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Los sueños lúcidos siguen siendo, para muchos, una especie de seductor mito; pero lo cierto es que con un poco de dedicación son fácilmente accesibles.

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La responsabilidad comienza en sueños.

-W..B. Yeats

El mundo de los sueños intriga tanto, entre otras razones, por su naturaleza paradójica. Por un lado es un carnaval de misterios, con escenarios multiformes, una temporalidad flexible y aparentemente caótica, y una fusión de nociones emocionales, culturales, y arquetípicas. Pero por el otro es un acompañante cotidiano, siempre están ahí, los sueños, en todas las etapas de nuestra vida, en todas las culturas y estratos sociales. Tan lejos y tan cerca.

La posibilidad de obtener conciencia dentro de un sueño es una oportunidad increíble para honrar no sólo el espíritu lúdico –pues te permite, por ejemplo, volar a voluntad–, sino que representa una herramienta poco usual y muy efectiva en el autoconocimiento, además de poseer notables propiedades psicoterapéuticas. Si en los sueños los elementos son símbolos, y representan sentimientos, episodios de nuestra historia individual, deseos silenciados y otras manifestaciones puntuales de la psique, entonces interactuar conscientemente con ellos se traduce en un frugal instrumento de desarrollo personal.  

Existen múltiples estudios alrededor de las posibilidades terapéuticas de los sueños lúcidos. Por ejemplo, pueden ser una especie de espacio de entrenamiento para luego, 'despierto', resolver problemas prácticos. Otros advierten sobre la posibilidad de ejercitar el cuerpo y la mente durante estos momentos, incluso se habla del "yoga de los sueños",  y en general se enfatizan las propiedades curativas de esta práctica

Pero una vez que estamos convencidos de las bondades de esta 'tecnología onírica', o que al menos nos intriga la posibilidad de experimentarla, nos encontramos ante una puntual interrogante: ¿cómo obtener lucidez durante un sueño? Muchas personas acceden involuntariamente a episodios lúcidos durante sus sueños, pero la mayoría de nosotros no. Sin embargo, existen ciertas técnicas o medidas que se pueden adoptar para facilitar estas experiencias –aquí vale la pena remarcar que un ingrediente esencial en esta aventura es la paciencia.  

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A continuación les comparto un listado con recomendaciones que recurrentemente aparecen en libros, artículos y manuales sobre sueños lúcidos. En mi experiencia, si las combinas con un poco de paciencia y otro tanto de perseverancia, resultan infalibles:

Un diario de sueños: anotar diariamente al menos fragmentos o escenas de los sueños que recuerdas ayuda a "poner el tema sobre la mesa", asignándole atención a tu flujo de sueños dentro de tu mapa mental.

Predisposición: una labor esencial para esta o cualquier otra cosa que te propongas, se refiere a una dosis de autoprogramación mental para lograrlo.

Constataciones de realidad: a lo largo de tu día, unas ocho o diez veces, pregúntate si estás dormido y trata de confirmarlo con alguna prueba física, por ejemplo tratar de traspasar un muro con tu mano. Esto te permitirá contrastar el estado 'real' a cuando estés dormido (si logras atravesar el muro es muy probable que estés soñando).

Familiarización: familiarízate con tus sueños, con símbolos recurrentes e interpretaciones posibles. Detecta tus propios patrones oníricos. 

Alucinación hipnogógica: ¿has notado que justo antes de dormirte tu flujo de pensamientos comienza a flexibilizarse y hay un breve periodo en el que el razonamiento que aún aplica denota una elasticidad irracional? Es importante poner atención a estos momentos que de algún modo representan una delgada frontera entre estar despierto y estar dormido. 

Recursos oníricos: existen ciertos recursos, como alimentos o posturas, que potencian la intensidad de sus sueños (aquí un menú de recursos).

Sustancias: la clave de todo hack mental está en la propia mente. Sin embargo, ciertas sustancias facilitan, probadamente, la obtención de lucidez onírica. Entre ellas la colina y la galantamina. 

Desintoxícate: la presencia de toxinas muchas veces entorpece la práctica onírica. Por ejemplo, el consumo de THC o de alcohol difícilmente ayudará a alcanzar tu propósito.

Sueño plácido: si tienes desórdenes de sueño, como insomnio, es fundamental que los combatas. Asegurarte un sueño plácido es importante para luego comenzar a moldearlo.

Aléjate del estrés: aunque para muchos está parecerá misión imposible, al menos es importante entrar al sueño lo más relajado posible. Una meditación de 10 minutos podría ser suficiente para lograrlo. 

Despierta periódicamente: aunque podría sonar como una terapia de shock, se ha comprobado que el despertarte cada cierto tiempo, por ejemplo cada 90 minutos, ayuda a avivar tu sueños (muchos onironautas recurren a esta práctica).

Dispositivos: existen diversos dispositivos para facilitar los sueños lúcidos, desde sencillas apps que puedes descargar en tu móvil, hasta artefactos más sofisticados, por ejemplo máscaras que advierten a tu mente, mediante estímulos de luz, cuando ha ingresado en un estado de REM.

Twitter del autor: @ParadoxeParadis 

 

Internet es una de las mejores cosas que me han sucedido, pero si no empiezo a usarlo con más inteligencia, también podría convertirse en una pesadilla para mi salud física y mental.


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Desde hace un par de décadas Internet se consolidó como un protagonista de nuestras vidas. La forma de estudiar, trabajar y consumir, de informarnos, entretenernos, relacionarnos, de coquetear y procastinar, todo esto cambió radicalmente –tanto que pocas veces recurrimos al ejercicio de recordar cómo era nuestro mundo pre-internetero.

Cientos de miles de horas ‘humanas’ se vierten en la red. Nuestra realidad ya incluye el prefijo www y eso tiene múltiples consecuencias, tanto positivas como negativas, y más allá de las tendencias, lo cierto es que la relación entre unas y otras la definie cada quien: Internet puede ser una galante nave espacial o un efervescente  manicomio. De acuerdo con esto, en los últimos diez años, con la llegada de la web 2.0, y en general con la sofisticación tanto de plataformas y herramientas, como de hábitos e ideologías digitales, emergieron las mayores mieles de Red, pero también sus mayores demonios. 

En primera instancia, la mayoría de nosotros nos enfocamos en los beneficios de esta hiperherramienta, abrazando efusivamente la poligamia informativa que se desborda en sus cauces, el poder cívico-organizacional que florece en su hiperconectividad, la oportunidad de reinventarnos o reafirmarnos mediante otros yos en las redes sociales, o la posibilidad de publicar contenidos ‘sin’ intermediarios. Pero con el tiempo, a la emotiva celebración inicial también arribaron agentes extraños, manifestados mediante ansiedad, saturación, estrés, desgaste, etc.

Una vez que se hicieron accesibles las computadoras personales, muchos nos volcamos definitivamente a Internet: y es que el universo de información y posibilidades era simplemente extasiante. Luego, con mayores velocidades de conexión, la llegada de los dispositivos móviles, y la adaptación de las prácticas sociales a la red, lo que había nacido como un genuino romance y luego se había tornado en una interesante orgía, ahora es ya, por momentos, una compulsiva asociación, modulada de acuerdo a circunstancias personales y a la conciencia que individualmente le imprimimos –es decir, tan potencialmente nutritiva y destructiva como nuestra madurez digital nos lo permita.

 

Adicción a internet

Yo digital

Durante la última década creo haber promediado, diariamente, alrededor de diez horas de ‘conexión’. Mi trabajo depende en buena medida de ello, y el hecho de que disfrute mucho lo que hago intensifica la dinámica. He percibido cómo se han diluido lentamente las fronteras entre mi vida personal y laboral –lo cual por un lado me parece maravilloso aunque también percibo en el fenómeno un contundente doble filo. Mi estilo de vida, en general, me gusta, y aprovecho la flexibilidad geográfica para cumplir con mis ‘labores’ desde distintos puntos. Cada día, además de resolver mis pendientes y mantener mis lazos sociales, dedico un buen rato a simplemente absorber información: noticias, ensayos, proyectos, ideas, imágenes, videos, etc. Amo la data, y en ese sentido con la red se abrieron las puertas de un Shangri-la personal.

Lo anterior, al menos en mi opinión, suena bien, muy bien. Pero por otro lado, justo en este momento, me duele el cuello. A veces me siento ‘inexplicablemente’ cansado, desbordado de información, y más de una vez he experimentado esa angustiante sensación de ‘tener’ que revisar obsesivamente mi bandeja de correos o mi timeline de Twitter. También he notado que al no tener acceso a la red, algo que sucede cada vez menos, puedo llegar a sentir una especie de vacío, incluso ansiedad. Aunque no coincido con que lo que experimentas físicamente es real y lo que vives digitalmente es irreal, algunas veces repaso las cosas que dejé de hacer por estar conectado: no llegué a un encuentro interesante con algún amigo, dejé de regar mis plantas, o se me ‘olvidó’ ir a tal museo; tampoco tuve tiempo de meditar o de terminar un libro.   

 

Inmediatez y automatización

Reflexionando un poco en este fenómeno que, muy probablemente, en alguna medida, te involucra, parece que hay dos enemigos principalmente dañinos frente a nuestra vida digital. El primero, la inmediatez, o mejor dicho la atemporalidad. Como advierte Douglas Rushkoff en su reciente libro, Present Shock, parece que hemos perdido la capacidad de dimensionar las distintas escalas de tiempo. Y en esta confusión intentamos empatarnos con la no-temporalidad de las computadoras, algo que jamás lograremos porque simplemente no corresponde a nuestra biología –y que en el intento pagaremos muy caro.

Por otro lado, y una vez más refiriéndome a Rushkoff, ahora en su libro Program or be Programmed, donde además de compartirnos una especie de manual de emancipación digital (para usar la red, y no ser usado por ella), enfatiza la necesidad de desautomatizar nuestra vida en línea, de observarla, entender cómo funcionan las plataformas que utilizamos y qué conductas incentivan. Dedicar periódicamente unos minutos a reflexionar sobre la forma en la que vivimos la red podría reducir en buena medida los costos que hoy pagamos por ella.

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El hastío

A pesar de que el clímax digital sigue en ascenso, cada vez hay más personas que, supongo que respondiendo a un franco instinto de supervivencia, deciden abruptamente suprimirse de la red. Entre estos tenemos algunos casos ‘famosos’, por ejemplo el de Paul Miller, colaborador del sitio The Verge, y quien documentó su experiencia de mantenerse un año completamente desconectado.

Hace unos meses Jesus Diaz, colaborador en Gizmodo, despotricó en contra de los móviles, reflejando una sensación que algunos habremos ya experimentado:

Somos prisioneros de nuestros teléfonos y tabletas, y de toda esa basura digital. Yo lo soy. Tú lo eres. Todos lo somos. Nos sumergimos en estas estúpidas máquinas, vemos la realidad a través de ellas. Y en lugar de empoderarnos, insistimos en darles nuestro poder. 

Otro caso notable es el de David Roberts, quien escribía para Grist, y decidió alejarse por un tiempo de Internet:

Disfruto compartir cosas por Twitter todo el día; disfruto escribir tendido, hacer mis notas en la noche. Pero el estilo de vida tiene sus inconvenientes. No duermo lo suficiente, nunca. Ni siquiera tengo hobbies. Siempre estoy trabajando. […] Y algo está ocurriendo con mi cerebro. Ahora pienso en forma de tuits. Mis manos tiemblan si estoy lejos de mi teléfono por más de treinta segundos. Ya ni siquiera puedo orinar sin aburrirme. […] Siento la necesidad de comentar sobre todo, tomar una postura, idealmente una postura inteligente.

 

La liberación

La libertad es más compleja que la sumisión. Exige conciencia, responsabilidad y constancia. En este sentido, para liberarnos de nuestra esclavitud internetera, pero sin excluirnos de los beneficios que la red nos provee, debemos estar dispuestos a ejercer, por lo menos, estas tres virtudes.

Desautomatizar nuestra vida digital es imprescindible. No tenemos que responder impulsivamente cada correo que nos llega, y tampoco sirve de gran cosa estar persiguiendo la inalcanzable inmediatez de las noticias. No pasa nada si desapareces de Twitter unas horas, días o incluso semanas. Lo que ahí ocurrió ya es pasado –al igual que si lo checas cada tres minutos, el presente jamás se imprime en tu timeline. Si realmente disfrutas tu trabajo, el hecho de que tu vida laboral se confunda con la personal tiene un aspecto maravilloso, cierto, pero también uno patético, o mejor dicho insano. Por eso es fundamental que establezcas fronteras, quizá asignar horarios a tu vida en línea sea una buena idea.

La conclusiones anteriores son el resultado de haberme exigido, tan sólo por unos minutos, reflexionar en las prácticas habituales alrededor de mi vida digital. Imaginemos entonces lo que podría resultar de tener presentes, con frecuencia, nuestros actos digitales. Y una vez obtenida, a partir de auto-observarte conscientemente, esta información, por cierto la más importante a la que habrás accedido hoy, entonces es momento de hacerte responsable y, con determinación, empezar a afinar tu vida digital.

No creo que haya antídotos o fórmulas concretas para liberarnos del vórtice digital en el que ingenuamente caímos –y si los hay entonces los desconozco. Pero espero que este artículo contribuya en algo a tu madurez como usuario de Internet (y a la mía, ya que fue bastante terapéutico).

Suerte

Twitter del autor: @ParadoxeParadis