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Si la natureleza puede considerarse un campo de memoria viva, entonces es posible entenderla como un texto y un lienzo; leerse y escribir sobre ella.

Light on Water Lane Cove River - Overview - River Writing

«El verdadero secreto de la magia es que el mundo está hecho de palabras, y si conoces las palabras de las que está hecho el mundo puedes hacer de él lo que quieras».-Terence Mckenna

En la primera parte de este artículo exploramos la posibilidad de que el agua sea capaz de almacenar una memoria, siendo esencialmente un conducto de información que puede tomar cualquier forma–potencia pura. En esta segunda y última parte jugaremos con esta idea, científicamente discutible pero no por ello menos fascinante, y la ligaremos con la idea de que la naturaleza en sí misma es una red de memoria viviente. Abriendo la posibilidad de que, bajo el dominio de un arte secreto o de una poderosa intención, el ser humano pueda escribir ya no sólo sobre páginas sino también sobre ríos, piedras y lugares que amalgaman sus diversos elementos de manera unitaria, como puede ser una montaña y un jardín. Nos aventuramos a una cifra pagana, a un código arcano: la posibilidad de  utilizar al tiempo como materia prima y dejar codificados momentos, con toda su riqueza multisensorial, que pueden ser sintonizados y experimentados en el futuro.

Buena parte de la cosmogonía de la antigüedad se construye en torno a la noción de que los lugares albergan ciertas energías o ciertos espíritus y pueden ser usados como puertos de comunicación que codifican una memoria resonante. Sin duda, mucha de las construcciones de culturas como la egipcia, la maya o la inca, por citar algunas, aunque aún mantienen un origen y un propósito misterioso, pueden ser entendidas como espacio activadores de una memoria o un estado de conciencia particular, esto a través de la conjunción armónica de diferentes elementos como la luz, el sonido, las formas geométricas de la arquitectura, las imágenes labradas y los símbolos, tanto numéricos como iconográficos. La idea rectora del mito que encarna en la arquitectura ceremonial es que  lo que sucedió en el origen sigue informando lo que sucede en el presente: el tiempo es una representación dinámica de la eternidad o de lo sagrado. "Lo que pasó sigue pasando”, dijo Octavio Paz. Lo que ha pasado antes tiene mayor posibilidad de volver a pasar, explica  Rupert Sheldrake, desde la biología, en su teoría de la habituación y la resonancia morfogenética. De aquí se desdobla que lo sagrado es aquello que logra conservar una intención --un código alineado a los principios del cosmos, al código fuente. Una piedra, un templo, una puerta, un muro, pero también la red de relaciones que forman, pueden ser los sucedáneos de un lenguaje que revela su hermenéutica a aquel que conoce los signos o que puede percibir sus trazos. El mensaje no está sólo en los glifos, en las piedras en los árboles, en la luz del sol, en el agua del río, etc., está en todas partes, en una suma que supera a sus elementos.

La posibilidad de que la naturaleza sea un libro o una cámara de ecos que registra nuestras firmas (energéticas o etéreas) puede resultar inverosímil para algunos. Sin embargo, debemos recordar que dentro de la mayoría de las comosvisiones más antiguas, culturas tan avanzadas como la maya e incluso la griega, como pequeñas comunidades inclinadas al chamanismo, la naturaleza y todos sus elementos son percibidos como un concierto de signos. Incluso podemos hablar de una jerarquía protagonizada por aquellos que logran entablar una comunicación más desarrollada con la naturaleza y sus ciclos: tanto los reyes como los sacerdotes son fundamentalmente puentes y traductores de estos mensajes, provengan de la tierra o de los cielos. 

La cosmovisión moderna cientificista, racional y apuntalada en la tecnología, sugiere que, en palabras de Sartre, la naturaleza es muda.  Sin embargo, también es posible que la naturaleza no sea muda, sino que nuestros hábitos nos han alejado de su interlocución. (Aunque de cualquier forma la utilizamos para comunicarnos: las computadoras y teléfonos que ubicuamente nos sirven para comunicarnos después de todos son parte de la matriz natural de la tierra, son elementos planetarios transformados en aparatos de intermediación). Si concedemos que la naturaleza de alguna manera se comunica, habla o susurra, tiene un lenguaje y un mensaje, entonces debemos de suponer que también escucha --ya que para que exista una comunicación debe de haber un proceso bidreccional). Este es el centro de la tesis que exploramos: se abre el lienzo, como un jardín entre dos hileras de árboles. Escribió Terence Mckenna

El análisis racional nos dice que la materia sólo está compuesta de átomos moviéndose en el espacio obedientes a leyes matemáticas invariantes y toda la creatividad, todo el sentido de conexión que experimentamos como seres vivos contemplando la naturaleza como miembros de la sociedad es negado. Y esto llega a su culminación en una frase de Jean Paul Sartre, que dijo “la naturaleza es muda”. La naturaleza no da claves, el hombre está solo en el universo, con sus complejos y obsesiones, él confiere el significado. Yo rechazo esto, creo que el mensaje de la experiencia pisodélica es que la naturaleza se está comunicando, todo ser está lleno de lenguaje.

¿Podemos escribir en los ríos? Grabar pensamientos, intenciones y hasta símbolos en páginas líquidas, en cuerpos transparentes que revelan su texto a aquellos que han aprendido a hablar un lenguaje --el lenguaje vivo de la naturaleza. Ríos que quizás de todas maneras están diciendo, como el río en el que Siddartha comprendió el secreto del mundo, y despertó, consciente de la impermanencia, escuchando el murmullo de la eternidad... Ríos que han sido dioses desde el albor del mundo; han llevado nombres que evocan una personalidad, una cierta cualidad de conducir y reflejar estados. Hay ríos que lavan las penas, ríos de la muerte, ríos de la vida, ríos de la luz y la oscuridad, ríos que provocan el olvido o que rejuvenecen a los que se bañan o beben de sus aguas.

Existen dos acercamientos a la escritura fluvial, hacer de los ríos textos o de los textos ríos.  El mejor ejemplo de un acercamiento desde la literatura es Finnegans Wake, esa obra total, obsesionada con los ríos, experimento de demiurgo de cifrar el mundo y permitir su reconstrucción no sólo a través del texto sino del flujo: si somos capaces de penetrar el proceso, no de segmentarlo en bloques sino de sumergirnos en él, entonces somos ese mismo Logos que aleteó como una serpiente en las aguas primordiales y que sigue corriendo a través del mundo. La literatura, como las civilizaciones, se erige al costado de los ríos.  Por otro lado es concebible que existan esrcitores cuyo nombre se ha fundido con el mundo, quizás como algunos de los ollaves druidas que decodificaron el alfabeto de los árboles y cuya poesía era indisociable de la naturaleza y sus transformaciones, como el legendario Taliesin.

 

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La escritura es una forma de memoria. En su origen incluso se debatía si debíamos de prohibirla para no afectar nuestra capacidad mnemotécnica. Un debate similar se ha dado con el surgimiento de Google. Esta sanción resulta un poco absurda si creemos que en realidad la memoria está en todas partes, el cerebro sólo es el órgano más sofisticado para agruparla y sintonizarla. Las cosas son memoria. Hay quienes en las paredes blancas ven fantasmas, hay quienes en el silencio escuchan voces que se repiten o extraen cierta música del viento entre los árboles. Nuestra personalidad misma, más que una entidad fija, puede entenderse sólo como una memoria activa. Más que ser una esencia inalterable somos lo que recordamos que somos. Platón encontró una identidad entre el alma y la memoria: recordar era conocer aquello que somos, algo fundamentalmente espiritual. Una memoria más sutil que habla sobre nuestra propia identidad o que nos llama hacia otro tiempo, podría estar inscrita en la naturaleza.

El ejercicio imaginativo de entender el agua como un paquete de memoria y el flujo como una coordenada de texto es sumamente rico. Podemos imaginar que  una ola es un signo específico, si bien se alimenta de la totalidad del mar, como cada plabara que se refiere a otra y así infinitamente en una red estructuralista, carga con un significado que se revela en el momento (la ola como la eclosión del mar: un monumento al momento). La naturaleza se revela como un texto, según Omraam Mikhael Aivanhov.

Para el iniciado, leer significa poder descifrar las dimensiones sutiles y ocultas de los objetos y seres vivientes,interpretar los símbolos y signos colocados en todas partes por la Inteligencia Cósmica en el gran libro de la naturaleza. Escribir significa dejar nuestra marca en ese gran libro, actuar sobre las piedras, plantas, animales y hombres a través de la fuerza mágica de nuestro espíritu.

Proyecta tus imágenes en el río de un dios, dice la poeta @deja_raconte, este es el acto cumbre de la imaginación, que toma a la naturaleza como aliado en la creación. Una creación ya no sólo de un texto o de un templo, sino de una experiencia cifrada. La misma literatura antigua sugiere quer así los dioses crearon el mundo: proyectando sus imágenes en el agua, otredades que luego persiguieron, un ardor entre las olas.

En su ensayo Escritores del Cielo en Hades, Jason Horsley hace un tratado psicológico de lo se necesita para poder escribir nuestra propia historia sobre el mundo e individuarnos. "Lee la escritura en el cielo", dice Horsley, lee las palabras del agua, las letras de las aves... sobre este proceso de leer el texto de la naturelaza y escribir sobre ella:

Esto los remodela con la opción, ahora que se han reducido a la nada y han entrado en el todo, de cambiar el guión y reescribir el programa de creación. Los chamanes se convierten entonces no solo en los autores de su propia realidad, sino también de la de todos los demás a través de esa transmisión empática cuya fuente es la fusión a cuerpo completo con el colectivo, para el bien de todos. Los soñadores lúcidos dentro del sueño despierto de la mente grupal están en el mundo pero no son del mundo. Estos chamanes no solo son caminantes del cielo, son escritores del cielo.

Twitter del autor: @alepholo

 

La hipótesis planteada en algunos estudios recientes sobre la presunta homosexualidad reprimida de Franz Kafka nos permite preguntarnos sobre la manera en que sobrellevamos o intentamos resolver los conflictos de la existencia, las formas impuestas y que hacemos nuestras de dar cabida a esa zona subjetiva que siempre está presente.

En lo personal encontraba absolutamente indiferente desde el punto de vista de la moral que se buscara el placer con un hombre o con una mujer, y muy natural y muy humano que se buscara donde se pudiera encontrar.

Proust, Albertine disparue

En los últimos meses varios sitios y autores han reseñado o escrito a propósito de Franz Kafka: The Poet of Shame and Guilt, un breve estudio de Saul Friedländer que ha causado cierto revuelo porque, entre otras cosas, plantea que “los problemas que atormentaron a Kafka la mayor parte de su vida fueron de orden sexual”, más específicamente, la posibilidad de que el gran escritor checo haya sido un “homosexual reprimido”, según la denominación un tanto vulgar (en varios sentidos de la palabra) y simplona que con cierta frecuencia se repite, incluso coloquialmente, para calificar a hombres y mujeres que niegan algo que en términos más amplios, menos injustos para con el sujeto, podríamos llamar la elección de objeto, en razón de imposiciones sociales que se hacen personales, se adoptan como creencias con tal convencimiento que se termina por considerarlas incuestionables, inamovibles.

En junio Joseph Epstein escribió sobre el libro de Friedländer para The Atlantic y hace unas semanas el conocido novelista irlandés John Banville hizo lo propio en The New York Review of Books, añadiendo a su texto referencias de Kafka: The Decisive Years y Kafka: The Years of Insight, un par de tomos de una exhaustiva biografía emprendida por Reiner Stach.

Tanto Epstein como Banville parten de una de las características más kafkianas de Kafka: el hecho de que tanto individual como colectivamente tenemos de él una imagen legendaria, fantástica en algún sentido, no necesariamente “real” y en cuya construcción mucho tuvo que ver Kafka mismo. El hombre atormentado por la enfermedad, por las mujeres, por el padre y el peso de la familia sobre sus hombros, por su herencia judía y, en suma, por todos esos rostros y potencias de una fuerza mayor que por momentos parece tomar la forma del destino y la fatalidad y en otros se inclina más bien hacia la metáfora de la maquinaria despiadada, el mecanismo moderno par excellance desprovisto de rostro y propósito y sentido, el absurdo como titiritero supremo que se complace en la manipulación gratuita de la vida de los hombres. “Mi vida se ha atrofiado terriblemente, y no deja de atrofiarse”, dice una entrada de su diario de agosto de 1916 citada por Banville.

“Kafka sólo puede comunicarse con Kafka, y no siempre”, sentencia Roberto Calasso en K., probablemente una de las mejores exégesis escritas en torno a Kafka, y de algún modo esa es la síntesis de la imagen que culturalmente tenemos de Kafka. Un hombre y una obra signadas por la imposibilidad de la comunicación, un mensaje que parece profundo, casi místico, pero el cual, al escucharlo, al leerlo, deja al final cierto resabio y cierto gusto de banalidad, de insignificancia, un existencialista antes del existencialismo que hizo suya la obligación de intentar entender su propia vida, sin considerar que la empresa, en tanto imposible, descomunal, era también superflua —pero paradójicamente urgente.

Quizá por eso Joseph Epstein se atreve a afirmar que la literatura de Kafka está sobrevaluada. Dice el columnista sobre la pertinencia de considerar o no a Kafka un “gran escritor”:

[…] Henry James escribió en un ensayo sobre Turgenev que lo que queremos saber sobre un escritor es “cómo se sentía con respecto a la vida”. Kafka la encontraba insoportablemente complicada, totalmente desalentadora e infeliz en su mayor parte, y así la describió en sus ficciones. Esta no es, convengamos, la mejor actitud para un gran escritor. Los grandes escritores están impresionados por los misterios de la vida; pobre Franz Kafka, sólo estaba aplastado por ellos.

Pobre Epstein, podríamos decir también, ante conceptos tanto de literatura como de subjetividad tan empobrecidos, una perspectiva que parece acusar cierta ceguera ante las distintas formas de enfrentarse o sobrellevar esos “misterios de la vida”. Es posible que Kafka no ofrezca una visión de mundo positiva o alentadora que el colaborador de The Atlantic parece echar en falta, pero quizá sólo porque el mensaje de Kafka es otro, está situado en otro punto del espectro literario y subjetivo. Decir que Kafka estuvo “aplastado” (crushed) por dichos misterios parece excesivo si se considera que, a pesar de todo o a pesar de nada, el escritor fue capaz de escribir, capaz de mover esos conflictos hacia otro terreno, el de la escritura, que de algún modo también es otra forma de resolución. Quizá haya quien quisiera ver a Kafka recostado en el diván del psicoanalista (“Sin la creencia en Freud, las historias de Kafka pierden peso y autoridad”, sostiene Epstein, con ese recelo hacia el psicoanálisis tan propio de la intelligentsia estadounidense), pero tal vez sólo porque no se entiende que ese desentrañamiento de la subjetividad también puede pasar por otros caminos. Dicho crudamente: su pretendida homosexualidad reprimida pudo vencer parcialmente dicha represión —si de verdad fue el caso— por medio de otros recursos, el de la escritura en primer lugar.

En este sentido, John Banville es más clemente, acaso porque como escritor sabe del lazo profundo entre literatura y subjetividad, con esa certeza real por intransmisible pero incluso así susceptible de la metáfora, del tránsito hacia el terreno de lo simbólico. En algún momento de su ensayo el novelista cita un fragmento de una de las cartas a Milena en la que Kafka se dice sucio, “infinitamente sucio”, para después agregar que “nadie tiene la voz tan pura como aquellos que están en lo más hondo del infierno; lo que tomamos por canto de los ángeles es su canto”. No sin cierta ironía velada Banville concluye que “Kafka, en efecto, llevaba algunos oscuros problemas en lo profundo de sí”.

Con todo, el novelista se abstiene de juzgar esta “peculiaridad” —acaso porque, en cierta forma, nadie podría hacerlo: ¿quién, en efecto, podría arrogarse legítimamente dicha autoridad?— y, en contraste con Epstein, se limita a seguir los pretextos y las sugerencias biográficas que hacen pensar en el homoerotismo de Kafka (algo, por cierto, distinto a la homosexualidad). Salvo quizá el momento de su texto en el que con notable sensibilidad, pero también con sutileza, ubica estas presunciones sobre la subjetividad kafkiana —“su secrecía, su impulso hacia una ‘oscura lucidez’”— en el ámbito de sus “métodos de trabajo”, ese pasar a otra cosa que admite manifestaciones mucho menos hegemónicas que la visión estadounidense del move on, que privilegia sí la acción pero sólo formas específicas de esta, aquellas ligadas a un modo específico de producción y consumo.

Y quizá al final ese parece haber sido el propósito de este texto: enfrentar dos maneras más o menos conocidas y practicadas, aunque no claramente definidas, que aun ahora existen como alternativas para resolver nuestros conflictos personales, para descifrar los "misterios de la vida". Por un lado, como parece ser el caso de Epstein, la exigencia de una cultura que ante la tristeza, ante el duelo, ante el laberinto que levanta el propio sujeto con la propia simpleza de su existencia, lo único que atina a articular es un “move on”, el insistente imperativo del desplazamiento inmediato, sin mayor detenimiento ni reflexión ante lo sucedido y lo que sucede, la inaplazable reinserción en el mundo. Por otro, la posibilidad del examen, pero no en el sentido confesional, cristiano, que Foucault achacaba en su crítica al psicoanálisis, sino más bien en un sentido casi socrático, casi mayéutico, el “conócete a ti mismo”, una exploración tan libre de cuestionamientos como el mismo sujeto lo permita, el examen de las circunstancias, el entendimiento de las razones —a veces profundas, a veces superficiales— que encuentran su expresión únicamente a través de esa tristeza, de ese duelo, de esa represión, el ejercicio de ubicar y colocar, de situar y otorgar un lugar a eso que se encuentra detrás o al lado o frente a lo que sucede, las realidades paralelas de la realidad, el sostén de los hechos, el suelo blando de la existencia. El mapeo que no cura ni resuelve, que no desaparece los conflictos, sino que, quizá, solo los desata brevemente, los desanuda en uno de sus puntos para poder mirarlos desde otro ángulo, moverlos un poco, cambiarlos en alguno de sus detalles y, entonces sí, descubrir que siempre fue posible hacer otra cosa con ellos, hacer otra cosa de ellos.

Twitter del autor: @saturnesco