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¿Existen entidades más evolucionadas que se alimentan de nosotros, de la misma forma que nosotros lo hacemos con los animales y las plantas, sin que éstos tengan plena conciencia de nuestra existencia? Tal vez sea este el gran misterio de la ciencia esotérica humana y allende.

 

La revolución de los brujos es que se rehúsan a honrar acuerdos en los que no participaron. Nadie me preguntó si consentiría en ser devorado por seres de otro tipo de conciencia.  Mis padres sólo me trajeron a este mundo para ser comida, como ellos, y ese es el fin de la historia.

Carlos Castaneda, El Lado Activo del Infinito

No puedo imaginar nada más aterrador que ser el alimento de un depredador invisible. Que incluso en este preciso momento, imposible de percibir para el estado actual de mi conciencia, esté siendo devorado lentamente por una entidad evolutivamente más elevada, que, de igual manera que nosotros nos alimentamos de seres que concebimos como evolutivamente inferiores, encuentre en mí el alimento necesario para sobrevivir y posiblemente seguir escalando en la pirámide de la conciencia universal.

Pienso en aquellas películas de terror que uno ve para sentir una sensación muy particular, un rush existencial, en las que generalmente había un asesino o entidad maligna que acechaba a los protagonistas (de los cuales nosotros éramos sucedáneo). Este rol antagónico era más efectivo, generaba más miedo, en la medida en la que era más indefinido, más abstracto y metafísico. Es el horror cósmico de Lovecraft o los poderes supernaturales de los personajes de Stephen King. Pienso que tal vez este ascenso del terror en proporción a lo incognoscible, al misterio de lo paranormal,  tiene una profunda ancla en la mente colectiva de la humanidad. Tal vez es un vestigio del mirífico atisbo de los dioses y demonios que habitan el mundo –o al menos habitan la psique que proyecta, sobre la cueva de lo real, una historia del mundo.

Nos gusta pensar que en las dimensiones superiores de la evolución – si es que no somos la cereza en el pastel , la obra maestra de la evolución (o de Dios)— el universo de alguna manera se acomoda a una armonía en la que los seres conscientes conviven pacíficamente, abriendo paso en la escala cósmica sin obstaculizar el impulso ascendente de los que vienen abajo. Dice el investigador esotérico Juán García Atienza:

La realidad para el ser humano, está compuesta como una pirámide escalonada en la que nosotros ocuparíamos la cúspide, abarcando todo cuanto sube hasta nuestros pies y con el convencimiento de que, por encima nuestro, todo el inmenso cielo pertenece a una sola divinidad protectora que nos abarca y nos integra en su infinitud única e indivisible.

Ya sea que imaginemos que somos un epifenómeno exclusivo de la evolución y que no existe vida o conciencia por encima de nosotros en el desierto del espacio; que creamos que arriba de nosotros solo existe más que la legión divina, el cielo en su desnudez rutilante de fusión absoluta; o que pensemos que existen seres más evolucionados –actualmente conjuramos extraterrestres en mundos distantes—nos cuesta trabajo contemplar, con seriedad, la posibilidad de que seamos el alimento, la energía, de una especie íntimamente ligada con nuestra matriz de existencia, si bien imperceptible.  Dejamos esto a la especulación exorbitada de las conspiraciones y de los freaks del new age, pero un análisis minucioso de nuestra experiencia, mirando hacia abajo en la escala evolutiva, al menos hace plausible teóricamente que existan entidades que no percibimos del todo y que se alimentan de nosotros. De no haberlas, algo que también es posible, sería, sin embargo, un caso completamente excepcional.

En este punto quisiera detenerme brevemente para aclarar que mi intención al explorar este tema no es crear una conciencia paranoica ni tampoco revelar una epifanía metafísica. Sinceramente, en lo personal, no tengo ningún tipo de evidencia de que existan estas hipotéticas entidades más evolucionadas que, bajo la elemental lógica de la pirámide alimenticia, podrían usarnos como comida. Mi inquietud nace solamente de una perspectiva teórica, de que dentro de un esquema racional basado en la observación y en la experiencia de lo que conocemos en este planeta es enteramente plausible concebir la existencia de seres por encima de nosotros en la escala evolutiva. Es posible que, de existir, estas entidades hayan evolucionado a un punto en el que no sea necesario alimentarse de aquellas entidades inmediatamente inferiores –de alguna manera como algunos seres humano se rehúsan a alimentarse de los animales. Podrían alimentarse de xenón,  luz ultravioleta, imprimir sus propios alimentos en 5D o algo equivalente a la nanotecnología, por todo lo que sabemos. Pero también es muy posible que, entre la multiplicidad de seres que podrían haber evolucionado en este planeta o en otros proyectos de vida, existan aquellos para los que los seres humanos somos apetecibles. Incluso podrían existir entidades para los que somos más que una delicatessen en el menú cósmico, somos una indispensable fuente de energía en su dieta, quizás como uno de esos pollos transgénicos de granja, especialmente crecidos para alimentar a poblaciones enteras. Y no necesariamente tendrían que alimentarse de nuestra carne, de la misma forma que nosotros extraemos sustancias de algunas plantas o usamos algunos minerales para alimentar nuestra tecnología, podrían sintetizar a través de nosotros algún tipo de molécula, utilizarnos (como ocurre en Matrix) como una batería o algo aún más arcano.

En una de las pocas entrevistas en las que quiso hablar acerca de la trama subyacente de su película 2001: Odisea en el Espacio, Stanley Kubrick dijo:

Tales inteligencias cósmicas, evolucionando en conocimiento por eones, estarían tan distantes del hombre como nosotros estamos de las hormigas. Podrían estar en comunicación telepática instantánea a lo largo del universo, podrían haber logrado la maestría total sobre la materia y de esta forma se podrían transportar instantáneamente a través de billones de años luz de espacio; en su última fase podrían abandonar la forma física y existir como una consciencia incorpórea inmortal en todo el universo.

Ciertamente estas inteligencias, dioses desde nuestra limitada conciencia, podrían haber trascendido la biología y no necesitar de alimento como lo conocemos. Pero entonces podría ser que se “alimenten”  de una comida mental, de la adoración, de la energía psíquica o de otras formas sutiles de energía que podrían encontrar en nosotros.  Y estas inteligencias cósmicas podrían estar en los lugares que menos esperamos. En su ensayo La Promesa de la Serpiente, Aeolus Kephas, advierte:

En un medio ambiente predatorio, todo es alimento para alguien más, entonces, ¿por qué asumir que esto no se aplica en el campo de la conciencia o a nuestra interacción con esos “espíritus” que residen en los enteógenos que consumimos, deseosos de ser poseídos por Dios? 

Según Juán García Atienza, un hombre que investigó a fondo temas de lo que llamó “la otra realidad” sin perder del todo la cordura, en los niveles de evolución consciente, ya no se trata solamente de “una dependencia irracional e instintiva” sino de la captación de una esencia que una especie consigue mediando su inteligencia y voluntad, para seguir subsistiendo y finalmente escalar la pirámide evolutiva hacia “los niveles superiores de conciencia universal”.

En este plano escalar de la evolución cósmica no existen las categorías morales del bien y el mal, existe un feroz intercambio de energía. En un universo predatorio donde la energía parece ser lo que define si una entidad puede continuar su existencia y posiblemente seguir ascendiendo hacia un “extraño atractor” (el término usado por Terence Mckenna para describir el magnetismo al final del tiempo que impulsa a la evolución) no es de esperarse que abunde la condescendencia moral. Si es que existen seres más evolucionados que nosotros que actúan de manera que favorece nuestra propia evolución, cual ángeles, seguramente lo hacen porque está conducta favorece su propia evolución al aumentar, bajo un mecanismo de feedback, su nivel energético.

Daniel Pinchbeck explica en su libro Breaking Open the Head las ideas del místico armenio George Gurdjieff:

Este proceso transformador ocurre en etapas, en el tiempo. Creía que todo, incluyendo los procesos psíquicos y los pensamientos, eran una forma material –y todo lo material, era en cierta forma, sensible. “Todo a su manera es inteligente y consciente”, dijo. “El grado de conciencia corresponde a un grado de densidad o de velocidad de vibraciones. Entre más densa la materia, menos consciente es”. En su perspectiva, el universo funcionaba como un sistema de “mantenimiento recíproco”, donde cada nivel de entidad se alimenta de las entidades inferiores. Los seres humanos, las entidades orgánicas más conscientes de la Tierra, eran alimento de los demiurgos por encima de ellos.

 La misma idea en La Gran Manipulación Cósmica de Atienza:

Toda la realidad cósmica es una constante acumulación de tensiones, de causas y efectos, un toma y daca en el que cada entidad recibe su esencia de otra y cede su energía para que, a su vez, sea utilizada por otra entidad más evolucionada, la cual procura cuidar y conservar, por su parte, la fuente de su propia supervivencia. Ese cuidado y esa conservación suponen precisamente [una] manipulación.

La pregunta de por qué no percibimos, al menos la mayoría de los humanos, a estas hipotéticas entidades podría explicarse por esta manipulación. En muchos casos es importante para el predador que la presa no sepa que está merodeando en el perímetro. O al menos que no perciba que es una amenaza para que siga haciendo lo que hace sin perturbarse. Un ejemplo de esta manipulación es imaginado por Aeolus Kephas: estas inteligencias, sugiere, pueden llegar incluso a utilizar a las plantas para coaccionar al ser humano:

Los espíritus son inteligencias inorgánicas (que podrían incluir a lo que llamamos las almas de los muertos). Siendo inorgánicos o muertos no tienen acceso a la forma física sensible.  Esta es un área en la cual no estoy seguro al cien por ciento, ya que los espíritus inorgánicos aparentemente pueden vivir en la materia orgánica, de la misma forma que los seres elementales o las hadas, se dice, pueden vivir en las rocas y en las plantas y demás. Puede ser que estos espíritus busquen específicamente experimentar la existencia humana —y hacer que seres humanos encarnados ingieran enteógenos sea una formar para lograr esto. Cualquiera que sea el caso, aparentan desear no solo congreso con sino ingreso a (y a través de) nuestra conciencia, lo cual consiguen no solo accediendo a nuestras neuronas (al tiempo que son “secuestradas” por los químicos psicoactivos) sino a toda la red a la que estas neuronas están vinculadas.

Una de las más detalladas descripciones de estos supuestas entidades que se alimentan del ser humano es la desarrollada por Carlos Castaneda, en un principio crípticamente, bajo el apelativo de los seres inorgánicos y luego, en El Lado Activo del Infinito, más explícitamente con el nombre del “depredador” y “los voladores” (que vinieron "desde las profundidades del cosmos" a gobernar nuestras vidas) . Algunos consideran que los libros de Castaneda son ficción o que en muchos casos utiliza metáforas cuando muchas personas lo toman literalmente. De cualquier forma es una referencia ineludible en este tema. Castaneda pone en boca de Don Juán Matus:

Ellos son los que establecieron nuestras esperanzas y expectativas y los sueños de éxito o fracaso. Nos han dado la codicia, la avaricia y la cobardía. Es el predador el que nos hace complacientes, rutinarios y ególatra […] los depredadores nos dieron su mente, que se convirtió en nuestra mente.

Esta última frase tiene ecos de la filosofía gnóstica, donde los seres inorgánicos, voladores o depredadores, son llamados Arcontes (los señores planetarios), que según textos cristianos como los del Nag Hammadi, son una especie de tricksters que crean realidad simuladas, duplicados en los que el ser humano cae ilusoriamente como un pez muerde la carnada de un anzuelo.  En The Three Stigmata of Palmer Eldritch, Phillip K. Dick da voz a un Arconte interplanetario que se infiltra en la mente individual y colectiva de la humanidad:

 Lo que quiero decir es que me convertiré en todas las personas del planeta…Seré todos los colonos mientras arriban y empiezan a vivir aquí. Guiare su civilización. Es más seré su civilización.

En reiteradas ocasiones, no sabemos si de manera metafórica, Gurdjieff mencionó que los seres humanos eran “comida de la Luna”, tal vez en una resonancia con el sistema gnóstico en el que los Arcontes son vistos como rectores planetarios, generalmente siete (los siete planetas).

El investigador francés Jacques Vallee, de forma similar, dice en su libro Messengers of Deception que los extraterrestres (o cyborgs) provienen del sistema planetario local y que "el fenómeno OVNI" es “un sistema de control espiritual” que se comporta como “un proceso de condicionamiento” y que estas supuestas entidades, más que utilizar máquinas (naves) estaría alterando nuestra percepción o jugando con las leyes de la física que conocemos.

Esta aparente manipulación de la que seríamos objeto, forjando un sistema de creencias propenso a mantenernos como “carne de cañón”,  podría explicar tal vez la función que ha tenido la religión organizada en la histora del hombre. Pensadores como Marx y Nietzsche advirtieron que la religión funcionaba como una operación de manipulación psicológica destinada a despojar al hombre de su poder personal, induciéndolo a un estado de sopor y sumisión. Pese a esta remoción de la fuerza individual se generaba una adoración de las entidades y mecanismos que propiciaban dicho despojo. Incluso, por mucho tiempo, en numerosas culturas, se sacrificaban animales y seres humanos para saciar el hambre de estas entidades superiores. Pero, de existir estas entidades predatorias, ¿acaso no es justamente lo que les convendría, que pensáramos en ellas como dioses? Y así nos estuviéramos sin sobresaltos en el “humanero” y marcháramos sin resistencia al matadero.

En la Biblia en diversas ocasiones se hace referencia a la divinidad (padre o hijo) como el pastor, y al ser humano como el rebaño o el ganado. Los dioses griegos también obtienen el epíteto, en las épicas homéricas, de “pastores de hombres”. El pastor puede desarrollar cierto afecto por sus ovejas, pero a fin de cuentas lo que hace siempre es manipular a su ganado para obtener un alimento. Esta es la esencia de un pastor y un rebaño.

Ahora bien si es que existen estas entidades, más allá de que presentan un aspecto en primera instancia terrorífico y en segunda, y más importante, representan un obstáculo insoslayable para la continuidad evolutiva del ser humano y la libertad del individuo, esto es de ninguna manera algo que deba tomarse a mal. En cierta forma, en el divino misterio del universo, aquello que está por encima de nosotros, ángel o vampiro, es lo que nos propulsa, nos jalonea hacia arriba, nos motiva a superar el estadio actual de víctimas de la realidad predatoria. Explica Castaneda en palabras de Don Juán:

Los voladores son una parte esencial del universo... y deben ser tomados como lo que realmente son - increíbles, monstruosos. Son el medio por el cual el universo nos pone a prueba.

 El maestro Gurdjieff hace la arenga:

Las posibilidades de evolucionar existen y se pueden desarrollar en individuos aislados…

Las fuerzas que se oponen a la evolución de las grandes masas humanas también se oponen a la evolución de cada hombre. Toca a cada uno chasquearlas.

En cierta forma, si existen, estas entidades son como los guardianes del Castillo --o del Paraíso: tanto la espada del arcángel como la promesa de la serpiente... Como aquel irritante ujier que impide la entrada a la Ley (divina) a la transpersonalización de Kafka en El Proceso, son terribles, inmisericordes e insondables, pero también imprescindibles si queremos acceder a esa realidad superior, a ese misterio que nos llama desde la profundidad de nuestro espíritu, en la que se disuelve el universo y la totalidad de la existencia. Están ahí, al final del nivel, y definen si nos toca Game Over (y volver a empezar en la rueda de las vidas) o  alcanzamos el tálamo de la Princesa (el dote de Gaia-Sophia).

Twitter del autor: alepholo

El filósofo David Pearce plantea que abolir el sufrimiento sería el detonador de una nueva etapa en la evolución humana, y que esto es perfectamente posible con el concurso de la medicina genética y el desarrollo de fármacos psicoactivos
Nunca hubo un filósofo 
que pudiera soportar un dolor de muela con paciencia
[Much Ado About Nothing, William Shakespeare]

 

"Que todos los seres sintientes sean liberados del sufrimiento y sus causas", dijo Buda Gautama. David Pearce busca llevar a cabo esta misión que es también una bendición. Acelerar el despertar del  post-humano que se divinza a través de un cóctel de drogas inteligentes, de ingeniería genética y estimulación magnética transcraneal. La ciencia entregará las llaves del paraíso. Esta es la visión del transhumanismo utópico que hemos visto muchas veces antes, pero Pearce es quizás su más brillante expositor. Tiene un plan.

La clave de la evolución orientada a la abolición del surfrimiento no está en el desarrollo socioeconómico ni en la mejora de un ambiente externo, explica Pearce, la clave yace en  nuestra capacidad de hackear nuestros propios organismos y acabar físicamente con el dolor. Activando un soporte neurológico de éxtasis perenne aliado al desarrollo de la empatía. Una felicidad que en su eclosión aniquila el egoísmo.

La herramienta fundamental para fraguar este "Mundo Feliz" en su versión libertaria es la terapia genética, tanto de células somáticas como germinales."Astutamente aplicados, una combinación del aumento celular del sistema mesolímbico dopaminérgico, un aumento selectivo de la función metabólica de subtipos intracelulares de vías opioidérgicas y serotonérgicas, y la desactivación de varios procesos de retroalimentación inhibitoria colocarán en su lugar la arquitectura biomolecuar que dará pie a una gran transición en la evolución humana".

Pearce considera que las vías metabólicas del dolor y el malestar evolucionaron porque ayudarón a la optimización de nuestros genes en un medio ambiente ancestral --y a generar más copias de ADN. Pero actualmente pueden ser reemplazadas por una arquitectura neural basada en gradientes hereditables de felicidad pura. "Estados sublimes de bienestar están destinados a ser  la norma genéticamente pre-programada de nuestra salud mental". Pearce hace referencia a cómo hace un par de siglos la noción de que el dolor físico podía ser abatido, antes del desarrollo de sustancias analgésicas y anestéticas, hubiera parecido absurdo. En algunas décadas, padecimientos emocionales que generan sufrimiento, o estados mentales indeseables, podrán también ser interrumpidos. 

Creo que todas las memorias mediocres podrán ser editables también --y eso incluye toda la era darwiniana. Las memorias de las experiencias pico de hoy parecerán banales en comparación con las texturas cotidianas de la vida en algunos siglos. Mejoras en la tecnología de neuroescáneo pronto nos permitirán identificar sellos moleculares de dicha pura y genéticamente 'sobre-expresar' sus substratos. Neurocientíficos ya se están acercando a "zonas calientes hedonistas" gemelas de un milímetro cúbico de tamaño en el pallidum ventral y en el núcleo accumben del cerebro de roedor. Las zonas calientes hedonistas equivalentes en el cerebro humano podrían ser tan grandes como un centímetro cúbico. Sospecho que contienen el perfil de expresión genética que hace que la vida valga la pena vivirse. Si esto es así, existe una perspectiva para la refinación y amplificación de la inteligencia. Nuestras desagradables emociones darwinianas pueden ser abolidas. Podremos vivir vidas verdaderamente dignas de recordar.

Perace sugiere que la ingeneiría genética y los fármacos de siguientes generaciones no sólo podrán abolir el sufrimiento, también abolirán el pasado, puesto que ambos están estrechamente ligados. No podemos acceder a este neuroparaíso sin antes desanudar todos los patrones de comportamiento que están ligados a un estado del mundo y a una serie de eventos situados en el pasado. Conjura aquí una especie de tecnozen, una desgranada eternidad genómica.

La vertiente de la neurofarmacología para instaurar un moksha sinético, si bien no es tan eficiente como la genética para Pearce, cuenta con una amplia gama de posibilidades aún poco aprovechadas. 

Tomar MDMA (éxtasis) puede ser poco mejor que inhalar pegamento en comparación con la salud mental en una era de medicina postgenómica. Pero los empatógenos como el MDMA nos recuerdan que no todas las drogas eufóricas promueven el comportamiento egoista. Éticamente es (presumiblemente) mejor buscar un estado alterado de empatía y a veces fallar que no molestarse en empatizar para nada.

La trinidad mágica de nuevas sustancia para Pearce estará compuesta de una síntesis de enteógenos, empatógenos y enactógenos. Y el élixir del futuro no será como el soma de la novela de Aldous Huxley, "Un Mundo Feliz", cuyos efectos son similares al de un tranquilizante o un opiáceo. 

La combinación de la farmacoterapia y la medicina genética nos reingeniará, según Pearce, cruzando, para citar un ejemplo, a Jesús con Einstein. Y ese serás tú. Tu mejor tú: con una mayor capacidad para amar, empatizar y procesar información de lo que actualmente se puede acceder neuroquímicamente.

Pero, ¿nos convertiremos poco a poco en extáticos androides, en autómatas de la iluminación, sin bifurcar nuestros senderos o revelarnos a favor de la oscuridad y el caos indómito? ¿Se acabará la seducción del exotismo que nos permite rebasarnos? ¿El regalo del otro, o de lo otro, a través del cual crecemos, nos reinventamos? ¿Esa felicidad, esos neurotransmisores que cazamos en los otros, en cuya dificultad de obtener hay una profunda recompensa?

Pearce piensa que esto es solamente el pensamiento sintomático de un perspectiva limitada (por su propia función cerebral, por el mismo sufrimiento que no permite horizontes más amplios). En realidad abolir el sufrimiento y extender la felicidad no resulta en una monotonía distópica, en una falta de variedad y de desafíos. "Aumentar la función de la dopamina, no sólo extiende la profundidad de la motivación que tenemos para actuar: el sentido hiper-dopaminérgico de las cosas que hacer. También amplifica el espectro de estímulos que recompensan a un organismo. Al expandir el espectro de actividades potenciales que disfrutamos, la función dopaminérgica aumentada asegurará que seamos menos propensos a estancarnos en una rutina depresiva".

El neurogrial de un sistema mesolímbico de dopamina de función aumentada también enriquece nuestra voluntad, por lo cual no seremos como los zombies felices de algunos escenarios futuristas, argumenta Pearce. Esta es la forma en la que los nuevos antidepresivos son probados: si son efectivos, revierten la sensación de impotencia, abulia y desaliento conductual de una depresión clínica.

La superfelicidad confiere resistencia superhumana. Así que enriquecer nuestros circuitos de recompensa  promete aumentar nuestra capacidad de lidiar con el estrés y la adversidad incluso mientras su incidencia y su severidad disminuye. La biotecnología nos puede empoderar para convertirnos en el superhombre --no a la manera insensible del Übermenschen nietzscheano, ya que nuestra capacidad empática aumentada puede extenderse a todos los seres sintientes,  aunque sí en el sentido de una fuerza mental indomable.

Surge aquí la visión del bodhisatva genómico: empático, hiperinteligenente y en un estado permanente de ananda. ¿Abrazaría Buda la biotecnología como el camino más corto para acabar con el sufrimiento? Pearce cree que, cómo él, Buda también era utilitario. "El budismo no es una religión revelada. Buda Gautama parece haber sido pragmático. Intentemos lo que funciona. Si se le presentara la biotecnología contemporánea, dudo que insistiría en que atravesaramos los traumas de miles de vueltas de reencarnación. Creo que sería un entusiasta de la medicina genética como un regalo invaluable y nos urgiría a extender su uso para asegurar el bienestar de todos los seres sintientes, no sólo de nosotros".

Las ideas de Pearece son claras y estimulantes, ha creado todo un sistema tecnofilosófico alrededor del imperativo hedonista y su reverso de abolición del sufrimiento. Pero habría que oponer un posible contrargumento.  Por ejemplo, que tal vez la felicidad no es la máxima razón por la que estamos aquí.  Si bien el sufrimiento parece no ser tan fecundo en el aumento de las funciones cerebrales, o en crear estados mentales que propician la innovación; es posible que tenga una función espiritual, como sostienen algunas de las grandes religiones.  Si el hombre no tuviera que sufrir nunca tal vez no podría identificar aquellas cuestiones que, al enfrentarlas, precisamente le ayudarán escapar de la rueda del karma y la reencarnación, aquellas cuitas que lo persiguen desde su llegada a este plano de existencia (si es que se suscribe a esta teoría de la reencarnación); podría conseguir un plácido paraíso terrenal, pero quizás ese paraíso solo sería una ilusión, un simulacro que posterga  indefinidamente un paraíso en todo esplendor. Pearce, hay que decirlo, podría argumentar que justamente esta felicidad pura, este éxtasis que eleva nuestras capacidades cerebrales nos permitiría discernir entre la ilusión y la realidad, y tomar una decisión con conocimiento para encauzar una evolución integral que sea capaz de entender cabalmente la naturaleza espiritual de nuestra existencia (o su fabricación como artilugio para combatir a la muerte).

Asimismo es posible que el sufrimiento sea parte de una necesaria fricción que energetiza la evolución (en esa danza dual). El conflicto en toda historia es lo que permite superar obstáculos y alcanzar nuevas alturas. Aunque Pearce sugiere que la medicina genética y la neurofarmacología pueden contemplar diseños que no renuncien a esta voluntad inherente, y fomenten la diversidad explorativa caracetrística de la empresa humana en expansión. Falta ver para creer que esta supuesta iluminación artificial seguirá proveyendo la motivación para poner las cosas de cabeza. ¿Los hombre siempre felices e hiperinteligentes, nunca se duermen en sus laureles? ¿Alcanzamos la perfección en stasis, o es la perfección en realidad un imán indetenible que nos hace movernos? En una sociedad totalmente feliz, sin un asomo de sufrimiento y malestar,¿quién surgirá para alterar el orden de las cosas, para rebelarse de esta estructura? ¿O es que todo progresará eternamente, en homeostasis,  hacia  el bien absoluto?  El argumento de Pearce aquí podría venir en el sentido de que lo que ocurrirá es que habremos superado estas preocupaciones mundanas (que sistema político tomaremos será irrelevante) y entraremos en una dimensión mental divina: el ser que ya no tiene preocupaciones cotidianas, que ya no necesita resolver su propia problemática existencial, puede dirigirse a otro ámbito: el de la creación. Este esbozo de eterno éxtasis, en perpetuo aumento, puesto que los mundos de la mente son infinitos, podría resultar en una era demiúrgica. El paraíso recobrado es el surtidor de nuevos paraísos perdidos en una eterna trama de encuentro y extravío. Esto me parece plausible, que nuestro destino sea crear nuevos mundos, nuevos planetas y galaxias, e incluso ser estos mundos: diseminar nuestra conciencia como un parque de diversiones espiritual en el espacio. Pero, a diferencia de Pearce, yo no habría pensado necesariamente en el camino de la biotecnología y la ingenería genética para acelerar este proceso. En algún punto, coincido, tal vez el sufrimiento ya no sea necesario; no sé si estemos cerca de este punto. O si este punto está reservado a otro plano existencial. Mi pregunta es, ¿ surgirá una verdadera energía erótica del matrimonio de la magia y la tecnología?

Twitter del autor: alepholo