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Hotel Chevalier, uno de los cortos más emotivos de Wes Anderson, completo y subtitulado (VIDEO)

Por: pijamasurf - 06/26/2013

Hotel Chevalier es uno de los cortometrajes más emblemáticos en la filmografía de Wes Anderson, una suerte de síntesis de su tan característico estilo como director, esa oscilación inquientante y en cierto modo instantánea entre la tragedia absoluta y la comedia más absurda, sin el tiempo de transición necesario que nos permita entender una u otra (¿aunque no es así la vida misma?). Una sola habitación de hotel en París se vuelve así la metáfora del mundo, el punto de encuentro entre el mundo interior y las demandas del mundo exterior.

A propósito de dicho estilo, recientemente el escritor Rodrigo Fresán recuperó una anécdota que involucra a Anderson y a Pauline Kael, "la mítica crítica de cine de The New Yorker":

Cuenta [Anderson] que pasó a buscar a Pauline Kael a su casa, que la llevó hasta una sala de Manhattan, que vieron la película [Rushmore, 1998] a solas y que, cuando se encendieron las luces y volvieron en silencio al auto, él temblaba porque “había pasado muchos años soñando con este momento, había recorrido grandes distancias… Y Kael dijo lo que me sonó como la última palabra sobre todo el asunto: ‘Verdaderamnte no sé qué pensar de esta película’. Y parecía que ésa era la conclusión definitiva a la que ella había llegado; al menos así de enfático me sonó a mí.

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Lágrimas puras: ¿cuánto resistirías la mirada de Marina Abramovic (o tu propia mirada) sin llorar? (FOTOS)

Por: pijamasurf - 06/26/2013

En buena medida los sentimientos y las emociones son indisociables de su expresión corporal. Aun cuando se les finge y se les imposta —con el caso de los actores—, su realidad requiere de un soporte más allá de las reacciones neuroquímicas y hormonales que ocurren en nuestro interior, más allá de los pensamientos que los animan. Esta también podría ser una de las circunstancias que expliquen la empatía: entendemos la alegría, el sufrimiento o la tristeza de una persona porque vemos dichas emociones reflejadas en su cuerpo, encarnadas, signos que traducimos y hacemos nuestros, codificándolos en nuestro propio lenguaje emotivo.

La serie fotográfica que compartimos en esta ocasión tiene un motivo aparentemente simple: rostros de personas llorando. Ojos iluminados de pronto por el sutil resplandor de las lágrimas, esa especie de “cristal mudo” (Góngora) que aparece de pronto para hablar por nosotros de los sentimientos que se agolpan en nuestro ser. Lágrimas puras, nacidas natural y gratuitamente en un instante de arrobamiento auténtico.

Las fotografías tienen además la cualidad de haber sido tomadas en condiciones muy específicas: mientras las personas ahí mostradas presenciaban uno de los performance más celebrados de las últimas décadas: The Artist is Present, El artista está presente, de la yugoslava Marina Abramovic

Grosso modo, el performance de Abramovic consistió en ella sentada a una mesa, esperando en una silla opuesta a cualquiera que quisiera tomar el lugar y mirarla de frente tanto tiempo como quisiera.

O mirarse, porque ya se sabe que la mirada no solo no va en un solo sentido, que es mutua y además es capaz de crear una zona común, un espacio abstracto y casi innombrable, indecible, que existe solo cuando dos personas se miran, para desaparecer apenas una de ellas rompe el contacto —aunque sus remanentes persistan en ambos.

En cierta forma esa es la zona que intenta retratar esta serie, los muchos significantes, emociones, pensamientos, que aletean entre la o el participante del performance y Abramovic, los sentimientos que florecen etéreamente, recogidos después en forma de lágrimas por las líneas del rostro, enjugadas con la mano, coronadas con una sonrisa.

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