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La batalla por la libertad de la información altera las reglas de juego entre los gobiernos y la insurgencia, encabezada hoy por los hackers y los "whistleblowers". Al mismo tiempo surge una nueva ética descentralizada, que sirve como uno de los pocos contrapesos ante el Estado vigilante que lo abarca todo.

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En apenas quince años de avances tecnológicos el mundo ha cambiado radicalmente. Porque somos contemporáneos de esta mutación es difícil darse cuenta, pero sus ramificaciones son cada vez más visibles. Ha sido un proceso exponencial. Cada año trae nuevas sorpresas.

En 1999 se lanzó Napster. Duró apenas dos años antes de que lo cerraran, como era inevitable, pero en ese tiempo creó una revolución tecnológica a un nivel internacional. Popularizó las posibilidades de la nueva herramienta de comunicación: la red, y así nació la hidra multicéfala. En la mitología griega, la Hidra de Lerna tiene de tres a diez mil cabezas, depende la fuente, con la facultad de que al cortarle una de ellas salen dos más. Desapareció Napster pero con su muerte surgió la posibilidad de muchas versiones de esa misma idea. Aunque en teoría Napster todavía existe, ligado a Rhapsody, funciona como tienda y no como libre intercambio de información. El verdadero espíritu de Napster se trasladó de sitio.

El filo de la tecnología no conoce ética. Si algo es posible, se hará. Lo que quiero decir es que no importa tanto la pregunta de si bajar películas, series, música o video juegos por internet es bueno o es malo. La pregunta no importa porque, cualquiera que sea la respuesta, es una realidad que no se puede ignorar y mucho menos detener. Además es una respuesta que varía de persona a persona. Depende a quién le preguntes. Es una cuestión subjetiva, por más que quienes hacen las leyes pretendan que sus resoluciones se vuelvan universales e inviolables. La arbitrariedad de la ley, a través de estos avances tecnológicos, queda en evidencia y se ve cuestionada cada vez con más fuerza.

Escribe McKenzie Wark en A Hacker Manifesto:

 Los hackers crean la posibilidad de que nuevas cosas entren al mundo. No siempre grandes cosas, o siquiera buenas cosas, pero nuevas cosas. En el arte, en la ciencia, en la filosofía y en la cultura, en cualquier producción de conocimiento en la que se pueda recopilar data, de la que se pueda extraer información que a su vez pueda abrir nuevas posibilidades en el mundo, habrá hackers hackeando lo nuevo a partir de lo viejo. Si bien creamos estos nuevos mundos, no los poseemos. Aquello que se crea es hipotecado para los demás y para los intereses de los demás, para Estados y corporaciones que monopolizan los medios de hacer mundos que solo nosotros descubrimos. No somos dueños de lo que producimos: lo que producimos se adueña de nosotros.

Los casos de Megaupload y The Pirate Bay son los más recientes. El proceso legal de Megaupload sigue. El pasado 19 de enero, justo a un año de haber sido interrumpido por las autoridades, el nuevo sitio mega.co.nz inició operaciones, bajo el cobijo de las leyes neozelandesas. Lanzado en 2005 en Hong Kong, la bestia cambió de piel para adaptarse, y sigue viva. Algo similar sucedió con The Pirate Bay, con la diferencia de que nunca dejó de operar. El juicio a los tres fundadores los encontró culpables: si la corte de apelaciones no revoca el caso tendrán que cumplir condenas menores a un año de cárcel, y pagar un total de 6.5 millones de dólares entre los tres. Grandes corporaciones del entretenimiento estadounidense lograron romper la tradición liberal existente en las leyes suecas por medio de abogados y cabilderos. El sitio fue fundado en 2003, y el juicio fue ganado por las corporaciones en 2009, pero fue una victoria pírrica: las pérdidas son irrecuperables y el curso de la historia irreversible.

Hay triunfos en ambos bandos. En 2010 WikiLeaks también tuvo que irse de Suecia. Estuvo de paria por el mundo, primero en los servidores de Amazon, después en Francia, y ahora se esconde en programas encriptados que garantizan el anonimato, como Tor o Pretty Good Privacy. Julian Assange está acorralado en la embajada de Ecuador y Edward Snowden en Rusia, ambos con un futuro incierto. Su libertad está en juego, y quien pide su cabeza es el mismo monstruo: Estados Unidos. A partir de estos dos casos Sudamérica adquiere de pronto una posición en el tablero geopolítico. Al avión de Evo Morales, presidente de uno de los países más pobres del continente, le prohíben bajar a cargar gasolina en varios territorios europeos por la posibilidad de que Snowden vaya con él, y junto a Nicaragua y Venezuela le ofrece asilo al perseguido político, mientras que Estados Unidos hace todo por amedrentar al país que le dé albergue, en contra de las normas internacionales. Es irónico que el presidente Obama denuncie a los hackers como terroristas, cuando es evidente que, como dice Chomsky, es su gobierno el que más se comporta como terrorista. Así, as debilidades del imperio quedan al descubierto. Es un hecho que ya no tiene el poder que tenía antes, y que la unión fuera de sus fronteras y el anonimato son sus peores enemigos. 

Pero en realidad tampoco tiene tanta importancia si capturan a estos dos personajes, héroes para unos y villanos para otros. Sería trágico desde una perspectiva humanitaria pero no acabaría con WikiLeaks, una criatura con vida propia, ni con soplones e informantes que denuncien prácticas que van en contra de la armonía mundial. Snowden, con ayuda de la tecnología, dejó entrever los ojos del titiritero que lo quiere observar todo.

Los Estados y las leyes pretenden que el mundo se adapte a ellos. No saben o no quieren saber que son ellos los que deben adaptarse a un mundo siempre cambiante. En vez de que disqueras y estudios cinematográficos persigan a quienes rompen las reglas impuestas desde arriba, sería mejor que busquen la manera de sobrevivir en este nuevo mundo.

Nada de esto era posible antes. Estamos inmersos en un proceso histórico que apenas comienza. El campo de batalla ya no está limitado a un lugar, sino que existe en dos planos: el físico y el virtual. Hombres y mujeres pueden estar apresados en Guantánamo o ser ejecutados, pero los instrumentos nuevos que crearon no solo permanecen, sino que además evolucionan. Wark:

Los hackers no tienden a unirse. Por lo general no estamos dispuestos a sumergir nuestra singularidad. Lo que claman estos tiempos es un hack colectivo que materialice un interés de clase basado en una alineación de diferencias en vez de una unidad coercitiva. Los hackers son una clase, pero una clase abstracta. Una clase que hace abstracciones, y una clase hecha abstracta. Abstraer a los hackers como clase es abstraer el concepto mismo de clase. El eslogan de la clase de los hackers no es: trabajadores del mundo unidos, sino: los trabajos sueltos del mundo. (Not the workers of the world united, but the workings of the world untied.)

Twitter del autor: @jpriveroll

Estudio analiza a niños expuestos al crack durante 24 años: la pobreza es peor que las drogas

Por: pijamasurf - 08/02/2013

Uno de los estudios más grandes de su tipo mostró que los factores sociales como la pobreza o la violencia son más determinantes en el desarrollo infantil que la exposición a drogas en la etapa prenatal o gestacional.

crack

En 1989, un equipo de médicos bajo la dirección de la pediatra Hallam Hurt comenzó uno de los estudios de más larga duración sobre el efecto en el desarrollo infantil de los individuos cuyas madres consumieron cocaína en crack durante el embarazo. El estudio se llevó a cabo en el Albert Einstein Medical Center en la ciudad de Philadelphia, EU, una de las ciudades con más incidencia en el uso de esta sustancia.

224 niños y niñas nacidos entre 1989 y 1992 conformaron el estudio: la mitad de ellos tuvieron madres que consumían crack durante el embarazo, mientras la otra mitad, cuyas madres no lo consumieron, constituyó el grupo de control. $8 millones de dólares y 24 años después, los resultados impactaron a los especialistas.

La pobreza es más peligrosa para el desarrollo que las drogas

Al presentar los resultados del estudio, la doctora Hurt resumió los temores que se tenían a finales de los 80 de que el creciente aumento en el número de usuarios de crack tuviera una incidencia generacional negativa en el desarrollo de los niños. Los temores y los rumores afirmaban que estos niños tendrían un IQ menor al promedio, o simplemente los condenaban a un futuro de privación e inferioridad social.

Pero el equipo de Hurt no encontró diferencias significativas entre el grupo de niños proveniente de madres adictas al crack y el grupo de control. El IQ promedio a los 4 años de edad fue de 79 para el primer grupo y 81.9 para el segundo --ambas, cifras inferiores al promedio etario correspondiente a EU, que es de entre 90 y 109. Ambos grupos también tuvieron un desempeño inferior al promedio nacional al ser evaluados durante sus años de educación básica en áreas como matemáticas y lectura.

Lejos de afirmar que el crack no tuvo incidencia en el desarrollo del grupo estudiado, Hurt encontró algo mucho peor: aunque ambos grupos de niños se desarrollaron similarmente cuando se les compara entre sí, ambos presentan un desempeño inferior al promedio de niños con otras condiciones sociales. El crack no era, pues, el enemigo, sino la pobreza.

Factores ambientales

La doctora Hurt y su equipo hallaron que 81% de los 224 participantes en el estudio habían sido arrestados en algún momento de sus vidas; 74% había escuchado disparos de arma de fuego; 35% vio cómo le disparaban a alguien, y a los 7 años 19% de ellos había visto un cadáver en la calle. Los niños expuestos a la violencia mostraron con mayor frecuencia signos de depresión, ansiedad y baja autoestima.

El estudio no halló diferencias en el desarrollo neuronal de ambos grupos de niños, y aunque los que estuvieron expuestos al crack antes de nacer presentan diferencias en un área ligada a la atención, la diferencia no es clínicamente significativa. Así, Hurt concluyó que aunque el crack puede ser peligroso para el nonato y su madre, la pobreza y las precarias condiciones de vida son elementos mucho más determinantes en el desarrollo de las personas.

Al término del estudio, el equipo solamente contaba con la participación de 110 de los 224 niños originales. De estos 110, dos murieron en tiroteos, tres están en prisión, seis se graduaron de la universidad y seis más se graduarán próximamente. Han nacido 60 niños de ese grupo de 110. La conclusión de Hurt, pues, es clara: "la pobreza es una influencia mucho más poderosa en el desarrollo de un niño de la ciudad que la exposición gestacional a la cocaína."

[Philly]