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El Dr. Rick Strassman sugiere que los profetas de la Biblia podrían haber tenido visiones místicas debido a concentraciones elevadas de DMT en su cerebro.

dmtandthesoulofprophecyEl Dr. Rick Strassman es considerado la máxima autoridad en cuanto al estudio médico del DMT, habiendo conducido uno de los únicos estudios que se ha realizado con este psicodélico endógeno, de 1990 a 1995 en la Universidad de Nuevo Mexico. Strassman, allegado al budismo zen, parece haberse convertido un poco a la religión del DMT, o al menos a una perspectiva que combina la religión con las sustancias psicodélicas, que en su caso habrían de llamarse enteógenas.

Strassman es conocido en la comunidad psicodélica por ser autor del libro DMT: The Spirit Molecule, en el que expone casos clínicos de personas que experimentaron con DMT y la relación entre sus descripciones  y un posible cauce espiritual. Ahí también Strassman teorizó que el DMT se genera en la glándula pineal, algo que desde ese entonces ha sido comprobado en ratas. En su nuevo libro DMT and The Soul of Prophecy, Strassman correlaciona la historia de la religión, específicamente de las profecías y las teofanías con el DMT y sustancias psicodélicas como el LSD.  El primer capítulo del libro puede leerse en el sitio de Strassman. Aquí un fragmento en el que se compara la visión que tuvo Ezequiel y que lo llevó a convertirse en profeta y la visión que tuvo un voluntario llamado Seth al ingerir DMT:

Ambas describen una corriente de viento o una sensación de ligereza física, una experiencia auditiva que inunda la mente, emociones tan poderosas que causan casi un desmayo o una caída, y la apariencia de criaturas surgiendo de un fondo amorfo dinámico con colores preternaturalmente intensos. En ambos casos notamos similitudes en la descripción de la autoridad de la voz que los hombres escuchan.

Strassman propone que la "fenomenología compartida" de las experiencias "refleja una biología compartida". Lo cual podría significar que en ambos casos se presenta una elevación de los niveles de DMT en el cerebro. En sus estudios Strassman notó que esto ocurría cuando una persona recibía una inyección de DMT, lo que le hace pensar que es posible que los niveles de DMT en el cerebro podrían elevarse por causas naturales o algún tipo de estado inducido.

Admt7unque suena radical, la idea de Strassman no es nueva. Hace algunos años Cliff Pickover publicó el ensayo DMT, Moses and the Quest for Transcendence, en el que explora la misma hipótesis: "el DMT en las glándulas pineales de los profetas bíblicos le trajo a Dios a la humanidad y permitió que humanos ordinarios percibieran universos paralelos". Niveles más altos de DMT en el cerebro podrían ser producidos a través de modificaciones corporales, ayunos, mantras, oraciones o cantos, danza o respiración extática, dietas o consumo de plantas psicoactivas o incluso debido a la menor exposición a fuentes de luz diferentes del sol —de la misma manera que la luz artificial afecta la producción de melatonina—... visiones divinas en una cueva.

Strassman parece ahondar en esta hipótesis del Dr. Pickover, rayando casi en la neuroteología, la ciencia que considera que todos los estados místicos o religiosos pueden explicarse como causados por ciertas condiciones neurales, y como tales pueden ser reproducidas cuando estas condiciones se replican. Es decir, Dios es un subproducto de la química y la complejidad neural del cerebro. Strassman llama a su modelo, en cambio, teoneurológico, y sugiere que el cerebro fue diseñado o evolucionó específicamente para que Dios pudiera comunicarse con nosotros: el DMT es entonces la "molécula mensajera" del espíritu. En palabras de Dennis McKenna, el DMT, es una "pastilla instantánea de supremas realidades metafísicas".

Uno puede pensar que Strassman ha dejado un poco de lado la ciencia y ha fumado demasiado DMT, al hablar casi como un fanático religioso: la propuesta es bastante radical, el DMT está ahí como un ojo providencial sembrado a través de los disfraces de la evolución por Dios. Resulta un poco extremo, pero es solamente una hipótesis y no deja de ser interesante cuando se analizan las experiencias que suelen ocurrir cuando se consume esta poderosa sustancia psicodélica, la mayoría de las cuales hablan de una comunión con el universo y de un suceso trascendental y transformativo, quizás en nuestra era secular equivalente a la visitación de un ángel o de una deidad —depende de nuestro contexto (me pregunto qué ocurriría si no supiéramos que consumimos DMT y viéramos las cosas que se suelen ver cuando se consume, ¿acaso no pensaríamos que hemos recibido una visión beatifica?).

Otra aparente analogía o sincronía: la glándula pineal se forma en el feto humano a los 49 días de concebido, una cifra que coincide con los días que supuestamente tarda un alma en reencarnar según el Bardo Thodol o Libro Tibetano de los Muertos. ¿Entra el espíritu a través de la glándula pineal? Antes habría que discutir la existencia del "espíritu" individual para poder hablar de este proceso animístico. Es un tema que no agotaremos aquí. Dejamos entonces la puerta abierta, para que entre la duda cartesiana y también los genios del DMT, esas máquinas élficas automutantes que tanto gustaba de rapsodiar Terence McKenna.

Twitter del autor: @alepholo

 

Este documental registra la búsqueda de un joven por hallar, en el espejo de mezcalina, respuestas a algunas de sus más entrañables interrogantes.

A lo largo de la historia y en su búsqueda de lo trascendental, el ser humano ha entretejido innumerables rutas hacia probables destinos en donde florezcan respuestas fundamentales. En este ejercicio milenario, la espiritualidad (entendida como la remembranza del yo-todo etéreo) ha fungido como un vehículo recurrente, y sus diversas herramientas -por ejemplo, el ritual, la transmisión de conocimientos ocultos o el uso de plantas psicoactivas- auxilian al caminante a llegar a su meta (o quizá, simplemente, a entender que el destino está inevitablemente inserto en el camino).

Yo peyote es un documental que ilustra esta arquetípica búsqueda. Atendiendo a ese llamado que, como crudo privilegio, desborda los cimientos de la existencia, Carlos Matiella, un joven artista mexicano, viaja a Wirikuta (la tierra sagrada de los wixarrika o huicholes) persiguiendo el sentido de su existencia. Ahí consume hikuri (peyote), con la esperanza de que la planta sacra actúe como un espejo y revele, en su superficie, las respuestas a sus preguntas vitales. Tras 18 meses, el material sobre esta travesía -que fue documentada en su totalidad- dio vida a Yo peyote, un ejercicio que combina la micro-épica personal con un toque de ingenuidad multimedia y que nos remite, sin lugar a dudas, a un acto de honestidad (lo cual es, por cierto, un requisito ineludible en toda búsqueda de lo trascendente). 

Visita aquí el sitio del proyecto.