*

X

La Promesa de la Serpiente (o la Perturbadora Verdad sobre los Psicodélicos I/II)

Psiconáutica

Por: Jasun Horsley - 10/12/2011

Si has ingerido sustancias como el LSD o el DMT —o piensas hacerlo en el futuro— no debes dejar de leer la nueva colaboración de Aeolus Kephas sobre el intercambio energético que ocurre entre los espíritus de las plantas, o químicos, y las personas que las consumen. El intercambio más viejo de todos.

 

"Los brujos dicen que la muerte es el único adversario digno que tenemos… la muerte es nuestro retador… La vida es un proceso a través del cual la muerte nos reta… La muerte es la fuerza activa en nosotros. La vida es el escenario. Y en ese escenario hay dos contendientes en todo momento: uno mismo y la muerte… Somos pasivos… Si nos movemos, es sólo cuando sentimos la presión de la muerte."

—Carlos Castaneda, The Power of Silence

 

Cualquiera que haya fumado DMT sabe por qué Terence Mckenna decía que pone los “nudillos blancos”. Con una bocanada de una pipa eres lanzado, en el tiempo que toma llenar los pulmones de humo, a otro mundo en el que ningún rasgo familiar permanece.  Es un mundo más extraño y desaforado que cualquiera de nuestros sueños o pesadillas más salvajes podrían jamás conjurar. Es también un mundo que está habitado, y lo que es más desconcertante todavía es que sus habitantes enfocan su atención sobre nosotros. El abismo también mira. Fumar DMT es como salirse de adentro hacia afuera: no solo se nos expone a la verdadera naturaleza de la realidad sino, en el mismo instante, también nosotros quedamos expuestos a ella. Literalmente no hay lugar en dónde esconderse en un viaje de DMT, ya que el universo está insondable y ferozmente vivo y está justo debajo de nuestra piel. Quien sea que haya fumado DMT una vez, y por lo tanto sabe qué esperar, deberá de recurrir a todo su coraje la próxima vez que se le ofrezca decirle “bye-bye a Kansas”. La consolación mayor del fumador de DMT de nudillos blancos es que sabe que hasta el viaje más intenso solo dura entre 5 y 15 minutos. ¿Que tipo de valentía se necesitaría para fumar DMT sabiendo que es un viaje sin retorno, que nuestra conciencia está a punto de ser catapultada a los reinos Imaginales por el resto de la eternidad? ¿Sabiendo eso podría alguien sostener la pipa sin temblar?

Lo que sigue en este artículo no está basado en la ciencia dura o en hechos aceptados sobre nuestra química cerebral o corporal y los enteógenos. Es una mezcla de experiencia personal, razonamiento deductivo y algo que solo puedo describir como “conocimiento recibido”, así que se le sugiere al lector que añada un “tal vez” o un “me parece a mí” al final de cada enunciado, para contrarrestar lo que de otra forma sería el tono autoritario del artículo, necesario para mantenerlo claro y sucinto. Habiendo hecho esta aclaración, esta es la premisa de mi argumento: Si el Don Juan de Castaneda está en lo correcto y la muerte es una fuerza activa en la vida, entonces las sustancias psicodélicas son una forma de muerte concentrada. Incluso la observación ordinaria indica que la muerte regenera la vida y mantiene las cosas moviéndose hacia delante, sin ella no hay avance, no hay evolución. Poéticamente hablando, la muerte provee la urgencia del Tiempo dentro del tapiz de la Eternidad. Esta es la razón por la cual a Cronos, Señor del Tiempo, se le representa con una guadaña. El Tiempo es el catalizador del Movimiento añadido a la “sustancia” del Espacio. Este concepto está claramente ilustrado en Atu 13 del tarot de Aleister Crowley y Frieda Harris.

 

 

Como “partículas condensadas de la muerte”, entonces, los enteógenos atacan el sistema nervioso, apuntando a neuronas específicas, no solo del cerebro sino del cuerpo entero, dentro del cual cada vez más sistemas neurológicos están siendo descubiertos (como el corazón y los intestinos). Este “ataque” de las moléculas psicotrópicas sobre nuestras neuronas no es sin una intención, sin embargo, y en lo que puedo intuir, esta intención es secuestrar las células de nuestro cuerpo y usarlas como vehículos para cruzar de la “muerte” a la “vida”. Con “muerte” me refiero a los reinos inorgánicos, donde los reinos orgánicos tienen la relación de ser lo que conocemos como “la vida”.

Chamánicamente hablando, fumar DMT o ingerir otro alucinógeno es ofrecer nuestras células como sacrificio a los espíritus. Con tal sacrificio estamos dejando que nuestra conciencia sea poseída por los misteriosos e invisibles agentes de la transformación. Cuando ingerimos una sustancia psicoactiva una cantidad de neuronas resultan “destruidas” o, por decirlo de otra forma, descompuestas a sus constituyentes básicos. En el momento de la destrucción se convierten en “comida” para inteligencias inorgánicas que las usan para ganar sustancia temporal en nuestra región orgánica de existencia, a través de nuestra conciencia. Hay un momento en el que se traslapan los mundos de la vida y la muerte, lo temporal y lo eterno. Una parte de nosotros “muere”, es absorbida por los espíritus que residen en la planta o en el químico, inteligencias que (solo podemos imaginar) están buscando una experiencia de existencia orgánica que de otra forma no está disponible para ellas. (Ya que las plantas son formas de vida orgánicas, sería más preciso decir que están buscando una experiencia distinta, una experiencia orgánica más sensorial). En esos breves momentos u horas, mientras nuestras neuronas son consumidas por el entéogeno, todavía están conectadas a nuestros seres conscientes, al sistema nervioso y a la red neuronal. Como resultado nos toca experimentar conscientemente la existencia “del otro lado”, a través de los ojos de los espíritus; al mismo tiempo los espíritus pueden experimentar la vida a través de nuestros ojos. Esta forma de sacrificio ritual es un intercambio ancestral, posiblemente el más viejo de todos. 

En Ketamine: Dreams and Realities, Karl Jansen escribe: «El LSD y el DMT se unen a los receptores de serotonina y esto, se cree, es lo que aprieta el botón que detona la cascada de eventos que resultan en un viaje psicodélico»[1]. En el punto en el que los psicodélicos se unen y por esto alteran las zonas de receptores en el cerebro, surge la pregunta: ¿qué nos permite recibir esta alteración del sistema nervioso?  El tipo de energía que es recibido a través de las zonas receptoras alteradas, así como la cantidad, sería probablemente determinada no solo por lo que se está ingiriendo (los químicos de la planta), sino por las circunstancias —y quizás lo más crítico de todo— la composición psicológica de la persona que las ingiere. Los indígenas nativos americanos tomando peyote o los chamanes peruanos (y su clientela) tomando ayahuasca estarían entonces en un asunto totalmente diferente a los occidentales aspirando a convertirse en magos o buscando congreso con lo divino, sin tener idea alguna de lo que están haciendo y poca o ninguna relación con la planta/químico (y espíritu residente) que se ingiere.

Los espíritus son inteligencias inorgánicas (que podrían incluir a lo que llamamos las almas de los muertos). Siendo inorgánicos o muertos no tienen acceso a la forma física sensible.  Esta es un área en la cual no estoy seguro al cien por ciento, ya que los espíritus inorgánicos aparentemente pueden vivir en la materia orgánica, de la misma forma que los seres elementales o las hadas, se dice, pueden vivir en las rocas y en las plantas y demás. Puede ser que estos espíritus busquen específicamente experimentar la existencia humana —y hacer que seres humanos encarnados ingieran enteógenos sea una formar para lograr esto. Cualquiera que sea el caso, aparentan desear no solo congreso con sino ingreso a (y a través de) nuestra conciencia, lo cual consiguen no solo accediendo a nuestras neuronas (al tiempo que son “secuestradas” por los químicos psicoactivos) sino a toda la red a la que estas neuronas están vinculadas. Estimo que existen tres capas de circuitos neurales en un ser humano. El más superficial es el del cerebro, el cual después está ligado a la red más grande del sistema nervioso, incluyendo los órganos en los que se almacena la memoria individual (siendo la función del cerebro acceder y “decodificar” esas memorias), memorias que constituyen la vida e identidad de un individuo, nuestro cuerpo total. Finalmente, debajo de esto, abarcando todos los átomos del cuerpo, existe una red subatómica de ADN que contiene nuestro código genético y por lo tanto la memoria de toda la especie.

Potencialmente los enteógenos pueden “encender” esa red neural de nuestro cerebro e incluso la red más amplia de nuestro sistema nervioso. En casos extremos, como los de una iniciación chamánica, incluso llegan a permitirnos acceder a un nivel genético de conciencia, donde se almacenan memorias ancestrales y “vidas pasadas”. Este proceso tal vez sea similar a la fisión del átomo para crear una explosión nuclear: si nuestros cuerpos (como el resto de la realidad física) son sistemas holográficos, cada neurona, cada molécula, debe de contener la información de  toda la red. (Una muestra de sangre te dirá algo de todo el organismo). Cuando las moléculas psicoactivas “invaden” a las moléculas de nuestros cuerpos, las resquebrajan para liberar la información almacenada en su interior, dándonos una conciencia momentánea de toda la red: visión “nuclear”. Hay un obvio efecto colateral a todo esto, sin embargo. Ya que acceder a la información de la red neural requiere hackear el sistema, los enteógenos causan daños inevitables en el proceso. Como resultado, los efectos a largo plazo de los enteógenos son generalmente los opuestos a sus efectos a corto plazo.  Creo que los enteógenos causan “rupturas” en las vías neurales del cerebro y en el cuerpo total (posiblemente incluso en el ADN), rupturas que impiden la activación espontánea del sistema más adelante. Nos dan una probada de la iluminación —que es nuestro estado natural— pero la posibilidad de una iluminación más duradera es drásticamente reducida. En este caso, los enteógenos, como los gurús, y tal vez como el conocimiento oculto en general, engendran adicción espiritual. Como todas las adicciones, necesitamos de dosis todavía más fuertes para “elevarnos”.

 

¿La Revancha Secreta de Gaia?

 “La realidad verdadera de la que nadie se atreve a hablar es que nadie está en control, absolutamente nadie. Las cosas están gobernadas por las ecuaciones de la dinámica y el caos. Pueden haber entidades buscando control, pero buscar control es un enorme agravante en contra de ti mismo. Es como intentar controlar un sueño”.

—Terence McKenna, “Dreaming Awake at the End of Time”

Debe de trazarse un paralelo muy claro aquí con el ecosistema, que es por supuesto la fuente de la mayoría, si no es que de todas las sustancias psicoactivas. Si los árboles y las plantas de la tierra son una suerte de red neural del planeta (un escenario hábilmente ilustrado en la serie de comics Swamp Thing de Alan Moore), el diezmo de los bosques tropicales y otras formas de daño ambiental  no solo estarían afectando nuestro suministro de oxígeno. Estaría rápidamente reduciendo la capacidad de la biósfera de la Tierra de funcionar según la intención original, como un sistema informático a través del cual el planeta (como el cuerpo humano) puede tomar conciencia de sí mismo: en dos palabras, conciencia planetaria. Irónicamente, puede ser que en parte es debido a este cortocircuito en el sistema que existe tanta atracción hacia una “solución psicodélica”. La ironía, si esta es una descripción precisa, es que la destrucción de la ecósfera no es solo un síntoma sino una causa de nuestra acrecentada desconexión de la Naturaleza y de nuestros cuerpos.  Al buscar experimentar nuestra naturaleza primal/cósmica vía los enteógenos que la Tierra (y la ciencia moderna) provee, la solución imaginada puede solo estar haciendo más complejo el problema. Sería la revancha secreta de Gaia, porque si el (ab)uso de enteógenos está diezmando nuestras “biósferas” individuales e impidiendo que tengamos acceso a todas nuestras facultades, esto se estaría reflejando exactamente en las mismas formas en las que nuestra desconexión con el medio ambiente ha afectado la biósfera de la Tierra.

 

Aunque esto es un punto de vista potencialmente controvertido dentro la comunidad de los enteógenos y la percepción alterna, existe evidencia para sustentarlo. Por un lado tenemos un blockbuster como Avatar, que aboga por el activismo ambiental y la expansión mental psicodélica, al mismo tiempo que alimenta a la industria militar y de entretenimiento que lentamente destruye el planeta y mantiene a la mente colectiva en estupor con contenido chatarra como Avatar.  ¡Hasta el momento la única explicación a esta contradicción es que la película es prueba del despertar planetario! Sin embargo, las incontables contradicciones dentro de la cinta —por no mencionar su porquería— desmienten esa “explicación”. Si una película hecha por el complejo militar y de entretenimiento conocido como Hollywood  parece envilecer las fuerzas militares de ala derecha retratándolas como anti-ambientalistas y glorifica los psicodélicos y el regreso a los valores y a las raíces tribales, puedes estar seguro de que las personas detrás de la película tienen sus razones para así hacerlo. Por  otro lado no necesitamos ir más lejos que a las dos fuerzas líderes de la revolución psicodélica —Carlos Castaneda y Terence Mckenna— para entrever el lado oscuro de la experiencia enteógena. Mckenna se murió de un tumor en el cerebro a los 53 años y Castaneda se murió de cáncer en el hígado a los 72. El cerebro y el hígado son los dos órganos que más obvia e innegablemente se ven afectados por las sustancias psicoactivas. La muerte de estos voceros visionarios ensombrece sus mensajes [2] y ha servido para contrarrestar, al menos hasta cierto punto, su influencia en lo que concierne al mensaje positivo de los enteógenos. Castaneda cita a Don Juan Matus en uno de sus  últimos libros, admitiendo que las plantas de poder “hacen un daño incalculable al cuerpo”, explicando que solo fueron necesarias debido a la extrema “estupidez” de Castaneda. Un tercer cuerpo de evidencia (probablemente el más persuasivo) en cuanto a los dudosos beneficios del uso de enteógenos serían los incontables voceros y exponentes que sostienen haber sido transformados por las plantas de poder, cuya retórica y comportamiento delata una distintiva falta de balance, coherencia o sobriedad. (Sería hasta cruel mencionar nombres a estas alturas)[3].

Será argumentado sin duda que, usados de forma apropiada (chamánicamente), los enteógenos, como la ayahuasca, la ibogaina y la psilocibina pueden servir para sanar, ¿así que cómo se puede decir que dañan el cuerpo? La respuesta está en lo que conlleva el uso “apropiado” o chamánico, así como en lo que entendemos como “sanación”.  El campo electromagnético o “aura” alrededor del cuerpo humano, que se corresponde grosso modo con las redes neurales que he estado describiendo, es donde se originan todas enfermedades físicas, así que es ahí donde la sanación chamánica presumiblemente ocurre —si es que en realidad ocurre. Tal “sanación del alma”, cuando efectiva, compensaría por mucho el daño hecho al cuerpo por los enteógenos, ya que al sellar las fracturas o depurar los bloqueos en el cuerpo energético (la psique total), el cuerpo se regeneraría con el tiempo.  Generalmente esto sí requiere de un chamán —un sanador energético experimentado— administrando los enteógenos y en algunos casos tomándolos en lugar del paciente. Realizar una cirugía energética sobre nuestra propia psique sería obviamente una tarea de alto riesgo, por no decir una locura. En el mejor de los casos es probable que usemos la experiencia de elevación en la conciencia inducida por los enteógenos para evitar las áreas del bloqueo —o para abrirnos paso a través de ellas sin la preparación necesaria— en vez de sanar e integrarlas. Esto puede que no resulte en una enfermedad física (al menos no en ese momento) pero seguramente llevará a inflar el ego, por un lado, y a la disociación y a la fragmentación (una esquizofrenia moderada) por el otro. Quizás lo más común es que lleve a una combinación de ambos.

La idea de que los psicodélicos son sustancias de “muerte concentrada” —una forma de veneno holístico— no contradice la idea de que pueden ser usadas para sanar, porque este hecho es común a todos los remedios homeopáticos. La dosis es la clave: incluso una pequeña parte más de lo adecuado y una medicina se convierte en veneno. Con los enteógenos esto se relaciona no tanto con la cantidad sino con la frecuencia de uso, al igual que, e incluso aún más importante, a las circunstancias en las que están siendo usados. Para dar mi propio ejemplo: en alrededor de unos 20 años experimentando (sin contar los siete años que evité completamente los enteógenos, si no cuentas el porro ocasional), probablemente he tenido cerca de 100 poderosas experiencias alucinógenas  (algunas de las cuales fueron inducidas por la marihuana). Estimaría, conservadoramente hablando, que menos de dos docenas fueron “necesarias” (apropiadas) y que quizás aún menos fueron verdaderamente chamánicas y por lo tanto sanadoras y transformadoras para mi ser. Esto significaría que alrededor de entre el 70% y el 95% de mis experiencias enteógenas fueron injustificadas y deletéreas para mi salud física y mental.  En total, me gusta pensar que se equilibra, que ese 10 a 25% de experiencias chamánicas fue suficientemente transformador para compensar los daños que le hice a mi sistema nervioso por sobre-indulgir. De cualquier forma, si esto es verdad, todavía tengo que reconocer la posibilidad de que estaría casi exactamente en el mismo lugar en el que estoy hoy si hubiera evitado las experiencias enteógenas completamente. También es posible que hubiera salido considerablemente mejor librado.

La ineludible comprensión para mí ha sido que estaba usando psicodélicos no simplemente para expandir mi conciencia, sino para escapar los confines de una conciencia contraída. ¿Cuál es la diferencia?, te podrás preguntar. Tal vez ninguna, salvo que esta última es una descripción honesta mientras que la primera no lo es. En otras palabras: si hubiera estado contento con los parámetros de mi conciencia limitada, no hubiera tenido tanto entusiasmo por experimentar con estados elevados de conciencia. La llamada “expansión de conciencia” se convierte meramente recreativa una vez que hemos adquirido cierto nivel de conciencia, un nivel en el que tenemos más que suficiente para integrar sin revolver aún más elementos de nuestro inconsciente. E integrar  conlleva poner los pies en la tierra de regreso para ver qué está pasando en nuestra atención mundana, algo que no sucede si seguimos apuntando a estados siempre más elevados de conciencia y a experiencias siempre más expansivas de la mente, vía enteógenos. ¿Cuánto aumenta expandir nuestra conciencia nuestra capacidad de funcionar cotidianamente en el mundo y relacionarnos con otras personas en un nivel ordinario? ¿Y cuánto solamente estamos aumentando nuestra habilidad de hablar horas de temas abstractos y volar a reinos imaginarios/imaginales, trayendo de regreso brillantes baratijas (canciones, poemas, pinturas, libros) para mostrar cuán “evolucionada” está nuestra conciencia para el mundo? Seamos honestos.

Lee la segunda parte de la Promesa de la Serpiente: ¿Qué es la iluminación?

* Aelous Kephas es uno de los más reconocidos autores del alterocultismo y la metanarrativa contemporánea. Entre sus obras publicadas destacan: Matrix Warrior: Being the OneThe Lucid View: Investigations Into OccultismUfology and Paranoid Awareness y Homo Serpiens: A Secret History of DNA from Eden to Armageddon. En Pijama Surf publicó la serie de literatura chamánica, neuronas espejo e individuación Escritores del Cielo en Hades.

Blog del autor: aeoluskephas.blogspot.com

           


[1] "Los receptores son transductores biológicos que convierten energía de ambientes externos e internos a impulsos eléctricos. Pueden estar amasados juntos para formar un órgano sensorial, como un ojo o una oreja, o pueden estar dispersos, como los de la piel y las vísceras. Los receptores están conectados al sistema nervioso central por fibras nerviosas aferentes. La área o región en la periferia de la cual una neurona dentro del sistema nervioso recibe una señal es llamada campo receptivo. Los campos receptivos son cambiantes y no entidades fijas”. http://www.britannica.com/EBchecked/topic/409709/human-nervous-system/75590/Receptors

[2]  Hay que admitir que Castaneda se quiso desmarcar de la cultura psicodélica desde temprano en su carrera.

[3] “Los críticos de Tim Leary eventualmente señalan sus conexiones cercanas a un cártel internacional de tráfico de LSD, la Hermandad del Amor Eterno [the Brotherhood of Eternal Love], rumorada fachada de la CIA. La Hermandad estaba controlada por Ronald Stark, de quien la corte italiana determinó que fue parte de la CIA desde 1960, y los fondos de la Hermandad son canalizados a través del Castle Bank en la Bahamas, una conocida “propiedad” de la CIA. Por dos años Leary vive en el cuartel general de la Hermandad en Laguna Beach, en donde la agrupación acapara el mercado estadounidense del LSD y distribuye la variedad única de la droga, “Orange Sunshine”. Stark supuestamente tiene altas conexiones tibetanas cercanas al Dalai Lama y quiere proveer suficiente LSD para dosificar a las tropas chinas en Tíbet. En Estados Unidos, mientras tanto, Stark provee suficiente Orange Sunshine para dosificar a toda la cultura hippie varias veces. Este es el 'ácido malo' que Charles Manson y su culto tomaron antes de matar a Sharon Tate y que los Hell’s Angels tomaron antes de apuñalar a un hombre negro en un concierto de los Rolling Stones en Altamin. Por esto William S. Burroughs, Ken Kesey y el líder de la Panteras Blancas, John Sinclair, eventualmente consideran la teoría de que Leary, Stark y el Orange Sunshine son todos parte de un complot de la CIA para desacreditar a la izquierda radical”. http://www.sunshine69.com/Sunshine__autumn.html

Crónica psiconáutica: Un sensible recorrido por Huautla de Jiménez (entre paisajes y enteógenos)

Psiconáutica

Por: Samuel Mesinas - 10/12/2011

A cuatro años de la muerte del célebre Albert Hoffman y a manera de homenaje, Pijama Surf presenta una crónica exclusiva de dos psiconautas que recuerdan el paso del padre del LSD por tierras mexicanas y, a la par, dan cuentan de su viaje por los recovecos de la mente y los alucinantes paisajes oaxaqueños, justo cuando la temporada de lluvias anuncia la llegada del teonanácatl zapoteco.

Imágenes: Pablo Ramírez Durón

Nunca supe cómo llegué al consumo de las plantas de poder. No sé si fue por la condición de ser mexicano y de origen oaxaqueño lo que me llevó de manera endémica; por curiosidad juvenil, exploración mental o, simplemente, para no dejarme seducir por el monstruo del consumo y narcisismo que devoró a la generación de los años 90.

Recuerdo que sólo buscaba una experiencia mística para alejarme de la vida artificial de la naciente urbe neoliberal, donde la idea de vida colectiva se evaporaba como el agua al llegar al ardiente asfalto de los días de verano. Así, mi encuentro con los dioses vegetales parecía inevitable y un día me pregunté, ¿por qué no comer enteógenos mexicanos?

El consumo de sustancias sicoactivas lejos de los rituales ancestrales y en plena era del vacío, tuvo un revival el último decenio del siglo XX. En las principales capitales del mundo y en el contexto de la naciente tecno-sociedad, influenciada por la cultura rave de finales de milenio, las Plantas de Poder invadieron la mente de mis contemporáneos. Aunque, a diferencia de los pioneros de la psicodelía de los años 60, el actual menú sicotrópico es mucho más amplio, controlado por mafias, bajo un consumo indiscriminado y un tráfico millonario que corrompe a políticos, policías y gobiernos por igual.

Así, a finales del siglo pasado, si buscabas acceder a los misterios de la mente y las experiencias transpersonales existían sólo dos formas: la recién estrenada carretera de la anfetamina, la tacha, la ketamina, el crystal; y el camino rural: ir a la sierra oaxaqueña en busca del teonanácatl o caminar por horas en el desierto, rasposo y seco, para cazar al venado-peyote.

Imágenes: Pablo Ramírez Durón

Micofagia

¿Qué es una experiencia de ingesta de psilocibe mexicana? Después de horas de navegar en un mar de miedos y dudas, pero también de deslizarme sobre un lago de colores aceitosos y formas abstractas, mientras mi alma extasiada expandía su dicha y anhelo, me di cuenta de que hay una energía que anima las cosas, la cual corre libremente por el universo, atraviesa todo lo que existe y, al tocarlo, lo dota de inteligencia, sentido de vida, pertenencia y, por supuesto, desapego.

Cuando nos damos cuenta de que pertenecemos a esa energía, sabemos que, tarde o temprano, terminaremos fundiéndonos con ella en  su  viaje interestelar. Pero, a la vez, accedemos a una realidad aparte, total; integrados en la unidad.

¿Qué sucede con toda esa información liberada y decodificada más allá de los sentidos? La ingesta de hongos resulta en una experiencia sagrada que devuelve elementos fundamentales de fraternidad con uno mismo y su entorno, una voluntad de actuar llevado por una ética de respeto y convivencia con la naturaleza... humana. Sin embargo, a pesar de ser una sensación hipersubjetiva, comer setas resulta en una práctica colectiva donde es posible la empatía, la clarividencia y la telepatía con el entorno, el contexto, el sitio y las personas con las que se comparte el ritual; logrando ver, percibir y entender todos y al mismo tiempo la misma idea o sensación.

Este es uno de los misterios más fascinantes de este extraño Dios vegetal de gorro café y pies húmedos el cual, al ingerirlo un inglés, un chilango, un alemán o un argentino, por igual dan cuentan de la experiencia de percibir símbolos y texturas prehispánicos llenos de color y luz.

Imágenes: Pablo Ramírez Durón

En mi primer viaje noté la fuerte presencia de gariboleos, vírgulas y toda esa simbología que había visto tallada lo mismo en piedras mayas que en códices zapotecos, murales teotihuacanos, alfarería mexica o bordardos huicholes, la cual ha dado tanto prestigio cultural a este mestizo país que se consuela aceptando —trágicamente— que su mayor riqueza son sus ruinas, sus piedras, sus templos y edificaciones enterradas entre la maleza de un México exótico y profundo, hoy ensangrentado, en bancarrota y saqueada por sus propios gobernantes.

Esta sensación de ver una textura propiamente mexicana la confirma el relato del Dr. Albert Hoffman (Basilea, 1906-2006), químico de profesión, explorador de la mente, micólogo, padre del LSD y responsable de las experiencias alucinógenas de varias generaciones.

Hoffman conoció a fondo los secretos de las plantas de poder oaxaqueñas. Contrario a lo que se pregona, no fueron los Beatles ni Jim Morrison quienes, estimulados por la fiebre del hipismo, llegaron a las entrañas de la sierra mazateca para vivir la experiencia del consumo del teonanácatl,sino Hoffman en los años 60.

El rito del uso del hongo, los cuales se podían encontrar en cuevas, cascadas y una accidentada topografía llena de montañas huecas y corrientes subterráneas, fue develado a uno de los científicos más importantes de la historia moderna: Hoffman.

El célebre científico suizo que transformó la forma de pensar de los jóvenes urbanos de la posguerra,  escribió una de las biblias de la sicodelia contemporánea: LSD, My Child Problem  (LSD: mi niño problema).

Se trata del testimonio de cómo comenzó a interesarse por el tema de la flora psicotrópica en el que señala la importancia de México en dichos estudios, pero en especial el poblado de Huautla de Jiménez, Oaxaca, una de las mecas de los navegadores de la mente.

La tradición de comer hongos fue registrada por varios cronistas del siglo XV y XVI, entre ellos Fray Bernardino de Sahagún. Sin embargo, permaneció por siglos escondida, debido a la represión y el miedo por los efectos que produce en la psique, momentos profundos de lucidez que sin duda pondrían en aprietos al poder político y cultural de la invasora corona española hasta que, a principios del siglo XX, en medio del auge de la antropología, comienza a ser revalorado desde una óptica etnográfica y científica.

Imágenes: Pablo Ramírez Durón

Es a través de la figura del “Gordo Wasson”, como le llamaban los mazatecos a este banquero neoyorkino, corredor de la bolsa de valores, y su esposa, así como por la rusa Valentina Pavlova, por quienes Hoffman conoce —en su laboratorio suizo— las setas oaxaqueñas.

En un pasaje de dicho libro, Hoffman describe la sensación de estar viendo la iconografía mexicana a pesar de su pensamiento objetivo: “En este experimento comí 32 ejemplares secos de Psilocybe mexicana. Treinta minutos después, el mundo exterior comenzó a sufrir una extraña transformación. Todo asumió un carácter mexicano. Como era perfectamente consciente de mi conocimiento sobre el origen mexicano de la seta, creía que por eso me llevaba a imaginar sólo paisajes mexicanos; entonces traté, deliberadamente, de buscar la forma en como la conocía normalmente. Pero, pese a todos los esfuerzos voluntarios de ver las cosas en sus formas y colores tradicionales, era ineficaz. Ya sea que mis ojos estaban cerrados o abiertos, vi motivos y colores únicos mexicanos. Cuando el médico, supervisor del experimento, se inclinó sobre mí para revisar mi presión arterial, se transformó en un sacerdote azteca. A pesar de la gravedad de la situación, me divertí al ver cómo el rostro de mi colega germano había adquirido una expresión netamente indígena”.

En 1962 Hoffman, emulando a los misioneros europeos, se embarca en un viaje espiritual hacia México para conocer la tierra de la última mujer poseedora y practicante de los ritos cosmogónicos más impresionantes de la tierra: Maria Sabina; la mujer nube, la mujer agua, la mujer tierra; madre y sacerdotisa de la psiconáutica mexicana.

“El 26 de septiembre de 1962, mi esposa y yo acordamos viajar a la Ciudad de México, donde encontramos a Gordon Wasson. Él había hecho todos los preparativos necesarios para la expedición”, cuenta Hoffman, quien también conoció otras plantas oaxaqueñas endémicas: el ololiuqui y la pastora, ambas usadas de manera chamánica por curanderos nativos; esta última planta, años más tarde, sabríamos que es la afamada savia divinorum la cual causaría furor a principios de siglo XXI al ser adquirida por Internet y enviada por paquetería a cualquier parte del mundo. También en esta lista debemos incluir al poderoso DMT, porción psicomágica extraída recientemente del árbol del Tepezcohuite, por un hombre de tez morena que hace poco deambulada por el mercado 20 de noviembre en la capital oaxaqueña, regalando pequeñas dosis a los yonquis para lograr sacarlos del abismo de la adicción a la negra.

 

Huautla de Jiménez

Imágenes: Pablo Ramírez Durón

Como si fuera un juego mecánico, ascendemos y descendemos por el llamado Sistema Huautla: una red de cuevas y cavernas de hasta de 23 kilómetros de profundidad, catalogadas como las más grandes de América. Por momentos es difícil creer que entre esos grandes macizos de piedra vivan comunidades enteras, pero sobre todo que en su interior corran ríos subterráneos. Esa es la razón por la que cobra sentido la creencia de los zapotecos sobre que los hongos son plantas de surgen desde lo más profundo de la tierra y están conectados con el submundo.

Rayando la tarde, mientras el paisaje se desdobla en formas coloridas y, después de tres horas de cruzar todo ese conjunto de montañas, un letrero indica que hemos llegado. Ante nosotros Huautla de Jiménez. La comunidad idílica que describió Wasson y Fernando Benitez, como el mismo ritual del hongo, se ha profanado. Aquel pintoresco pueblo rural que describen en sus crónicas, hoy es una pequeña urbe con transporte público, Internet, bares, comercio y con el hongo en retirada, debido al abuso tanto de nativos como los hippies trasnochados que llegan a esta comunidad buscando conocer un ritual que la modernidad sepultó debajo del concreto, la energía eléctrica, la gasolina y la virtualidad.

Enclavado en una de las puntas más altas de sierra madre oaxaqueña, Huautla se asemeja a un nido de águilas cimentado en el aire. La avenida principal es una sinuosa calle que lleva hacia las entrañas de un pueblo con cientos de escaleras que van hacia el cielo y con terrazas sostenidas entre las nubes; lleno de pasillos y desniveles que provocan la idea de haber sido trazado por la mano hechicera de Maurits Cornelis Escher.

Pronto encontramos los rastros de lo que fuera la tierra sagrada de los hongos. Los taxis llevan en sus puertas una de las imágenes más conocidas de María Sabina, donde aparece con lentes negros y fumando un cigarro. Después encontraremos su pequeño y arrugado rostro en los lugares menos imaginables: tortillerías, murales de la biblioteca, tiendas de abarrotes; su figura sirve para venderla a turistas que logran llegar hasta aquí creyendo que encontrarán mitos escondidos en la memoria de gente de hablar gutural.

Imágenes: Pablo Ramírez Durón

A 1696 metros sobre el nivel del mar el paisaje es impoluto, como si el tiempo no transcurriera y la panorámica siempre hubiera sido la misma. Sin embargo, otros viajeros, entre ellos el periodista Fernando Benítez, seguramente no pensarían lo mismo. Cuánto se sorprendería este al ver que aquel escondido y mítico poblado, en poco menos de medio siglo, dejó de ser el corazón de la sierra mazateca y refugio del pensamiento mágico indígena que regía la vida cotidiana, para convertirse en una semiurbe rural con 44 mil habitantes donde las bondades del progreso acaban —a pasos agigantados— con el pasado milenario de estas comunidades.

Imágenes: Pablo Ramírez Durón

Huautla, en los años 60 se convirtió —involuntariamente— en el edén cristiano que la modernidad había negado a hippies y jipitecas por igual, debido a que en sus laderas crecía en abundancia una pequeña seta de sombrero café que resguarda la memoria misma de la tierra. Y, de aquellos misterios sobre el uso de las plantas sagradas, de los ritos precolombinos de sanación, cada vez se sabe menos.

Después de atravesar la zona céntrica y el palacio municipal, nos dirigimos por una vereda hacia el Cerro de la Adoración donde, nos dicen, vivió la curandera, hasta llegar a una tienda de abarrotes donde se lee: “Aquí es la casa de Maria Sabina”.

Imágenes: Pablo Ramírez Durón

Por fin, después de más de siete horas, comprobamos que el linaje de la sacerdotisa aún vive, aunque no en las mejores condiciones.

Filogonio, el único nieto de Sabina que intenta continuar con la tradición, quien se da cuenta de que el auto donde nos transportamos se detiene frente a su tienda y enseguida sale. Al saludarnos percibimos un fuerte olor a mezcal y un lenguaje atropellado; no se encuentra en su momento más lúcido; o es lo que quiere aparentar.

Imágenes: Pablo Ramírez Durón

Cuando un chamán aparece frente a ti nunca sabes cuándo te está poniendo a prueba y cuándo es real lo que dice; de inmediato pide sumas de dinero exorbitantes para poder tener una sesión de hongos con él. Al darse cuenta que no logrará timarnos, vocifera —en mazateco— todo tipo de maldiciones mientras reniega en voz alta: “Bueno, entonces vayan pa' allá donde se los venden envenenados y no tienen nada que ver con la abuelita”, grita. “Aquí es donde vivió María Sabina”, insiste, “¿Pa' qué van a buscar a otra parte? Quédense y ya mañana hablamos”, promete, recobrando lucidez, al tiempo que nos invita a pasar mientras su esposa sale a recibirnos.

Tras la luz artificial de una de las habitaciones del remolque adonde nos lleva para que pasemos la noche, la piel de Filogonio brilla como la tierra mojada. Es de un tono café, sus ojos semirrasgados y una piel sin arrugas lo hacen ver 20 años más joven, pero también muy lejano de como lo describen algunos libros, ya que era el principal nieto-acompañante de su abuela hechicera.

Sus manos curtidas, su actitud taciturna, a veces ausente, otras amable, pero la mayoría absorto en su mente, lo muestran como un indígena tímido, poco expresivo, tal vez por eso lleno de conocimiento, pero aturdido ante el bombardeo de modelos de vida y necesidades materiales inventadas y transmitidas por la televisión, frente a la cual pasa horas como queriendo tener experiencias sicodélicas a través de la pantalla de cristal.