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El jugo de la creación: “Anomalisa” (Charlie Kaufman y Duke Johnson, 2016)

Arte

Por: Psicanzuelo - 02/04/2016

Una cinta animada que nos presenta a un importante personaje masculino con crisis de mediana edad, que convence a una mujer común para besarla entre las piernas y salir así de su depresión

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Anomalisa (Charlie Kaufman y Duke Johnson, 2016) podría ser una película para hombres o que por lo menos lidia con problemas masculinos que pueden ser disfrutados por las mujeres en la pantalla grande (divertidos). El hombre en apariencia es simple, pero en realidad es complejo internamente. En cambio las mujeres parecen complejas y en realidad son simples, por lo menos en este universo paralelo donde Michael Stone (David Thewlis) es un escritor inglés de libros de superación personal que visita Cincinnati, Ohio, por un par de días.

Michael vivió alguna vez en Estados Unidos, o por lo menos una relación romántica del pasado lo sigue haciendo; por un par de detalles entendemos que alguna vez la abandonó, él se fue lejos. Michael decide volver a ver a la antigua exnovia, que nunca ha salido completamente de su mente, y ella acepta; todo de improviso, el mismo día que se aloja en el hotel. A lo largo de toda la trama Michael no sale de ese hotel, a reserva de la escena final, las escenas en movimiento en aviones y taxi, y en la calle cerca del hotel. El conflicto dentro de Michael es entre el presente y el pasado, lo ilógico que resulta el pasado intentando enfrentarlo desde el constante presente, acaba  perdiendo cualquier sentido. Michael cree que su vida se echó a perder en el momento que abandonó a esa exnovia, y al enfrentarla se da cuenta de que ella no tiene nada que ver con ese fracaso que no se refleja en su vida profesional. Su vacío existencial proviene de ese eterno pretender, dentro de un despliegue de engaños infinito, donde ha perdido el sentido de verdad de lo que lo rodea; todo parece artificial, todo mundo habla con la misma voz (literal, como elemento técnico de la cinta en su diseño de audio).

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La metáfora cinematográfica es potente, nos extraña desde un inicio cuando empiezan a aparecer personajes distintos a Michael que son doblados por el mismo actor, Tom Noonan. Todo mundo es “alguien”, un mismo alguien, y el brote psicótico se acerca a la paranoia continua. La cinta se hace superficial, el único que tiene una voz distinta es Michael, hasta que aparece Lisa, entonces todo cobra sentido, y mucho más tendrá cuando la voz de Lisa sea la de nada más y nada menos que la de la adorable actriz Jennifer Jason Leigh. Es el efecto que todo hombre que vive de fantasear ha sentido, el rápido desenamoramiento, porque nunca estuvo enamorado; envenenarse de ilusión (romanticismo, no amor). Michael se intoxicó como ultima escapatoria de supuestos que construyó su mente y se desinfla como un globo al poco tiempo de concretada la conquista. Anomalisa no es más cruel que una persona que nunca aprendió a vivir. Lo simpático resulta el doble tono, serio y cómico; es el comentario social, porque Kaufman nos dice que gente así es la que escribe los libros de superación personal con los que todos aprendemos a vivir.

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Kaufman se ha distinguido de cualquier otro guionista hollywoodense desde un inicio, gozando de un éxito inusitado para conectar con la gran audiencia, dominando el gag de cine mudo en un cine contemporáneo de lo más posmodernista --es un artista, encontrando además verdades ocultas por medio de métodos pop formales en su escritura. En Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (Michel Gondry, 2004) hacía que los props del departamento de arte fueran extensiones de la conciencia de los personajes, que intentaban desesperadamente construir un amor fuera de la memoria. En El ladrón de orquídeas/Adaptation (Spike Jonze, 2002) crea puentes entre el guionismo (la creación artística) y el tráfico de drogas que casi resuelven acertijos que jamás serán resueltos por la lógica aristotélica en la llamada guerra contra las drogas. Curiosamente, provee de un lenguaje a dos de los directores más representativos del nuevo cine hollywoodense de la primera parte de la década pasada (ambos proceden del videoclip más vacío y fastuoso), Michel Gondry y Spike Jonze, y jamás sus películas han recobrado el sentido de esas primeras obras; no olvidemos Cómo ser John Malkovich (Spike Jonze, 1999), que inauguró un nuevo estilo de cine comercial absurdamente filosófico.

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Como director Charlie Kaufman únicamente tiene un precedente antes de esta obra maestra llamada Anomalisa. Cuenta con la mejor actuación del recientemente desaparecido bajo causas sospechosas Philip Seymour Hoffman (1967-2014), que declaraba la revolución en Los juegos del hambre: En llamas (Francis Lawrence, 2013 (otro director de videoclips)) disparando hacia la cúpula celestial. Synecdoche, New York/Nueva York en escena (2008) costó 21 millones de dólares y Kaufman vuela sobre nubes de cine independiente como si fuera una película de 2 mil dólares. Esto ya no era Hollywood, y sorprendió a muchos de los que en realidad admiraban su trabajo como guionista hollywoodense. Los pasillos laberínticos de la pesadilla citadina tienen mucho más que ver con formas de los corredores fílmicos conscientes de Angelopoulos o Garrell, conteniendo las reflexiones más sofisticadas sobre la creación artística de Kaufman, sin explicaciones filtradas para ser actuadas por Jim Carrey, lo más parecido a Federico Fellini en este nuevo siglo, años después de tener a un Terry Gilliam que gozaba de prestigio ante los estudios antes de la tragedia financiera para los grandes estudios que significó Las aventuras del barón Munchausen (1988), pero que significó la joya más preciada de los años 80. En Synecdoche, Caden Cotard (Philip Seymour Hoffman) es un director de teatro en la Manhattan de Woody Allen, lucha por sobrevivir en su arte mientras deambula por los pasillos construidos de las bodegas para su nueva obra que sólo existe en su mente. ¿Pero qué acaso no vivimos únicamente en nuestra mente? ¿Dónde queda el mundo? Michael Stone es una versión de Caden Cotard que no siguió su impulso creativo, es esclavo de la máscara que construyó para tener éxito comercial y social, y está al borde de un brote psicótico (un exilio psicológico) por la represión de todo lo que es él en realidad. Michael no puede despertar a la realidad porque no acepta a Lisa como lo que es y una vez más se desploma ante una princesa que viene a salvarlo; no puede ver a los demás seres humanos, sólo a sí mismo.

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Sobra decir quizás, para el que no haya echado un vistazo al tráiler, que Anomalisa es una delicia visual que poco tiene que ver con Wallace y Gromit (Nick Park); se encuentra más en la dimensión de las joyas de Europa del Este de finales de siglo pasado: una animación de objetos físicos y digitalmente que es inusual hoy en día, sobre todo al servicio de conceptos filosóficos contemporáneos, mucho más emparentada con el trabajo de los hermanos Quay, por ejemplo. La fotografía es precisa en todo momento y se combina con la dirección de arte en diseños que rebasan en integridad, funcionalidad y gusto varias de las producciones actuales con actores comerciales. Los muñecos que viven las escenas parecen actuar mejor que lo que vemos en personajes de carácter de las numerosas series de televisión que eran la panacea hasta que empezaron a sentir que lo eran: así es la conciencia pura, como la de Michael, dormida dentro de sí.

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La decisión más acertada de Kaufman, haciendo lo contrario de lo que crítica de Michael, y la posibilidad de que la humildad nos pueda salvar de un mundo que nos fuerza a pisotear a los demás, constituyendo una ilusión de ser el único camino al éxito. Humildemente y de forma astuta une esfuerzos con Duke Johnson a nivel de codirección, comparte el proyecto para seguir avanzando y no retroceder creativamente. Johnson es un director especializado en técnicas de animación, y así juntos crean el perfecto golem, cuerpo y espíritu, con toda la dedicación creativa.

 

Twitter del autor: @psicanzuelo

Juan José Arreola consigue hacer pasar al camello por el ojo de una aguja

Arte

Por: Adán de Abajo - 02/04/2016

Para mantener a su esposa y a sus pequeños hijos, el joven juglar, además de narrar historias y dar clases de literatura y de francés, ejerció el oficio de vendedor ambulante por varios años. En una ocasión se dedicó a intentar vender al público de su pueblo un aparato para hacer pasar un camello por el ojo de una aguja

No he tenido tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles para amarla. Amo el lenguaje por sobre todas las cosas y venero a los que mediante la palabra han manifestado el espíritu, desde Isaías a Franz Kafka. Desconfío de casi toda la literatura contemporánea. Vivo rodeado por sombras clásicas y benévolas que protegen mi sueño de escritor. Pero también por los jóvenes que harán la nueva literatura mexicana: en ellos delego la tarea que no he podido realizar. Para facilitarla, les cuento todos los días lo que aprendí en las pocas horas en que mi boca estuvo gobernada por el otro. Lo que oí, un solo instante, a través de la zarza ardiente.

Juan José Arreola, Confabulario

 

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La gente se arremolinaba alrededor del joven juglar, fascinada y a la vez poseída por cierto temor, debido a su curiosa y poco común figura y su aún más singular habla, gestos y ademanes. Ataviado con desmodados sacos de terciopelo y estrafalarios sombreros de copa que nadie se atrevería a portar. Llamativos moños en el cuello, iguales a mariposas nocturnas y raras posadas sobre su camisa. Aparentaba, más que un muchacho con 21 años de edad, tratarse de un excéntrico caballero de la Europa del siglo XVIII.

Aun a pesar de que muchos le temían y soltaban habladurías sobre su persona, no dejaban de congregarse a su alrededor al encontrarlo por las calles de la pequeña ciudad o en los cafés  de la misma, en donde mantenía entretenidos con sus monólogos durante horas a sus amigos, a los curiosos y sobre todo a las muchachas bonitas.

Lo lanceaban con sus preguntas insistentes y obsesivas sin dejarle tregua. Todos tenían noticia de su memoria prodigiosa, enciclopédica, y de la proverbial facilidad de palabra con que narraba cuentos, historias, del mismo modo que recitaba versos, coplas y letras de antiguas melodías. Sabían de sus conocimientos infinitos sobre diversos campos del saber humano. Como él mismo confesara años más tarde en el prólogo de uno de sus libros, el habla y la conversación de campesinos y rancheros de su pueblo natal sería su principal escuela. Además de la biblioteca de su maestro de segundo de primaria, el humilde profesor José Ernesto Aceves, quien lo introduciría en el mundo de los poetas. Sabía de memoria novelas completas, cuentos de muchísimos autores y libros enteros de poesía en español, francés e inglés. A los 12 años había leído ya a Baudelaire, a Giovanni Papini, a Zolá, a Dickens, a Víctor Hugo y a muchos otros, en no pocas ocasiones en su lengua original. Era además un implacable y célebre jugador de ajedrez.

Como a todo buen juglar, quien jamás es profeta en su tierra, a veces se le olvidaba que había nacido en el mismo pueblo que sus perseguidores: Zapotlán el Grande, ahora conocido como Ciudad Guzmán, en Jalisco.

En esta ocasión lo acosaban con el rumor de que conocía de memoria la última versión del parto de los montes, una narración del dominio público que a muchos intrigaba, de la cual se decía que el flacucho juglar conocía el inicio.

Los curiosos y resentidos cerraron su paso mientras se dirigía a su trabajo en el colegio de monjas francesas donde impartía clases de literatura, redacción y francés a muchachos de secundaria. Lo amedrentaron y amenazaron con lincharlo en la plaza pública, frente a la catedral, si no se los contaba. Él se defendió igual que gato erizado, diciéndoles que en breve lo compartiría con todos en edición impresa a través del único periódico del pueblo, del cual era también periodista, para que lo leyesen y tuviesen acceso a él. Pero la gente era demasiado exigente con su modesta persona, acostumbrada a las bellas luces y fuegos artificiales de sus charlas, narraciones, pláticas y disertaciones en público. Como a buen juglar, querían escuchar el relato de sus propios labios. Le exigieron a toda costa, por sobre todas las cosas y en ese mismo instante, que les narrara el inicio de la última versión del parto de los montes.

 

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Unos años antes marchó hacia la Ciudad de México, contando tan sólo con 3 años de la escuela primaria como únicos estudios formales, con la finalidad de estudiar teatro, abandonando al poco tiempo sus clases debido a su impulsivo autodidactismo y al gusto por pasar las horas más bien sumergido en las bibliotecas de México y en los cafés, charlando con sus incontables amigos, declarándose autodidacta desde entonces.

Su infancia transcurriría en plena Guerra Cristera, con monjas y curas escondidos en pasadizos secretos de antiguas casonas en Zapotlán y Guadalajara, misas clandestinas y rosarios a la media noche, en catacumbas, cuando los federales no pudiesen detectar a los fugitivos católicos.

Como principal formación, su padre, hombre a la vez práctico y soñador, simplemente lo pondría a trabajar, desempeñándose desde entonces en los más variados oficios: encuadernador, vendedor ambulante, periodista, corrector de estilo, difusor de la cultura, cuentacuentos, gramático, traductor, actor, guionista de teatro y cine, juglar e impresor.

En Guadalajara conocería al actor Louis Jouvet, quien le proporcionaría una beca del gobierno francés para viajar a París e involucrarse en el teatro como espectador y extra en puestas en escena de las obras de Shakespeare. Empero, ni su frágil salud ni su delicado temperamento nervioso le permitirían adaptarse al frío clima europeo, viéndose obligado a regresar a México, donde proseguiría trabajando, leyendo, contraería matrimonio y escribiría su primer libro y luego otros más.

El público de resentidos y curiosos que lo atosigaba no tendría piedad con él, consiguiendo acorralarlo y convencerlo al fin. No le quedaría más remedio que ponerse de pie, muy derecho, sobre una de las bancas de la plaza principal de Zapotlán el Grande. Se aclaró la garganta, a su alrededor se encontraban por lo menos cuarenta y tantas personas congregadas, a la expectativa del añorado inicio de su relato del parto de los montes. Repentinamente, un “calor de nido” se apoderó de su axila, debajo de su camisa y su chaleco. Algo comenzó a moverse, tierno y delicado: era un diminuto ratón blanco, casi recién nacido.

 

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Para mantener a su esposa y a sus pequeños hijos, el joven juglar, además de narrar historias y dar clases de literatura y de francés, ejerció el oficio de vendedor ambulante por varios años. En una ocasión se dedicó a intentar vender al público de su pueblo un aparato para hacer pasar un camello por el ojo de una aguja. Se trataba de un producto muy seguro para comercializarse, recomendado desde hace 2 mil años por el mismísimo Jesucristo. ¿Quién no lo adquiriría?

Para ello hizo toda clase de experimentos lingüísticos, alquímicos y narrativos. Redujo al camello primero desde su estado animal a su expresión química más pura: un diminuto derivado del zinc, haciendo gala de toda clase de conocimientos sobre física, química, gramática, fonética y matemáticas. Para atraer a la mayor cantidad de público, adoptó el nombre de un físico alemán: Arpaud Niklaus, producto de su enorme e incansable imaginación.

La consistencia del zinc, aunque breve, no era aún lo suficientemente pequeña como para penetrar el ojo de la aguja. Se esforzó aún más por reducir al camello hasta su parte más ínfima: la eléctrica. Al igual que el escritor y astrónomo inglés Rodney Collin señala: la expresión más pura de la energía consiste en electrones libres, los cuales son la manifestación cuántica del alma. Ellos vienen del Sol y regresarán a él cuando logren cumplir su ciclo cósmico, y tal vez luego irán más allá, hacia otra galaxia: Sirio o Antares. Un pedazo de las estrellas que todos los seres en el planeta Tierra poseemos en nuestros corazones.

El alma del camello consiguió al fin penetrar el ojo de la aguja sin ningún problema, deslizándose a través de él y teletransportándose hacia el otro lado del diminuto instrumento, transformada en un delgado hilo de energía. Así, el joven juglar lograría también reducir sus cuentos y relatos hasta su mínima expresión narrativa, como el más preciso y diestro relojero del lenguaje, creando los más bellos y perfectos microrrelatos de la literatura universal, convirtiéndose en uno de los padres de este género.

No tardaron en acosarlo ahora nuevos clientes, curiosos y agresivos, demandándole que los ayudase a transformar sus pesados cuerpos y almas a su estado energético más puro, no sólo para transitar a través de ojos de agujas sino para escapar hacia lejanos sitios, huyendo de sus pecados, crímenes y pasado intentando mediante su aparato, expiar sus culpas y evadir sus responsabilidades. El juglar se dio cuenta de que si accedía se volvería cómplice de criminales, gentes de dudosas reputaciones y turbias historias. Por ello, decidió abandonar el nombre de Niklaus, cancelar sus experimentos físicos y las ventas del famoso aparato, más no los narrativos.

Con la finalidad de alejarlos o de ofrecerles una salida más justa para sus culpas y pecados, además de continuar generando recursos económicos para sostener a su familia, se convirtió ahora en vendedor de exóticos y mortíferos animales. Consiguió una migala, un tipo poco común de arácnido, mezcla de cangrejo, araña y escorpión: una escorpéndula, la cual, según prometía con su habilidosa voz de cuentacuentos y comerciante, asesinaría a su comprador sin ningún dolor ni molestia, en plena noche y cuando menos se lo esperase, ayudando a suicidas y delincuentes a escapar de sus responsabilidades morales y crímenes. Entonces todos los curiosos, exigentes y resentidos se alejaron y lo dejaron en paz para siempre. Y aunque se vendieron varios ejemplares de aquel repulsivo y peligroso ser, jamás se tuvo noticia de que ninguno de ellos lograra picar a nadie.

Juan José Arreola60 años después, luego de escribir vastamente, dar clases y tratar de preparar a jóvenes escritores para convertirse en la vanguardia que revolucionaría la literatura mexicana, su exigente pero fiel clientela y público conseguiría finalmente acorralarlo y recluirlo en el interior de una estatua de bronce, situada en la parte lateral de la Rotonda de los Hombres Ilustres, en el Centro Histórico de su amada Guadalajara, con forma semejante a la suya, aunque no exactamente igual, sobre todo en la parte del rostro, por lo cual el juglar no estaría muy satisfecho ni conforme con su nuevo hogar.

Se le hicieron homenajes y reediciones de todos sus libros para intentar convencerlo de quedarse ahí; lecturas públicas y maratones literarios con niños que leían en voz alta sus cuentos y sus novela durante horas.

A pesar de que el juglar ya tenía más de 80 años de edad, aún seguía manteniendo aquel carácter indómito que lo impulsara a convertirse en un célebre escritor autodidacta y campeón de ajedrez. Negándose por completo a permanecer recluido dentro de aquella prisión helada y metálica, escaparía una madrugada, habiéndose transformado a sí mismo en un fino y delicado hilo de electrones libres, igual que en su antiguo aparato para reducir al camello.

Como una columna de espermatozoides inquietos y anhelantes, buscando su destino definitivo en el óvulo de alguna estrella lejana, los electrones sutiles de su alma escaparon a través del gélido corazón de aquella estatua desidentificándose y liberándose de ella de manera definitiva, extendiéndose una y otra vez sin parar, desdoblándose desde el delicado y magnífico hilo energético que ahora era, hacia una amplia tela solar sin principio ni fin, la cual formaría parte de todos los textos, relatos, comedias, poemas, tragedias, narraciones, lenguas, lenguajes y libros escritos por la humanidad.

 

Twitter del autor: @adandeabajo