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¿Es posible que esta triste melodía húngara haya desatado una ola de suicidios?

Por: pijamasurf - 08/12/2013

¿Es posible establecer una relación de causa-efecto entre la música de esta canción y una ola de suicidios que sacudió Hungría y EU durante los 30?

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¿Puede existir una canción tan triste que haga que la gente que la escucha cometa suicidio poco después? Una muy difundida leyenda urbana afirma que la canción "Gloomy Sunday" tiene semejantes poderes. Debido a su relación --real o imaginaria-- con diferentes suicidios a lo largo del siglo XX, ha sido llamada popularmente "la canción húngara del suicidio."

La música fue escrita por Rezső Seress y la letra es de László Jávor, y fue grabada por primera vez por Pál Kalmár en 1935. Aunque nos recuerde vagamente a un tango, desde entonces se han hecho muchas versiones de "Gloomy Sunday", siendo algunas de las más famosas las de Billie Holliday en 1941 y Björk. Incluso inspiró el film alemán Ein Lied von Liebe und Tod ("Una canción de amor y muerte") de 1999, que cuenta la creación ficticia de la canción.

Pero la historia negra de la canción comienza con Seress mismo, quien se quitó la vida el 13 de enero de 1968; el New York Times especuló por entonces que el compositor húngaro habría tomado la decisión por la desesperación de no haber podido crear otra canción igual de popular.

Esto y muchos otros datos respecto a la enigmática tonada fueron analizados por Steven Stack y sus colaboradores en "Gloomy Sunday: did the 'Hungarian suicide song' really create a suicide epidemic?", donde se dedican a analizar algunas de estas leyendas urbanas y a proponer un protocolo científico para evidenciar la posible relación entre la melodía y los casos de suicidio.

 Una de las primeras pistas está en un artículo de la Time Magazine de 1936, que habla sobre una racha de suicidios en Hungría donde la canción tenía un papel a veces protagónico, a veces secundario: un zapatero la menciona en su nota suicida; dos personas se disparan mientras la escuchan; hay reportes de personas que se ahogan en el Danubio mientras sostienen las partituras en sus manos heladas. 

Tal vez a raíz de esto la BBC prohibió la canción hasta 2002. Sin embargo, durante la Gran Depresión mucha gente perdió su trabajo y su casa, y se sabe que los suicidios aumentaron considerablemente de cualquier forma. Sumado a esto, la incidencia de suicidios en Hungría y los países de la zona es tan alta que los científicos han considerado la existencia de un gen del suicidio que afecta a los habitantes de aquella zona.

Por otra  parte, no es totalmente descabellado asociar productos culturales como libros, canciones o películas a los comportamientos suicidas. El "efecto Werther" fue analizado y descrito con este término por primera vez por el socioólogo David Phillips, tomando como paradigma la novela de Goethe, Las desventuras del joven Werther, un joven que es el prototipo del héroe romántico, el cual se quita la vida por amor. Desde la publicación de la novela en 1774 se reportaron suicidios que copiaban el del joven Werther, lo que deja abierta la posibilidad de que las obras "suicidogénicas" (que inducirían al suicidio) provean una narrativa o un marco que los potenciales suicidas pueden imitar o emular. 

En su estudio, Stack y sus colegas hallaron una correlación (si bien no una causa) entre las tasas de suicidios entre jóvenes entre 1950 y 1990 y un aumento en la aparición de suicidas en el cine. Sin embargo, la hipótesis es arriesgada: ¿la gente que se suicida lo hace imitando personajes o arquetipos de la cultura de masas, o bien la cultura de masas enseña cómo y bajo qué condiciones uno se suicida, en caso de desear hacerlo? Después de todo, las razones por las que la gente "levanta la mano sobre sí mismo", como diría Améry, son particulares y únicas en cada caso --como la muerte misma, que no por ocurrirle a todos los hombres les ocurre de la misma forma.

Como corolario, tal vez el personaje de Robert Frobisher (Ben Whishaw) en la película Cloud Atlas (2012) estuviera inspirado en Seress y su canción de la muerte por mano propia. Sin embargo, de admitir esta posibilidad, veríamos que las relaciones entre música y suicidio no están mediadas solamente a través de la tristeza, el blues o la saudade: incluso la alegría más aguda y la fraternidad más firme es incapaz de detener la mano del suicida cuando este ha tomado su decisión final.

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La creencia es el Prozac del alma

Por: Jasun Horsley - 08/12/2013

La vigilia es considerada como la realidad -y el sueño como la ilusión-- fundamentalmente porque creemos en ella; pero quizás el sueño al acercarse más a lo atemporal y entrando en contacto directamente con el inconsciente podría considerarse como una experiencia con mayor riqueza informativa y perceptual, por lo tanto más "real".
[caption id="attachment_62952" align="aligncenter" width="500"]hallo-beholder Hallo Beholder, de Jared von Hindman (sitio)[/caption]

Cuando dormimos, el control que el ego tiene sobre nosotros se relaja y aunque estamos removidos del contacto directo con la realidad física, estamos mucho más cerca de una experiencia sin filtro de la realidad psíquica. Es bastante simétrica (y solo aparentemente paradójica), porque la manera de entender la naturaleza de la experiencia egóica de la vigilia es utilizando la metáfora del sueño. En nuestra vida ordinaria durante la vigilia somos sonámbulos interactuando con las imágenes subliminales de nuestro inconsciente (el pasado), incorrectamente identificando lo que percibimos como “real” en el presente.

Pero no hay un momento presente aparte de aquella intersección infinitesimal entre el pasado y el futuro, ambos de los cuales, como lo escribe Jed McKenna, tienen el encanto peculiar del no-existir. El ego mantiene nuestra consciencia atada al tiempo, y si el tiempo es una ilusión, entonces todo lo demás lo es también, porque nada puede existir sin el fondo del tiempo-espacio para existir dentro de él.

En los sueños, el tiempo no fluye de una manera lineal, estamos más cerca de la (no) existencia líquida de la psique. Sin embargo, ya que estamos interactuando en forma más directa con los contenidos de nuestro inconsciente, estamos más cerca de la verdadera conciencia y por lo tanto de la realidad.

El ego se ve a sí mismo como representando a la conciencia y la psique como estando inconsciente. Es un prejuicio sin fundamento, una creencia que provee sus propias pruebas, pruebas que le parecen irrefutables.

Ese prejuicio entonces también invierte lo real e irreal, ya que se tiene que ver a sí mismo como real, entonces se otorga a sí mismo el falso poder de definir la realidad (lo que es real e irreal).

Todo lo que no sea “Estoy percibiendo algo” es una creencia. Todo. No podemos saber nada más allá de esto.

La creencia tienen la cualidad especial de reducir la consciencia: mientras más invirtamos en la creencia, nos volvemos más tontos y menos sensibles.

El estado del sueño es uno de incertidumbre en el que cualquier cosa es posible y nada es cierto. Esto lo hace más cercano a la realidad que el estado de vigilia.

El tener una experiencia de “abducción”, o cualquier otro tipo de encuentro trascendental, bueno, malo o indiferente, y tratar de entenderlo como “real” es ir en la dirección contraria a la que la psique (el alma), a través de esas experiencias, trata de llevarnos.

La creencia es el Prozac del alma.

Twitter del autor: @JaKephas