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A partir de un experimento psicológico de mediados de los 90, la escritora Mandy Len Catron probó con ella misma la posibilidad de enamorarse de cualquier persona; al final descubrió que, en efecto, el amor es un misterio, pero no en el sentido en que usualmente pensamos

“Haz esto para enamorarte de cualquiera”. Ese es el título de un artículo de Mandy Len Catron publicado esta semana en The New York Times. En una primera impresión podría pensarse que se trata, más bien, de contenido propio de esas revistas que colman a las mujeres con consejos sobre su cuerpo y su belleza, un artículo de Cosmopolitan o Vanidades.

Sin embargo no es así y, de hecho, si leemos con atención, tampoco podría serlo. El título no promete al lector o lectora un método para enamorar o enamorarse de alguien en específico sino exactamente lo opuesto: enamorarse de cualquier persona.

Desde su título, el artículo es un desafío. En términos generales, la idea dominante sobre el amor dicta que este es una suerte de hecho extraordinario, un suceso que irrumpe y disloca, un evento improbable en donde la casualidad y la coincidencia se combinan menos matemática que subjetiva y pasionalmente (y sabemos bien que las pasiones vuelven impredecibles los actos humanos). ¿Pero qué tanto esa idea es más bien una idealización, una romantización imaginaria e inexistente?

Len Catron recupera un cuestionario más o menos conocido en psicología que Arthur Aron elaboró hace un par de décadas. El trabajo de Aron podría leerse como una desmitificación del amor o, de otra manera, como un tratamiento científico o experimental al fenómeno. El artículo del psicólogo de la Universidad Estatal de Nueva York se volvió emblemático porque, por un lado, concluyó que bastaban 45 minutos para enamorarse de una persona pero, sobre todo, porque propuso un modelo de entrevista recíproca de 36 preguntas diseñada para propiciar dicho enamoramiento.

Esa “small-talk” está dividida en tres apartados de igual número de interrogantes. En primer lugar hay un atisbo a los hábitos de la otra persona y la significación cotidiana de estos, las siguientes preguntas se dirigen un poco más hacia la memoria y, finalmente, la última sección indaga sobre las experiencias personales.

La división no es del todo estricta y más bien esos tres elementos —la vida diaria, los recuerdos, las experiencias— atraviesan ocasionalmente todo el cuestionario. En todos los casos hay una intención clara de profundizar, de fomentar la intimidad. Visto desde otra perspectiva, podría decirse que las preguntas de Aron están diseñadas para llevar a una persona hacia su zona vulnerable en tanto se encuentra con alguien más. Sólo que no se detuvo ahí, sino que agregó también la reciprocidad: los dos involucrados tienen que responder las mismas preguntas. No una obligación, sino un compromiso. De este modo, la ecuación estaba formada.

La hipótesis, como se ve, es que con las preguntas adecuadas, en una plática de casi 1 hora sería posible conseguir intimidad y confianza, los dos elementos que determinan el enamoramiento, con un añadido de afinidades, a decir de Aron y sus colegas. Según nos cuenta Len Catron, cuando Aron realizó la prueba, el hombre y la mujer que en su laboratorio respondieron a las preguntas, desconocidos entre sí hasta ese momento, terminaron casados 6 meses después.

Len Catron experimentó consigo misma aunque, como ella misma acepta, variando un poco las circunstancias originales. El lugar de encuentro con un hombre fue un bar y no un laboratorio y, por otro lado, el otro sujeto de experimentación no era un total desconocido, sino un compañero de universidad a quien ubicaba más o menos de vista.

Al narrar lo que aconteció en ese momento, la también escritora se compara con la rana de otro experimento célebre que no sintió cómo subía la temperatura del agua donde se encontraba hasta que fue demasiado tarde. En este caso el agua caliente fue la vulnerabilidad de cada uno, la cual se presentó de súbito en un grado al que difícilmente accedemos en la vida diaria y casi nunca con personas desconocidas.

En este punto cabe destacar una observación de la escritora a propósito del proceso que suscita el cuestionario de Aron. Según Len Catron, “todos tenemos narrativas de nosotros mismos que ofrecemos a extraños y conocidos” cuando esto se hace necesario, sin embargo, por el tipo de respuestas que se necesitan, dicha historia armada se revela insuficiente y quizá inútil. En una cita con alguien con quien nos encontramos por primera vez es sencillo decir en qué trabajamos o qué películas son nuestras favoritas pero, ¿qué pasa cuando una de esas preguntas que se nos pide responder indaga sobre el suceso más gracioso que vivimos cuando éramos niños? Eso, por decirlo de alguna manera, está fuera del guión y quizá por eso mismo da cuenta de lo que somos al tiempo que nos saca un poco del personaje que asumimos para funcionar en la vida.

Len Catron y su compañero contestaron las preguntas en 90 minutos. “No estuvo tan mal”, dijo ella al terminar, “Definitivamente menos incómodo de lo que hubiera sido mirarse uno a otro fijamente”. Él respondió algo inesperado: “¿Crees que deberíamos hacer eso también?”. Acto seguido ambos se encaminaron a un puente cercano y, como si se tratara de la secuencia central de una película romántica, se miraron durante 4 minutos.

Ya sé que los ojos son la ventana del alma o como sea, pero el quid real del momento fue no sólo mirar realmente a alguien, sino que al mirar realmente a alguien me miraba a mí.

Ahí, el terror, como la propia Len Catron lo califica. El terror primero de descubrirse en la mirada del otro. Quizá no por casualidad uno de los performances más notables de Marina Abramović, una artista en quien la exploración del amor ha sido una constante de su obra, implica justamente el mirar a otra persona sin nada de por medio —un nada que fácilmente se convierte en todo. El terror, también, de esto: “Es como estar enamorado: dar a alguien el poder de herirte y confiar (o esperar) que no lo haga” (Marina Abramović, Rest Energy).

El academicismo o cientificismo lleva a Len Catron a explicar lo sucedido. A decir que el ojo es menos una ventana a cualquier lugar que un cúmulo de células útiles. Y si bien esto suena a cierta resistencia, en su racionalización se da cuenta de algo importante: “Lo que me gustó de este estudio es cómo supone que el amor es una acción”.

La mayoría de nosotros piensa que el amor es algo que nos sucede. Caemos en él. Somos flechados. […] El amor no nos sucede. Nos enamoramos porque cada uno toma la decisión de estarlo.

La postura final de Len Catron es ambigua. Acepta que el experimento tuvo que ver en el enamoramiento suscitado por el hombre con quien lo hizo, pero también considera que “de cualquier forma pudo haber sucedido”, como si a pesar de todo no pudiera resistirse a conceder la posibilidad del misterio. Sólo que no se trata del misterio habitual que ha rodeado la idea y la realidad del amor durante siglos. Si Len Catron acude a la ciencia y sus métodos sería un poco incoherente que al final los soltara. Su reivindicación es sutil. Nos hace ver que probablemente el amor sea un misterio, pero no uno que nos sea ajeno, sino uno que nosotros suscitamos, un misterio que pertenece a este mundo y toca nuestras vidas y que por eso mismo estamos obligados a experimentar —en todos los sentidos posibles.

Twitter del autor: @juanpablocahz

Tal vez la función de los sueños sea familiarizarnos con nuestra alma

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Existen numerosas teorías sobre por qué soñamos. Entre las más discutidas por la ciencia destacan la idea de que soñamos para consolidar ciertas memorias o para depurar otras (un procesamiento de la basura diurna, liberar espacio de RAM vía R.E.M.); para resolver problemas o ensayar escenarios futuros; o, la más materialista, como un subproducto de nuestros impulsos neurales, igual que la conciencia es sólo un accidente de la complejidad de nuestra materia cerebral. Freud creía que el sueño tenía la función de cumplir nuestros deseos inconscientes y de esta forma liberar tensión mental. Si bien algunas de estas ideas seguramente tienen algo de cierto y cubren algún aspecto de lo que ocurre cuando soñamos, ninguna parece concluyente y todas nos dejan sin una imagen satisfactoria para responder al misterio y a la fascinación de la experiencia de los sueños. Y es que soñar es algo bastante extraño: todas las noches viajamos mentalmente a un enigmático mundo hecho de imágenes en el que no sabemos del todo si lo que vemos es sólo una representación de nuestro contenido cerebral o si las imágenes que se nos presentan tienen vida propia y se originan en un inconsciente colectivo o en un mundo paralelo. Desde que tenemos noción de la historia, los sueños han conjeturado la idea de que al soñar viajamos a otro mundo. Ese otro mundo es explicado por la ciencia simplemente como la imaginación, pero me gustaría recordar que históricamente la imaginación no es sólo la función del cerebro de fantasear o entretener cosas inexistentes. En las tradiciones místicas la imaginación es el órgano de percepción de lo invisible --"el ojo del corazón"-- o aquello mismo que une en este mundo a los otros mundos. 

Sobre esta múltiple madeja de incertidumbre, consideremos otra línea de exploración sobre los sueños. Aclaro que es una visión, más el resultado de una imagen que una teoría y no debe ser analizada bajo la misma estructura lógica-racional. Es la idea antigua de que los sueños son el dominio del alma. Podemos decir también que son el dominio de la psique, pero en el viejo sentido de la palabra "psique", que es alma y no sólo mente. El mundo de la vigilia es sobre todo el dominio del ego, esa parte de la psique que nos hace creer que existe una sola realidad y un solo sujeto en el cuarto de control piloteando la máquina: él mismo. Si el mundo despierto del ego es lo real, entonces, el mundo de los sueños debe de ser ficción (y el alma misma es ficción puesto que no la podemos ver ni controlar). Pero tal vez la irrealidad y la insustancialidad que nos parece tan propia de los sueños sea en buena medida resultado de la influencia del ego, de que es al único personaje que escuchamos, la única voz en nuestra cabeza. En una lógica aristotélica y en un dualismo cartesiano pensamos que si el mundo despierto del ego es real entonces el mundo de los sueños --que es lo opuesto en nuestras categorías-- no puede ser también real. Nos cuesta admitir la posibilidad de que los dos puedan ser reales o más o menos reales, o los dos irreales (y es que si el ego no es real, entonces qué ocurre con nosotros, ¿por qué no desaparecemos?). Como dijera Robert Anton Wilson, en amor a la paradoja: "Todos los fenómenos son reales en algún sentido, irreales en algún sentido, sin sentido y reales en algún sentido, sin sentido e irreales en algún sentido y sin sentido reales e irreales en algún sentido". Tal vez esta sea parte de la fenomenología espectral y paradojal del sueño.

"Debemos de invertir nuestro procedimiento usual de traducir el sueño al lenguaje del ego y en cambio traducir el ego al lenguaje de los sueños. Esto significa aplicar al ego una labor-de-sueño, hacer de él una metáfora, viendo a través de su "realidad"", dice el psicólogo James Hillman. Hacer esto significa dejar de considerar al sueño como una metáfora del ego, una representación más o menos insignificante de su vida psíquica. Dejar de interpretar nuestros sueños con respecto a lo que nos ocurre en la vigilia y con respecto a los deseos del ego; darles autoridad y autonomía, creer en su propia naturaleza, personificarlos. Hillman agrega que más que traer nuestros sueños a este mundo y buscar entenderlos e interpretarlos bajo la lógica de la luz y la razón para así transmutar su enigma en algo que podamos usar y entender, podemos aceptar la invitación de los sueños y viajar a ese otro mundo de sombras. En su libro sobre los sueños, The Dream and the Underworld, Hillman comenta sobre la idea de Platón de que los sueños son sombras: "como toda sombra visual, estas imágenes oscurecen la vida, dándole profundidad, una luz doble, crepuscular, duplicidad, metáfora. La escena en el sueño (la raíz de la palabra escena tiene un parentesco con skia, "sombra") es una versión metafórica de esa escena y esos actores de antaño que han profundizado y entrado en mi alma".

No es insignificante que en la mitología griega el hogar del dios del sueño, Hipnos, se encontraba en Erebos, la tierra de la oscuridad eterna y su hermano era Tánatos, la muerte. Soñar no sólo es como morir, como dice Shakespeare, soñar también es ir con los muertos, con el pasado, con todo lo que está debajo de nosotros en nuestro inconsciente, en nuestra alma. Es necesario visitar esta parte, que es la profundidad misma de la psique, para tener una visión completa de la humanidad y de los fantasmas que habitan la psique. En este camino arquetípico podemos entender por qué Dante entró al infierno después de quedarse dormido y "desviarse del camino correcto". La puerta del infierno, del inframundo, es el sueño; recordemos también que para ir al cielo y cumplir la visión beatifica del amor divino es necesario antes cruzar el infierno (esto es lo que significa ser humanos). Esto en la psicología de Jung se conoce como integrar la sombra; en términos más seculares sería honrar nuestra historia y a nuestros antepasados.

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Thomas Moore, alumno de James Hillman y estudioso y traductor de textos clásicos, cuenta que en la antigua Grecia se creía que "grandes beneficios podían sobrevenir cuando el alma escapa del cuerpo y el mundo actual". Esto esboza una explicación de la función del sueño: el recreo del alma, el viaje necesario para seguir alimentando su naturaleza y comunicarla. Moore hace referencia a la anterior imagen donde se muestra una visita a un templo consagrado a Asclepio, el dios de la medicina. Vemos que la curación ocurre en dos niveles: primero el diagnóstico y la auscultación que todos conocemos y luego a través del sueño o lo que se conocía como incubación. Los pacientes eran conducidos al enkoimeterion (o pórtico de incubación) donde el dios se manifestaba en el sueño y daba la pauta del tratamiento y se curaba no sólo el cuerpo sino también el alma --algo que podía hacerse en el sueño).

¿Es posible que sea en los sueños que nos damos cuenta de que tenemos alma, de que somos un alma y no sólo un ego y que nuestra alma tiene su propia historia? James Hillman escribe: "Al familiarizarme con mis sueños también me familiarizo con mi mundo interior. ¿Quién vive en mí? ¿Qué paisajes interiores son míos? ¿Qué es recurrente y por lo tanto sigue regresando a habitar en mí? Estos son los animales, personas, lugares y preocupaciones, que quieren que les haga caso, que quieren hacerse mis amigos". Hillman sostiene que esta comunidad interna puede llamarse "la sangre del alma" y que "la conexión con el inconsciente nos lleva a un sentido de alma, a una experiencia de la vida interna, a un lugar donde el significado se siente en casa". De aquí que toda vida con profundidad y significado necesite de los sueños. La memoria y la imaginación en los sueños se hacen alma.

Twitter del autor: @alepholo