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¿Existen entidades más evolucionadas que se alimentan de nosotros, de la misma forma que nosotros lo hacemos con los animales y las plantas, sin que éstos tengan plena conciencia de nuestra existencia? Tal vez sea este el gran misterio de la ciencia esotérica humana y allende.

 

La revolución de los brujos es que se rehúsan a honrar acuerdos en los que no participaron. Nadie me preguntó si consentiría en ser devorado por seres de otro tipo de conciencia.  Mis padres sólo me trajeron a este mundo para ser comida, como ellos, y ese es el fin de la historia.

Carlos Castaneda, El Lado Activo del Infinito

No puedo imaginar nada más aterrador que ser el alimento de un depredador invisible. Que incluso en este preciso momento, imposible de percibir para el estado actual de mi conciencia, esté siendo devorado lentamente por una entidad evolutivamente más elevada, que, de igual manera que nosotros nos alimentamos de seres que concebimos como evolutivamente inferiores, encuentre en mí el alimento necesario para sobrevivir y posiblemente seguir escalando en la pirámide de la conciencia universal.

Pienso en aquellas películas de terror que uno ve para sentir una sensación muy particular, un rush existencial, en las que generalmente había un asesino o entidad maligna que acechaba a los protagonistas (de los cuales nosotros éramos sucedáneo). Este rol antagónico era más efectivo, generaba más miedo, en la medida en la que era más indefinido, más abstracto y metafísico. Es el horror cósmico de Lovecraft o los poderes supernaturales de los personajes de Stephen King. Pienso que tal vez este ascenso del terror en proporción a lo incognoscible, al misterio de lo paranormal,  tiene una profunda ancla en la mente colectiva de la humanidad. Tal vez es un vestigio del mirífico atisbo de los dioses y demonios que habitan el mundo –o al menos habitan la psique que proyecta, sobre la cueva de lo real, una historia del mundo.

Nos gusta pensar que en las dimensiones superiores de la evolución – si es que no somos la cereza en el pastel , la obra maestra de la evolución (o de Dios)— el universo de alguna manera se acomoda a una armonía en la que los seres conscientes conviven pacíficamente, abriendo paso en la escala cósmica sin obstaculizar el impulso ascendente de los que vienen abajo. Dice el investigador esotérico Juán García Atienza:

La realidad para el ser humano, está compuesta como una pirámide escalonada en la que nosotros ocuparíamos la cúspide, abarcando todo cuanto sube hasta nuestros pies y con el convencimiento de que, por encima nuestro, todo el inmenso cielo pertenece a una sola divinidad protectora que nos abarca y nos integra en su infinitud única e indivisible.

Ya sea que imaginemos que somos un epifenómeno exclusivo de la evolución y que no existe vida o conciencia por encima de nosotros en el desierto del espacio; que creamos que arriba de nosotros solo existe más que la legión divina, el cielo en su desnudez rutilante de fusión absoluta; o que pensemos que existen seres más evolucionados –actualmente conjuramos extraterrestres en mundos distantes—nos cuesta trabajo contemplar, con seriedad, la posibilidad de que seamos el alimento, la energía, de una especie íntimamente ligada con nuestra matriz de existencia, si bien imperceptible.  Dejamos esto a la especulación exorbitada de las conspiraciones y de los freaks del new age, pero un análisis minucioso de nuestra experiencia, mirando hacia abajo en la escala evolutiva, al menos hace plausible teóricamente que existan entidades que no percibimos del todo y que se alimentan de nosotros. De no haberlas, algo que también es posible, sería, sin embargo, un caso completamente excepcional.

En este punto quisiera detenerme brevemente para aclarar que mi intención al explorar este tema no es crear una conciencia paranoica ni tampoco revelar una epifanía metafísica. Sinceramente, en lo personal, no tengo ningún tipo de evidencia de que existan estas hipotéticas entidades más evolucionadas que, bajo la elemental lógica de la pirámide alimenticia, podrían usarnos como comida. Mi inquietud nace solamente de una perspectiva teórica, de que dentro de un esquema racional basado en la observación y en la experiencia de lo que conocemos en este planeta es enteramente plausible concebir la existencia de seres por encima de nosotros en la escala evolutiva. Es posible que, de existir, estas entidades hayan evolucionado a un punto en el que no sea necesario alimentarse de aquellas entidades inmediatamente inferiores –de alguna manera como algunos seres humano se rehúsan a alimentarse de los animales. Podrían alimentarse de xenón,  luz ultravioleta, imprimir sus propios alimentos en 5D o algo equivalente a la nanotecnología, por todo lo que sabemos. Pero también es muy posible que, entre la multiplicidad de seres que podrían haber evolucionado en este planeta o en otros proyectos de vida, existan aquellos para los que los seres humanos somos apetecibles. Incluso podrían existir entidades para los que somos más que una delicatessen en el menú cósmico, somos una indispensable fuente de energía en su dieta, quizás como uno de esos pollos transgénicos de granja, especialmente crecidos para alimentar a poblaciones enteras. Y no necesariamente tendrían que alimentarse de nuestra carne, de la misma forma que nosotros extraemos sustancias de algunas plantas o usamos algunos minerales para alimentar nuestra tecnología, podrían sintetizar a través de nosotros algún tipo de molécula, utilizarnos (como ocurre en Matrix) como una batería o algo aún más arcano.

En una de las pocas entrevistas en las que quiso hablar acerca de la trama subyacente de su película 2001: Odisea en el Espacio, Stanley Kubrick dijo:

Tales inteligencias cósmicas, evolucionando en conocimiento por eones, estarían tan distantes del hombre como nosotros estamos de las hormigas. Podrían estar en comunicación telepática instantánea a lo largo del universo, podrían haber logrado la maestría total sobre la materia y de esta forma se podrían transportar instantáneamente a través de billones de años luz de espacio; en su última fase podrían abandonar la forma física y existir como una consciencia incorpórea inmortal en todo el universo.

Ciertamente estas inteligencias, dioses desde nuestra limitada conciencia, podrían haber trascendido la biología y no necesitar de alimento como lo conocemos. Pero entonces podría ser que se “alimenten”  de una comida mental, de la adoración, de la energía psíquica o de otras formas sutiles de energía que podrían encontrar en nosotros.  Y estas inteligencias cósmicas podrían estar en los lugares que menos esperamos. En su ensayo La Promesa de la Serpiente, Aeolus Kephas, advierte:

En un medio ambiente predatorio, todo es alimento para alguien más, entonces, ¿por qué asumir que esto no se aplica en el campo de la conciencia o a nuestra interacción con esos “espíritus” que residen en los enteógenos que consumimos, deseosos de ser poseídos por Dios? 

Según Juán García Atienza, un hombre que investigó a fondo temas de lo que llamó “la otra realidad” sin perder del todo la cordura, en los niveles de evolución consciente, ya no se trata solamente de “una dependencia irracional e instintiva” sino de la captación de una esencia que una especie consigue mediando su inteligencia y voluntad, para seguir subsistiendo y finalmente escalar la pirámide evolutiva hacia “los niveles superiores de conciencia universal”.

En este plano escalar de la evolución cósmica no existen las categorías morales del bien y el mal, existe un feroz intercambio de energía. En un universo predatorio donde la energía parece ser lo que define si una entidad puede continuar su existencia y posiblemente seguir ascendiendo hacia un “extraño atractor” (el término usado por Terence Mckenna para describir el magnetismo al final del tiempo que impulsa a la evolución) no es de esperarse que abunde la condescendencia moral. Si es que existen seres más evolucionados que nosotros que actúan de manera que favorece nuestra propia evolución, cual ángeles, seguramente lo hacen porque está conducta favorece su propia evolución al aumentar, bajo un mecanismo de feedback, su nivel energético.

Daniel Pinchbeck explica en su libro Breaking Open the Head las ideas del místico armenio George Gurdjieff:

Este proceso transformador ocurre en etapas, en el tiempo. Creía que todo, incluyendo los procesos psíquicos y los pensamientos, eran una forma material –y todo lo material, era en cierta forma, sensible. “Todo a su manera es inteligente y consciente”, dijo. “El grado de conciencia corresponde a un grado de densidad o de velocidad de vibraciones. Entre más densa la materia, menos consciente es”. En su perspectiva, el universo funcionaba como un sistema de “mantenimiento recíproco”, donde cada nivel de entidad se alimenta de las entidades inferiores. Los seres humanos, las entidades orgánicas más conscientes de la Tierra, eran alimento de los demiurgos por encima de ellos.

 La misma idea en La Gran Manipulación Cósmica de Atienza:

Toda la realidad cósmica es una constante acumulación de tensiones, de causas y efectos, un toma y daca en el que cada entidad recibe su esencia de otra y cede su energía para que, a su vez, sea utilizada por otra entidad más evolucionada, la cual procura cuidar y conservar, por su parte, la fuente de su propia supervivencia. Ese cuidado y esa conservación suponen precisamente [una] manipulación.

La pregunta de por qué no percibimos, al menos la mayoría de los humanos, a estas hipotéticas entidades podría explicarse por esta manipulación. En muchos casos es importante para el predador que la presa no sepa que está merodeando en el perímetro. O al menos que no perciba que es una amenaza para que siga haciendo lo que hace sin perturbarse. Un ejemplo de esta manipulación es imaginado por Aeolus Kephas: estas inteligencias, sugiere, pueden llegar incluso a utilizar a las plantas para coaccionar al ser humano:

Los espíritus son inteligencias inorgánicas (que podrían incluir a lo que llamamos las almas de los muertos). Siendo inorgánicos o muertos no tienen acceso a la forma física sensible.  Esta es un área en la cual no estoy seguro al cien por ciento, ya que los espíritus inorgánicos aparentemente pueden vivir en la materia orgánica, de la misma forma que los seres elementales o las hadas, se dice, pueden vivir en las rocas y en las plantas y demás. Puede ser que estos espíritus busquen específicamente experimentar la existencia humana —y hacer que seres humanos encarnados ingieran enteógenos sea una formar para lograr esto. Cualquiera que sea el caso, aparentan desear no solo congreso con sino ingreso a (y a través de) nuestra conciencia, lo cual consiguen no solo accediendo a nuestras neuronas (al tiempo que son “secuestradas” por los químicos psicoactivos) sino a toda la red a la que estas neuronas están vinculadas.

Una de las más detalladas descripciones de estos supuestas entidades que se alimentan del ser humano es la desarrollada por Carlos Castaneda, en un principio crípticamente, bajo el apelativo de los seres inorgánicos y luego, en El Lado Activo del Infinito, más explícitamente con el nombre del “depredador” y “los voladores” (que vinieron "desde las profundidades del cosmos" a gobernar nuestras vidas) . Algunos consideran que los libros de Castaneda son ficción o que en muchos casos utiliza metáforas cuando muchas personas lo toman literalmente. De cualquier forma es una referencia ineludible en este tema. Castaneda pone en boca de Don Juán Matus:

Ellos son los que establecieron nuestras esperanzas y expectativas y los sueños de éxito o fracaso. Nos han dado la codicia, la avaricia y la cobardía. Es el predador el que nos hace complacientes, rutinarios y ególatra […] los depredadores nos dieron su mente, que se convirtió en nuestra mente.

Esta última frase tiene ecos de la filosofía gnóstica, donde los seres inorgánicos, voladores o depredadores, son llamados Arcontes (los señores planetarios), que según textos cristianos como los del Nag Hammadi, son una especie de tricksters que crean realidad simuladas, duplicados en los que el ser humano cae ilusoriamente como un pez muerde la carnada de un anzuelo.  En The Three Stigmata of Palmer Eldritch, Phillip K. Dick da voz a un Arconte interplanetario que se infiltra en la mente individual y colectiva de la humanidad:

 Lo que quiero decir es que me convertiré en todas las personas del planeta…Seré todos los colonos mientras arriban y empiezan a vivir aquí. Guiare su civilización. Es más seré su civilización.

En reiteradas ocasiones, no sabemos si de manera metafórica, Gurdjieff mencionó que los seres humanos eran “comida de la Luna”, tal vez en una resonancia con el sistema gnóstico en el que los Arcontes son vistos como rectores planetarios, generalmente siete (los siete planetas).

El investigador francés Jacques Vallee, de forma similar, dice en su libro Messengers of Deception que los extraterrestres (o cyborgs) provienen del sistema planetario local y que "el fenómeno OVNI" es “un sistema de control espiritual” que se comporta como “un proceso de condicionamiento” y que estas supuestas entidades, más que utilizar máquinas (naves) estaría alterando nuestra percepción o jugando con las leyes de la física que conocemos.

Esta aparente manipulación de la que seríamos objeto, forjando un sistema de creencias propenso a mantenernos como “carne de cañón”,  podría explicar tal vez la función que ha tenido la religión organizada en la histora del hombre. Pensadores como Marx y Nietzsche advirtieron que la religión funcionaba como una operación de manipulación psicológica destinada a despojar al hombre de su poder personal, induciéndolo a un estado de sopor y sumisión. Pese a esta remoción de la fuerza individual se generaba una adoración de las entidades y mecanismos que propiciaban dicho despojo. Incluso, por mucho tiempo, en numerosas culturas, se sacrificaban animales y seres humanos para saciar el hambre de estas entidades superiores. Pero, de existir estas entidades predatorias, ¿acaso no es justamente lo que les convendría, que pensáramos en ellas como dioses? Y así nos estuviéramos sin sobresaltos en el “humanero” y marcháramos sin resistencia al matadero.

En la Biblia en diversas ocasiones se hace referencia a la divinidad (padre o hijo) como el pastor, y al ser humano como el rebaño o el ganado. Los dioses griegos también obtienen el epíteto, en las épicas homéricas, de “pastores de hombres”. El pastor puede desarrollar cierto afecto por sus ovejas, pero a fin de cuentas lo que hace siempre es manipular a su ganado para obtener un alimento. Esta es la esencia de un pastor y un rebaño.

Ahora bien si es que existen estas entidades, más allá de que presentan un aspecto en primera instancia terrorífico y en segunda, y más importante, representan un obstáculo insoslayable para la continuidad evolutiva del ser humano y la libertad del individuo, esto es de ninguna manera algo que deba tomarse a mal. En cierta forma, en el divino misterio del universo, aquello que está por encima de nosotros, ángel o vampiro, es lo que nos propulsa, nos jalonea hacia arriba, nos motiva a superar el estadio actual de víctimas de la realidad predatoria. Explica Castaneda en palabras de Don Juán:

Los voladores son una parte esencial del universo... y deben ser tomados como lo que realmente son - increíbles, monstruosos. Son el medio por el cual el universo nos pone a prueba.

 El maestro Gurdjieff hace la arenga:

Las posibilidades de evolucionar existen y se pueden desarrollar en individuos aislados…

Las fuerzas que se oponen a la evolución de las grandes masas humanas también se oponen a la evolución de cada hombre. Toca a cada uno chasquearlas.

En cierta forma, si existen, estas entidades son como los guardianes del Castillo --o del Paraíso: tanto la espada del arcángel como la promesa de la serpiente... Como aquel irritante ujier que impide la entrada a la Ley (divina) a la transpersonalización de Kafka en El Proceso, son terribles, inmisericordes e insondables, pero también imprescindibles si queremos acceder a esa realidad superior, a ese misterio que nos llama desde la profundidad de nuestro espíritu, en la que se disuelve el universo y la totalidad de la existencia. Están ahí, al final del nivel, y definen si nos toca Game Over (y volver a empezar en la rueda de las vidas) o  alcanzamos el tálamo de la Princesa (el dote de Gaia-Sophia).

Twitter del autor: alepholo

Una lectura metafísica de la obra de Franz Kafka, de la mano de Roberto Calasso, permite trazar paralelos entre las modernas concepciones de la realidad como una ilusión y con el antiguo gnosticismo que sugiere que detrás de esa ilusión yace el paraíso.

Antes que The Matrix o que los mundos simulacro de Phillip K. Dick, Franz Kafka ya había construido un inexpugnable sistema metafórico para representar la ilusión de la realidad --el sistema que controla esta ilusión. Lo llamó El Castillo y el Tribunal, con algunas diferencias, pero básicamente significando un edificio metafísico de un impenetrable algoritmo en el que se computan todas nuestras acciones (las actas del karma) y que se derrama sobre la realidad primal hasta substituirla ("el tribunal invisible se extiende sobre todas las cosas", escribe Roberto Calasso sobre Kafka).   Este edificio es la forma que toma el vacío, que es potencia infinita, ante la mente: se revela como una construcción, con una serie de leyes y representantes particulares, y al mismo tiempo permanece siempre misterioso e impersonal. En El Proceso y en El Castillo,  todo lo alude, pero nada lo expresa directamente, como si Kafka estuviera poseído por algo que él mismo desconoce. K. el agrimensor, se ve impelido por una fuerza misteriosa a penetrar los secretos del Castillo, pero cuando éstos le van a ser revelado es también víctima de un sueño lánguido -el Castillo se autorregula de esta forma,  justamente no puede permitir  revelar que su poder es un sueño --un sueño "muy ramificado que contiene al mismo tiempo mil correlaciones que se vuelven claras de golpe". Este momento de claridad, de transparencia diamantina, es aquello que se escapa, invadido por el el mismo sueño.

"El Castillo se deja tocar, pero sólo por quien está profundamente inmerso en el sueño provocado por la obsesiva búsqueda de un contacto con el Castillo", escribe Calasso sobre el episodio en el que K. logra inmiscuirse en la habitación de uno de los funcionarios del Castillo, en la noche. Cuando el secretario Bürgel está por revelarle pormenores del misterio cósmico del funcionamiento del Castillo, K. es presa de un amodorramiento que le impide seguir la conversación. "Así corrige el mundo su propio curso y conserva el equilibrio", dice como en coro Bürgel. Así se mantiene asalvo la realidad que yace detrás de los muros del Castillo, con el sueño de los hombres, y por eso el máximo símbolo de la voluntad espiritual es el despertar. Un solo hombre que despierta, Buda, Neo, K.,  amenaza con desmoronar de golpe toda su estructura.

Al leer la obra de Kafka uno sospecha que la extraña naturaleza de las cosas y los personajes que ahí desfilan no es gratuita, no es sólo una anticipación absurda del surrealismo. Todo nos parece colocar ante una íntima atracción desconocida --e incognosible. Varios autores han ofrecido una lectura metafísica de la obra de Kafka, pero la sutil exégesis de Calasso, en su libro K., siempre abierta a nuevos senderos de interpretación, es un lento rapto hacia lo arcano: esta sospecha que una vez que asoma en el alma humana se vuelve inextinguible, de que nuestro mundo y nuestra realidad está siendo controlada por entidades superiores y apabullantes que se rigen conforme a una ley que nos es inasequible. El mismo Kafka escribió sobre el Castillo "es opresivo como todo lo espiritualmente superior".

Entrar en contacto con los arcontes, con los Señores del Castillo, con los agentes de la Matrix, es un proceso tortuoso, pero necesario para conocer lo divino, aquello que yace detrás del velo epifánico, aquello que estremece la existencia como una llama trémula. Kafka "no pedía otra cosa sino ponerse en manos del tribunal y del Castillo, incluso sabiendo lo que le esperaba. Pero sospechaba que solo mediante aquellos tormentos alcanzaría la vida que sería negada de otro modo". A diferencia de un personaje como Neo, que quería escapar de la Matrix, Kafka quería entrar en ella, vislumbrar su código (las actas) y ser juzgado, buscando aquello que sólo sucede en las leyendas: la absolución auténtica, que conlleva el aniquilamiento del expediente, el fin del karma y la rueda de la vida.

Los Señores del Castillo son como las deidades, o como los demiurgos que se convierten en el mundo que habitamos. "Klamm es una emanación", dice Calasso. "Tu ves a Klamm en todas partes", le dice K. a Frida. También el Agente Smith en Matrix se multiplica y aparece ubicuamente.  En The Three Stigmata of Palmer Eldritch, de Phillip K. Dick, el Arconte, Plamer Eldritch viaja desde los planetas exteriores para mimetizar todo el espacio, para construir un laberinto de su omnipresencia. Pero esta cualidad divina de los Señores y de los demiurgos es  una ilusión, un encantamiento que seduce en su fulgor holográfico para apresar, el stereoma de los gnósticos, una especie de frontera virtual entre el mundo divino y el mundo terrestre.

"El Castillo está impregnado de toda vida psíquica precedente", dice Calasso, como si éste fuera el espejismo que surge de la repetición de la memoria, del hechizo del pasado. Esto recuerda a la Prisión de Hierro Negro, la forma en la que Phillip K. Dick llamó a esta realidad ilusoria, que según él era un simulacro: el tiempo se había detenido en tiempo de los romanos --ilusoriamente percibíamos una época moderna bajo el conjuro de las "fuerzas  demiúrgicas del  mundo de la tiranía política y el control social opresivo". El mundo auténtico yace velado, detrás de esa "Prisión de Hierro Negro", detrás del Castillo o dentro de la Ley que se le ofrece como una parábola tantálica a Josef K.

Según dice el pintor Titorelli a Josef K. existen tres tipos de absoluciones de un proceso jurídico "la absolución auténtica, la absolución aparente y el aplazamiento indefinido". Titorelli le de dice a Josef K. que no conoce ningún caso de "absoución auténtica" aunque debe de haber existido alguno --esto en el plano de la leyenda, del mito, de los dioses. Dice Calasso sobre las leyendas "podrían también ser el único vestigio superviviente de las sentencias finales del tribunal. El único vestigio de algo 'auténtico' en un mundo que está aislado de lo auténtico, de la realidad, tal como K. lo está del aire". Es curisoso que lo mitológico sea lo auténtico, como si se tratara de un substrato del cual nuestra realidad es solamente una proyección o una copia que se va desgastando, hasta el punto de que, como el  mismo  Josef K. dice "la mentira se convierte en orden del mundo". Sólo en este plano legendario es posible una absolución auténtica, y esta absolución auténtica significa la inmediata extinción del acta (y del acto o karma), es por esto que no se conocen casos públicos en los que haya sucedido. Algo que me recuerda a lo que dijo Gurdjieff, que sólo el individuo, y no la humanidad, puede evolucionar y dejar de ser "alimento de la Luna".

VISLUMBRES DEL PARAÍSO  /EL ESPLENDOR VELADO POR EL CASTILLO

"El Castillo se comunica con el exterior a través de un sonido continuo e indescifrable. 'Todo lo demás es engañoso', agrega el alcalde", dice Calasso. Un zumbido casi psíquico: "el canto que emana de los aparatos" es una especie de acústica pitagórica, de ruido de las esferas celestes, el sonido del sistema. Un sonido que por otro lado es lo único que no es engañoso, como un alarma para despertar. Recordamos el dub de Zion que permite a Case salir de la playa negra ciberespacial de Neuromancer en la novela de William Gibson. Un sonido-bodhi entre las máquinas de la simulación. En el caso de Kafka, en su metafísica de los sórdido, esta armonía de las esferas se convierte en una "violencia de las esferas" (según observa Elías Canetti), los movimientos elípticos de los astros (y los acrontes de los cuales son encarnación), en su girar,  han formado nudos: son una soga en el cuello que estrangula al hombre. Pero aquello mismo que ata es lo que libera.

Ahora transcribó un párrafo que, a mi juicio, encierra la clave del enigma de la obra de Franz Kafka. Dice Calasso en el último capítulo de K., (El esplendor velado):

Kafka trató acerca del paraíso en seis de los aforismos de Zürau (3, 64,74,82, 84, 86). Éstos están intercalados entre los que versan sobre lo indestructible, como queda indicado claramente: «Si lo que se dice que fue destruido en el paraíso era destructible, entonces no era decisivo; pero si era indestructible, entonces vivimos en una falsa creencia.» Así, todo el mundo era para Kafka «una falsa creencia» —y de esto se hablaba en sus escritos: de los enormes, inagotables, tortuosos desarrollos de aquella falsa creencia. Pero ¿cuál era su origen? Un fatal equívoco en torno a dos árboles que crecen en el centro del paraíso. Los hombres creen haber sido expulsados de ese lugar por comer el fruto del Árbol del Conocimiento del bien y del mal. Pero es una ilusión. No era ésa su culpa. Su culpa radicaen no haber comido todavía del Árbol de la Vida. La expulsión del paraíso era un pretexto para impedirlo. Vivimos en el pecado no por haber sido expulsados del paraíso, sino porque esa expulsión nos ha vuelto incapaces de cumplir un acto: comer del Árbol de la Vida.

Hay que señalar que Calasso aquí no habla necesariamente de El Castillo o de El Proceso, y asumir que toda la obra de Kafka, probablemente inconscientemente, es una extraña metáfora para significar que la realidad es una ilusión y que el paraíso yace aquí,detrás de esta ilusión que construye inmensos y opresivos edificios para perpetuarse, podría ser un exceso. Pero con gusto tomó esta excursión excesiva. La obra de Kafka lo admite, como admite muchas otras interpretaciones. La idea es resonante con una intuición a la que me inclinó con una debilidad mística, un gnosticismo ciberpunk. La trillada idea de que el mundo es un sueño, difícilmente puede ser expuesta de manera más lúcida y extraña --con el poder especial que da no decir algo dierctamente sino significarlo con toda una telaraña de insinuaciones (como "el tiempo" en El Jardín de los Senderos que se Bifurcan)-- que en los constructos de Franz Kafka. Tampoco la culpa y el deseo ardiente del paraíso. Que el paraíso, ese esplendor velado, yace en una especie de eternidad suspendida, accesible al descorrer la cortina ilusoria de la realidad, no es una idea novedosa. Pero hay algo ominoso e inquietante en que  Kafka haya construido con esta idea flamante una alegoría, un laberinto en cuyo centro yace un árbol ubicuo. En que aquel hombre enfermizo y saturnal haya vislumbrado la luz del paraíso repiqueteando como las llaves de un misterioso castillo que lo llamaba desde lejos, y que sin embargo le cerraba la puerta que había sido fraguada sólo para él. Es por esto que el Árbol de la Vida es superior al Árbol del Conocimiento: saber de la existencia interna del paraíso no es suficiente.

Twitter del autor: @alepholo