*

X

"Hanna Arendt" o la banalidad del cine

Arte

Por: Koki Varela - 02/24/2014

Margarethe Von Trotta nos ofrece su particular retrato de la pensadora Hanna Arendt, en los días que ejerció como periodista en el juicio contra Adolf Eichmann. Miembro del movimiento del Nuevo cine alemán, Von Trotta no acierta sin embargo a transmitir, con el rigor formal que hubiera sido necesario, aquellos aciagos días de enconada sed de justicia.

HANNAH-ARENDT-1702

Lo peor de un biopic sobre un filósofo es que se pretenda reflejar la condición del mismo, la profundidad de su pensamiento y lo remoto y oscuro de sus reflexiones mediante el exiguo recurso de representarlo constantemente bajo la tenue cortina del humo de su cigarrillo. Hanna Arendt, de Margarethe Von Trotta, cumple con todos los requisitos para ser una película vulgar sobre una persona y una situación extraordinarias.

Que el cine a estas alturas no pueda hacerse cargo de la interioridad de un gran pensador, poniendo al servicio del filme los recursos propios y específicos del medio para significar e indagar en una mente profusa y lúcida como la de Arendt, me parece sospechoso. Me molesta, además, ser testigo de cómo un material tan rico como las grabaciones del proceso contra Adolf Eichmann es utilizado con el único sentido de reforzar una narración que raya en lo indolente.

En manos de un director menos ejecutante y más creador, estas mismas imágenes hubieran servido como perfecto artefacto desde el que proyectar todo el terror, la culpa y la deriva moral de un mundo sacudido por la experiencia atroz del holocausto nazi. Con sólo utilizar el silencio del plano sostenido sobre la cabina destinada a proteger al “doctor muerte”, la profundidad del filme se hubiera densificado notablemente. Pena que en el status quo del  cine comercial —y este filme lo es—  no sean admitidos este tipo de ejercicios confinados al minoritario y cada vez menos original cine de autor (leo con sorpresa que esta película es calificada en dicho rango).

Debería molestarnos, como espectadores inteligentes y preparados que somos, que constantemente la película trate de regalarnos pequeñas sonrisas, que reiteradamente trate de encandilarnos con motivos propios de la comedia romántica para tenernos entretenidos y facilitar “amablemente” que soportemos la gravedad del tema central. El espectador debe reclamar su mayoría de edad.

Que el tema del holocausto y sus víctimas sea tratado desde una plástica de brillo y  colorete, y que a lo máximo que se pueda llegar en el acercamiento al pensamiento y vida de un filosofo sea a introducir una música paternalista en el momento de su crucial inspiración —hecho lamentablemente falso y que contribuye de nuevo a falsificar el verdadero acto creativo, reduciéndolo a una mirada y una música de suspense— me parece lamentable.

Forma y contenido parecen haberse distanciado definitivamente en el cine comercial. Nos cuentan historias, nos convencen con personajes teatrales y profusión de palabras, pero la historia de la cinematografía sigue estancada, paralizada en las mismas formas que la vieron nacer, o aún peor, en formas esclerotizadas que no hacen honor a la gallardía experimental que demostraron sus primeros artífices. A nadie parece interesarle ya el hecho de que las imágenes puedan hablar por sí mismas, y de que el cinematógrafo pueda ser un arte autónomo capaz de elevar un tema como el aquí tratado a la misma categoría que el pensamiento de su protagonista. La banalidad del cine está servida.

Cuesta jugaba a ser dios por sobre su sensación de alienación, de impotencia, de incomprensión ante la vida. Deseaba transformar la materia, aún la de su propio cuerpo.

Tanto personajes ficticios como artistas han tenido la fama de haberse dejado seducir por el torbellino de la locura. En ocasiones, llegamos a conocer la vorágine de sus pasiones; en otras, sólo comprendimos su maniaca evasión a través del silencio; y en todas, nos dimos el lujo de deslumbrarnos por el legado y la muerte de cada uno.

Por el otro lado, como mortales tendemos a encontrar cierta fascinación morbosa, mezclada con miedo, por la muerte y por el  suicidio. Psicólogos, filósofos o antropólogos nos permiten inundarnos con preguntas e indagaciones acerca lo que implica: una conclusión, un pasaje a otra vida, la sobrevivencia, el erotismo, la inquietud, el pecado. Y como Chryso Cálix curiosea en su artículo "Unas ideas sobre el suicidio", nosotros también nos llegamos a preguntar esas sensaciones:

Es legítimo preguntarse, ¿para qué se requiere mayor valentía: para encarar el día a día de la vida y sus reveses o para enfrentarse al sufrimiento de la herida fatal, del veneno, de la caída o de la asfixia… y de la velada negrura de lo que viene después? ¿Por qué será que algunas de las mentes más brillantes y lúcidas de la historia han decidido tomar esta decisión? En México, Manuel Acuña (1849-1873) y Pedro Armendáriz (1912-1963); en el mundo, Sigmund Freud (1856-1939) (asistido por un doctor), Vincent Van Gogh (1853-1890), Césare Pavese (1908-1950), Alfonsina Storni (1892-1938), Alan Turing (1912-1954), Virginia Woolf (1882-1941).

Podríamos seguir con la lista, donde la frustración de la oscuridad suicida se postró en sus vidas agresivas y trastornadas (clínicamente hablando). A pesar de que, en algunas culturas antiguas, el suicidio (del latín sui, “de sí mismo”, y caedere, “matar”) se entendía como la única forma honorable de encarar la deshonra o de poner remedio a lo irremediable, o de que el suicidio era la pregunta digna en la filosofía existencial de Camus, en la actualidad se le  estigmatiza como la completa agonía de una realidad alterna, llamada delirio o esquizofrenia; la total desconfianza en sí mismos y en los demás, causada por las exigencias sociales, morales, religiosas, políticas, entre otras; algún desbalance químico en el exceso o ausencia de neurotransmisores; la agresión hacia sí mismos por la incapacidad de encarar y superar las tragedias personales; la sensación de una existencia decepcionante, insufrible, dolorosa e innecesaria. Y curiosamente, todos estos factores fueron reencarnados en el poeta Jorge Cuesta (1903-1942).

¿Quién fue Jorge Cuesta?

Jorge Cuesta

Investigador químico de profesión y sonetista lúgubre de vocación, Jorge Cuesta nació en los brazos de una pareja francomexicana. Su padre, apasionado por la ciencia y el régimen porfiriano, era un agricultor de caña, café y naranja; su madre, por el otro lado, era abnegada y silenciosa ante los golpes de su marido. Al año de nacer, Jorge Cuesta sufrió una caída que resultó en una operación y un párpado caído. Desde entonces, padeció ataques de migraña y “dolores de hipófisis”, según Guadalupe Marín.

Después de concluir sus estudios en la Facultad de Ciencias Químicas en la Ciudad de México, en 1925, decidió dejarse llevar por la vida bohemia de los Contemporáneos mexicanos, quienes eran influidos por los artistas europeos del momento. Viajó a Europa para empaparse de los escritores más prodigiosos de la época, como André Bréton y André Gide, en México tuvo entre amigos e influencias   Salvador Díaz Mirón, Agustín Lazo, Carlos Pellicer, entre otros.

Cuesta enlazó su profesión con su vocación: participaba en el medio literario y periodístico, y a la vez trabajaba en la Sociedad de Nacional de Azúcar y Alcoholes. Justo en esta época, adoptó cierta crudeza en sus sonetos: vida, suicidio, locura, vejez, ansiedad, muerte y quizás hasta una veta de alquimia: en su mundo de sustancias misteriosas, realizaba experimentos estrafalarios que él mismo ingería. Entre ellos, un polvo que convertía el agua en vino, el complejo vitamínico de la marihuana, una panacea con la base de la ergotina (la misma sustancia que llevó a Hoffman a sintetizar el LSD). Incluso, en una ocasión en que ingirió uno de sus experimentos, llegó a un estado de catalepsia momentánea.

Entre su creación literaria y química, Cuesta era su propio dios en contraste con su sensación de alienación, de impotencia, de incomprensión ante la vida. Deseaba manipular, incluyendo la materia de su propio cuerpo, a través del entendimiento y de la dominación. Fue entonces que el poeta perdió el control ante su afán de reinvención humana y rigurosa racionalidad: debido a una crisis de hemorroides, llegó al punto de imaginarse que estaba cambiando de sexo y castrarse. A diferencia de la opinión psiquiátrica, él reprochaba la poca imaginación médica acerca de su transformación anatómica: se trataba realmente de la reacción química a las sustancias enzimáticas que había estado ingiriendo. Un paso quizás al mítico andrógino de la alquimia que ha eliminado la dualidad.

La escritora Alejandra Arteaga explica que: “Sus episodios de locura comenzaron a incrementarse, de laceraciones a recaídas, el poeta comenzó a perder la fuerza para controlarse y emprendió un viaje breve pero intenso en hospitales.”

Finalmente, en 1942, Jorge Cuesta se colgó con sus propias sábanas en el sanatorio del doctor Rafael Lavista, en Tlalpan. Así murió el autor del Canto a un dios mineral, poema que fue publicado dos meses después de su deceso:

El aire tenso y musical espera;
y eleva y fija la  creciente esfera,
sonora, una mañana:
la forman ondas que juntó un sonido,
como en la flor y enjambre del oído
misteriosa campana. 

Ése es el fruto que del tiempo es dueño;
en él la entraña su pavor, su sueño
y su labor termina.
El sabio que destila la tiniebla
es el propio sentido que otros puebla
y el futuro domina. 

En fin, tomarse la vida, en algunos casos, puede considerarse como algo heroico y honrable. Como quizá fue el caso de Jorge Cuesta: el poeta castrado quien decidió cederle el camino a sus demonios mentales; el hombre químico cuyas fórmulas y concepciones mágicas lo obligaron a vivir en los vórtices de otra realidad.