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Como si el sufrimiento no bastara, el individuo hace suyas ciertas imposiciones que lo hacen sufrir por sufrir, castigarse por estar triste, sentirse culpable por encontarse solo, nublando el hecho de que estas son realidades ineludibles de la existencia que, quizá, primero se deben aceptar como tales antes de poder transformarlas.
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"Melancolía", Henri-Simon Thomassin (1729; a partir del óleo de Domenico Fetti)

Es posible, humanamente posible, que nadie desee sufrir. Es posible que nadie quiera estar verdaderamente triste. Que a todos nos asuste la posibilidad de encontrarnos permanentemente solos. Y, con todo, sucede. Contra nuestros deseos y nuestras esperanzas. Contra nosotros mismos. Sin nosotros quererlo, sin desearlo, temiendo su posibilidad, sufrimos, nos entristecemos, de cuando en cuando nos encontramos solos, acaso con más frecuencia de lo que alguna vez previmos.

El sufrimiento, la tristeza, la soledad, son parte ineludible de la existencia, y aunque esta podría tomarse como una afirmación obvia, dicha consideración obedece más al hábito que a la realidad. Sabemos que sufrir es parte de la vida, pero por todos lados nos intentan convencer de lo contrario. El sufrimiento en el mundo es un espectro al que se le teme y se le niega y para el cual se buscan maneras de neutralizarlo. El consumismo, por ejemplo: la gente parece tan feliz en los grandes centros comerciales. El entretenimiento, por ejemplo, desde el partido de fútbol televisado hasta el prostíbulo. Confundido entre las mercancías y el sudor de la multitud, entre el sopor de la ebriedad y los jadeos del sexo, el sufrimiento parece de pronto no estar ahí, no existir más.

Esto que se fomenta socialmente, ¿no se reproduce también individualmente? ¿No volvemos personal esa imposición más amplia de negar nuestro propio sufrimiento, de ignorar nuestra tristeza, de encubrir nuestra soledad? Y así, en esta contradicción entre la naturaleza trágica del mundo y la existencia y, por otro lado, la voluntad acaso comprensiblemente humana de no sufrir, nace una suerte de redundancia pesarosa en la cual se sufre por sufrir, por estar triste, por encontrarse solo. Como si el sufrimiento, la tristeza o la soledad no bastaran, existe cierto sentimiento impostado de culpa tanto por sufrir como por no adecuarse a cierto tipo de felicidad que la convención dicta (la felicidad de la propiedad, del consumo), existe cierta prohibición contra el sufrimiento, la tristeza y la soledad susceptible de castigo en caso de infringirse.

(Quizá, entonces, una acción que pudiera efectuarse para al menos no sufrir en vano, sea despojarse de ese sentimiento de culpa, esa voluntad de autocastigo, comprendiendo que el sufrimiento, la tristeza, la soledad, están ya en el mundo, que es imposible vivir y no sufrir, no estar triste, no encontrarse verdaderamente solo.)

Realidades ineludibles, sí, pero no por ello constantes. Pese a todo, pese a nada, también es posible, momentáneamente (en un momento que puede durar más, mucho más, que el instante goethiano), no sufrir, no estar triste, no estar solo. No sé si entonces ser felices, pero al menos esto.

Mucho se habla en tiempos recientes de la posibilidad de hackear la realidad, de hacer de nuestra voluntad el factor de transformación de nuestra propia vida, una idea que por el fraseo puede parecer contemporánea pero lo cierto es que se remonta, por lo menos, a la época del marxismo ―solo que la importancia que Marx daba a lo colectivo, ahora ha virado hacia lo individual. Sin embargo, pienso que el hack, la transformación, solo son posibles cuando se parte, dicho materialistícamente, de un análisis objetivo de las condiciones de realidad, acaso con la aspiración de poder identificar aquellas que es posible modificar por cuenta propia y otras que definitiva, estructuralmente, están fuera de nuestro alcance (o no). Lo opuesto, me parece, solo conduce a la falacia y el delirio, al razonamiento autocomplaciente de quien elabora a partir de premisas falsas que no corresponden con su realidad.

Y así con el sufrimiento. Con cierta frecuencia sufrimos justo porque la realidad termina reventando nuestras ensoñaciones, destruyendo nuestros espejismos. Inevitablemente la fantasía se revela insostenible ante una realidad apabullante con la cual se encuentra en oposición permanente.

Por eso pienso que el sufrimiento, la tristeza y la soledad debieran aceptarse como lo que son, sobre lo que he insistido tanto en este texto: posibilidades de la existencia. Sufrir, estar tristes, reconocer la propia soledad. Y, por lo pronto, nada más.

Twitter del autor: @saturnesco

Faltas de ortografía en los libros de texto gratuitos: ¿cuál es el meta-mensaje de este descuido?

Por: Ana Paula de la Torre - 07/24/2013

Los libros de educación gratuita en México contienen 117 faltas de ortografía; ¿planean autoridades poco educadas, educar a una población?
[caption id="attachment_62425" align="alignleft" width="270"]sep Emilio Chuayffet[/caption]

En pasados días, diversos medios de comunicación difundieron un caso tan delicado, como surrealista. El gobierno mexicano imprimió 225 millones de libros de texto (como se conoce en este país al material de estudio que aporta gratuitamente el Estado), conteniendo al menos 117 faltas de ortografía. Los libros serán repartidos entre los niños que actualmente cursan los niveles de educación básica.

La indignación sobre todo en redes sociales fue intensa –y evidentemente justificada. Ante esto, el Secretario de Educación Pública (SEP), Emilio Chuayffet, alegó que fue un error de la pasada administración, y que el haber evitado la impresión de los libros habría significado, además de millonarias pérdidas, la impuntual entrega de libros para el siguiente periodo escolar.

El asunto de las faltas de ortografía en los libros gratuitos de educación básica, implica múltiples lecturas. Y es que el hecho de que los redactores carezcan del cuidado, experiencia o conocimiento óptimo para realizar un impecable trabajo en este rubro, revela un radical problema de negligencia –aunado al hecho que no hayan sido minuciosamente revisados.

Cada acción o fenómeno encarna la significación de lo que representa. Este caso sobresale por su simbolismo: si los libros son el principal apoyo didáctico para los maestros y alumnos, y estos incumplen las formalidades básicas, entonces el mensaje sería mucho más trascendente que un simple descuido: difícilmente se podrá educar a una sociedad, sin estar educado.

@anapauladelatd