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La relación entre la ansiedad y la creatividad según Kierkegaard

Por: pijamasurf - 08/21/2013

El filósofo danés nos ofrece un valioso punto de vista acerca de cómo la ansiedad (esa cosa indefinida y aterratora) está estréchamente relacionada con la creatividad y por qué nuestra productividad depende de cómo nos relacionemos con ella.

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Para Kierkegaard, la ansiedad es una fuerza dual que puede ser tanto destructiva como generativa, dependiendo de cómo lidiemos con ella. En su tratado El concepto de la ansiedad, el filósofo danés explica la ansiedad como el efecto mareador de la libertad y la inmensidad de la existencia humana: una posibilidad que o te paraliza o te invita a actuar. Escribe:

La ansiedad es completamente diferente al miedo y a conceptos similares que se refieren a algo definitivo; la ansiedad es la realidad de la libertad como la posibilidad de la posibilidad.

[…]

La ansiedad puede compararse al mareo. Aquél que por casualidad se encuentre mirando hacia el ancho abismo se mareará. Pero, ¿cuál es la razón para esto? Está tanto en su propio ojo como en el abismo, porque supón que no hubiera mirado hacia abajo. Es así como la ansiedad es el mareo de la libertad, que emerge cuando el espíritu quiere proponer la síntesis y la libertad se asoma al abismo hacía su propia posibilidad, echando mano de la finitud para soportarse a sí misma. La libertad se rinde ante el mareo. En ese preciso momento todo ha cambiado, y la libertad, cuando vuelve a surgir, se encuentra con culpa. Entre estos dos momentos está el salto, que ninguna ciencia ha explicado y que ninguna ciencia puede explicar. Aquél que se vuelve culposo en la ansiedad se vuelve tan ambiguamente culposo como es posible volverse.

Quizá sin tantos conceptos figurativos podamos entender que la ansiedad de la que habla Kierkegaard es esa parálisis ante lo indefinido. Estamos educados a actuar y tomar decisiones basados en lo limitado, lo finito, lo mesurable. O al menos eso creemos. Pero cuando estamos parados frente al acaso, entonces surge el mareo. Y el mareo es la ansiedad. Pero el filósofo lleva ese concepto un paso más allá diciendo que una vez que hemos sentido ese mareo y esa parálisis ante la libertad, cuando volvemos a sentirlo ya va cargado de culpa. Y la combinación de la culpa y la ansiedad, apunta, “es el peligro de caer; en otras palabras, el suicidio”.

Sin embargo, para Kierkegaard la ansiedad también es una gran educación para los hombres, y argumenta que el fracaso o la fecundidad dependen de cómo nos orientemos en la ansiedad. “Quien esté educado [en la posibilidad] se queda con ansiedad; no se permite a sí mismo ser engañado por su falsificación incontable y recuerda claramente el pasado. Así los ataques de ansiedad, incluso si son aterradores, no lo serán tanto como para que corra de ellos. Para él, la ansiedad se vuelve un espíritu de servicio que contra su voluntad lo lleva a donde realmente desea ir”.

Así, para Kierkegaard la relación entre la creatividad y la ansiedad es muy estrecha. Es precisamente porque es posible crear (crearnos a nosotros mismos, crear nuestras innumerables actividades diarias, escoger un camino y seguirlo) que uno siente ansiedad. Nadie sentiría ansiedad si no hubiera posibilidades. Y naturalmente crear significa destruir algo previo. La culpa de la que habla Kierkegaard tiene mucho que ver con defraudarnos a nosotros mismos al paralizarnos ante las posibilidades y no atrevernos a destruir y crear.  

[Brain Pickings]

¿Qué es la conciencia y por qué esta pregunta tal vez sea imposible de responder?

Por: Javier Barros Del Villar - 08/21/2013

Todos hablamos frecuentemente de la conciencia y parece que todos sabemos a que nos referimos; sin embargo, ninguno podemos explicarla.

Molecular Thoughts

El tao que puede nombrarse, no es el eterno Tao...

La conciencia es uno de esos muchos términos que parecen, en este caso quizá paradójicamente, blindados ante el procesamiento, y definición, racionales. Si bien este concepto ha protagonizado discursos místicos, teorías psicológicas, y acercamientos científicos, además de plagar la retórica cotidiana, lo cierto es que siempre, al menos en mi opinión, queda una especie de margen, como si algo nos indicará que nada de lo que podemos construir, y mucho menos comunicar, racionalmente, bastara para cubrir su sentido.

La palabra conciencia proviene del latín, conscious, y se compone de con (juntos) y scio (conocer), lo cual sugiere un conocimiento compartido, o una especie de acuerdo perceptivo. Por ejemplo Hobbes, es su Leviathan, habla de que “Cuando dos o más personas conocen el mismo hecho, entonces se dice que concientes sobre esto, el uno ante el otro”. En este sentido la conciencia pareciera una especie de eco resonado que surge en al menos dos personas, y que al comprobar esta resonancia, entonces se le legitima como algo conciente.

Una perspectiva occidental

En occidente, uno de los primeros pensadores en tratar de deshebrar fue  Descartes, quien a partir de su influyente dualismo definió una relación opuesta entre lo inmaterial (el rex cogans de la mente) y lo material (el res extensa del cuerpo) –y en algún punto climático de esta interacción se ubicaría la conciencia. Tras varios acercamientos posteriores, y luego del surgimiento de la mecánica cuántica, científicos acusaron la imposibilidad de la física tradicional para explicar el fenómeno conciente –en respuesta surgieron teorías alternas, entre ellas la del Cerebro Holonómico, de Karl Pribram, inspirada en la naturaleza holográfica propuesta por David Bohm.

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En 1976, el británico Richard Dawkins, en su libro The Selfish Gene, advirtió que “la evolución de nuestra capacidad para simular parece haber culminado en la conciencia subjetiva. Y el por qué esto sucedió me parece el más profundo misterio que enfrenta la biología moderna”. Mientras que un par de décadas después, un grupo de neurocientíficos publicó, con una humildad poco popular en la ciencia, una significativa apología:

No tenemos idea del cómo emerge la conciencia a partir de la actividad física del cerebro, y tampoco podemos determinar si la conciencia puede emerger en sistemas no-biológicos, por ejemplo las computadoras. A estas alturas el lector esperará encontrar una minuciosa y precisa definición de la conciencia. Pero quedará decepcionado. Conciencia aún no se ha convertido en un término científico que pueda definirse cabalmente. Definiciones precisas de diversos aspectos de la conciencia emergerán más adelante… algo que en esta fase resulta prematuro. (Human Brain Function, p. 269, capítulo 16 "The Neural Correlates of Consciousness", 2004)

Budismo y conciencia

En la dimensión mística, particularmente en el budismo, el concepto de conciencia ha sido aún más recurrido que en la ciencia. Y a pesar de que en ocasiones parece transmitirlo con mayor fidelidad, su traducción a un plano de entendimiento racional también resulta insuficiente. El budismo, por ejemplo, advierte que la conciencia no puede definirse como tal, sino que su esencia está diseñada para experimentarse.

Dentro de la escritura conocida como Majjhima Nikaya, que compila 152 discursos atribuidos a Buda y sus discípulos, encontramos el siguiente pasaje:

Dependiente de la vista y las formas, la conciencia visual emerge. El encuentro entre los tres, es el contacto. Mediante el contacto se crea el sentimiento. Lo que uno siente, entonces lo percibe. Lo que percibimos lo pensamos, y nuestros pensamientos son reproducciones mentales. Con aquello que nosotros hemos mentalmente reproducido como la fuente, la percepción y las nociones que resultan de esta reproducción mental, acosan al hombre con respecto a su pasado, futuro,  y a las formas presentes que son entendibles mediante la vista.  

Tal parece que en un contexto budista la conciencia se refiere a la sucesión de elementos psico-físicos, es un proceso que, aunque siempre replicable, florece y luego se aleja, y que incluye múltiples ingredientes, como la percepción, la sensación, el sentimiento, y el procesamiento de esta información en nuestra mente.

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Una reflexión consciente

Lao Tzu advertía que la clave para crecer como ser humano es introducir dimensiones más elevadas de conciencia a nuestro estado de alerta perceptiva. Esto nos remite a la idea de que la conciencia es una especie de filtro a través del cual se procesa la información que recibimos mediante los sentidos –una especie de catalizador moldeable. La conciencia podría ser ese estanque en el cual sumergimos nuestra percepción en ella misma, y obtenemos información con la cual construimos una realidad, y nos insertamos en ella.

Por otro lado la tarea de definir la conciencia resulta en un ejercicio ourobórico, inevitablemente auto-referencial, lo cual de nuevo sugiere la imposibilidad de “narrarla” racionalmente. También podríamos asignarle la cualidad de omnipresencia, ya que en términos prácticos algo existe hasta el momento en el que logramos insertarlo en este diálogo entre el interior y el exterior. Desde esta perspectiva, entonces la conciencia es aquello que montamos dentro de ese escenario, el vacío original, que es lo único que puede existir de sin depender de que alguien lo procese, lo haga conciente.

En fin podríamos seguir malabareando con nociones, recursos mentales y referencias culturales, para librar con éxito esta compleja y autoimpuesta misión de definir la conciencia. Pero lo más probable es que eso simplemente prolongue el coqueteo racional con un infinito loop. En este sentido parece que la conciencia, su anatomía, está impregnada del perfume de la paradoja –parece que todos ‘sabemos’ lo que es pero que nadie puede explicarla.

Un constante en la racionalización intuitiva del concepto, apunta a la figura de un mediador entre nuestro interior y aquello que nos rodea, pero que al mismo tiempo actúa como interprete en un diálogo que sostenemos con nosotros mismos –como un guión ya escrito y a la vez editable en tiempo real.

Tal vez la conciencia es solo eso que nos permite darnos cuenta que la conciencia no puede definirse (pero tampoco negarse) –algo como el universo auto-percibiéndose, y celebrándolo con cada uno de nosotros.         

Twitter del autor: @ParadoxeParadis