo de Adelphi, la editorial italiana que ha sido imitada por editoriales como Sexto Piso y Siruela, caracterizada por editar “libros únicos” o textos que han eludido al canon de las editoriales mainstream. Entre la confesión y la entrañable anécdota erudita, nos cuenta sobre la misión de Adelphi, fruto de sus conversaciones con su mentor, Roberto Bazlen:

Sus lecturas eran infinitas, pero en el fondo un solo género de libros lo apasionaba, cualquiera que fuera la forma en que se pesentaran o la época o cultura a la que perteneciesen: ese género de libros que son una prueba para el conocimiento, y como tales pueden transmutarse en la experiencia de quien los lee, transformándolos a su vez. Me doy cuenta de que así he definido también el animus, además del anima, de los libros religiosos publicados por Adelphi: obras escogidas no ya en homenaje a cierta diversidad cultural, no ya porque son representativos de una suerte de UNESCO del espíritu, que es exactamente lo opuesto a lo que siempre nos hemos propuesto, sino porque son portadoras de una posibilidad de conocimiento cuya ignorancia hará nuestra vida simplemente más estrecha. 

Sobre la selección de la imagen de la portada, utilizando el mecanismo de la “écfrasis al revés”:

Ahora bien, el editor que busca una portada –lo sepa o no— es el ultimo, el más humilde y oscuro descendiente en la estirpe de aquellos que practican el arte de la écfrasis, pero aplicada esta vez a la inversa, es decir tratando de encontrar el equivalente o el análogo de un texto en una sola imagen… Situación paradojal, casi cómica en su incomodidad: hay que ofrecer una imagen que despierte la curiosidad y mueva a un desconocido a tomar en sus manos un objeto del que nada sabe excepto el nombre del autor (que con frecuencia ve por primera vez), el título, el nombre del editor y la solapa (texto siempre sospechoso, porque está escrito pro domo). Pero al mismo tiempo la imagen de la portada debería de resultar adecuada incluso después de que el desconocido haya leído el libro, aunque sólo sea para que no piense que el editor no sabe lo que está publicando.

Calasso, uno de los últimos grandes editores, en la tradición de Gallimard y Barral, pero con la diferencia de ser un gran escritor también, nos sitúa en la actualidad del mundo editorial, una industria que enfrenta enormes retos, y que quizás tendrá que renacer sirviéndose de la osadía y la imaginación y apelando siempre al amor al libro, a la estética del conocimiento.

Dicho lo cual, no querría que se tuviera la impresión de que hoy en día la edición, en el sentido en el que he intentado describirla –es decir, la edición en la que el editor se divierte sólo si consigue publicar buenos libros– sea una causa perdida. Es simplemente una causa difícil. Pero no más difícil de lo que lo era en 1499, cuando Aldo Manuzio, en Venecia, publicó una novela de autor desconocido, escrita en una lengua compuesta, hecha de italiano, latín y griego. También el formato era inusual y asimismo las numerosas xilografías que constelaban el texto. Sin embargo, se trata del libro más hermoso que se haya impreso en nuestros días: la Hypnerotomachia Poliphili. Algún día alguien intentará igualarlo.

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A Blue Fire, James Hillman (ed. Thomas Moore, 1989) 

Había escuchado de James Hillman, pero no fue hasta que vi que la editorial de Calasso incluye algunos de sus libros entre su catálogo que me “animé” a leerlo. Con Hillman me ocurrió como me había ocurrido antes con Calasso: después de leer apenas algunas páginas sabía ya que su obra me acompañaría toda la vida y que intentaría leer todo lo que escribió (en el caso de Hillman, un autor muy prolífico, algo más difícil que en el de Calasso).

Calasso escribió sobre Hillman: “Retomando la imagen de Keats del mundo como ‘el valle de forjar almas’ Hillman reconduce todo aquello que podemos salvar del análisis a esta oscura actividad de autoelaboración del alma, de transformación alquímica de lo vivido". Hillman es, por supuesto, el alumno más brillante e irreverente de Jung, habiendo sido director del Instituto Jung en Zürich. Para muchos jungianos, sin embargo, Hillman traicionó al maestro —pero tal vez para honrar verdaderamente a Jung había que diferenciarse y cobrar su propia voz, extender la estancia en el inframundo (donde Hillman se siente tan a gusto). Thomas Moore, quien se ha convertido en un autor best seller produciendo libros que son versiones lite de las ideas de Hillman, dice: ”Leo a Freud a través de Jung y a Jung a través de Hillman. [Hillman] Evitó la tendencia a la jerga científica de Jung”. En Hillman está Jung, pero de una forma más encantadora, sin el imperativo de hacer de la psicología una ciencia, con una prosa más poética e imaginativa. Hillman es un psicólogo de los poetas y de los artistas que quieren entablar una relación creativa con las imágenes, incluso compiló una extraordinaria antología de poesía junto con Robert Bly (quien dice sobre Hillman: “armaba enormes fiestas para los espíritus”).

A Blue Fire es una introducción a la obra de Hillman que reúne importantes extractos de sus libros y ensayos más destacados. La compilación de Thomas Moore denota un amplio conocimiento de su obra, incluso su profunda amistad con Hillman. El talento de Moore es siempre hacer las cosas familiares y sencillas, y así nos abre la puerta al imponente corpus del fundador de la psicología arquetipal, para que podamos movernos con soltura y nos enamoremos de las imágenes que suscita, como Eros de Psique.

La base de la psicología de Hillman son las imágenes y los arquetipos –conceptos que ya existían claramente en Jung, pero que son llevados a una mayor profundidad. Hillman describe la polisemántica de los arquetipos:

Son perspectivas cósmicas en las que el alma participa. Son los señores de sus reinos de existencia, los patrones para su mímesis… El alma no puede ser, más que en uno de sus patrones. Toda la realidad psíquica está gobernada por una u otra fantasia arquetípica que ha sido autorizada por un dios. No puedo sino estar en ellos. No hay lugar sin dioses y no hay actividad que no los represente. Cada fantasía, cada experiencia tiene su razón arquetípica. No hay nada que no pertenezca a un dios u otro.

Hillman ahonda en la famosa frase de Jung de que seguimos siendo poseídos por “contenidos psíquicos autónomos”… hoy “los dioses se han vuelto enfermedades; Zeus ya no reina en el Olimpo sino en el plexo solar, y produce curiosos síntomas en el consultorio medico”. Esta es la base de la psicología politeísta de Hillman, que como varios de los autores de esta lista, busca reencantar el mundo, retomar el diálogo con lo numinoso, alabar la profundidad de la existencia “repleta de dioses”. La psique es una constelación de personas –y no hay porqué preferir al ego, cuando el alma misma es la fuente del conocimiento--; y entre esa multiplicidad que la habita, yacen también los dioses, las grandes emociones y los arquetipos: el amor (Eros), el pánico (Pan), la ira (Marte), etcétera.

Se ha dicho sobre Hillman que nadie ha hecho más por revalorar al alma en el mundo en el ultimo siglo. Central a su psicología es la distinción entre alma y espíritu –distanciándose del dualismo del cuerpo y la mente o del alma y el cuerpo. Se trata de una antropología tripartita: el espíritu, el alma y el cuerpo --el alma es lo que conecta, a través de la imaginación, al mundo celestial del espíritu con el mundo terrenal del cuerpo. El alma son los sueños, las imágenes, las enfermedades, la memoria, el pasado, el valle y el inframundo, todo aquello que nos hace profundizar en la existencia y enriquecer el significado de nuestras experiencias. Este es el fin en sí mismo de su psicología; no se trata de encontrar una cura, una interpretación única que resuelva el enigma; no se trata de iluminarse o de espiritualizar la vida. Simplemente estar en el alma, “quedarse con las imágenes”, recorrer el valle y adentrarse en la belleza del mundo –que es la verdad del mundo, como escribió Keats con un eco platónico. Pero Hillman, como hace con Jung, va más allá de la visión luminosa de Platón. Siendo un “ciudadano del inframundo”, incorpora a la muerte como parte de la ecuación:

Esta sería la última tarea del forjar-el-alma y su belleza: la incorporación de la destrucción en la carne y en la piel, embalsamada en la vida, la visible transfiguración por la invisibilidad del reino de Hades, ungiendo a la psique con la experiencia de la matanza de su propia mortalidad. El movimiento platónico ascendente hacia el esteticismo es templado por la belleza de Perséfone. Destrucción, muerte y Hades no son dejados fuera. Es más, Afrodita no tiene acceso a ese tipo de belleza. Sólo la puede adquirir a través de Psique, porque el alma media la belleza del mundo interior invisible y el mundo de las formas externas.

Por ultimo, una mención especial a la visión de Hillman de la depresión y las enfermedades no como algo que debe sanarse y contra lo cual deben dirigirse todas nuestras energías. La patología cumple la función de llevarnos a través de “la noche oscura del alma”, que permite que la psique se asiente en nosotros. En términos místicos, “la herida es el ojo” por el cual podemos ver la profundidad, el hueco que nos abre al mundo y nos hace vulnerables para que pueden entrar los dioses y demonios. Los síntomas no deben ser erradicados a la más mínima aparición; deben ser honrados como formas comunicativas, ángeles incluso, ya que son "heraldos de una psique que despierta y no tolerará más abuso”, recordando que “hasta que el alma obtiene lo que quiere, seguirá enfermándose”.

Hillman cumple con la valiosa función de proveer un marco ideológico para todos aquellos que no quieren elevarse a las cimas de la conciencia en incesante ascenso y que no les interesa incrementar su poder espiritual o resolver el problema de la existencia. Que quieren permanecer en el mundo, con el mundo y todo el peso encima del pasado, con los fantasmas y los recuerdos. Para aquellos melancólicos y nostálgicos que quieren saborear las imágenes y adentrarse en su propio capullo –tan profundo que nadan ahí también todos los sueños y pesadillas de la Historia (de la cual no es necesario despertar). Puesto que, como escribiera Heráclito: “No puedes descubrir los límites del alma, incluso si viajaras por todos los caminos para hacerlo; tan profundo es su significado”.

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Mecha de enebros, Clayton Eshleman (trad. Hugo García Manríquez, Aldus, 2014)

Mecha de enebros es el viaje de un poeta al inframundo, a la cueva donde yace el alma de nuestra civilización. Eshleman nos lleva a re-visionar el arte paleolítico en un proceso de intuición poética que es también una resonancia mórfica con aquellos hombres que inscribieron las primeras imágenes en las cuevas. Los hombres que consumaron por primera vez “el movimiento de un yo sobre la roca”, que proyectaron su conciencia a las paredes húmedas de las grutas y dejaron testimonio del primer momento histórico en el que el hombre se sabe hombre: el Homo sapiens que enciende la mecha de la autoconciencia a través de las imágenes que se desdoblan, que se convierten en la otredad que confiere realidad al yo. “La creación de imágenes es una de las vías por las que nos volvemos humanos… las cuevas son los precedentes de nuestras catedrales, grutas de metáforas”, dice Eshleman. Su libro es una vuelta a la vulva madre para empaparse de las imágenes seminales --una versión cinematográfica de este mismo espíritu puede consultarse en el documental de Werner Herzog, La cueva de los sueños olvidados, donde se postula la hipótesis de que el arte paleolítico en las cuevas fue una especie de protocine.

Intercalando su propia poesía –que surge de la mediación imaginativa con las pinturas rupestres recorriendo él mismo ese vientre cavernoso en el que yace la mecha creativa de milenios— con una crítica chamánica del arte de las cuevas, Eshleman sugiere que la conciencia humana debió de haber surgido en la misma época en la que el hombre fue capaz de imaginar y plasmar su imaginación fuera de sí. Un nodo mágico en el tiempo, en el que el hombre se eleva sobre el anima mundi para convertirse en la voz por la que el mundo se conoce a sí mismo y se expande. El hombre trasciende lo animal, pero ese salto ocurre copulando con lo animal, en una fuerza de fusión quimérica: el arte es un legado del Centauro, del hombre-caballo, del hombre-venado.

 Aquí un fragmento de uno de los poemas (mención especial a la excelente traducción de García Manríquez):

 

los animales arreados franquean

una colosal vulva labrada sobre el pórtico,

el poder ahí emanado era un paraíso, el poder

que nos ha legado el Cro Magnon:

hacer de nuestras gargantas un altar.

  

Las primeras palabras mezcladas con grasa animal,

hombres lacerados buscaban decir quién hizo aquello.

El grupo, aro de una rueda aún por inventarse,

su lenguaje, los rayos de la rueda

circundando el corazón de fuego, su seda nuestra,

la quemadura de ellos, sumergidos,

en ti nos sumergimos, en nosotros Dionisio te sumerges,

caen palabras y se acumulan estremecidas

por una lira a intervalos entre crestas de la llama,

agua para el fuego y para ellos, nosotros...

 

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Riverpeople, Peter Lamborn Wilson (2013)

Al igual que el texto de Eshleman, Riverpeople es un híbrido entre un poema épico que corre en paralelo a una crónica en prosa de lo que ocurre en torno al poema --un ambiente que envuelve o una psicogeografía analógica. En este caso Peter Lamborn Wilson (a.k.a. Hakim Bey) hace eco de las grandes obras literarias que corren en paralelo o se abastecen de cuerpos de agua (como el río, el poema). De su primera tentativa de “escribir una épica sobre cada posa río piscina charco arroyo u hoyo de agua en todo el condado de Ulster”, Lamborn Wilson se conforma con seguir el río Esopus y reencantar su paisaje, “escribiendo sobre el agua fluyente” y recopilando una serie de imágenes y rituales mágicos que hacen un mapa de su experimento. En los márgenes de este mismo río, nos cuenta Lamborn Wilson, Aleister Crowley tradujo el I Ching y realizó ceremonias de magia sexual, reclutando a su "diosa escarlata" entre la población local. Por el Esopus también viajo Oscar Wilde, divinidad tutelar del poema que celebra el homoerotismo como una zona temporalmente autónoma, más allá de la realidad puritana convencional. Vivió ahí también la tribu nativoamericana de los Esopus, por momentos coqueteando con una utopía animista como la que celebró Lamborn Wilson en su libro TAZ.  

Así Riverpeople va congregando a los fantasmas de su cauce, que son filtrados por Lamborn Wilson para “repaganizar el monoteísmo” y dialogar con los espíritus elementales del lugar, los genii loci. Cada canto del libro es también un acto de ofrenda y sacrificio que se desdobla sobre el espacio físico del río, realizando lo que llama vanishing art, arte efímero pero alquímico, que busca “transformar nuestra relación con la naturaleza, de un turismo que vampiriza el espacio, que hace del paisaje un estacionamiento que se alarga hasta el infinito, en una matriz viva, del materialismo vulgar al hermetismo verde”. Algunos fragmentos del poema:

 

Have you seen Earth turn a litlle in sleep

Tossing aside blankets of dead snow and leaves

Icicled as some hibernating toad

                              Yet alive & dreaming

 

have you seen a mountain stream

no matter how often martyred

w/dams sewage outlets algic bloom

clean itself w/energy vortices—

nordic runic spiral snake

shedding past forms re-making itself

        a-new

bluegreen ice-hexagonal attractors

sparkling epiphanic

 

Think like Goethe –dare to be wrong

Yet justified in the eyes of

Uncountable angelic beings.

If our pagan deities have withdrawn

                        Grown silent

We should do no less

                          Retreat

         To some monastery

      In Hardenburg & pray..

 

Como Hölderlin, Lamborn Wilson observa que los dioses han abandonado el mundo, pero es la labor del poeta que regresa a la naturaleza a decir poemas a las piedras, a llamar a los espíritus del agua y de los árboles, volver a encantar el mundo, el mundo donde, como decía Eurípides, “todo está lleno de dioses”. Despertar al río “practicando kung-fu animal en praderas límpidas al amanecer”. O recordando que “los niños naturalmente admiran a aquellos que trabajan con los Elementales” y que una forma de estremecer el velo epifánico es a través del sexo con las ondinas “invisibles pero tangibles”. No imponer la voz y la visión sino, como sugería Henry Corbin, escuchar lo que el mundo tiene que decirnos. Otro fragmento:

 

Among the Esopus the State had not yet emerged

all the stars where still visible—

                                                    The Principle of snow—

                                    ---baroque excess

natura naturans--- the original spectator sport—

every nerve fiber linked to some organ

of animate cosmos.

 

Leer segunda parte: los siguientes 5 libros de la lista

Twitter del autor: @alepholo

 

El Teletón hace visible el matrimonio entre el Estado y Televisa y revela una estrategia conjunta para dispersar el ardiente movimiento de inconformidad masiva que amenaza la estabilidad del régimen

Telecracia

Ver la televisión privada mexicana, especialmente Televisa, una especie de brazo propagandístico del poder político y empresarial, es un suplicio para la inteligencia, pero esto no es lo más grave, es también un patético intento de ocultar el yermo moral que impera en nuestros medios y en nuestros partidos. Hace una semana tuvimos un chabacano funeral de Estado: la muerte de nuestro prócer Roberto Gómez Bolaños, quien nos dio patria al difundir la idea del mexicano caco y al expandir el proyecto de "nación" del "Tigre" Azcárraga: "la TV para los jodidos". Con celeridad se organizaron las exequias televisadas entre el futbol y el sopor dominguero, con fastuosidad y zalamerías (se notó en las redes sociales que Peña Nieto tardó sólo 15 minutos en reaccionar a la muerte del Chapulín Colorado, mientras que le llevó 15 días reaccionar a la desaparición de 43 estudiantes: esto nos dice mucho sobre dónde está la mente de nuestro presidente). Era una buena oportunidad, aunque insuficiente, de calmar las aguas llenas de despierta vehemencia, de dispersar los ánimos un poco para "que no cunda el pánico" (para usar la conocida expresión) y por otro lado no se fermente la energía colectiva. Y es que los intereses de la televisora y los intereses de la presidencia están fundidos, incluso con la fuerza del sacrificio y del ritual: la ofrenda de una de las vedettes (sacerdotisas sexuales) de la TV al hombre ungido para ocupar el trono selló el pacto como ocurría en los antiguos reinos.

Ahora, este fin de semana, mientras las calles se llenan de cacerolazos, la televisión busca silenciar y anestesiar el alarido de protesta que llega a niveles que incomodan al poder y lo hacen calcular desde su fría tramoya cómo apagar el fuego de rebeldía y hartazgo. Su reacción es de esperarse, es parte de la tradición; es parte también del mecanismo de defensa de quien se ve amenazado. Siguiendo con el cauce popular, en México se usa la frase (preclaro albur) "su lechita y a dormir": se distribuye el masivo opio electrónico de la TV, acaso ya sin su misma potencia, buscando aletargar y disgregar chamuscando la vitalidad incendiaria de lo que se genera fundamentalmente en las calles y fuera de los canales oficiales. Esta sustancia ansiolítica (el Rivotril del pueblo) con la cual se busca vacunar a las masas del virus de la revuelta, sin embargo, parece ya no ser tan efectiva ante la abismal caída en la credibilidad mediática y la profunda fractura en el fondo del tejido social --el mensaje de la tele ya no hace eco, ya no tiene un receptor que se identifique. De aquí que se busquen aplicar ciertas estratagemas de contrainteligencia. Entra el Teletón. 

No me detendré esta vez a escrutar el mecanismo de filantrocapitalismo que opera a través del Teletón de Televisa (ese chillante maratón que lleva el "greenwashing" que hacen las corporaciones a una versión pateti-épica de lavado amarillo de reputaciones y de cerebros, donde se explotan los valores esencialmente humanos, como la compasión y la empatía, en beneficio de una especie de obra pública, un espejismo con el que el poder comprueba al pueblo que trabaja y se legitima). Más sobre esto en este artículo:  "El Teletón de Televisa, chantaje emocional y manipulación mediática".

En este caso lo que me ha llevado a escribir este texto es una sensación de repugnancia al ver como Eugenio Derbez arranca el Teletón con una falsa confesión, con una seudo singularidad televisiva, en la que la TV se desnuda para supuestamente revelar su humanidad. Un momento en apariencia único, donde se sale del script para transmitir la idea de que el viejo censor vive en directo y a todo color un episodio trascendental: por primera vez Televisa habla abiertamente de lo que está sucediendo afuera de sus instalaciones y de su burbuja de realidad. Un momento que a mi entender revela una elaborada agenda en la que se transparenta de nuevo la connivencia entre el gobierno y Televisa, específicamente en el uso de la televisión para posicionar y luego sostener a candidatos y programas públicos y leyes que a su vez sostienen a empresas como Televisa. Tal vez al ver esto esté yo viendo demasiado con esa mirada paranoica que encuentra hilos invisibles y conexiones en cualquier resquicio de la realidad (pero tal vez, como dijera William Burroughs: “Un paranoico es alguien que sabe un poco de lo que está sucediendo”). 

Dice Derbez, quien habla con afectada "franqueza" de los escándalos y críticas que rodean a Televisa, su relación con Peña Nieto y el mismo Teletón, que éste último es "la mejor causa que tenemos los mexicanos". El Teletón es entonces lo mejor de nosotros, un símbolo viviente de la unión de los mexicanos, como la selección mexicana de futbol (incluso usando la frase típica del complejo diminutivo del futbol, parte ya de la identidad nacional: "Pongamos nuestro granito de arena"). (¿Se nos exhortará luego a una tregua decembrina, aquiescencia colectiva para respetar o unirnos en el espíritu de la Navidad y dejar las protestas y las marchas para el año que entra)? Y aunque Debez señala que el Teletón no es de Televisa solamente (que muestra su modestia como que no colgándose las medallas), ¿cómo dividir al Teletón, "lo mejor de nosotros", de Televisa, la empresa que lo impulsa con toda su maquinaria y el mismo gobierno del Estado de México, de donde proviene el presidente, el cual ha sido también el gran impulsor en su política pública de esta organización, ya que desde 2011, durante el gobierno de Peña Nieto, este estado dona 73 millones de pesos anuales al Teletón?

Derbez bromea que lo van a cortar, que ya no es empleado de Televisa y que se está pasando de la raya con la soltura de sus comentarios;  sugiere que su discurso es espontáneamente sincero e irreverente del poder --pero al luego no ser cortado, se revela el mensaje que busca transmitir: Televisa ha cambiado; si bien hay una aceptación tácita de una anterior censura, ahora hay una prueba de libertad de expresión vista por millones de mexicanos, en el momento en el que nos debemos de unir por una causa mayor --la mejor causa que tenemos los mexicanos. Opera aquí la transfiguración de los significados, una hipóstasis: el Teletón es México, debemos de trascender las asperezas y olvidar lo que está pasando para mantener el Estado, Crist de crits, callar los gritos vehementes de inconformidad para seguir adelante con el proyecto,  rendirnos a la estabilidad o destruiremos los sueños del sistema que permite que los niños desamparados sueñen.

El lenguaje que utiliza Debez denota una clara intencionalidad, la actuación de un guión (aunque él mismo señala que Televisa no le escribió un guión, queriéndonos hacer creer que Televisa le dio completa libertad para despotricar en su contra al inaugurar el evento televisivo medular de esta empresa). Constantemente frunce el ceño y arquea los ojos, compungido, como queriendo transmitir una pena, sólo que su pantomima es claramente caricaturesca --las caricaturas y los políticos usan la hipérbole gestual. El lenguaje coloquial que utiliza, lleno de expresiones populares asociadas justamente con la población a la cual están dirigidas las telenovelas de Televisa --refritos del cuento de hadas aspiracional de la Cenicienta adaptado a las necesidades del marketing y la desigualdad social--, señala que esta supuesta confesión personal, en la cual el histrión parece rebelarse del control de su amo, en realidad es el más craso simulacro. 

Una frase atribuida a Oscar Wilde --"Si quieres decirle a las personas la verdad, hazlos reír, de otra forma te matarán"--, nos revela un axioma del profundo linaje de cómicos como Groucho Marx o Bill Hicks, quienes han utilizado la comedia para decir cosas que de otra forma nuestra sociedad difícilmente toleraría --el rey no le corta la cabeza al bufón por el estupor y la ligereza entre la que se filtra la verdad (de otra forma intolerable) que le dice. Es decir, sólo se puede decir y sobre todo hacer que el poder escuche la verdad con humor. En el caso de Derbez se intenta agenciar esta figura, la del comediante que dice la verdad --recordemos: el humor, la capacidad de reírnos de lo que nadie más quiere ver, tiene una cuota de verdad adquirida autoevidente. Los chistes se usan como digresiones para probarnos que nos está diciendo la verdad. En este caso se nos hace reír para que podamos tolerar la mentira que sabemos está siendo maquinada frente a nosotros.

Derbez claramente encarna el papel del "tonto útil", un elemento común a los programas de las agencias de inteligencia, pieza que se mueve con ilusoria autonomía en el ajedrez político. En este caso, la figura encargada de satisfacer nuestra necesidad de hacer algo con un discurso (haciéndolo él por nosotros) o con una donación (donde el Estado, la burocracia o la fundación lo hace por nosotros) para que en realidad no tengamos que hacer nada al respecto y no tengamos que salir a la calle y las cosas puedan seguir igual (sigue sintonizando el canal de las estrellas). El acto caritativo de participar en el Teletón es el sucedáneo de la acción no mediada de transformación en nuestro entorno más cercano con las personas reales que vemos todos los días. Altruismo televisivo: simulacro a distancia... Prótesis narcótica seudo-anti-narcisista.

Televisa utiliza aquí una estrategia en boga en la publicidad moderna, que se adapta al sentimiento "antipublicidad". Como señala el analista Adam Corner, hoy en día la publicidad se acopla al sentimiento dominante de la opinión pública y lo coopta. Dice Corner: “entre más la odias, más está de acuerdo contigo”, algo que podríamos perfectamente aplicar a lo que hace Televisa ahora con Derbez, vendiéndonos la idea incomprable de que ellos están de nuestro lado o son parte del pueblo que protesta. Cuando existe un sentimiento anticorporativo generalizado en el público, entonces las marcas no tardan en parodiarse a sí mismas “para empatizar en contra de la tiranía del mundo corporativo en el que habitamos. ‘¡Cállate!’, le gritamos a la TV, y la TV se pasa detrás del sofá y grita con nosotros”, escribe Corner. En el caso de Televisa, la agenda detrás de su "autocrítica" programada es aún más macabra ya que no sólo buscar seguir vendiendo sus productos de la forma que sea; se asume como el actor principal en el rol de mantener el statu quo, de mantener el orden de las cosas para que no sólo ellos sino todo la cúpula del poder pueda seguir conservando sus privilegios.

Una leve variante de este trend ha sido utilizada por Televisa desde hace unos años, justo después de que se sintió amenazada por el descontento ante su relación con el poder que reveló el movimiento YoSoy132. Desde ese momento Televisa empezó a orquestar una falsa apertura, enarbolada por una supuesta apuesta a la cultura y a la libertad de expresión --pero sólo como capital político o como crédito reputacional-- cooptando líderes de opinión con cierta legitimidad, enrolando "creativos" y buscando conectar con los jóvenes fondeando iniciativas culturales, como es el caso de su proyecto Arca (infiltración a través del mecenazgo). El mensaje es el mismo que el de Derbez al inaugurar el Teletón: ellos están con nosotros, ellos están cambiando porque nosotros estamos cambiando y hacen eco de lo que somos, son sólo un espejo (sin el empaño del amaño) de la sociedad. Pero, usando la expresión emblemática del dinosaurio del PRI, es un "cambiar para que todo siga igual".

Dice Derbez que él habla como cualquier "hijo de vecino", no ya como un "televiso" y llama a reconducir el enojo y el hartazgo y no ejercer una reprobación ciega: a no echar abajo lo que se ha logrado y "llevarse entre las patas a los niños". Este es el metamensaje del keynote de Derbez, en su tentativa de lograr la identificación perdida entre el público y el programa televisivo: que sigamos adelante ("Síganme los buenos", diría otro cómico), que luchemos por el cambio pero que lo hagamos desde y con el sistema. No es necesario destruirlo o derrocarlo: el Estado puede absorber la crítica e incorporarla a su programa. Aquí ocurre la prestidigitación que es el fin de todo este espectáculo emocional: la crítica se vuelve útil (e inocua) para el sistema que busca mantenerse a flote en la tormenta.

Twitter del autor: @alepholo