*

X

Las ideas no se crean ni se destruyen, sólo se transforman

Buena Vida

Por: pijamasurf - 06/05/2014

Quizá las ideas y la información sean más dinámicas de lo que creemos y formen un circuito en constante movimiento, del cual somos un elemento ineludible

ab

En cierto sentido, ser original es poco original. Con cierta frecuencia, la originalidad es algo que a una época, un lugar, un puñado de personas, les parece novedosa, inédita, pero que se alimenta de otras corrientes, partiendo de ideas que alguna vez también hicieron presencia en el mundo, acaso sin llamar la atención pero dejando un germen, una huella, la hebra de un hilo que de pronto alguien mira y sigue, y enriquece después con otras tramas.

Si fuera posible, sería interesante y sin duda asombroso seguir el curso de una idea; descubrirla en un momento de la Historia —enunciada por alguien, puesta en un lienzo o bajo los signos enigmáticos de las ecuaciones matemáticas o las notas musicales— y seguirla en sus evoluciones. Por poner un ejemplo, mirar cómo una joven pareja de enamorados en un viejo cuento de Italia se convierte, por mediación del genio poético de Shakespeare, en el paradigma de la pasión obstaculizada.

Si bien esto podría considerarse un tópico romántico o una forma de examinar la realidad cultural, en el campo de la física se ha especulado sobre la posibilidad de que la información tenga el comportamiento de la materia y la energía y, como éstas, no se cree ni se destruya, sino que subsista en una transformación permanente.

Por el momento esto es solo un modelo especulativo, pero físicos amateurs y profesionales se han preguntado si acaso teorías como la de los sistemas caóticos o el principio de incertidumbre de Heisenberg también podrían tener cabida aplicadas a la información. Aun si, como se propone en este foro, tecleáramos letras al azar en un procesador de textos, imprimiéramos lo escrito, cerráramos el archivo sin guardarlo y quemáramos después la hoja impresa, todo sin ver nunca qué letras fueron las que presionamos en el teclado, incluso así, al “introducir una perturbación en el sistema”, las consecuencias que de esto se derivan dejarían un rastro de esa información que, quién sabe, quizá un día la humanidad cuente con la posibilidad de reconstruir, justo a partir de la huella dejada.

El ejemplo parce radical, pero tiene coherencia: todos los días estamos generando y consumiendo información, resignificándola, haciéndola nuestra y también dejándola pasar, olvidándola para ese sistema que somos pero liberándola para que otros la retomen.

Un ejemplo de esto ha sido llevado a cabo por Absolut, marca que se caracteriza por su creatividad en el diseño y la publicidad. Así se transformó una idea con la botella de edición limitada de Absolut Originality, la cual se distingue por la voluntad artesanal de su diseño, en el que una gota de azul cobalto se fusiona en el momento de la confección de la botella, experimento que resultó en la producción de objetos únicos –de arte accidental- y, al mismo tiempo, ligados a la vasta tradición suiza de la alfarería.

Sea entonces desde una perspectiva exclusivamente cultural o desde un punto de vista que aunque todavía especulativo, está construido bajo los criterios de la ciencia, queda claro que las ideas están ahí, circulando, todas originales y conocidas simultáneamente, en un estado sincrónico de incertidumbre como el célebre gato de Schrödinger, y lo más estimulante es que nosotros somos parte fundamental de ese circuito.

Sicilia es un museo vivo, un gabinete de maravillas que asombra aun a quien regresa del centro de la Tierra

 image004

De los muchos viajes que ayudan a comprender la historia y la geografía de nuestro mundo, pocos habrá que, además de ello, sean tan evocadores y obsequien tantos placeres, lo mismo intelectuales que sensoriales, como aquel que toca Sicilia.

El emplazamiento de esta isla en un crucero señalado de todos los tiempos, mirando a la vez África, el Medio Oriente, Europa y, con énfasis, Grecia, la hizo un verdadero punto de encuentro y crisol de civilizaciones: estuvieron allí Fenicia, Cartago, Grecia, Roma, Bizancio, árabes, normandos, angevinos, aragoneses, prusianos... e italianos.

Como en una real sinergia, en Sicilia la mezcla produce algo único, singular, equiparable al emblema que la distingue: el trisquel o trinacria (así llamaron los helenos a la gran ínsula). Simboliza al país mismo la trinacria, extraño signo que revela tres piernas en forma de hélice, en cuyo núcleo aparece la cara de una Medusa cuya cabellera serpentina se entrelaza en su cuello con tres espigas de trigo:

530px-Coat_of_arms_of_Sicily.svg

Emblema muy antiguo que habla de evolución, comienzo y desenlace; de los tiempos que hubo, hay y habrá, y de la conciencia en expansión en tanto resultado del aprendizaje permanente. Ni más ni menos.

Cada rodilla de este peculiar diseño helicoidal representa una esquina del dilatado territorio triangular que ocupa la isla, en donde se encuentran diversos tesoros, a cual más apreciable. Entre ellos los paisajes y los paisanos, el generoso producto de las vides de esta tierra volcánica, las criaturas oceánicas y las telúricas: la oveja y la cabra, ¿qué más?

Mucho más: el triple escenario de un arte griego del mayor refinamiento, véase si no el Templo de la Concordia, en Agrigento, tomado con buen juicio por la UNESCO como su signo emblemático; la muy feliz combinación de las arquitecturas árabe y normanda adornadas con impresionantes mosaicos bizantinos como la que presenta, en Palermo, el Palacio de los Normandos con su excelsa Capilla Palatina, o ese gran monumento catedralicio: el Duomo de Monreale, edificio portentoso al cual volveré más adelante (sí, es una advertencia).

A tal díada se suma el arte barroco transformado en ciudad, como es la suerte de Ragusa, Módica y Noto o la misma Palermo, pero, sobre ellas, Siracusa, que reúne en Ortigia --su centro primigenio-- historia, arte y mito dentro de una escenografía fantástica: a la vez quimérica e imaginativa, excelente y magnífica.

 Hay una recompensa adicional: cerca de Piazza Armerina, camino a Siracusa desde Agrigento, se levanta la villa romana del Casale, adonde yacen muy extensas superficies de pisos recubiertos por los mejores mosaicos romanos existentes, hechos al gusto de algún dignatario del Imperio, en los primeros siglos de esta era: escenas de caza en África para proveer de fieras al Circo, jóvenes deportistas en atuendo de bikini pre-moderno, en acción o recibiendo los premios del certamen, Eros y Psiqué entregados a sus vocaciones complementarias, rondas de juegos infantiles...  

Quien ello desee en Sicilia, podrá asimismo otear la silueta o aun hollar enormes continentes de magma, volcanes como el Etna o el Estrómboli, éste en el haz pelágico de las Eolias.

Si se tienen curiosidad, voluntad --y medios-- para intentar vislumbrar siquiera apenas una porción del maravilloso puzzle terráqueo, asómense a Trinacrio: hay algo allí que aporta un sentimiento de pertenencia a una estirpe firme y noble, y una reconfortante plenitud.

MonrealeCathedral-pjt1 Como epílogo de estas líneas, y luego de mi advertencia arriba, relataré una anécdota, un suceso significativo en la nimia escala personal. En la casa familiar crecí acompañado por dos enormes volúmenes llamados Il Duomo di Monreale. Illustrato e riportato in tavole cromo-litografiche, Palermo, 1859-1869, dos tomos en folio imperial abierto, formato 71 x 52cm, de D. Domenico-Benedetto Gravina, abad casinense, impresa en los Establecimientos Tipográficos de Francesco Lao. Obra abrumadora según su tamaño, peso y

contenido, pues reproduce planos arquitectónicos y diseños de todos los murales de mosaicos, y es difícil cambiar de página sin utilizar casi toda la fuerza del torso y ello aun con el auxilio de un atril inmenso.  

Al principio supuse que se trataría de un templo en el Canadá francés, luego aprendería que Monreale es idéntico a Monterrey, Monterey, Montreal o Königsberg, es decir: monte real, sólo que ese Monreale se hallaba en Italia, específicamente en Sicilia, y se refería a una de las más grandiosas catedrales existentes, tanto por sus espacios perfectos tan dilatados y aéreos como por la vasta riqueza inigualable de sus inmensos muros cubiertos con mosaicos bizantinos policromos con acentos áureos, de altísima manufactura. Un verdadero icono (¡y vaya que lo es!) del arte arábigo-normando.

Muchas décadas después, en este 2014, pude visitar la reminiscente y hermosa ciudad de Palermo, en cuyas goteras se yergue tal templo; llevaba conmigo una fotografía de aquellos voluminosos tomos relativos al Duomo, por si acaso algún librero anticuario pudiera darme mayores datos. La gentil dependienta del establecimiento que encontré al azar me respondió: no conozco esos libros, pero tengo algo que acaso le interese, y me mostró un bello ejemplar con el mismo título que aquel de mi infancia, este sí con un tamaño manejable: una reproducción integral del tomo de ilustraciones original de 1869, impreso apenas en 2007, con un texto de Monseñor Cataldo Naro, por esos años arzobispo de Palermo, a quien sedujeron lo mismo el admirable edificio entonces su sede y su encargo, como la obra decimonónica que lo plasmó en el papel.

El Arzobispo no cejó hasta saber que Edizione Lussografica se haría cargo de la reimpresión de las tablas cromo-litográficas del original, misma que no pudo ver completa en vida y la cual, sin embargo, presenta un texto previo de dicho monseñor ("Los mosaicos de Monreale como experiencia de gracia"), cuyo buen sentido y tenacidad no puedo sino reconocer aquí.

image005

Después de sufrir las peripecias acostumbradas de los servicios postales trasatlánticos, este ejemplar que adquirí llegó a mí y ahora me sirve como referencia para consultar luego los viejos volúmenes, cuya gran dimensión los hace irremplazables, sin acudir al engorroso empleo de la polea (exagero, evidentemente, aunque solo un poco).

Julio Verne, al cabo de su Viaje al centro de la Tierra, hace emerger al profesor Lidenbrock desde la boca del Estrómboli, en la costa siciliana, completando así su asombroso recorrido de 1,200 leguas desde Islandia. No es algo casual en lo absoluto.

Sea dicho todo lo anterior para demostrar que Sicilia es un museo vivo, un gabinete de maravillas en donde todo fue, es y, de seguro, será posible: un lugar utópico e intemporal, a la vez que tangible y simultáneo.