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Surf Open Acapulco: Dive Another Day (Crónica en sitio de los cuartos de final - FOTOS)

Por: Javier Raya - 07/05/2013

Para los cuartos de final del abierto mexicano de surf, muchos competidores han sido eliminados. Algunos se abrirán paso hasta las finales, pero muchos otros han dejado el sueño del triunfo entre las olas.

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Entre las olas del mar, las olas del Internet quedan muy lejos. La frase, aunque cursi, es precisa. Inmersos en el rugido de la información, de la urbe, de la urgencia incesante de la ciudad, la playa aparece en la mente como un lugar paradisíaco, donde todas las preocupaciones se disuelven en la arena tibia. Pero en Acapulco, hoy, no hay sol que caliente esta arena, y la urgencia parece habernos seguido desde la ciudad.

Con los pies en la arena y un whisky en la mano tratamos de entender lo que pasa sobre las olas: es el abierto mexicano de surf, una de las sedes del circuito profesional que desde hace unos días tiene lugar en las playas de Revolcadero, en las playas del estado de Guerrero. Digo que tratamos de entender porque, aunque disimulamos, muchos de los medios que se han dado cita aquí no son medios especializados en surf; venimos a empaparnos literalmente de esta cultura, de este deporte y de esta fuerza de hombres y mujeres contra las olas; pero si hemos de ser sinceros, muchos de nosotros no tenemos bien a bien idea de lo que está pasando. Escuchamos la voz de un narrador diciendo números en un altoparlante; escuchamos a la gente vitorear de pronto o quedarse callada, y escuchamos sobre todo el rugido del océano, picado y lleno de corrientes encontradas por la lluvia de la noche anterior.

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Diego Cadena del Vans Team
(Foto: Edwin Morales)

Unas horas y un par de whiskys después ya manejamos la jerga: para cuando Diego Cadena del Vans Team hace su última entrada en el agua, sabemos lo suficiente de surf para entender que ha sido descalificado. Injustamente, a nuestro criterio recién aprendido.

Durante su última ronda en los cuartos de final, Diego enlazó tres movimientos sorprendentes, a pesar de que la ola trastablilló y amenazó con hacerlo tropezar. "La marea está mala", escuchamos a menudo. El narrador describe las contraolas que se forman cuando las corrientes están demasiado inquietas, como hoy, formando una especie de tenaza que forma una barrera de espuma cuando el rider (nombre de los surfistas en la jerga especializada) apenas va tomando velocidad. Diego logra enlazar un cuarto giro y el público en la playa aplaude --pero al parecer para el jurado no es suficiente.

Pienso que Diego no debió haber sido eliminado. ¿Por qué? Porque toda historia necesita un héroe, y desde que supe que vendría acá estoy buscando alguien que pudiera llevar el peso de una crónica, ser el sujeto de una historia. La gente adora las historias de victorias, las historias que inspiran a otros a seguir sus pasos. A nadie le gusta ser eliminado del juego, eso se sabe. Pero creo también que hay maneras nobles e innobles de perder el juego.

Durante uno de los hits que presenciamos ocurrió algo que los que saben describieron como muy improbable. Cada hit es una ronda de olas para cuatro riders, donde cada uno monta varias veces y los jueces califican, y al final se toman en cuenta las dos olas mejor puntuadas para cada rider; pero las olas hoy estuvieron especialmente impredecibles, por lo que dos riders trataron de montar una misma ola. La regla (pregunté) dice que cuando un rider se disputa la ola contra otro, el que tenga mejor posición para montarla tiene derecho a ella, mientras el otro debería, por así decirlo, cedérsela. Pero no pasó así: ambos riders trataron de montar la misma ola y se bloquearon el paso mutuamente, por lo que los jueces decidieron penalizarlos a ambos.

Desde nuestra perspectiva (es decir, desde la perspectiva del no iniciado en la cábala de las puntuaciones del surf profesional) se trata de olas y gente entrando y saliendo del mar, pero los ojos agudos de los jueces deben interpretar las secretas motivaciones que llevan a un rider a montar o no, a ceder o no, una ola. La penalización consistió en que ambos riders bajaron del segundo y tercer lugar, respectivamente, al tercero y cuarto, quedando automáticamente descalificados de la siguiente ronda. 

En el área de prensa solicito la tabla de resultados; mejor hubiera sido que viniera en chino: me veo frente a una tabla de colores y números y nombres que nada me dicen. Y pienso --no puedo hacer otra cosa-- que la mayoría de ellos han sido derrotados. Más de 100 competidores han sido eliminados para este momento, pero las crónicas de deportes rara vez se fijan en esas historias. Además de la muy personal experiencia de derrota, los competidores eliminados se han perdido la oportunidad de ganar la bolsa de $100 mil dólares.

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Diego Cadena saliendo de su última ronda en el SOA
(Foto de Edwin Morales)

 

Me pongo a pensar cómo me sentiría si perdiera $100 mil dólares. Si los perdiera por un error de cálculo, por algo que sé que pude haber hecho mejor; si los perdiera por simple, estúpida e irreparable mala suerte. Cómo me sentiría si un juez interpretara mis reacciones y decidiera dejarme fuera de la competencia, como los árbitros en deportes más familiares al ámbito citadino, como el soccer, cuando sacan tarjeta roja a un jugador. Cómo me sentiría de regresar a casa después de chocar contra un muro de espuma y hundirme en las tibias aguas mientras la gente aplaude, tal vez por empatía, tal vez a manera de condolencia.

Quisiera tener una respuesta a estas preguntas, pero tal vez más que la victoria, la derrota es una experiencia personal intransferible y única. El ganador recibe premios, reconocimiento y algún tipo de respeto; el que es vencido en un juego debe enfrentar esa pérdida a solas. La victoria es un hecho colectivo; la derrota, una experiencia personal, tal vez de las más duras.

Escucho entre los que saben que el hit donde Diego fue derrotado estuvo mal calificada. "No era una ola de 8.3", escucho, ignorando si la medida es 10, 100 o mil. Poco importa. Sé que si fuera derrotado me gustaría ser derrotado en el cuarto giro, después de haber mantenido el equilibrio sobre una ola que rompe antes de tiempo y choca de frente con otra debido a la marea infame; sé que preferiría ser derrotado por mis propios méritos que por arrebatarle la ola a otro competidor. Supongo que son cosas que pasan en este deporte --uno que me ha gustado desde hace tanto y del que sé tan poco en su ámbito profesional. Pero me siento mucho más identificado con la derrota de Diego que con las victorias de los mavericks. Tal vez porque me recuerda una noche en Colima, en una playa tan pequeña que nunca supe su nombre (tal vez las playas muy discretas no necesitan nombre), donde salí caminando con un brazo dislocado y una tabla rota. Una de las mejores noches de mi vida.

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Hasta mañana.
(Foto: Edwin Morales)

 

Surf Open Acapulco: El surfista como anfibio (FOTOS)

Por: Javier Raya - 07/05/2013

Ya en la recta final de la competencia y cercados por el mal clima, los asistentes al Surf Open Acapulco ven desde tierra firme a los surfistas que, pase lo que pase, siguen entre las olas.
[caption id="attachment_61861" align="aligncenter" width="655"]Tim_Reyes-7812 Tim Reyes
(Foto: Edwin Morales)[/caption]

En este par de días que llevamos viendo a los surfistas (“surfos”, en la jerga de los más familiarizados) entrar y salir de las olas he pensado que son como de una especie aparte: no son propiamente humanos sino anfibios. Es decir, uno no puede simplemente decidir que quiere ser surfista, buscar una tabla y llegar a una playa a montar olas. Es algo, por así decirlo, más bien biológico.

Me convencí de ello durante la comida de hoy. El mal clima que nos recibió desde el jueves se agudizó durante la noche, y las competencias que debían comenzar hoy viernes, a las 6 am, fueron pospuestas hasta que las aguas se calmaran un poco. Las semifinales se llevaron a cabo en un mar picado, revuelto y casi negro, con olas que parecen una baraja de espuma, y con corrientes sumamente peligrosas incluso para los riders profesionales. Hay que ser suicida o surfista para atreverse a esas olas tan pesadas que caen como martillos sobre la espalda; hay que ser de una especie diferente, mitad humano y mitad pez.

Hablábamos de eso con Tania Miranda, PR de Vans, que comía con un surfista cuando llegué al restaurante. Desde la terraza del restaurante podíamos ver el horizonte quebrado y gris, las crestas de la ola, montañas de agua revuelta y aún muchos surfistas tratando de montarlas.

[caption id="attachment_61864" align="aligncenter" width="655"]Foto de Jaime Fernández Foto de Jaime Fernández[/caption]

Le pregunté al surfista de la mesa su opinión sobre el peligro de nadar en aguas así, peligro que para mí era evidente. Contestó que el único problema que veía era que surfear en olas tan bravas con mal tiempo requiere un esfuerzo físico extra. “Te cansas más”, me dijo. “Tienes que nadar más fuerte, pero en sí las olas están increíbles.”

Después de todo muchos de los riders de la competencia llevan días entrando y saliendo del agua, tratando de hacerse un lugar en la tabla de finalistas, y para este momento están cansados y necesitan cuidar sus reservas de energía. Y con este clima es más que normal que necesiten un poco de descanso. 

Les conté que me metí un rato al mar antes de ir a comer. No fue una sabia decisión: aunque puedo nadar aceptablemente bien el mar no está para amateurs este viernes. Tragué demasiada agua y aún sentía restos de arena entre los dientes mientras comía. El surfo me contó que lo peor era “cuando tragas pura espuma. Se te cierran la branquia, aquí”, dijo, señalándose la garganta, “y es como si te estuvieras ahogando de pronto; pero así como se te cierra se vuelve a abrir solita.”

El que se refiriera a la garganta como a una “branquia” me hizo sospechar. Los peces tienen branquias, pero él parecía, al menos a primera vista, un hombre.

Además de por la tabla uno reconoce a las y los surfistas por el color de la piel, más quemado de lo normal, como caramelo, y los extraños rayos rubios que tienen en el cabello. Parecen tallados directamente en madera y me dan la impresión de ser de una sola pieza, mientras que los humanos "normales" como nosotros parecemos hechos de piezas. Supongo que es lo que pasa con el cuerpo de los deportistas: una conciencia de su función recorre cada uno de sus movimientos; el cuerpo piensa por sí mismo.

Ayer estuve jugando con esa idea, tratando de descubrir a los surfistas sin tabla entre la gente que va y viene dentro del hotel, buscando en qué entretenerse debido a que la playa es demasiado peligrosa y las albercas están cerradas por la lluvia. Por eso se me ocurrió que no era tan descabellado pensar a los atletas desde otros parámetros (el filósofo Michel Serres tiene un libro maravilloso sobre los alpinistas), pues como todo deportista de alto rendimiento, los surfos no entran dentro de los parámetros del cuerpo humano “normal”: necesitan dietas especiales y su vida transcurre entre el agua y la arena, lo que poco a poco debe modificar además de su piel, sus músculos y sus huesos, su respiración; y aquí —con el asunto de la “branquia”— tenía una comprobación directa: se trata de sirenas y tritones, no de hombres y mujeres. Uno podría incluso decir que respiran mejor dentro del agua que aquí afuera, sobre tierra firme.

[caption id="attachment_61862" align="aligncenter" width="655"]Foto de Jaime Fernández Foto de Jaime Fernández[/caption]

Pero las diferencias entre surfistas y personas (razonablemente) normales no termina ahí, pues sus mentes también funcionan con otras reglas.

Mientras el surfista vaciaba un enorme plato de pasta, frijoles y arroz, nos contaba tranquilamente que los tiburones son menos peligrosos de lo que se piensa. “Es más fácil que te atropellen en la ciudad o que te roben a que un tiburón te agarre. Además uno casi nunca sabe cuando hay tiburones. Al tiburón no lo ves nunca. No se te anuncia”, nos contaba. “Sabes que ahí anda cuando ves focas cerca. Si ves focas, seguro anda un tiburón por ahí dando vueltas. Seguro ahorita por aquí hay uno, pero no lo vemos. No hay problema cuando son chiquitos, de 1 o 2 metros. El problema es cuando son más grandes; esos son de los que te sacan un pie antes de que te des cuenta.”

Más por cortesía que por la pinta de surfista que no tengo, me preguntó si yo surfeaba. Le conté que hice tabla corta en la adolescencia. En realidad mi única aventura fue cuando me zafé un hombro, así de malo era en este deporte. Estaba cansado de haber nadado todo el día y antes de irme decidí montar una ola más. Con esa frase, el surfo reaccionó. "Una ola más". Mostró una enorme sonrisa cómplice, casi infantil. Le pregunté si él hacía caso de esas precauciones, de no nadar en el mar con lluvia o con marea picada. “No”, respondió. “Esas son las mejores olas.”

A diferencia de los niños que juegan con pelotas o que hacen deportes en tierra, los niños de la playa crecen como este surfo, con el mar en el traspatio de la casa. No importa si llueve, truena o relampaguea: el mar también tiene sus ciclos y ellos aman el mar, no importa cómo se les presente. El problema es para los organizadores de la competencia que tienen que arreglar los desperfectos de la logística que la tormenta les pone enfrente —retrasos en las competencias, mudar las actividades de playa a los interiores, esperar y esperar a ver si el sol se aparece entre tanta grisura. Así se ve que efectivamente, al menos en el Surf Open Aca, hay una tajante división entre dos tipos de personas: los mortales, que estamos secos y a resguardo de la lluvia, y los surfistas, que están donde deben estar, entre las olas.

El surfista fue muy agradable durante la comida, y cuando se fue a descansar a su cuarto reparé en que no tuve la cortesía de preguntarle su nombre durante la charla. Quedamos para hacer una clase informal de surf mañana temprano, si el clima mejora. Según él, surfear con tabla larga es incluso más fácil que patinar sobre concreto. Yo diría que el concreto —a menos que haya un terremoto— no se mueve, pero él es el profesional, al final. Le pregunté a Tania que quién era el surfo. “Diego Cadena, sobre el que escribiste ayer.”

Pensé que tal vez uno no reconocería a un tiburón si no lo ve rodeado de agua. Fuera del mar los surfistas tratan de parecerse a los humanos. Se sientan y se ponen a comer. No sé, tal vez estoy idealizando de más. Pero en el fondo —o en la superficie, que es al final donde se balancean los surfistas sobre el mar— a mí no me engañan: sospecho que los surfistas van nadando incluso mientras caminan. Son anfibios. Qué otra cosa podrían hacer.

[caption id="attachment_61860" align="aligncenter" width="738"]Foto de Edwin Morales Foto de Edwin Morales[/caption]