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La mitología moderna mantiene un episodio arquetípico: el intercambio de alimentos entre dioses, hadas, extraterrestres y otras entidades y el hombre; la comida puede llevarlo al delirio o a la perdición, al recuerdo de lo divino o al olvido y a la condena

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Como observó Carl Jung y más tarde el investigador Jaques Vallee, los OVNIs y los extraterrestres tiene numerosas similitudes con los ángeles, las hadas, los duendes y demás aspectos de la constelación de seres mágicos o supernaturales con los que la cultura popular ha conversado. Jung creía que esta nueva presentación de lo numinoso, bajo un disfraz hipertecnológico, era parte de las características particulares de nuestra era, del dominio del inconsciente colectivo. No es que Jung pensara que estos seres no eran reales per se, sino que consideraba que la psique existía más allá del cerebro humano, interpenetrando el tiempo y el espacio mismo de manera inextricable. Las hadas, los duendes, los dioses mismos parecen ser fenómenos mentales, pero la mente --y mejor dicho la psique-- está en todas partes. En palabras de James Hillman, el gran continuador del trabajo de Jung: "Ya no sé si estoy dentro de la mente o si la mente está dentro de mí".

Un punto que conecta a estos folclores a través de la historia es la recurrencia en la narrativa de encuentros o visitas en los que se realiza un intercambio de alimentos, el cual puede propiciar la misma experiencia numinosa o puede ser el objeto de una treta (muchos de estos seres son por naturaleza "tricksters"). Alimentos que son hechizos o regalos, facilitadores de estados de conciencia o hipnóticos que sumergen en un largo y peligroso sueño sin recuerdo. La reiteración e incluso el arquetipo de los intercambios de alimentos entre extraterrestres y seres humanos --con el antecedente del mundo férico-- es el tema del investigador independiente Joshua Cutchin, a quien le llama la atención que no haya sido objeto de estudio antes.

Existe en el folclor europeo --y también se puede localizar entre las tradiciones amerindias-- lo que se conoce como el "tabú del alimento". Particularmente esto sucede con las hadas: cuando bebías su bebida, te quedabas atrapado en su reino. Curiosamente existen también numerosos "cuentos de hadas" en los que un hechizo o una maldición deviene cuando el protagonista o algún personaje importante come el alimento que le ofrece, muchas veces como trampa, un ser mágico o de otra dimensión (suele ser lo que llamamos "la bruja"). Hansel y Gretel, Blancanieves, Rapunzel son sólo algunos ejemplos. Estas historias son en realidad sólo reflejos de mitos más profundos. Raptada por Hades cuando recogía flores ("la virgen desflorada"), Perséfone fue rescatada del inframundo por Hermes. La condición con la que su liberación se produjo era que no comiera nada en el trayecto de regreso al mundo superior, pero Hades la engañó para que probara seis o cuatro semillas de granada (el número varía en los relatos), cada una de las cuales la obligaban a volver al inframundo 1 mes, dando así explicación a las estaciones: cuando Perséfone estaba en la tierra el mundo florecía, cuando bajaba al inframundo se producía el invierno. Este mito tiene bastantes resonancias con el mito que todos conocemos: el de la fruta en el Paraíso que provocó la expulsión de Adan y Eva, aparentemente engañados por Satán, en forma de serpiente (símbolo del conocimiento). Coexiste en estas historias un principio de oposición, entre la caída de la gracia (y su condena) y un estado de conciencia y conocimiento secreto brindado por el fruto prohibido. Eva al probar el fruto conoce la muerte; algo similar le ocurre a Perséfone, que mantiene así su conocimiento de la muerte y de ver lo que nadie más ve, lo invisible. La muerte es considerada en el misticismo parte esencial, aliada incluso, del iniciado.

Así tenemos esta dualidad, que quizás nace de la perspectiva de quien cuenta la historia y no necesariamente significa una sanción moral universal a consumir el alimento de un ser de otro estadio de conciencia o realidad. La comida humana es lo que hace al cuerpo humano; la comida de las hadas es lo que las hace hadas y a los dioses igualmente (el soma y la ambrosía). Cuando un humano come algo de las hadas o de los dioses ocurre una transgresión, una especie de modificación transgénica, pero también un salto prometeico.

thaiartfig31En este sentido en los Vedas tenemos la fascinante historia de los Rbhus “los forjadores", los “hijos del hombre a los que se reconocía por sus ojos de sol”, los primeros mortales que alcanzaron la divinidad. Según cuenta Roberto Calasso en La literatura y los dioses, los Rhbus, acogidos por por Savitir, “aquel a quien nada se le puede ocultar”, después de un letargo de 12 días en la mansión celeste, fueron despertados por el Perro Celeste y conocieron a Tvastr, “el artífice divino, celoso guardian del soma”. Los Rhbus lograron conseguir el soma, haciendo lo que los dioses suelen utilizar con los hombres, el encantamiento, el ilusionismo: “reprodujeron cuatro veces aquella copa del Asura (Tvastr)... usando su arte, que era maya, la 'magia medidora'”. Los hombres hacen como los dioses o al menos como los demiurgos cuando son capaces de copiar la creación, de crear duplicados. Por este mismo deseo, Lucifer fue exiliado del cielo, según el antiguo mito. El tabú tal vez sea una forma de prohibir lo sagrado, desalentando al profano de probar el alimento numinoso, sabiendo que al no estar preparado seguramente lo llevará a la ruina. A la vez que estas historias están cifradas en símbolos y los alimentos parecen significar la transformación del que los ingiere. Son siempre la posibilidad de la memoria divina o del olvido, del Leteo, la pastilla roja o la pastilla azul de The Matrix.

Este tabú alimenticio existe también entre las culturas originarias de América, según relata Cutchin. Se dice que probar algo que te ofrece el Sasquatch es fatídico; este criptohomínido destruye la voluntad del hombre con un falsa galleta. Y es que en el cruce dimensional entre planos de conciencia, el hombre puede ver el alimento como si se tratara de un delicioso banquete para luego descubrir que se trataba de la corteza de un árbol o un pedazo de excremento. En la leyenda de Queztalcoatl, rey de Tula, vemos que probar el pulque de los magos de Tezcatlipoca --como una tentación diabólica (pero el "diablo", en este caso, se reconoce como su doble o sombra)-- precipita la caída de la moral de toda una época, llevándolo al incesto (una doble violación del tabú) y al exilio.

Cocina extraterrestre

Como hemos visto antes, lo que antes eran ángeles ahora son aliens, duendes que ahora son pequeños hombrecillos grises de las estrellas. Estos nuevo mitos, que reflejan una psique envuelta por el techne, naturalmente comparten el tabú de alimentos, de formas más extrañas. 

Las historias que ha recopilado Joshua Cutchin narran encuentros en los que personas reciben una pastilla o beben un jugo de colores, una "leche química" y luego entran en un estado de amnesia, a veces vagamente recordando o descubriendo después que han sido despojados de algo. En ocasiones estos alimentos son lo que permite una violación o lo que hace que se olvide esa violación, según los relatos de abducciones. Los extraterrestres también han reemplazado a los antiguos ladrones bestiales de la noche ("el coco" o" bogeyman"), a la yegua o al fantasma amoroso de las pesadillas (mare) o al mismo dios Pan, de donde viene el pánico. Uno de los casos más extraños, contado por Robert Anton Wilson en su trilogía Cosmic Trigger, relata la historia de los verdaderos "space cakes":

 

El 18 de abril de 1961, el criador de gallinas, Joe Simonton estaba desayunando cuando escuchó un peculiar sonido "similar a neumáticos frenando en el pavimento mojado" lo que le hizo mirar hacia afuera de su casa, sólo para observar un objeto plateado similar a un platillo el cual parecía estar suspendido sobre su patio. De este vehículo salieron tres pequeños hombres con uniformes azules de cuello de tortuga con cascos de emergencia. Uno de los visitantes extiende una jarra plateada similar al material de la nave, haciendo el gesto a Joe de que la llene, sin decir una palabra. Joe va por el agua y llena la jarra. Mientras tanto escucha el sonido de algo siendo cocinado al interior de la nave. Los extraterrestres le ofrecen 4 panqueques a cambio del agua. Joe los prueba, y luego relata que saben a cartón quemado. Los extraterrestres regresan a su nave, despegan y desaparecen para siempre.

Al mismo tiempo de este bizarro encuentro, cerca de ahí, Savino Borgo está manejando por la carretera 70 en Wisconsin y reporta observar un OVNI de forma de platillo volador.

Otras curiosidades forteanas son varios casos en Brasil en los que los extraterrestres tienen un ungüento que obliga a las personas tener sexo; la fascinación de los hombre de negro con la gelatina o un episodio ocurrido el 12 de abril de 1980 en Cuba, donde supuestamente crecieron papayas y manzanas gigantes después de un avistamiento.

ED TT C11 (card) (250)Todas estas historias, como expresiones arquetípicas merecen seguramente un análisis profundo, más allá de incitar cierta respuesta grotesca y por momentos cómica. Un análisis que probablemente debiera de incluir los intercambios sexuales entre los hombres y las entidades numinosas, otro vasto territorio en el que también participan los extraterrestres como los dioses. Así como también las ofrendas de alimentos ceremoniales con los que los hombres parecen tomar cierta potestad de lo supernatural o al menos sacian su hambre devoradora con las hipóstasis de las libaciones (se dice que a las hadas les gusta la miel). La comida y el sexo como agentes de comunicación en el banquete entre el hombre y su radical otredad o en su interfase con el misterio: ambos instintos que se personifican y representan a la psique en el mundo exterior, en una dimensión cósmica. Y es que el instinto, como sugiriera Aleister Crowley, es lo divino. Pero esta divinidad instintiva, esta animalidad del anima mundi, es en gran medida lo que hemos reprimido, por lo que pensamos en estas historias de sexo o convite entre el hombre y los extraterrestres o entre el hombre y otras inteligencias animales como algo ridículo o caricaturesco, o simplemente patológico. La patología, sin embargo, es también una vía de comunicación con lo divino (decía Jung que los dioses se han convertido en enfermedades). Y James Hillman ha mostrado cómo aquello que viene del dios Pan: la pesadilla, la masturbación y la violación se ha patologizado y envuelto en tabú (Pan es la inspiración del diablo cristiano) y sin embargo es también una vía de encuentro con la propia corporalidad y su cauce más enérgico y numinoso: la creatividad brutal del sexo que arrastra, la danza que aprendimos de los animales y que hemos olvidado. Quizás los dioses no nos han abandonado del todo, y no se presentan sólo como elevaciones espirituales en los picos luminosos de la conciencia --son también parte de lo más básico, de nuestras concupiscencias y los encontramos en ese nodo cáustico, en esa desmesura propia del deseo, el punto donde el alma se vuelve más sensible y salvaje y derroca al rígido control del ego.

Twitter del autor: @alepholo

A partir de un poema de Goethe, una reflexión que busca acercarse a los númenes: ¿de dónde viene la creatividad?, ¿puede el hombre convocar a las fuerzas invisibles del cosmos para que lo asistan? y, ¿cuál es la responsabilidad de quien inicia un proyecto de creación?

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Estos sonidos negros son el misterio, las raíces que se clavan en el limo que todos conocemos, que todos ignoramos, pero de donde nos llega lo que es sustancial en el arte. Sonidos negros dijo el hombre popular de España y coincidió con Goethe, que hace la definición del duende al hablar de Paganini, diciendo: "Poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica".

Federico García Lorca, "Teoría y juego del duende"

 

Hay algo sagrado en la palabra, en el compromiso que se hace con alguien, especialmente con uno mismo, tomando como testigo a los invisibles, a la ecología de almas que nos rodea. 

Hace una semana me debatía entre iniciar un proyecto o no, con cierta dejadez, acechado por los fantasmas tibios de la procrastinación. Pensando más que actuando, razonando más que imaginando. Cavilando: vacilando. Hasta que salí a caminar y en un claro donde podía recibir un poco de sol invernal, entre las ramas desnudas de un árbol, abrí una antología para leer al azar un texto:

Hasta que uno se compromete

Hasta que uno se compromete hay titubeos, la posibilidad de retraerse, siempre ineficacia… En lo que concierne a los actos de la iniciativa (y creación), hay una verdad elemental, cuya ignorancia mata innumerables ideas y espléndidos planes: que en el momento en el que uno se compromete, entonces la providencia se mueve también. Todo tipo de cosas ocurren para ayudarnos que de otra forma no habrían ocurrido. Toda una corriente de sucesos fluye de esa decisión, poniendo a nuestro favor las más diversas situaciones, encuentros imprevistos y asistencia material, que ningún hombre habría soñado acudirían a su favor.  

Cualquier cosa que puedas hacer,

o soñar que puedes,  iníciala,

el atrevimiento tiene genio,

poder y magia.

 

Este texto, escrito por Goethe, leído en inglés en la antología de poesía de Robert Bly y James Hillman, me embargó con una sensación de lo sagrado; se leía como si  fuera un texto revelado o un ominoso dictamen del I Ching. Goethe, creo, ve aquí con lo que se conoce como el ojo del corazón (el corazón, que es el órgano de la imaginación en las tradiciones místicas; la imaginación como aquello que conecta a nuestro mundo con el mundo del espíritu, la divina interfaz). En el momento en el que uno se compromete, entonces la providencia también se mueve, ese es el antiguo pacto entre el hombre y el cielo; la identidad, la resonancia, la correspondencia entre el microcosmos y el macrocosmos. 

Hay una cierta magia en empezar algo, como si el amanecer fuera el momento consentido de los dioses –esa hora luminosa y virginal donde la imaginación todavía no se ha peleado con la realidad y vuela como las palomas-- y cualquiera que se enfila con sinceridad a comenzar algo, recibe la bendición y la privanza de las fuerzas creativas. 

García Lorca escribiendo sobre el duende, ese genio gitano que posee a los artistas, dice que el duende huele a saliva de niño. Tal vez porque la saliva del niño conserva intacta su potencia seminal. El niño al hablar, si no ha sido desencantado por el spleen del mundo de los adultos, decreta realidades y abre puertas en el aire. El niño cuando habla escupe y crecen flores de su baba en la tierra. El niño que, como decía Wordsworth, llega a este mundo "seguido de una nube de gloria”. El niño, Eros, que seduce a Psique (el alma) con su belleza y su ligereza fecunda.

¿De dónde viene la creatividad?

Fludd_treeHay un antiguo debate sobre si la creatividad o la genialidad son facultades propias de un individuo o en realidad son bendiciones de los dioses o más bien los ligamentos entre el hombre y el cosmos (el anima mundi), que permiten la transmisión de la información y el flujo creativo (más que algo que uno posee, algo que lo posee a uno). En la Antigua Grecia, en Platón pero también en el más terrenal Aristóteles, se aceptaba la noción de que la posesión era algo frecuente y deseable. La manía, la locura que viene de las ninfas o de Pan, era más estimada que la mesura (Sofrosine). El poema de Goethe parece sugerir, en este mismo sentido, que aquello singular y verdaderamente extraordinario del acto creativo no surge sólo del hombre sino de su relación con el cosmos, de su compromiso con el mundo superior. El hombre solamente excita a la naturaleza para que esta pueda desatar su fuerza con él. Se llama al viento y a la lluvia que fertilizan a la tierra. El hombre es el vehículo del que se sirve el ánima para aparecer y manifestarse.

García Lorca escribe que los pueblos tienen distintos agentes numinosos, el temperamento alemán es asistido por las musas; los italianos tienen ángel; los españoles, duende. Algunas formas de creación, podemos conjeturar, son más telúricas (como la de Picasso y Lorca), surgen como temblores y trepan el cuerpo, de la tierra y el ombligo a la garganta; otras son de orden celestial (como probablemente la de Goethe, las musas que son estrellas también) y descienden con su armonía matemática. Es como si el cuerpo y el carácter mismo --ahora más fogoso, más dulce o más altivo, según-- dispusieran la atracción de un cierto espíritu (el cariz de una mecha), que introduce (y traduce) lo eterno al tiempo. En esta visión, el ángel no es sólo el mensajero, sino el mensaje mismo, logos encarnado.

James Hillman escribe en su libro The Soul's Code: "El genio le pertenece a todos. Ninguna persona es un genio o puede ser un genio, porque el genio o daimon o ángel es una escolta invisible  no-humana, no la persona con la que el genio vive". Esta es la idea expresada por el mito de Er, que relata Platón en la República, de que nacemos con un daimon, una especie de espíritu guardián que nos cuida y vigila y que nos incita a cumplir un destino. En la actualidad nos cuesta creer en esta forma de providencia --una compañía del alma--; nos es más fácil creer que nacemos completamente solos y vulnerables, todo lo que hacemos es el resultado de nuestro propio desarrollo, nuestro propio heroísmo o fracaso (o el de nuestros padres y sus taras). Pero curiosamente muchas de las personas que más vinculamos con la noción de genialidad, creían que la fuente de su conocimiento no surgía de ellos, sino que de alguna manera estaba en el mundo.

 Consideremos la siguiente frase de Nikola Tesla:

Mi cerebro es sólo un receptor. En el universo hay un núcleo del que obtenemos conocimiento, fuerza, inspiración. No he penetrado en los secretos de este núcleo, pero sé que existe.

Como Nikola Tesla, Albert Einstein reconocía que el conocimiento tenía una forma superior: "Tengo suficiente parte de artista en mí para servirme de mi imaginación. La imaginación es más importante que el conocimiento. El conocimiento es limitado. La imaginación circunda al mundo", escribió Einstein. Aquí vemos que Einstein le da a la imaginación su significado antiguo y más profundo. En la tradición platónica y en el misticismo islámico y hebreo, la imaginación es una facultad de percepción del alma con la que accedemos a las imágenes, que son las formas superiores con las que se ha concebido el mundo. Hoy pensamos en la imaginación de manera bastante alicaída, como algo que es mera elucubración, engaño y fantasía, pero antes se creía que la imaginación era un conducto que permitía al ser humano reconectar con los mundos sutiles, con el cielo y el inframundo, con los sueños y las visiones místicas.

[caption id="attachment_89713" align="aligncenter" width="512"]Robert-Fludd Imagen de Robert Fludd: el hombre es una imagen del macrocosmos, un pequeño universo[/caption]

En la imaginación comienza la responsabilidad 

El otro asunto a considerar en esto es que con el poder que se despierta como compañía de la intención creativa, proporcionalmente, se genera una responsabilidad. El compromiso es siempre mutuo. El cosmos –o la psique externa— responde al llamado profundo y abre su cofre de oro para entregarte sus herramientas, enviando el viento favorable (el aire que es el espíritu) y sincronizando el tiempo para que fructifique el esfuerzo. No alinearse con este flujo, no sólo sería defraudar a la matriz mágica de la naturaleza, sería traicionarte a ti mismo. Herir gravemente tu voluntad –esa voluntad que Aleister Crowley llamaba “la estrella”, la estrella oculta, la estrella interna--, el alma como posibilidad de articulación consciente, unida en transparencia al deseo. Iniciar vagamente proyectos, decir que vamos a hacer algo y no hacerlo es la forma en la que nuestra palabra pierde poder. La palabra que, en su contexto religioso original, si decía, hacía. La palabra que es la característica esencial que hace al hombre participar en lo divino, el Logos, el poder que le dio Dios a Adán sobre la creación: nombrar. La palabra con la que puedes ver en la oscuridad o hacer que las cosas cambien, reaccionen, se muevan. La poiesis misma.

Al decir algo y no hacerlo, al repetirnos que vamos a hacer algo o queremos hacer algo y no cumplirlo, creamos un diálogo esteril entre las diferentes personas de nuestro ser, en el que la voz vacilante del yo no es escuchada por el alma, ya que sabe que sus palabras, sin compromiso, no tienen ningún peso y no ejercen ninguna seducción habiendo demostrado su impotencia (nuestro Eros se vuelve un viejo saturnino que no excita a Psique). Esta es la fragmentación básica de la psique –la psique que según Heráclito es inabarcable y según Hillman es del tamaño del planeta entero. Cuando nuestra psique no nos escucha porque le hablamos sin realmente creer en ella, perdemos todo su poder, el poder de hacer que el mundo se ponga en marcha a nuestro favor, como la providencia de la que habla Goethe que se destapa y se derrama por todas partes cuando manifestamos una intención de inicio y compromiso.

Visto de otra forma, al comprometerse no hay marcha atrás: las fuerzas creativas han sido liberadas y pueden acompañarnos y favorecernos, pero también pueden meternos en aprietos. No hay forma de deshacer lo que decidimos (ya hemos invitado a cenar a los genios y demonios): si les damos la espalda haciendo como si no existiera nuestro compromiso y no existiera aquello que se decidió, la destrucción se esparce a nuestro alrededor, ya sea en una franca tormenta, o en una sinuosa y enredada infertilidad, yermo, desaguisado aparentemente inexplicable. Rápidamente Venus se convierte en Kali o Hécate.

Esta reflexión inspirada por un poema de Goethe es a fin de cuentas una ars poetica, una carta credencial. Los dioses no nos han abandonado, solamente nuestras teorías de percepción han cambiado y ya no admiten su aparición... Ver el mundo y creer que está vivo, que todo respira y responde a nuestras intenciones profundas, que todo tiene alma y que el cielo y la tierra también transpiran y perciben a través de ti. Crear tal vez sólo sea, como creía Jung, dejar que la creación, que los mitos primigenios, se repitan a través de nosotros.

Twitter del autor: @alepholo