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La Promesa de la Serpiente (o la Perturbadora Verdad sobre los Psicodélicos II/II)

Psiconáutica

Por: Jasun Horsley - 10/23/2011

Presentamos la segunda parte de este penetrante ensayo en el que Aeolus Kephas nos convida reflexiones en torno a los psicotrópicos, tocando asuntos como el de la iluminación, los diálogos neuronales, el intra-cosmos y la muerte.

 

 

*Leer primera parte

 La iluminación: ¿Qué es?

 “Las proteínas son seres inteligentes. Han evolucionado para operar en el torbellino metabólico de un turbulento entorno celular”.

—Christopher Miller, Nature magazine

 

Durante uno de mis más memorables encuentros con la salvia divinorum, me experimenté a mí mismo como conciencia interactuando con las moléculas de mis párpados. Cada una de estas moléculas era un ser individual y juntas formaban un colectivo (mis párpados) caracterizado por una combinación de fiera atención, una cierta picardía y una poderosa e inconfundible expresión de amor o afecto por mí o por lo que sea que me quedaba de auto-conciencia en ese momento, mientras era engullido en una eléctrica congregación de moléculas. Menciono esto como una contra-perspectiva de algo que describí anteriormente, en lo que, de la misma forma en que los enteógenos consumen nuestras neuronas, los espíritus (aquellos que residen en la planta o el humo de la planta) navegan al interior de nuestra conciencia en una ola de “destrucción”. Una manera alternativa de verlo —no necesariamente opuesta a lo primero— es que los “espíritus” (siendo seres cuánticos y no-locales) también residen en las células de nuestros cuerpos (en la experiencia anterior, mis párpados captaron mi atención porque estaba tratando de concentrarme en no abrir mis ojos una vez que hubiese fumado). Cuando los enteógenos llegan a nuestro sistema nervioso, estos “espíritus” son liberados (como la energía nuclear de un átomo) de esa fuerza que mantiene nuestros cuerpos y todo lo demás bajo una forma fija —el yugo de la materia. Tal vez, mientras mis moléculas "morían" bajo la influencia de la salvia, sus almas-de-moléculas estaban volando libres, danzando alegremente en dirección opuesta y llevando mi conciencia (temporalmente) con ellas.    

Los átomos (y moléculas, células, neuronas y proteínas) son entidades. Llevan una carga de información que es esencialmente indistinta a la manera en que nosotros, como átomos más grandes, llevamos la memoria de nuestras vidas, creando a la vez nuestro propio “giro” o carga de información. Y como nuestro sentido de identidad proviene primordialmente, incluso exclusivamente, de nuestro propio inventario de memorias, entonces a un átomo que lleva su carga de información también le podemos atribuir una identidad. Esto implica una nueva área de exploración más allá del enfoque de este artículo: ¿Hasta qué grado usar psicodélicos permite a nuestra conciencia ser poseída por entidades foráneas que no son “empáticas” (tanto en el sentido común como en el mágico de la palabra) con nuestros cuerpos y nuestras psiques? Puede asumirse que, ya que los enteógenos provienen de la Tierra, entonces deben ser benevolentes (compatibles con nuestra evolución). Pero asumir esto sería precipitado, pues hay múltiples especies terrestres que no están “de nuestro lado”. Los espíritus de las plantas promueven la dependencia y la forma en la que interactúan con nosotros puede depender de cómo nos relacionamos consciente y concienzudamente con ellos, tal como sucede con cualquier otra cosa en la vida. En un medio ambiente predatorio, todo es alimento para alguien más, entonces, ¿por qué asumir que esto no se aplica en el campo de la conciencia o a nuestra interacción con esos “espíritus” que residen en los enteógenos que consumimos, deseosos de ser poseídos por Dios? Incluso puede ser que cualquier forma de conciencia que radica en moléculas más allá de aquellas de nuestros propios cuerpos es ajena a nosotros y por lo tanto potencialmente dañina; en pocas palabras, la verdadera individuación o despertar depende el acceso a la conciencia divina que no se encuentra fuera de nosotros (en plantas o gurús) sino al interior [1].

Ahora me gustaría hablar sobre el tema de la vida después de la muerte. Despojado de todo ornamento religioso esta es simplemente una idea de la continuación de la identidad—conciencia individual— tras la muerte del cuerpo. Si tomamos el concepto fuera del reino del mito y la creencia religiosa y lo insertamos en el campo de la (casi) ciencia, qué tan grande es el salto de sugerir que nuestra existencia, al otro lado de la muerte, pudiese, factiblemente, depender de nuestras acciones y logros mientras estamos vivos. Esta no sería una cuestión moral —ya que la moralidad es meramente una invención humana— sino pragmática. Podría depender, por ejemplo, de un individuo que tenga completamente activado (conectado) el sistema neural en el momento de su muerte, un sistema que entonces podría servir como vehículo para la conciencia inorgánica una vez que la carne y el conducto sanguíneo ya no fuesen funcionales.

¿Probablemente la vida del cuerpo es un medio para que la conciencia indiferenciada (energía pura, antes que la forma) se experimente a sí misma como una entidad separada, al sumergirse (o tejiéndose para existir) en un “paquete” que la contenga? La conciencia entonces tendría la posibilidad de integrarse completamente en este paquete para que, como el barro dentro de un molde, cuando la forma haya destruido la energía que la in-formó —permitiéndose a sí misma también ser formada por ella— podría retener la forma única —la individualidad— que la experiencia física le otorgó. Esta idea es dramáticamente representada una vez más por Alan Moore, en el comic Watchmen, cuando Jon Osterman se evapora dentro de una bóveda nuclear y su conciencia milagrosamente logra tejerse a sí misma una nueva forma física hecha a partir de energía pura, utilizando las memorias de su antigua identidad como una matriz. Alan Moore también creó una historia completa de origen para Swamp Thing, la cual básicamente trata del mismo modelo: Alex Holland atraviesa una crisis existencial cuando se da cuenta que no es quien (o que) pensaba que era, sino la inteligencia de una planta que ha heredado las memorias de Holland.

 “Por un beso entonces serías tú capaz de darlo todo; pero quien cede una partícula de polvo lo perderá todo en ese momento”

—Aleister Crowley, The Book of the Law

En muchos de sus últimos libros, Castaneda describe algo que llama la Recapitulación. Esta es probablemente una interpretación demasiado literal del proceso de integración de la conciencia indiferenciada con su experiencia de encarnación física e individualidad. Como lo describe Castaneda, la tarea de un brujo es recapitular su vida entera —incluido cada pensamiento y cada sueño jamás soñado— creando un estado de alerta substituto que puede entonces ser ofrecido a “el Águila” (la fuerza rectora del Universo). En respuesta a este ofrecimiento, al brujo se le permite mantener su estado de alerta individual (el Don del Águila). Esta no es una metáfora que yo tome con demasiada literalidad, no más de lo que intento dolorosamente recapitular cada pensamiento que jamás haya tenido para conseguir la inmortalidad (aparentemente no funcionó muy bien para Castaneda, quien supuestamente se volvió loco antes de morir). Cito ahora esto solo por los paralelismos que presenta con nuestro actual modelo. También son relevantes las múltiples experiencias “cercanas a la muerte” que han sido detectadas (NDEs, ver El Universo Holográfico de Michael Talbot) en las que individuos atraviesan una revisión completa de vida y re-experimentan cada momento de su existencia hasta el punto en que estuvieron cerca de la muerte. En el modelo de Castaneda, en el momento de muerte —o incluso como una alternativa al morir— un brujo completamente recapitulado “se quema desde su propio fuego interno” y cada célula de su cuerpo se torna consciente de sí misma y de la totalidad del cuerpo. Bajo un estado de alerta celular completamente activado, el brujo “se desliza hacia la infinidad”, disolviéndose en el sinfín y reteniendo, simultáneamente, un misterioso remanente de su individualidad.    

Una descripción así de épica se lee mejor como un mito moderno que como un hecho fáctico; sin embargo, puede relacionarse a una ocurrencia verdaderamente práctica, el encendido de redes neuronales (en los tres niveles) dentro de nuestros cuerpos mientras aún seguimos vivos. Esto, hasta donde puedo afirmarlo, es lo que se conoce en los círculos espirituales como la “iluminación”, mientras que a la vez es simplemente nuestro estado natural como seres humanos. En términos existenciales, ello implicaría integrar nuestra conciencia individual, el ego o el ser personal, con nuestro inconsciente (la suma total de nuestras experiencias de vida, las memorias de nuestro cuerpo) para así poder acceder totalmente al “Ahora”, trayendo todos esos momentos pasados fuera del pasado hacia el presente. La iluminación conlleva vivir en un eterno presente en el que la conciencia divina o transpersonal también está presente, tanto a través de nosotros como siendo nosotros mismos. Cuando una persona muere en un estado completamente “activado” —con todas las células individuales unidas para formar un circuito— la red completa se puede transformar en un vehículo para ser poseído por el “Espíritu”, una “Merkaba” para que la conciencia divina se deslice hacia la eternidad —fundiéndose con el infinito y conservando a la vez con el remanentes de su auto-conciencia. Alternativamente, y tal vez más precisamente, si esta activación ocurre en la vida, entonces la muerte del cuerpo no seguirá portando un cambio significativo para la conciencia habitante, pues ya estaría enlazada y en comunión continua con los reinos más allá de la muerte.[2]

Por esto “cada momento es precioso”: porque cada momento de nuestras vidas es un enlace en el circuito de conciencia individuada. Sin la totalidad de esos enlaces funcionando (lo cual depende de que todos los momentos de nuestra vida sean integrados en la conciencia), el sistema no puede funcionar como un sistema sino solo como una colección de partes desconectadas. En la muerte, la totalidad del individuo o no logra encenderse o hace corto circuito y explota en el primer instante de la “iluminación”. Podríamos imaginar los momentos de nuestra vida como “moléculas temporales” que juntas forman nuestras almas “cuatridimensionales”, cuya construcción es necesaria si es que nos vamos a fundir con y fluir hacia el continuum del espacio-tiempo de la eternidad. En terminología oculta, esto es “atravesar el Abismo”.[3]   

El lector podrá haber notado cómo la recapitulación de los brujos, como forma de burlar al Águila y acceder a la libertad, es muy similar a la noción religiosa de entregar cuentas de todas nuestras vidas a San Pedro antes de colarse por las puertas perladas.  La diferencia es que, en el modelo no-religioso, el Universo no exige penitencia, solo exige cuentas. Dar un recuento total de nuestras vidas requiere conciencia total mientras todavía estamos viviendo (en términos religiosos, arrepentimiento y expiación). De otra forma, si entramos hacia la totalidad de nosotros mismos sin la necesaria preparación, la sobrecogedora presión de todos esos momentos no reconocidos, no integrados y sin registro provocarán que hagamos corto circuito como conciencia y nos desplomemos de regreso a “la matriz” para otra vuelta dentro del oscuro aserradero satánico de Blake.  En la famosa frase de Sócrates, “una vida no examinada no vale la pena vivirse” porque no lleva a ninguna parte. Tomado demasiado literalmente, un juicio tan implacable contiene sin embargo semillas de elitismo (como ocurre con la obra de Castaneda, en ese sentido y de cualquier otra doctrina espiritual, religiosa y ocultista que podamos mencionar). Tomada demasiado literalmente, la idea de que una vida sin examinarse no tiene valor es también fundamentalmente incorrecta. Al final del día no hay vidas individuales y todo pertenece a Dios. Pero Sócrates estaba refiriéndose a la posibilidad de que, sin el elemento esencial de conciencia dentro de cada uno de nuestros actos, no hay posibilidad de cohesión o unidad en los incontables momentos que constituyen nuestras vidas. En el momento de la muerte, esos momentos se disipan hacia el infinito y regresan a la energía indiferenciada para ser reciclados como materia en bruto en el movimiento perenne del Espíritu hacia la individuación. Esta es probablemente la fuente de la idea popular de la reencarnación, aunque la idea de la reencarnación ignora convenientemente el hecho de que, una vez que la energía ha regresado al estado indiferenciado, no retendría, por definición, ninguna identidad. En tal caso, la única cosa que “reencarna” es Dios/el Universo. Los momentos de una vida no examinada permanecen como parte de la tela de la eternidad, que es el cuerpo de Dios, y nada se pierde, mucho menos resulta “condenado”. Pero la historia de la que fueron parte se disuelve y se pierde, como si nunca hubiera existido –ya que como narrativa no fue a ningún lugar en particular (o a ningún lugar nuevo).

La digresión anterior, un tanto especulativa, hacia un nivel medio de metafísica, ha sido parte de mi intento de entender el verdadero propósito y los verdaderos daños de los enteógenos. Es mi opinión que en el fondo los psicodélicos, en el proceso de expandir la conciencia, perjudican la memoria y hacen “incontables daños al cuerpo” (especialmente al hígado, que es lo que somos hasta que morimos[4]). Creo que cuando “secuestran” y “hackean” los átomos, moléculas, células y neuronas, lo hacen para sus propios fines.  Las plantas no son solo sensitivas, también tienen volición, así que asumir que no tienen otro propósito que servirnos es probablemente una muestra más de la arrogancia humana. Es verdad que, cualquiera que sea la agenda de las plantas, ingerirlas nos proporciona acceso temporal a un espectro mayor de conciencia molecular que es nuestro derecho de nacimiento.  Sin embargo, como todo psiconauta sabe, esta visión aumentada solo es temporal, mientras que los cambios que producen en nuestras redes neurales, sistema nervioso e incluso nuestro ADN seguramente durarán más y posiblemente sean permanentes. Si Mckenna murió de un tumor cerebral, ¿tal vez estaba mutando demasiado rápido? Tal vez estaba creciendo un nuevo órgano, como en la película Videodromo, un órgano  cuyo sentido era percibir la naturaleza verdadera de las cosas, pero que acabó matándolo en vez de convertirlo en el übermensch [5].

En su libro Initiation, Elizabeth Haich relata sus supuestas memorias del antiguo Egipto. Haich describe cómo el iniciado era preparado físicamente por un largo periodo con ciertas hierbas medicinales que tenían el fin de fortalecer su sistema nervioso para la elevación de la conciencia que traería consigo el procedimiento de iniciación. En términos orientales, esto es equivalente al despertar del kundalini, que es generalmente considerado como dañino, fatal incluso, si ocurre prematuramente. Los psicodélicos inducen una conciencia elevada artificialmente, sin ninguna preparación para el sistema nervioso. Si, como dije antes, la iluminación es meramente nuestro estado natural como humanos, los psicodélicos nos llevan en la dirección opuesta, catapultándonos a un estado innatural que al mismo tiempo simula cercanamente el estado natural y  por lo tanto ofrece una sensación de obtener una “realidad superior”. También llevan al correspondiente bajón y, en términos generales, al deseo de recrear ese estado. Hablando personalmente, de nuevo, todavía estoy pagando impuestos retroactivos de mis viajes ilícitos, no solo en una salud vacilante, sino en mi lucha diaria por estar contento con la conciencia mundana ordinaria. Lo que causa el daño, estrictamente, no es el químico que se ingiere, sino la conciencia energética a la que se permite acceso a nuestro sistema nervioso o lo que se desprende de ella, a saber, la fuerza del kundalini. Probablemente sea una mezcla de ambas.

Cada esperma es sagrado y cada célula es vital para el funcionamiento del todo. Esas células secuestradas, receptores mutados o células fragmentadas —si no mutaron y simplemente fueron quemadas como sacrificios en el altar de “la conciencia expandida”— deben regenerarse.  Sin ellas nuestro campo electromagnético puede acabar como una serie de luces navideñas con focos faltantes: una falla, todas fallan. Todas las células de nuestro cuerpo almacenan información de nuestro pasado y cada momento de nuestras vidas va a ser llamado a la mesa en el día del ajuste de cuentas. En términos simples, las ganancias de los enteógenos son gravadas con severos impuestos. La mayoría de los experimentadores, sin conciencia de esto, continúan disfrutando de sus ganancias sin ninguna pista de cuántos impuestos están acumulando. Pero eventualmente se paga la estafa y solo hay una cosa más segura que los impuestos.

* Aelous Kephas es uno de los más reconocidos autores del alterocultismo y la metanarrativa contemporánea. Entre sus obras publicadas destacan Matrix Warrior: Being the OneThe Lucid View: Investigations Into OccultismUfology and Paranoid Awareness y Homo Serpiens: A Secret History of DNA from Eden to Armageddon. En Pijama Surf publicó la serie de literatura chamánica, neuronas espejo e individuación Escritores del Cielo en Hades.

Blog del autor: aeoluskephas.blogspot.com

 


[1] Como Don Juan dijo alguna vez a Castaneda: “Todas las facultades, posibilidades y logros de la brujería, desde los más simples hasta los más increíbles, se encuentran en el propio cuerpo humano” (El Don del Águila).

[2] En una nota al pie Castaneda describe la utilización de plantas de poder por última vez como un detonante por el cual entrar hasta el fondo del camino “al nagual”, el cual uno de sus grupos equipara con el “reino de los cielos”. Terence McKenna rasuró el lirismo de entrar al Ahora: “La física alternativa es una física de la luz. La luz está compuesta por fotones, los cuales no tienen una antipartícula. Esto significa que no hay dualidad en el mundo de la luz. Las convenciones de la relatividad nos dicen que el tiempo se desacelera mientras uno se acerca a la velocidad de la luz, pero si uno trata de imaginarse la perspectiva de algo hecho de luz, uno debe darse cuenta que lo que nunca se menciona es que si alguien se mueve a la velocidad de la luz entonces no existe el tiempo.Hay una experiencia de tiempo cero [...] la única experiencia de tiempo que alguien puede tener es de un tiempo subjetivo que es creado por sus propios procesos mentales, pero en relación al universo newtoniano no existe el tiempo. Uno existe en la eternidad, uno se ha convertido en algo eterno, el universo esta envejeciendo a un ritmo vertiginoso alrededor de uno en esta situación, pero eso es percibido como un hecho de este universo —la manera en la que percibimos la física Newtoniana como un hecho de este universo. Uno ha transitado hacia el modo eterno. Entonces uno está separado de la imagen en movimiento; uno existe en la plenitud de la eternidad”, “New Maps of Hyperspace,” Magical Blend magazine.

 [3] Crowley sobre cruzar el Abyss: “Entonces todo fenómeno que se le presenta aparecerá como sinsentido y desconectado, y su propio Ego se romperá en una serie de impresiones que no tendrán relación entre sí, ni con alguna otra cosa". Liber OS Abysmi vel Daath.

[4] [“especially the liver, which is what we are until we die: livers”, escribe Kephas haciendo un juego de palabras con la similitud fonética entre "hígado” y “vivir”. Nota del traductor]

[5] “Creo que la excrecencia en mi cabeza, esta cabeza, esta aquí. Creo que no es realmente un tumor… no un pedazo de carne borboteante, incontrolado y sin dirección… pero de hecho es un nuevo órgano… una nueva parte del cerebro” Brian O’Blivion, Videodrome, escrito por David Cronenberg.

El proyecto de Benji Vaughan y Simon Posford es la más clara evolución del psychedelic trance, el resultado de un proceso de maduración: la expansión de la conciencia regulada por el dominio del tiempo

Aquellos de nosotros que crecimos escuchando psychedelic trance, particularmente a finales de los noventa y a principios de este nuevo milenio, probablemente tenemos un lugar privilegiado en el teatro de la memoria para Simon Posford y para Benji Vaughan. Posford era el multifacético gobernador índigo de la escena, con actos como Hallucinogen y Shpongle; Vaughan era parte del proyecto Prometheus: en un género que se caracterizó por su estimulación multisensorial agresiva (astacada, se diría vulgarmente) siempre mantuvieron cierta refinación. Y que han llevado a un siguiente nivel con Younger Brother.

El psytrance es uno de los géneros que menos supera el paso del tiempo, esto es, sin quitarle su magia situacional, está constreñido a un set and setting, usando los términos de Tim Leary, que es difícil de sostener. Al menos de que nos "quedemos en el trip" es poco deseable mantenerse oyendo música estridente psicodélica diseñada más para bailar que para escuchar y sobre todo como pista para consumir fuertes sustancias psicodélicas. La música trance sin duda representa una herramienta útil para explorar los límites de la psique, pero el psiconauta que no logra bajar y construir sus propios estados alterados utilizando alternativas como la meditación, el yoga o la literatura, estará probablemente navegando en un loop.

Dicho esto, me gustaría reafirmar el valor de la exploración psicodélica en un contexto histórico, casi tribal, ligado al psytrance. Es ciertamente un terreno peligroso, pero aquel que logra atravesar esta especie de cielo-infierno-fractal-acelerado y regresar a Itaca, por así decirlo, con las flores psicoactivas (joyas del vestido de la diosa Xochipilli) y no habiendo perdido la cabeza (o perdiéndose para encontrarse más él) podrá disfrutar de una profunda maduración de la conciencia. Haber coqueteado con la locura, paradójicamente lo habrá hecho más sano, más cuerdo y sobre todo conectado con los númenes que rigen la naturaleza. Se tomará menos en serio la alucinación que es de suyo la realidad y tendrá más serenidad para enfrentar los momentos críticos de la vida (claro que suponiendo que no haya freído su cerebro en esa empresa psiconáutica). Podrá quizás asimilar en mayor medida la parte subconsciente de la mente, por mucho la dominante: entender y surfear cosas como la sincronicidad, los arquetipos, la llamada "vibra" (desarrollando tal vez una intuición en los aspectos más sutiles de la mente).

Aún puedo ver a esos chicos que iban a los raves a las montañas y tomaban gotas de LSD y veían el cielo (buscando naves, buscándose). Que bailaban y sentían (en los momentos más luminosos) una mirada angelical radiante de kundalini, una sonrisa espacial, un murmullo telepático, casi una transparencia de su alma, la cual violentaban a la superficie de la percepción. Los colores volaban entre ellos, destellos de partículas entrelazadas, y los sueños apocalípticos dosificaban sus pequeñas epifanías... Creíamos que ibamos a despertar, que ibamos a despegar; percibíamos al planeta pulsante, descargábamos data de las esferas celestes y nos holgábamos en la luz del sol (que era, descubríamos, el más poderoso psicoactivo). Seguramente nos estabamos viajando, extralimitando de la realidad, pero esto puede ser también positivo: por momentos aprendíamos lo que que nos sugirió en un ensayo Aeolus Kephas: 

Existe un juramento mágico muy conocido que dice “Prometo lidiar con todo fenómeno como si fuera un trato particular entre Dios y mi alma”. Basado en la creencia metafísica de que el Universo es “un espejo mágico” que constantemente refleja las condiciones internas de nuestras almas.

Quizás incurríamos (y parece que lo vuelvo hacer al escribir esto) en aquella creencia de que "el camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría". ¿Hasta que punto se puede forzar la apertura de las puertas de la percepción y mantener la visión infinita del mundo, una vez que los excesos cobran factura? Es difícil saberlo, tan difícil como definir si nuestras percepciones bajo el influjo de las drogas son "reales", si en realidad sucedió lo que creíamos que sucedió en los momentos más altos, ¿la iluminación o la psicosis? Momentos que permanecen en una especie de espacio secreto, en una caja holográfica de tesoros, en una zona inefable. Sólo queda la música.

Simon Posford y Benji Vaughan ciertamente no se quedaron en el viaje, lograron bajar los balones cósmicos y aterrizar una plétora de experiencias psicodélicas en una  música mucho más madura, serena y espiritual. La influencia psicodélica persiste pero ahora yace en el fondo, un substrato hipnótico que estimula con una sutil acupuntura a los chakras del cuerpo humano. La popular agrupación de Simon Posford y Raja Ram, Shpongle, había explorado una fusión del trance con el ambient y ritmos orientales, que tuvo "divinos momentos de verdad". Siguiendo este sendero el disco más reciente de Younger Brother, Vaccine, con mayor mesura, alcanza una sublime refinación, si acaso menos ambiciosa, que es difícil de encontrar en la historia de la electrónica psicodélica. Tendríamos que  remontarnos a bandas como System Seven y Tangerine Dream y por supuesto a los inigualables Future Sound of London en sus excursiones dentro de la psicodelia.

Vaccine (2011, Twisted Records) es un álbum que incorpora instrumentos acústicos, que oscila entre el ambient y el minimal trance, desde donde gesta cristalinas baladas progresivas, por momentos una especie de Coldplay en enteógenos. Inexorablemente promulgando un manifiesto espiritual, de afirmación de la vida: inspiración para los ya no tan jóvenes cabeza-de-ácido que se reencantan con el universo: se asoma la madurez en un páramo descampado. Tracks como "Train" y "Shine" son lúcidos emblemas de la evolución y la catarsis del psytrance. "System 700" es un tour de force hacia ritmos que amagan con místicas orientales para caer en riffs de éxtasis industrial. "Tetris", el último track del disco, nos deja flotando en un paraíso infantil de máquinas de videojuegos que cobran conciencia de sí mismas. "Psychic Gibbon", de su disco anterior The Last Days of Gravity, es una melodía hipnótica que evoca lo mejor del morning trance, esa música solar en la que los ravers encontraban la paz encantada, ese enorme sí del cosmos

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Así describió el virtuoso crack del goa londinense Simon Posford su experiencia con el DMT:

Podía ver la música saliendo de mi cabeza como un río de mercurio líquido con símbolos holográficos de colores, y estos ‘elfos mecánicos’ parecían alimentarse de ella. Estaban bailando, riendo y disfrutando de ella. Había un pequeño riff de flauta ahí. De repente se voltearon todos serios y me dijeron: ‘Tienes que ir y encontrar este riff de flauta, es el riff divino y este es el que tienes que usar.

Posford y Vaughan, los hermanos pequeños de una antigua sabiduría puesta en entredicho, siguen persiguiendo ese sonido divino que fluye en un manantial oculto de luces de colores y al hacerlo siguen abriendo el camino para todos nosotros que en la juventud quisimos encontrar la divinidad dentro de nosotros mismos, que nos perdimos, pero que aún seguimos ahí, intentando materializar el sueño de comunión que nos fue revelado en nuestra primera visión psicodélica.

Twitter del autor: @alepholo