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Un experimento de ruptura el primer día de clases nos muestra la programación del alumno ante la figura del profesor, el orden que pronto surge cuando el simbolismo de la autoridad toma forma en una persona.

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Llegué al aula. Me senté en la primera fila, en silencio. Faltaban apenas unos minutos para la hora; 2 tal vez. Esperé. Fue llegando el resto de los alumnos, de a uno o en pequeños grupos. Alborotados, conversando, como siempre. La sala se fue completando. Todas las sillas miran al frente y un poco al centro. La pizarra verde está en blanco, como siempre al inicio. 70% de ocupación y el frente vacío. 80% y aún nada. Y seguimos todos mirando al frente, sin nada que ver. Algo ladeados algunos, aunque incómodos (esas sillas “de aula” no permiten fácilmente la lateralizaicón, ya saben). No hay silencio aún; no puede haber con el frente vacío. 90% de ocupación de las casi 100 sillas del aula mayor y todavía nada. Ya nos hemos pasado 5 minutos del horario de comienzo de clase. Ahora 7 minutos… Yo espero, en silencio, en la primera fila, mirando al frente. La mayoría está sentada; queda alguno que otro alumno de pie, al lado de su silla o en la punta de su hilera. 95% de ocupación. 10 minutos de retraso. Pizarra verde en blanco. Murmullo fragmentario. Algunas lateralizaciones y una ausencia notoria, incómoda.

12 minutos pasados de la hora y la sala ya está totalmente llena. ¿Qué pasa? Las miradas laterales ya no son solo de los conocidos entre sí; a estas alturas hay giros de 180 grados, rodillas en las sillas, colas en las mesas; agrupaciones un poco mayores. Yo sigo en mi silla, mirando al frente, solo. Nadie toma el frente. Es espacio reservado. Quien lo camina -si al caso-, lo camina rapidito y como quien no lo estuviera caminando. Es zona protegida. 15 minutos que ya son escándalo. El murmullo crece como pidiendo un orden, o una orden; un liderazgo que ordene esa ausencia escandalosa. Ese desorden simbólico. Esa geometría absurda de un frente ausente y encandilante. Algo debe pasar.

Son alumnos de unos 20 o 21 años en su mayoría. Universidad, pero lo mismo daría. Podríamos imaginar una escena casi igual con 28 alumnos de 15 años o 24 alumnos de 9.

Entonces decido pararme. Primero mirando al frente, como todos. Y nadie se fija en mi. Pero luego giro y miro desde el frente para el fondo. En ese momento, algo comienza a modificarse. Veo ojos que se posan en mi. Ojos que me buscan. Retrocedo y me enmarco en la gran pizarra verde y en blanco. Abro los hombros y ahora sí siento las miradas. El grupo informe de hasta 1 minuto antes, ahora parece comenzar a generar su orden. Se trazan los ejes, se justifica casi todo: la pizarra, las sillas, el silencio en ciernes y lo demás. Llega la calma. Siento la paz que mi silencio de pie y de frente ha comenzado a generar. Como que estoy salvándolos de algo.

Comienzo a mirarlos, de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. No soy demasiado grande, pero ahora parezco inmenso. Ya no quedan colas en las mesas ni rodillas en las sillas; casi no hay lateralizaciones. Se va instalando el silencio, que agregado al blanco del verde completan la nada inicial. Ha llegado el sentido.

Giro 180 grados, tomo la tiza blanca (el 10% de silencio que faltaba se consolida en ese instante) y elevo mi mano derecha hacia la pizarra. Siento los 200 ojos en la espalda. Que me piden que escriba. Que llene, en realidad. Que ocupe el espacio. Que les devuelva la legitimada pasividad que los organiza. Que los someta, así descansan. Que los reorganice de una vez, después de tanta zozobra de esos 20 minutos eternos.

Escribo despacio, con letra molde grande; con letra experimentada, de maestro familiarizado con la técnica de la tiza y la pizarra. Ya no quedan dudas. Escribo “Buenos días” como quien escribiera Pi. Escribo, dejo la tiza, giro 180 grados otra vez (sé perfectamente qué voy a ver cuando acabe mi giro) y enfrento esa masa vital pero inerte que se me pone suplicándome más. Me adelanto dos pasos. 100 jóvenes ansiosos me miran repentinamente tranquilizados. Me agradecen, en el fondo. Yo lo sé.

Me agradecen que siendo o no siendo su profesor de geometría del 2 curso que hoy comienza, ocupe el lugar del profesor de geometría. No me cuestionan. Me agradecen porque sin frente ocupado ellos ya no saben quiénes son; ellos, justo ellos que son los instintivos de la libertad, acá, en el marco académico, imploran el frente y la toma de la palabra. Un “Buenos días” y todo vuelve a la normalidad. Descansan porque saben –porque suponen- que tras mis buenos días vendrán el programa, las premisas, las fechas de evaluación y el contenido, los excesos, de aquí a final de curso, mejor o peor, más o menos feliz. Descansan porque si no, no sabrían cómo; no les hemos enseñado jamás cómo si no hay frente, profesor y todo el lote denso de saber cristalizado que esa parafernalia trae consigo. Densansan porque la ausencia, como el silencio, son espejos infernales que nos devuelven a nosotros mismos, vistos sin piedad. Descansan porque nos salvamos de lo siniestro.

Pero es nuestra responsabilidad más que la de ellos.

Por eso me paré. Porque yo, que soy el profesor de geometría del segundo curso y había decidido estar así, sin estar, en mi primera clase, me sentí responsable de su angustia y no lo creí justo. 12 minutos me parecieron el calvario suficiente; la tortura eficaz. Más zozobra simbólica podría desmantelarnos; sumirlos en una trama de difícil retorno. Quebrarlos. Por eso me paré.

Me paré, escribí y una vez de frente a ellos les dije que por ser nuestra primera clase me parecía ya más que suficiente; que 17 minutos de angustia por la ausencia de saber establecido, de orden determinado y en silencio compulsivo eran, para mí, una dosis de aprendizaje que podría tal vez justificarnos meses de trabajo. Que había sido muy provechosa inauguración de curso. Que gracias. Que estaba convencido de que nos la pasaríamos bien el resto del semestre y que de la geometría del segundo curso nos quedaría marca a todos.

No los despedí porque la institución tiene normas y no vaya a ser que por excederme y acabar antes de hora me descuenten del sueldo, que tanto lo necesito.

Twitter del autor: @dobertipablo

Sitio del autor: pablodoberti.com

El Inversor: Tábula rasa (la atención escolar como relación entre el saber y el deseo)

Sociedad

Por: Pablo Doberti - 07/02/2013

La atención escolar no es consecuencia de un buen control y una adecuada disciplina; al contrario, es consecuencia de la construcción eficaz de la relación entre el saber y el deseo.

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No nos gusta aquella metáfora, desacreditada y falsa, del alumno como tabla rasa y el maestro, la escuela y los libros como fuente única e inicial del conocimiento.

No nos gusta porque insistimos con que el alumno no es una tabla rasa, sino que contiene cosas previas, conocimientos previos –que les llamamos. De ahí viene ese recurso tan típico en los libros de texto de la “activación de los conocimientos previos”. Reconocerlos y ponerlos en juego. Luego no lo logramos, pero por lo menos nos lo proponemos.

Sin embargo, yo creo que el problema de la tabla rasa no es ése que decíamos, sino otro, mayor. No me preocupa tanto la discusión de si el alumno posee o no conocimientos previos a su escolarización. No me preocupa porque la respuesta positiva no trae consecuencias pedagógicas profundamente diferentes a la negativa. La discusión que me interesa es la de cómo generar adherencia en la tabla.

No me gusta lo de tabla rasa porque en ella todo resbala. Preexistan o no a la escuela, el problema es que los conocimientos no se quedan en el alumno. No se fijan. No se adhieren. No hacen “click”; no se escucha “plug”.

Hay varios sustantivos que nos podrían ayudar a darle más contenido a la noción de adherencia. Se trata de que los conocimientos se vuelvan significativos para los alumnos; pertinentes. Es decir, que liguen con su vida y con su subjetividad. Que hagan sistema con la vida y el esquema simbólico de la persona. Que se imbriquen.

Esa adherencia, que es la clave, es también la complejidad. Adherencia no es retención; menos que menos, memorización. Es entronización constitutiva.

¿Cómo hacer para que lo que rueda por mi tabla se adhiera, es decir, me importe? ¿Cómo darle la necesaria rugosidad a mi pista como para que lo que por ahí pase deje huella? ¿Cómo evitar el cotidiano derrape de todo y esos indeseados y permanentes accidentes fatales en las curvas de la educación?

Vuelvo una y otra vez a aquella idea de que lo que importa no es lo que nos interesa, sino lo que nos ocurre. Es decir, lo que enlaza nuestra subjetividad y la pone en juego. Aquello –justamente-, no que hago el esfuerzo de recordar, sino que no consigo olvidar.

Son posiciones antitéticas ante el conocimiento. Las unas interesadas y las otras implicadas. Unas evanescentes, las otras indelebles. Unas ocasionales, las otras para siempre. Unas decorativas, las otras constitutivas.

Más allá –entonces- de si tabla es rasa o trae historia, sigue siendo tabla rasa porque no adhiere. La adherencia es la necesaria formación para que la información se pegue, se quede, haga sentido. Ese es el objetivo principal de la escuela: desarrollar niños adherentes, pegajosos; con la consistencia inolvidable de la miel. No se trata de niños atentos, haciendo esfuerzos por concentrarse; se trata de niños obsesionados, haciendo esfuerzos por desengancharse. Esa relación que establecen constantemente con lo que les importa. La atención escolar no es consecuencia de un buen control y una adecuada disciplina; al contrario, es consecuencia de la construcción eficaz de la relación entre el saber y el deseo. Por eso la escuela falla tanto; porque repara en la superficie lo que está dañado en el fondo. Emparcha una y otra vez. Y discrimina a los alumnos sintomáticos (que en realidad son síntoma de la propia falla institucional): los TDAH.

No es el problema de activar nada previo, sino de conseguir que algo quede. Y nada bueno quedará si no toca el deseo, que es el eje vertebral de la constitución subjetiva de las personas.

Eso se puede hacer. No tengo ninguna duda. El problema –creo- no es hacerlo, es lograr que este diagnóstico básico tenga consenso. Con ese consenso, hacerlo y conseguirlo se vuelve un trabajo más fácil. El problema es de arranque, no de llegada.

Yo sé que cargo las tintas en la escuela, porque creo que es el lugar del problema, pero también de la solución. Aunque –nobleza obliga- tal vez sea justo dejar una última reflexión que reabre el debate y lo coloca en su justo lugar: ¿no habrá también otros componentes de la vida social que aceitan la tabla de manera pertinaz consiguiendo que todo resbale?

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