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Nuestro rostro es el emblema de nuestra identidad, más frágil de lo que creemos. La iluminación muestra cómo fácilmente nos convertimos en otra persona --tomamos otra máscara-- cuando los efectos del ambiente se modifican: nuestro rostro es la escenificación de juego de sombra y memoria.

¿Alguna vez te has contemplado en un espejo bajo los efectos de una droga psicodélica? Este video se acerca un poco a transmitir ese efecto caleidoscópico del rostro que va oscilando con la percepción y que parece ser una bóveda viva de tiempo y experiencias. 

El videoasta Nacho Guzmán realizó esta sencilla pero estimulante pieza para la canción "Sparkles and Wine" (Resplandores y Vino) del grupo francés de música electrónica Opal. El ángulo en el cual la iluminación apunta sobre el volumen del rostro y el color de la luz hacen que una mujer sea muchas mujeres, todas parecidas pero notablemente distintas, como si hubieran seguido vidas paralelas, senderos bifurcados o como si mostrara en segundos todo su repertorio de facetas: su alegría, su seducción, su tristeza, su espiritualidad, su inocencia, su ternura, su cólera, su melancolía... En dos minutos podemos ver cómo el ser humano es una multiplicidad: somos otros que integramos en una identidad ilusoriamente inmóvil. Más que tu ser, tu rostro es tu máscara.

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¿En realidad tenemos un rostro? O más bien somos un espejo que refleja sutiles matices en perenne mutación −un espejo que cincela nuestro rostro a partir de la memoria− un flujo de geometría humana, veleidad de alma que se proyecta en la cara.

El mundo es un teatro donde se proyectan luces y sombras y con ellas vamos tomando diferentes máscaras −y mientras usamos cada máscara olvidamos las otras y creemos que es la única que somos...

La belleza es inasible, es un espejismo de la luz. La seducción atrae engañando. El rostro de la persona que amamos nunca será igual al rostro del que nos enamoramos. El ser humano aparece y desaparece. Querer anclar (y refugiarnos en) una imagen −esa imagen idílica, esa foto fija onírica− es absurdo y nos puede destruir. 

Durante un viaje de LSD, ayahuasca, hongos, etc., al contemplarnos en el espejo, nuestro rostro parece mutar no sólo con los rostros que hemos tenido −desde tiempos inmemoriales−, sino también nos enseña fugazmente los rostros que podríamos tener si seguimos cierto camino o tomamos cierta decisión. A través de nuestros rostros podemos ver en el tiempo. Los rostros del amor, los rostros de la muerte.

Twitter del autor: @alepholo

 

La caminata como una forma modesta y elegante de reclamar el mundo de regreso. De desafiar a las masas apresuradas con un ritmo anacrónico.

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Caminar es una forma de reclamar el mundo. Atenta contra la velocidad del pensamiento, contra la inercia de los días y la separación tajante entre el cuerpo y la razón, que sufre tanto hoy en día. Roland Barthes señalaba que “es posible que caminar sea mitológicamente el gesto más humano. Todo ensueño, toda imagen ideal, toda promoción social, suprime en primer lugar las piernas; ya sea mediante el retrato o el automóvil”. Caminar, entonces, podría verse como un acto subversivo que nos permite estar en nuestro cuerpo y en el mundo sin estar siendo ocupados por ellos. O como un descanso, pero uno que no es una pausa porque no deja de fluir en consonancia con el mundo externo.

De entre los caminantes (y pensadores sobre la caminata) más entrañables de la actualidad están Fréderic Gros, Rebecca Solnit y David Le Bretón. Los tres hacen de la peripatecia una filosofía que supone, en el contexto del mundo contemporáneo, una forma de nostalgia o resistencia. Gross, por ejemplo, es un filósofo francés que escribió Una filosofía de caminar, y en él dejó una de las frases más cercanas a lo que uno verdaderamente siente cuando camina y camina por horas: “La sedimentación de la presencia del paisaje en el cuerpo”.

“Sí”, apunta Gross en entrevista. “[Caminar] es seguir considerando las cuestiones de la eternidad, la soledad, el tiempo y espacio… Pero con base en la experiencia. Con base en cosas muy simples, cosas muy ordinarias”. Vale la pena conocer a este hombre, aunque sea sólo a través de la mirada de su entrevistador (o mejor aún de sus propias palabras) porque, además de que apela a una desobediencia cultural encantadora, es un académico silvestre que recuerda un poco al querido Thoreau.

Todos los que tenemos piernas y de vez en cuando las usamos participamos de la historia del caminar. Cuando caminamos estamos haciendo exactamente lo mismo que hacía Walter Benjamin, Baudelaire, Rimbaud, Woolf, Walser y Sontag. Lo mejor (al menos personalmente) es que uno puede escoger su propia legión de fantasmas y sumergirse con ellos en las mareas de las calles mientras el mundo solito se ordena con los pies.

Rebeca Solnit acaba de publicar un libro −ambicioso pero supongo que muy necesario− llamado Wanderlust: A History of Walking, que pretende hacer una perspectiva cultural sobre la caminata como una actividad elegida que se introdujo al mundo hace relativamente poco y está estrechamente ligada con la literatura inglesa del siglo XVIII y con los jardines. Estos últimos, de acuerdo a ella, se inventaron con el objetivo de contener las caminatas de personas pensativas. Una asociación por lo demás bellísima. En su libro observa que “caminar, idealmente, es un estado en el cual la mente, el cuerpo y el mundo están alineados, como si fueran personajes que finalmente conversan juntos. Tres notas tocando, repentinamente, un solo acorde”.

Pienso que para llegar a entonar este acorde, como para llegar a sedimentar la presencia del paisaje en nuestro cuerpo, se requiere más que una dirección final. Se requiere un poco de anacronismo (de anacronismo crónico, quizás) y de disposición para dejar que el ritmo y las cosas que van apareciendo en el camino se vuelvan parte del incesante monólogo interno que se produce. En un mundo en el que reina el hombre apresurado, el vagabundeo es un atentado contra el automatismo. “Los senderistas, por ejemplo, son individuos singulares que aceptan pasar horas o días fuera de su automóvil para aventurarse corporalmente en la desnudez del mundo”, dice Le Bretón “La marcha es entonces el triunfo del cuerpo”.  

Cada vez me convenzo más de que el ritmo lo es todo. El ritmo del cuerpo y de los sueños, sobre todo de los sueños. Cuando sueñas historias encabalgadas que se enciman unas con otras sabes que no estás bien. La narrativa frustrada es un lugar incomodísimo. Pero si sueñas en ritmo cadencioso, que se parezca más a las mareas del mar que a las estampidas, estás bien y puedes proseguir sin tener que decirte nada a ti mismo. Eso, más que ninguna otra cosa, lo da caminar. La marcha genera un ritmo de pensar, y el paisaje estimula pensamientos. La mente, entonces, se vuelve un paisaje que puedes atravesar caminando. Si, como decía Gertrude Stein, “la repetición es una forma de sentir la Tierra”, caminar, por ser una repetición prosódica, también lo es. Y no sólo eso. Caminar es la forma más modesta, y por lo tanto hermosa, de reclamar el mundo.  

 

Twitter del autor: @luciaomr