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Encontramos en la literatura vedántica la clave que revela el origen de la naturaleza ilusoria o representativa del mundo: la copia del soma, la usurpación de la divinidad, que descubre, a su vez, a los dioses como simuladores.

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Un deseo permea el misticismo de todas las eras: desgarrar el velo de la ilusión. Pero para poder penetrar ese tejido, que algunas veces es descrito como la vestimenta de una diosa o un hermético castillo, que se confunde con la naturaleza y el mundo fenomenológico, primero se debe detectar su existencia: el acto fundamental también descrito como ver lo invisible, despertar en un sueño o tomar conciencia de que la realidad es falsa. La filosofía gnóstica ideó el concepto de stereoma para significar una creación sobre la creación, una especie de realidad virtual o simulación diseñada por los Arcontes, señores planetarios que traslapan un encantamiento sobre la realidad verdadera. La evolución de esta idea, como hemos trazado en varias ocasiones en Pijama Surf, deviene en la simulación informática conocida como La Matrix.  La más entrañable narrativa de ciencia ficción de nuestros días que es una suma de las ideas de autores como Phillip K. Dick, Jean Baudrillard, William Gibson y animaciones ciberpunk japonesas como Ghost in the Shell. Un remix de la sofisticación de la narrativa del "sueño dentro de un sueño" --la mente ya extravasada como un software.

Existe, sin embargo, un origen más remoto para esta idea que atinadamente la modernidad ha llamado Matrix (palabra que comparte raíz con "materia", "medida" y "maya").  Se trata de la literatura védica, la historia de los Rbhus "los forjadores", "hijos del hombres a los que se reconocía por sus ojos de sol", los primeros mortales que alcanzaron la divinidad, ascendiendo al cielo invitados por Indra y los Asvin. Algunos mitos se repliegan e imbrican hasta significar la materia misma de lo inexplicable, el corazón del misterio, pero según algunos relatos fragmentarios, los Rhbus, no conformes con haber alcanzado las esferas superiores, in coelestibus, quisieron probar el soma, la bebida de los dioses que otorga la inmortalidad. Acogidos en su hogar por Savitir "aquel a quien nada se le puede ocultar", después de un letargo de 12 días, algo así como el rito de paso o la resaca de su divinización, fueron despertados por el Perro Celeste y conocieron a Tvastr, "el artífice divino, celoso guardian del soma". En un pasaje memorable que es una cifra holográfica de " la literatura y los dioses", Robero Calasso nos cuenta:

Esto fue lo que sucedió: la copa en la que los dioses y Tvastr bebían el soma era única. Era lo único. Los Rbhu la miraron, la estudiaron. Después "reprodujeron cuatro veces aquella copa del Asura (Tvastr), que era única". ¿Cómo lo consiguieron? Midiéndolo con precisión: usando su arte, que era maya, la "magia medidora", según la luminosa traducción de Lilian Silburn. Tvastr abrió enormemente los ojos cuando vio aquellas cuatro copas, que resplandecían como días nuevos. Dijo: "Queremos matar a quienes han contaminado la copa divina del soma". No está claro lo que sucedió a continuación. Se perciben también sombras femeninas. 

Este acto de magia artesanal, que se lee como una historia detectivesca de brujería, que usurpa la misma cualidad divina, la luz prístina del mundo, es definitivo y se derrama (se sigue derramando como de una copa infinita) sobre la realidad. Aquello que cae es el mundo entero, exactamente reemplazando el mismo mundo. El fantasma más perfecto es aquel que es un cuerpo idéntico. Pero es un fantasma y esa es toda la diferencia. Ese acto arruinó para siempre la relación entre los hombres y los dioses, bajo el conjuro del artificio.

Los Rbhu habían llehado demasiado lejos, al lugar donde crecen juntos y luego se separan el fetiche y el reflejo. Mientras lo único persiste, el simulacro permanece prisionero en su seno. Pero cuando las copas se multiplicaron, se derramo desde el cielo la imparable catarata de simulacros, en la que el mundo vive desde entonces[...] Si la copia significa la extinción de lo único, en la estela de la copia aparece la muerte. Los primeros simulacros, son las imágenes y las apariciones de los muertos.

Se sugiere que el estigma de la copia proviene de recordar "un tiempo remoto en el que también los dioses habían hollado la tierra como simples mortales".  El poder de los dioses estriba en el secreto de que los mortales pueden hacer copias y ser como los dioses (revelando que la materia es programable).

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Platón habla de que los demiurgos (el nombre utilizado para la divinidad que simuló el mundo) eran artesanos que copiaban vasijas en la periferia de las ágoras.

Borges escribe en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, la que podría ser una civilización en un universo paralelo: "Los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres". Este es el pavor metafísico de la copia, que el poder legisla prohibiendo (como  ocurrió en la edad media, la brujería y la sexualidad orgiástica, eran vistas como la misma profanación).

La resonancia moderna de la copia tiene que que ver con la inteligencia artificial y la realidad virtual: una copia la mente , que quizás en su origen generó la misma realidad (el secreto de los dioses es que el mundo es un artificio), la otra copia la naturaleza --el vacío danzante-- y la reemplaza con la hiperrealidad (la materia, el maya, es la primera simulación). ¿Detrás del aire y de la pared, se pueden atisbar alfanuméricos brillando suavemente? ¿Hay cables detrás de las estrellas?  También en los Vedas, vía Calasso, atisbamos en la Creación de Prajapati, el código que soporta la representación, el gran teatro, que es el mundo:

En torno suyo todo era nuevo y, al girar la mirada,  podía ver aún detrás de las manchas de la vegetación, detrás de las siluetas de las rocas, un número, una palabra, una equivalencia: un estado de la mente que se adhería.

Twitter del autor: @alepholo

 

Durante tu vida dedicarás 100,000 horas a laborar, pero ¿en verdad te gusta tu empleo?

Por: Javier Barros Del Villar - 07/12/2013

Lamentablemente lo más probable es que asocies tu empleo a ‘bondades’ como estrés, ansiedad, desgano, obligación y monotonía.

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Elige un trabajo que te guste y no trabajarás un solo día de tu vida.

Confucio

En algún punto de la historia humana se consolidó un modelo que somete a la mayoría de la población a dedicar la mayor parte de su tiempo, y de su energía, a algo que en realidad no disfrutan. Me refiero al sistema laboral.

Si bien muchos encuentran en su empleo ciertas bondades, por ejemplo la posibilidad de socializar con personas afines, una ruta para ‘auto-realizarse’ y demostrar sus habilidades, o incluso un escape a la vida familiar, lo cierto es que la gran mayoría de la población, aborrece, en menor o mayor medida, su rutina laboral.

En una encuesta realizada por la firma trasnacional de recursos humanos, ManPowerGroup, entre empleados de Estados Unidos y Canadá, se comprobó que solo el 19% de los encuestados afirmó estar satisfechos con su vida laboral. Del resto, un 16% advirtió estar relativamente satisfecho, mientras que un 22% respondió “relativamente insatisfecho”, y un 44% simplemente padecen sus empleos. Una firma similar, Mercer, llevó a cabo en 2011 una encuesta global, de mucho mayor dimensión que la citada previamente, para confirmar que entre un 28 y un 56% de las personas alrededor del mundo desearían dejar su actividad laboral.

Antecedentes

El empleo, como hoy lo percibimos, es un concepto que surgió hace aproximadamente cinco siglos, durante el Renacimiento –con el nacimiento del primer antecedente corporativo. Obviamente los seres humanos siempre han trabajado, pero hasta entonces las personas trabajaban para sí mismas, ya fuese como carpinteros, herreros, zapateros, u otro oficio, en un modelo fundamentado en el intercambio del trabajo, de su fruto, por otros bienes y servicios que requerían para vivir.

En un artículo que publicamos hace un par de años, ¿Es el empleo un sistema obsoleto?, mencionamos sobre el nacimiento de este sistema: En ese esquema, el trueque entre oficios, los únicos que veían su riqueza disminuir eran los aristócratas, quienes dependían de sus títulos nobiliarios para obtener dinero a partir del esfuerzo de aquellos que trabajaban. Ante estos, las clases gobernantes recurrieron a un nuevo sistema que obligó a todos estos pequeños trabajadores a ceder su trabajo a industrias que tenían la autorización exclusiva para proveer el mercado y fue así como surgieron los conceptos de empleo y de empleados.  

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Desempleo

Curiosamente nos alarma de sobremanera la latente amenaza conocida como desempleo –es decir la ausencia de algo que en el fondo nos parece poco estimulante, y que sin embargo codiciamos enérgicamente pues estamos inmersos en una relación de sometimiento ante el empleo como fuente exclusiva de sustento. Al respecto Douglas Rushkoff, brillante ‘mediólogo’ y teórico contemporáneo, afirma:

“Me da miedo siquiera preguntarlo, pero ¿desde cuándo el desempleo se convirtió en un problema? Entiendo que todos queremos nuestro salario, o al menos queremos dinero. Queremos alimento, techo, vestido y todas esas cosas que el dinero puede adquirir. ¿Pero de verdad queremos empleos? […] La pregunta que tenemos que comenzar a hacernos no es cómo emplearemos a toda esa gente que es reemplazada por la tecnología (en la era digital), sino cómo podemos organizar una sociedad alrededor de algo más allá del empleo.”

Reflexión

Si observamos ‘objetivamente’ el fenómeno que involucra a millones de personas dedicando innumerables horas a lo largo de sus vidas a una actividad que no disfrutan, resulta francamente increíble haber caído, como especie, en una dinámica de estas características. Sin embargo, podemos detectar un par de influencias determinantes para que esto suceda.

Por un lado tenemos un sistema que nos ‘obliga’ a subsistir mediante el consumo de productos (algunos de ellos indispensables, muchos otros no) originados en una abstracción llamada mercado. Paralelamente, para poder hacerte de estos víveres debes pagar dinero, divisa que generalmente se obtiene por medio del empleo (trabajo inserto dentro de un modelo sintonizado con el sistema anteriormente descrito. En este sentido, puede incluso parecer un tanto frívola la sugerencia de buscar un mejor empleo o ‘hacer lo que te gusta’, cuando muchas personas no tienen siquiera tiempo o energía para contemplar la posibilidad de diseñar su propio trabajo.

Independientemente del sistema, y de aceptar que una buena porción de las personas que aborrecen sus empleos están inmersas en condiciones que difícilmente les permiten contemplar otros horizontes –lo cual podría poner en riesgo su subsistencia, lo cierto es que también hay millones de personas que simplemente permanecen en su rutina laboral por comodidad, conformismo, o falta de agallas. Y precisamente en este sector recae, creo yo, la responsabilidad de organizar, como diría Rushkoff, “una sociedad alrededor de algo más allá del empleo”.

En mi caso tardé poco menos de una década en encontrar eso que Confucio recomienda en la cita con la que se abre este artículo. Y con el tiempo he detectado un par de indicadores que me resultan contundentes al momento de cuestionarte si estás haciendo lo que te gusta. El primero es un indicador calendárico: si los viernes en la tarde experimentas una felicidad desbordada y los domingos por la noche te sumerges en vacío desolador, seguramente podrías dedicar esa significativa porción de tu existencia a otra cosa. El segundo, una especie de prueba de fuego, se refiere a una pregunta directa: ¿Si mañana espontáneamente se resolviera mi futuro económico de por vida, seguiría haciendo lo que hago? Si la respuesta es afirmativa, independientemente de que seguro que habrían algunas variaciones, entonces felicidades, eres parte de una minoría tal vez privilegiada, pero sobretodo congruente.

Pero, y a ti ¿en verdad te gusta tu empleo?

 Twitter del autor: @ParadoxeParadis