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Fotógrafo recrea los retratos más famosos con la inigualable cara de John Malkovich (FOTOS)

Arte

Por: pijamasurf - 09/25/2014

Todos somos John Malkovich: en su serie titulada "Malkovich, Malkovich, Malkovich: homenaje a maestros fotográficos", el célebre fotógrafo Sandro Miller recrea los icónicos retratos que más lo han guiado en su carrera con el rostro del popular actor
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Albert Watson, Alfred Hitchcock con ganzo (1973)

 

El célebre fotógrafo Sandro Miller ha trabajado muchas veces con el legendario actor de Hollywood John Malkovich (con él hizo la portada de Esquire, por ejemplo). Así que, cuando le tocó hacer un homenaje de las grandes fotografías que lo han guiado en su carrera, decidió usar a Malkovich como su modelo unisex en una serie llamada, apropiadamente, Malkovich, Malkovich, Malkovich: homenaje a maestros fotográficos.

La serie muestra la excelencia de la foto de Sandro junto con la excelencia de la actuación de Malkovich. Sandro consigue la iluminación exacta, el tono y la composición, mientras las fotos, puestas juntas, evocan sensaciones encontradas. Malkovich, como sabemos los que lo hemos visto en pantalla, sobre todo en Being John Malkovich, no puede sino ser sí mismo. Su rostro es de esos que se reconocen siempre aunque estén bajo el disfraz más elaborado y su presencia rezuma irrumpiendo en cualquier situación. Quizá esa sea la razón por la que Sandro eligió fotografiarlo a él. Todas las representaciones del actor serán él representando algo; su impresionante personalidad no se difumina con nada.

Algunas fotos son realmente graciosas; otras, trágicas. La serie nos invita a recordar esas famosas fotos que todos hemos visto antes, y a la vez pasar un buen rato; quizá hasta apreciar un poco más a Malkovich por su rostro y por haberse prestado a hacer este proyecto. Ninguna de las fotos fueron manipuladas con Photoshop.

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Dorothea Lange, Madre migrante, Nipomo, Califorinia (1936)

 

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Philippe Halsman, Salvador Dalí (1954)

 

 

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Victor Skrebneski, Bette Davis (1971)

 

 

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Andy Warhol, Autorretrato (1986)

 

 

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Diane Arbus, Gemelas idénticas (1967)

 

 

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Gordon Parks, American Gothic (1942)

 

 

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Yousuf Karsh, Ernest Hemingway (1957)

 

 

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Irving Penn, Pablo Picasso (1957)

 

 

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Arthur Sasse, Albert Einstein sacando la lengua (1951)

 

 

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Alberto Korda, Che Guevara (1960)

 

 

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Annie Leibovitz, Lennon y Yoko Ono (1980)

 

 

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Bert Stern, Marilyn in Pink Roses (1962)

 

 

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David Bailey, Mick Jagger "Fur Hood" (1964)

 

 

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Edward Sheriff Curtis, Three Horses (1905)

 

 

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Herb Ritts, Jack Nicholson (1988)

 

El excesivo uso de maquillaje es también un símbolo de la falta de aceptación que predomina en nuestra sociedad

Tonos pasteles y colores carne sobre el rostro de ángel de una modelo van apilándose para crear una textura grotesca que de alguna manera sintetiza la cantidad de maquillaje que muchas mujeres usan en un año --una cantidad que, vista así, cobra cierta monstruosidad.  Irónicamente llamado Belleza natural, este video realizado por Lernert & Sander es una mezcla entre exaltación estética de la belleza de la moda y crítica al uso de productos cosméticos. La dulce cara de la modelo Hannelore Knuts recibe el tratamiento de un "look natural" hasta el paroxismo, pasando del "look sano" de las mejillas sonrosadas a una piel que parece haber sido impermeabilizada por un grueso barniz/el reverso de la princesa-bruja con la faz agusanada.

La enorme cantidad de maquillaje que usamos como sociedad es un síntoma de nuestra insatisfacción con nuestra imagen corporal, en gran medida producida por la permeabilidad de las imágenes que emite la industria de la moda y la publicidad. El maquillaje, más que usarse para la seducción, como una transfiguración artística, erótica e incluso lúdica del rostro (que es siempre fluido y construcción), se usa para negar la imagen que nos regresa el espejo y hemos interiorizado comparando con la imagen que vemos en la pantallas de TV y en los espectaculares en el cielo de las ciudades. Esto claramente revela una importante característica de nuestra psique, la falta de aceptación. Existe una ansiedad y una resistencia dirigida hacia el propio ser, hacia el estado mismo de sólo ser sin juzgar y ser juzgado. En parte esto es motivado por la competencia sexual, por la necesidad de hacerse atractivo --esto es un impulso biológico mediado por un adoctrinamiento cultural: el rostro como objeto de consumo--; hacemos lo que creemos necesario para ser aceptados y recibir el afecto de los demás. Pero este impulso nos lleva a una disociación, a un proceso de enajenación en el que anteponemos la mirada del otro a nuestra propia expresión. El placer ya no es ser sino parecer. Quizás si fuéramos conscientes de que este maquillaje --ese juego de Maia-- tiene una naturaleza espectral e ilusoria podríamos beneficiarnos de jugar con nuestras reproducciones en la casa de espejos, de reinventarnos, de jugar a las escondidillas y seguramente no habría un trastorno psicológico sino una liberación de energía creativa. Pero la forma en la que experimentamos y padecemos el maquillaje (en tanto expresión simbólica que busca "corregir imperfecciones" de todo tipo) más que jugando a seducir a los demás (que es una forma sublime del engaño) es engañándonos a nosotros mismos, creyendo que es necesario que seamos otros y que ocultemos o mejoremos nuestro rostro. No es la danza encantada de las máscaras paganas y los ritos de fertilidad, es el chantajismo mezquino del deseo aspiracional.

La industria cosmética es una de las más cuestionadas por los ingredientes que utiliza en la manufactura de sus productos, muchos de ellos tóxicos. Pero ante la promesa de la belleza poco nos importa que en algún punto lejano (ciertamente no en el que luciremos nuestra cara fabulosamente exornada por la alquimia cosmética) estos productos nos harán daño, incluso mermando esa misma belleza de suyo fugitiva. Esto es algo común en la psique que se resiste a aceptar su naturaleza, su propia sombra, el rostro detrás de la máscara: que no repara en lastimar su cuerpo si cree que su imagen será beneficiada y podrá sentir los mimos de ser deseada.

Creemos que la belleza --la percepción del otro de nuestra belleza-- nos brindará la felicidad y todos aquellos goces prometidos por la fantasía mediatizada. Pero más cerca de este bienestar buscado está seguramente la aceptación de nuestra realidad, de nuestro cuerpo y nuestras condiciones de vida. Aceptar que no es aquiescencia ni pasividad, es simplemente no luchar contra lo que es --seguir el curso natural del río-- la paz que da el entendimiento: el resultado del autoconocimiento. Y por cierto, la resistencia y la falta de aceptación genera estrés y el estrés contribuye a mermar el sistema inmune y esto genera cansancio y enfermedades y todo se refleja en tu cara: pronto tendrás más arrugas y líneas de expresión y necesitarás más maquillaje. 

Twitter del autor:@alepholo